Entre Rosas y Sueños Capítulo 42
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Capítulo 42

Mientras daba vueltas en la cama, empezaron a conectar las piezas del rompecabezas.

No venían a por mí y a por mi familia solo porque éramos los más reconocidos y queridos fuera de La Élite.

Se habían asegurado de que era yo de la que hablaba la profecía.

Era fácil, sabiendo que mi antepasada fue la única mujer en invocar a los Dioses, pero nunca se molestaron en averiguar quién sería el chico.

No les importaba. Acabando con una sola vida era suficiente para ellos y no tendrían trabajo doble, que mejor que eligiendo a la familia que más reconocimiento les podía quitar a ellos.

Con todo esto en mente me encerré durante la semana en casa.

Mi padre decidió que era más seguro que terminase el curso estudiando desde casa y yendo solo cuando fuese necesario.

Me quedaban apenas unos dos meses para terminar, así que no era tanto, y como estaba avanzada en la mayoría de las asignaturas, cada rato que tenía libre me enfrascaba en uno de los libros.

Por las noches, tal y como lo hablamos, Dorian y yo hacíamos llamada para seguir estudiando y contándonos lo que habíamos descubierto. Aunque por ahora no habíamos encontrado nada que nos interesara demasiado.

La semana se desvaneció en un segundo entre libros y llamadas, llegando el momento que estaba esperando desde que me despedí de él.

Dorian me había mandado la ubicación en una callejuela a mitad de camino entre la Catedral del Fiore y el Palazzo Vecchio, donde era la pasarela a la que nos invitó Dolce Vanna.

Mi padre no estaba de acuerdo en que fuera, y menos con Dorian, pero me había comprometido con la marca y no podía decir que no. Tampoco quería hacerlo.

Cuando llegué, él me estaba esperando en el portal con una pequeña caja de bombones en la mano.

—Un pequeño regalo por tu debut en una revista de moda —dijo, tendiéndome la cajita de chocolate Amedei. El mejor chocolate de la Toscana, y probablemente de toda Italia. Y sin duda, uno de mis favoritos.

Habíamos hablado de esto, así que sabía la ilusión que me daba que mañana saliese la revista para la que modelé en febrero.

Me quedé un rato observándolo sin saber qué decir.

No me lo esperaba, pero la sensación que correteaba por mi interior me hacía sentir como si fuese el mayor regalo del mundo.

A pesar de que había recibido numerosos regalos por parte de Fiero, ninguno me había hecho tanta ilusión como una mísera caja de bombones.

—Gracias —contesté, pero sentía que esa palabra no expresaba realmente la emoción que había en mi interior—, pero yo no te he traído nada. —Las palabras salieron de mi boca sin control, lo que hizo que Dorian se riera.

—Es un detalle, Alessandra, no espero nada por tu parte, así son los regalos —explicó como si no entendiese ese concepto, pero aun así me sentía extraña tomándolo sin dar nada a cambio porque él había hecho más por mí de lo que podía imaginar.

“Y tú también por mí, aunque no lo creas”. Su voz en mi mente volvió a pillarme por sorpresa, pero le dirigí una mirada de reproche.

—Vamos arriba. —Asentí y le seguí por la entrada de mármol que nos llevaba a las escaleras que tuvimos que subir varios pisos.

Cuando abrió la puerta de la terraza, la catedral del Fiore nos daba la bienvenida mientras el cielo parecía querer ir oscureciéndose.

Solo había una pequeña mesa junto a dos sillas. Sobre la mesa brillaba la llama de una vela. Había varias plantas repartidas por la terraza, pero ninguna que obstaculizase la vista de la catedral, que se erguía imponente en el centro de la ciudad.

—¿Cómo conoces este sitio? —pregunté cuando tomamos asiento.

Mi mirada no se iba de la catedral, ni del cielo que la enmarcaba y que ya comenzaba a tornarse de colores naranjas.

—Es donde me quedaba los veranos que no soportaba estar en casa con mi familia —contestó y mi mirada voló hacia él.

—¿Tan mala era la situación? —pregunté temerosa. Realmente me daba miedo hablar de cosas tan privadas porque no quería que pensase que me metía donde no me llamaban.

—Alessandra, nunca iba a pensar eso de ti. —dijo metiéndose en mi mente una vez más—. Además, esto iba a acabar saliendo si me das la oportunidad de estar contigo. Y prefería hablarlo antes.

—¿Por qué? —la voz me salió más como un susurro de lo que me hubiera gustado.

Mi corazón zumbaba con la intensidad de un colibrí. Él realmente quería estar conmigo y no le daba miedo mostrarse vulnerable, no le daba miedo mostrarme la realidad. Algo que yo aún no era capaz de hacer.

—Quiero que conozcas toda mi situación antes de decidir si te quieres quedar o no —sus ojos negros eran anhelantes, como si hubiese alguna opción de que él y yo no acabásemos juntos y estuviese sintiendo ya la pérdida—.

Pero supongo que sí —dijo, contestando a la primera pregunta que le hice—.

Ahora la cosa ha mejorado un poco, sobre todo con mi hermano.

Pero mis padres… —Su boca se torció en una mueca, como si su sola mención le dañara—.

Mis padres me han odiado toda mi vida por lo que ocurrió con mi hermano.

No tengo pensado quedarme aquí mucho tiempo, Alessandra.

No me gusta esta vida. Si me quedo un poco más de lo previsto, es por ti.

Si tengo una mínima oportunidad contigo, no voy a dejarla pasar, pero independientemente de lo que pase con los Dones, me marcharé.

Se me estrujó el corazón como si me lo hubiesen drenado.

Quería preguntarle si no se quedaría por mí, pero no podía hacer eso.

Era egoísta y más sabiendo que aún no tenía claro lo que quería.

Que no sé cuánto tiempo pasaría para sentirme capaz de abrirme a él, a una nueva relación.

Giró la cabeza hacia la catedral, huyendo de mi mirada.

No tenía respuesta; el silencio era todo lo que podía ofrecer, mientras en mi mente pensaba en lo que podía ocurrir cuando Dorian se fuera, pero en lo que suponía para él estar aquí.

Miré hacia donde él tenía la vista perdida.

El atardecer estaba en su máximo esplendor.

Los colores naranjas y rosas se entremezclaban en el cielo, creando una vista espectacular.

Recordándome a la noche que esperamos hasta el amanecer.

Recordando que Dorian y yo no éramos tan diferentes, y que en parte anhelábamos lo mismo.

—No vas a volver a sentirte solo, Dorian —dije recordando sus palabras.

Mientras yo siguiese en su vida, me iba a encargar de que no volviese a sentirse así porque él hacía que yo tampoco me sintiera sola.

Su familia había logrado florecer ese sentimiento en él, al igual que se encargó mi madre de ello.

Alejando a toda persona que se acercaba a mi vida, pero no más.

Ella ya no podía arruinar ninguna de mis amistades, ninguna de mis relaciones.

Ya no tenía poder en mi vida. Tal vez yo aún no estaba disponible emocionalmente.

No podía pedirle que me esperara, pero sí que me iba a mantener a su lado siempre que me necesitase.

Me cogió de la mano, y me giré de nuevo hacia él.

Los colores del atardecer y el brillo se entremezclaban en sus ojos oscuros como la noche.

No pude evitar que una sonrisa floreciera en mis labios al notar su tacto contra el mío, su mirada brillante sobre la mía.

El tiempo parecía haberse parado, y deseaba que así fuera.

Poder pararlo todo y tener todo el tiempo que deseaba para conocerle mejor.

Sentía que todo había ido tan rápido que era casi vertiginoso.

Ojalá se hubiera cruzado antes en mi vida. Ojalá hubiera tenido más tiempo.

Por desgracia, no pudimos quedarnos mucho más tiempo. Porque cada minuto que pasaba con él sentía que la coraza de mi interior se iba derritiendo.

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La paz que sentí con Dorian minutos antes se vio extinguida por el ajetreo de la sala de maquillaje.

Habíamos llegado al Palazzo Vecchio, donde los dueños de Dolce Vanna nos habían dado la bienvenida y nos habían llevado hasta las salas donde elegir nuestro vestuario y donde maquillarnos.

Me había sentido atrevida y había elegido uno de los vestidos cortos y brillantes que siempre me llamaban la atención, pero nunca era capaz de llevar.

Nunca había llevado algo tan corto y revelador, y a pesar de que era tan brillante que parecía sacado de una película de princesas, no me sentía como una de ellas al llevarlo.

Cuando terminaron, abrí la puerta para salir y la cabeza de Dorian, que estaba en un sofá esperándome, se alzó.

Su boca se entreabrió, pero se quedó en silencio sin apartar la vista de mi.

—Alessandra, estás… —Hice que Dorian dejase de hablar con un gesto. No quería saber lo que pensaba. Ya sabía que era demasiado. —Estás preciosa —me sorprendió diciendo y arrugué la nariz, no era lo que esperaba.

Pero cuando me fijé, vi que me miraba con los ojos brillantes de arriba a abajo, como si los brillantes de mi vestido fuesen el tesoro de un dragón. Intenté no sonrojarme con su mirada que quemaba allá donde la posase.

Él llevaba una camisa con rayas finas blancas, unos pantalones de traje oversize complementados con un abrigo.

Completamente de negro, como ya me había acostumbrado a verle.

Éramos como la noche y el día, y ambas cosas necesarias para nuestra existencia.

Quería verbalizar un halago para él. Estaba guapísimo, pero no fui capaz de encontrar ninguna palabra.

Tal vez ninguna era lo suficientemente buena para describir a Dorian Vinci.