Entre Rosas y Sueños Capítulo 44
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Capítulo 44

Cuando desperté, la daga que descansaba en mi mesita me recordó que lo que ocurrió ayer no fue una pesadilla. Dorian no pareció estar de acuerdo con mi decisión, pero no me rebatió. Confió en mí, y ahora su vida estaba en mis manos.

La guardé en el único cajón de la mesita donde podía dejarla bajo llave antes de tomar una decisión de la que no sabía si me arrepentiría.

Abrí redes sociales después de una semana desde la noticia de mi ruptura con Fiero. Quería ver qué se decía sobre mí, sobre lo que estaba pasando.

Esperaba echarme a temblar como me solía ocurrir, sentir que el corazón me zumbara con prisa, pero nada de eso pasó.

Me dio igual, a pesar de leer comentarios desagradables hacia ambas partes.

Chicas que se pensaban que tendrían alguna oportunidad ya con él y comentarios llamándome cosas horrorosas por aparecer con Dorian ayer a la pasarela a la que nos habían invitado.

Muchos otros eran defendiéndome y mandándome apoyo.

Eran la mayoría, aunque seguía sin entender cuál era esa simpatía que despertaba en los demás cuando nunca fui una persona muy cercana o activa en redes.

Cuando decidí levantarme, me cambié de ropa y fui directa al pequeño gimnasio de casa.

Estaba dejando de lado un poco mi rutina diaria y no era algo que me hiciera sentir orgullosa, pero tampoco me martilleaba por dentro como antes.

Ya no tenía a mi madre, que me juzgaba por cada una de mis decisiones, por seguir lo que pedía mi cuerpo y no ser tan estricta conmigo misma.

Así que hice lo que apetecía ese día antes de ir a desayunar, pero antes de entrar a la cocina, me quedé de piedra mirando a la mujer que estaba sentada en una de las sillas.

No era mi madre. Llevaba sin venir desde que mi padre habló con mis abuelos y lograron llegar a un acuerdo. Sin verla y sin ni siquiera hablar con ella desde ese momento. No hizo por buscarme desde entonces y yo tampoco tenía la intención de hacerlo.

La mujer que estaba en la silla tenía el pelo en un corte bob castaño claro, y no me hacía falta verle la cara para saber que era la madre de Fiero. Había crecido viéndola casi a diario. Podía reconocerla al instante en cualquier lugar.

Respiré hondo antes de dirigirme a la mesa. No era peor que encontrarme a mi madre, al menos.

—Buenos días —saludé como si su presencia fuese lo normal, tampoco sabía qué otra cosa decir.

—Alessandra —parecía haberla pillado con la guardia baja—. Buenos días, tenía intención de irme antes de que te despertaras. No tenía intención de molestarte.

—No pasa nada —dije quitándole importancia. Porque era verdad, no me molestaba, pero su presencia en casa sí se me hacía extraña.

—¿Has hablado con tu padre? —negué—. Supongo que pronto hablarás con él.

—¿De qué tendría que hablar con él? —creo que era bastante obvio, pero quería ver si era capaz de decírmelo ella.

—Me voy a divorciar de Ugo —anunció, sorprendiéndome porque confiara en decírmelo sin rodeos—. Supongo que podrás imaginar a qué lleva eso. —Su voz era tranquila. Algo que podría sonar a una amenaza era una suave aclaración, como si no quisiera asustarme y que todo esto me pillara de sorpresa.

—O sea que vas a ser mi madrastra —parecía un poco incómoda al escucharme pronunciar esa palabra. Estaba intentando decir las cosas de la forma más suave posible y se lo agradecía. En eso se parecía muy poco a mi madre.

—Es mejor que hables de esto con tu padre. —Asentí. Ella no lo sabía, pero había pasado la prueba que le había puesto. Su reacción y forma de hablar eran importantes para mí. —Nos vemos en otro momento, Alessandra —se despidió cuando terminó de desayunar y por fin pude sentirme tranquila.

La situación no me hacía gracia, pero no podía ser peor que tener a mamá en casa.

Aunque lo que realmente me preocupaba era el caos que se iba a desatar cuando todo se supiese, pero Dorian tenía razón, no podía estar pensando y preocupada por lo que opinara la sociedad.

Además, si no me había importado lo que habían dicho sobre mí y Fiero, ¿por qué me tenía que importar esto?

Cuando desayuné, me preparé y llegó la hora de la videollamada con la psicóloga.

En teoría iba a ser tan solo una hora, pero como no tenía ningún paciente más, se extendió media hora más.

Al principio me costó encontrar un tema sobre el que hablar.

No sabía qué decir ni por dónde empezar, pero me preguntó sobre mi situación actual y los temas comenzaron a salir solos.

El divorcio de mis padres, mi exrelación con Fiero, el perfeccionismo, cómo me sentía conmigo misma…

Hablamos sobre todos esos asuntos un poco por encima.

Ella fue haciendo muchas anotaciones durante toda la sesión y, como me costaba hablar sobre esas cosas, me recomendó escribir sobre esos temas dejándome fluir todo lo posible.

“Si es como te sientes, no existen pensamientos buenos o malos”, me había dicho. No podía censurarme a mí misma.

Al terminar la llamada, me quedé un rato en la mesa, meditando un poco sobre lo que habíamos hablado y releyendo las frases que me había dicho y yo había apuntado. Algunas me las repetía en mi cabeza como un mantra.

Mientras seguía leyéndolas, alguien tocó a la puerta.

—¿Puedo pasar, hija? —Tras mi respuesta, mi padre entró y se sentó a los pies de mi cama. —¿Cómo ha ido con la psicóloga?

—Bien —contesté, a pesar de lo difícil que se me hacía hablar sobre esos temas. No había estado incómoda con ella—. Hemos quedado en tener dos citas a la semana —le informé, a lo que asintió.

—Me ha dicho Christie que os habéis encontrado esta mañana —tan solo asentí—. ¿Cómo te has sentido?

Una parte de mí me decía que me limitase a contestar que bien para no molestar a papá, pero la otra me empujaba a decir la verdad. Y aunque fuese incómodo, elegí la verdad.

—Es extraño —contesté buscando más palabras—, me va a costar no verla solo como la madre de Fiero.

—Es normal, es una situación difícil, pero ya hemos tomado la decisión.

—¿Va a vivir aquí? —las alarmas saltaron en mi interior. Sabía que acabaría pasando, pero no si estaba preparada para ello. No tan pronto.

Papá negó.

—Quiero que sea algo progresivo y que te vayas acostumbrando a su presencia en casa. —Parece que alguien también había empezado a ir con el psicólogo. —Pero si todo sale bien, quiero que seas consciente de que es cuestión de tiempo que venga a vivir aquí.

Eso no era lo más preocupante para mí.

—¿Y Fiero? —pregunté, temerosa; no podía imaginar tenerlo por casa, no hasta dentro de un tiempo.

—Ahora mismo está enfadado con su madre. Su situación es también complicada y no deja que nadie se le acerque. —Mi padre parecía triste por la situación. Sabía que en parte se echaba la culpa a sí mismo. Y yo no pude evitar sentirme mal por ambos.

Estuvimos hablando un rato más. Se notaba que le preocupaba la situación y quería que todo saliese lo mejor posible, y aunque me costase adaptarme, yo no iba a empeorar más las cosas.

Le mencioné que pasaría la tarde con Dorian en su casa.

Quería que se acostumbrara a que yo estuviera más tiempo con él.

Nuestro futuro era incierto, pero por el momento planeaba seguir conociéndole y pasando mis días con él.

Era la primera vez que, cuando no estaba con alguien durante unos días, le echaba de menos y siempre pensaba en cuándo volvería a verle.

Mi padre me advirtió que tuviera cuidado con su familia una vez más.

—Papá los Vinci no van a estar, y Dorian no tiene buena relación con sus padres.

—No lo digo por el chico, hija. Solo intenta no mantenerte muy cercana con su familia.

Asentí.

—Lo haré.

Después de todo lo que me había contado Dorian, no tenía mucha intención de hacerlo.

✦

Horas más tarde, Giu me llamó increpando que la estaba abandonando. Podía incluso imaginar las muecas de pena que ponía tan solo escuchándola.

Estos días no estaba teniendo demasiado tiempo, y al no ir a clase no le veía tanto como de costumbre.

Además, contando con los días tan ajetreados que estaba teniendo.

No había sido capaz de sacar tiempo para verle, de lo que me estaba arrepintiendo al recordar que mi prima tampoco estaba pasando por su mejor momento.

—Te echo tanto de menos en la escuela —dijo Giu tras contarme cómo le estaba yendo con el tema de Agatha y Fiero. Al parecer se habían hecho bandos y la nueva parejita se estaba quedando sola. —Por favor, dime que mañana nos podremos ver —suplicó, a lo que acepté rápidamente.

No me había dado cuenta de lo mucho que echaba en falta a Giu.

Ya no la veía todos los días como de costumbre, y aunque volviese a clase, eso se acabaría pronto, ya que yo terminaba la escuela en unos meses y a ella aún le quedaba un curso más.

No nos veríamos todos los días por los pasillos, algo a lo que nos habíamos acostumbrado este último año, y por lo que tal vez nuestra relación se había estrechado.

No pudimos hablar tanto como me hubiera gustado, ya que me tuve que despedir pronto de ella porque llegó la hora de irme a casa de Dorian. Le prometí que nos veríamos mañana antes de colgar y coger mi bolso preparado con todos los libros y libretas que necesitaba.

La casa de Dorian estaba más cerca de la ciudad de Florencia, a una media hora en coche de la mía, y conforme más nos acercábamos, más ansiosa estaba.

Me había puesto cómoda con unos pantalones de traje negro ajustados y un jersey rosa ancho.

Sentía que no iba lo suficientemente casual para lo que íbamos a hacer, pero ya era demasiado tarde.

Me miré en el espejo por tercera vez. El gloss seguía brillando en mis labios y mi pelo estaba tan ordenado como de costumbre, pero aunque todo estuviera perfecto, me sentía insegura.

Sobre todo cuando Rodrigo me dejó frente al portón de los Vinci.

La casa era grande, pero nada comparado con las mansiones que tenían otros miembros de La Élite. Mucho más moderna que las antiguas mansiones que pertenecían a mi familia.