Capítulo 43
Las puertas del mausoleo se abrieron mágicamente, como si nuestra sangre fuese el hechizo para activarlas y darnos paso al oscuro interior, iluminado tan solo por la luna y la poca luz que se filtraba de las farolas del exterior.
Todo era piedra. Gastada y oscurecida por el paso del tiempo, pero no fue la antigüedad palpable lo que nos hizo quedarnos estáticos, sino las dos tumbas que se encontraban en el centro de ella.
Un hombre y una mujer yacían sobre ellas, tallados en una piedra más brillante que la que conformaba la cripta.
Estaban cogidos de la mano, cerrando la poca distancia que había entre ambas tumbas.
A pesar de que apenas podía distinguir los nombres, distinguí claramente mi apellido en los pies en el sarcófago de ella. Era una de mis antepasadas, y estaba junto al antepasado de Dorian.
Recordé la frase que había en el portón: Omnia vincitt Amor.
El amor todo lo vence.
Me dolía el corazón. Tenía la cabeza embotada de cientos de sentimientos que me invadían cuando miraba las tumbas. Que estuvieran nuestros antepasados juntos no era buena señal.
—Dorian —susurré con un nudo en la garganta.
Pero Dorian ya se había acercado a la brillante daga que estaba asegurada en la mano libre de su antepasado. La mano parecía bien aferrada al mango de madera, acostada justo sobre su corazón.
No dijo nada, tan solo alargó la mano, pero se quedó estático cuando estaba a punto de tocarla. No reaccionó durante unos largos segundos, quise acercarme, pero me había quedado adherida a la piedra. Mis pies no respondían, y podía saborear el gusto metálico de la sangre en mi boca.
Sabía lo que le estaba pasando a Dorian, sabía que no estaba en peligro, pero aun así quería estar a su lado cuando saliera del trance.
Necesitaba saber qué era lo que estaba pasando por su cabeza.
No entendía qué querían los Dioses de nosotros, si estaban jugando para acabar como las dos personas que teníamos enfrente.
Porque por más que quisiera negar la profecía, estaba claro que era más real de lo que quería admitir.
Cuando Dorian salió del trance, cayó al suelo, como si toda la fuerza de su cuerpo hubiera desaparecido. No se había desmayado, temblaba, y su pecho subía y bajaba arrítmicamente. En cuanto cayó, corrí a su lado con el corazón en la garganta.
—Dorian —volví a susurrar agachada a su costado—. Está todo bien —intenté tranquilizarlo y alargué una mano para posarla sobre su espalda.
Él simplemente negó sin ser capaz de mirarme.
—Dorian —volví a intentarlo una vez noté que su respiración se calmó un poco.
—Deberíamos irnos —su voz sonaba sofocada.
—No —corté, no iba a salir de aquí con las manos vacías.
—No lo entiendes, Alessandra —dijo por fin mirándome. Sus ojos estaban enrojecidos.
—Explícame lo que has visto entonces.
Se sentó en el suelo, en una posición más cómoda.
Aún seguía absorto en sus pensamientos, muy lejos de donde estaba realmente.
Incluso cuando su mirada se fijó en mí, no tenía ese brillo tan típico que le caracterizaba.
Rara vez veía a Dorian tan serio, así que sabía que no me iba a gustar nada lo que iba a escuchar.
—Las dos personas que hay aquí enterradas son nuestros antepasados —comenzó revelando algo que ya sabía—. Tu antepasada fue perseguida y asesinada —se le rompió la voz con esa última palabra—, cuando mi antepasado se enteró de ello, se suicidó con esa misma daga que tiene entre sus manos.
Las palabras me golpearon como una tormenta que fue calando poco a poco en mí.
Miré de nuevo a esas dos personas que yacían sobre las tumbas y los ojos se me llenaron de lágrimas.
Había estado a punto de acabar como ella dos veces este año, pero sabía que Dorian no acabaría con su vida si eso pasara.
Aún así había algo que no me cuadraba.
—Ambos tenían hermanos —se adelantó—. Nuestros linajes no se extinguieron porque había dos personas más con nuestros Dones.
Su respuesta a mi duda tan solo logró hacerlo más inquietante. Porque Dorian tenía un hermano que podría continuar con su linaje, pero yo también tenía a Giu. Si yo moría, Giu tomaría mi relevo. Pero a pesar de conocer la historia, sentía que no podíamos dejar la daga ahí.
La miré. Parecía emitir un brillo plateado. Sabía que la necesitábamos, lo sentía. Si los Dioses nos habían llevado hasta aquí era por algo. Pero, ¿y si buscaban repetir la historia?
«Tómala». La voz de Eellary irrumpió en mi mente y no pude evitar ponerme en pie.
—No —susurró Dorian.
—Me la quedaré yo —fue lo único que dije antes de acercarme más a ella.
No sabía aún para qué la necesitaríamos, pero sabía que era importante tenerla en nuestra posesión.
Era la misma daga que comenzó todo. Era la daga que usaron los primeros portadores para ponerse en contacto con los Dioses.
Así que prefería que estuviera en nuestra posesión que en manos equivocadas.
Agarré el mango.
Me temblaba la mano, pero aun así, cuando tiré de ella, salió firme y reluciente bajo la poca luz que iluminaba la cripta. Los ojos de Dorian no se despegaban de la daga; la miraba temeroso.
—Confía en mí —pedí.
Porque no iba a permitir que se repitiera la historia.