Entre Rosas y Sueños Capítulo 41
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Capítulo 41

La mano de Dorian entrelazada con la mía me dio una tranquilidad que no esperaba.

Lo que hubiese abajo dejó de preocuparme, incluso de importarme.

Solo estaba el tacto de su mano y esa sensación de irrealidad que aparecía cada vez que estaba con él.

Dorian era cálido como los primeros días de sol en primavera, esos días en los que la humedad había desaparecido y las flores aparecían por todos lados.

Era las horas anteriores al atardecer en el que el sol te seguía abrigando antes de que se ocultase, con la seguridad de que mañana volvería a salir.

Lo fue desde el primer momento en el que lo vi, pero estaba tan asustada y abrumada por la revelación de su existencia que me resistí a aceptar lo que decía mi cuerpo y que ahora se había hecho imposible de ignorar.

Cuando llegamos al final de la escalera, parecía que la sala nos había escuchado y los candelabros se encendieron ante nuestra presencia.

La sala que se abrió frente a nosotros parecía bastante amplia, aunque más polvorienta y antigua de lo que había imaginado.

La enorme alfombra roja que preside el centro de la sala estaba gastada.

Las estanterías de madera eran robustas y estaban plagadas de libros con páginas amarillas.

Toda la sala se sentía como volver siglos atrás, y aun así una parte de mí parecía reconocerla.

Dorian y yo no dijimos palabra, como si nuestras voces fueran a despertar la magia antigua que había entre estas paredes.

—Alessandra —Dorian susurró desde mi derecha.

Me acerqué hasta él para ver que había captado su atención.

Estaba frente a una mesa de madera, había una cúpula de cristal en un atrio y dentro de ella un libro antiguo.

Por el estado en el que se encontraba, me atrevería a decir que era el más antiguo de toda la sala.

Aun así, estaba abierto por una página en la que se distinguían perfectamente el nombre de doce personas.

Doce nombres acompañados de doce apellidos más que reconocidos.

Aquellas personas eran los fundadores, los que hicieron que nuestra conexión con los Dioses fuera posible.

Instintivamente, mis ojos se dirigieron hacia Lucrecia Leone, como si su nombre me susurrase esperando a ser encontrado. Fue la primera portadora de mi Don. La mujer que se unió a once personas más para rogarle a los Dioses protección y abundancia. La única mujer de la lista.

Todo parecía estar escrito en latín, y lo poco que me permitía entender mi poco conocimiento de latín era: “Los fundadores de un nuevo día”. A pesar de que se versaban tres frases más donde sólo distinguía la palabra riqueza.

Entre los nombres también encontré el antepasado de Dorian, Orlando Vinci.

Al leer ese nombre sentí temblar mi realidad, el reconocimiento me atravesó como un rayo. Dorian y yo en otra vida no habíamos sido simples amigos, ¿pero cuál era nuestra verdadera historia?

—Lo mejor será que tú busques en una zona y yo en otra —dijo Dorian, haciéndome apartar la mirada del libro. Estaba examinando nuestro alrededor. Viendo por cuál de las tantas estanterías abarrotadas empezar.

No me hacía mucha gracia tener que alejarme de él. Había algo en el ambiente que no me permitía sentirme tranquila. Se arremolinaba en mi pecho, adelantándome que iba a ocurrir algo.

—Vamos a estar cerca, no te preocupes —añadió como si me hubiese leído el pensamiento. Cosa que no descartaba ahora que sabía que podía hacerlo.

No di más de dos pasos hacia un estante antes de que algo nuevo captara mi atención.

En el medio de la sala había una mesa redonda con una rosa metida en una cúpula de cristal. Me dirigí hacia ella con la atenta mirada de Dorian sobre mí. La cúpula estaba llena de polvo, pero la rosa seguía intacta dentro de ella.

“Lucrecia” estaba escrito sobre la madera que hacía de soporte del cristal. El nombre de mi antepasada.

Acerqué mi mano hasta ella, pero antes de siquiera poder posarla, algo me paralizó.

Bajo la oscuridad de la noche, doce personas se reunían en círculo.

Solo había una única mujer entre ellos, era más bien de estatura baja y cabello castaño.

Todos estaban quietos, con sus cabezas extendidas hacia el cielo.

Entre el silencio de la noche solo llegaban gritos ahogados que provenían de la ciudad que crecía bajo los pies de la montaña, pero que trataba de sobrevivir a los asedios constantes.

De un momento a otro la noche se iluminó y doce estrellas se precipitaron hacia ellos, haciendo que esas doce personas cayeran.

Unos segundos que parecieron interminables pasaron hasta que el cuerpo de la mujer se sacudió con un espasmo.

Cuando se recuperó, se llevó las manos al pecho y de entre ellas nació una rosa roja.

—Alessandra— Dorian ya estaba a mi lado, preocupado como aquella vez que me desmayé en el hotel. Tenía su mano extendida a medio camino, como si no estuviese seguro de si tocarme fuese una buena idea. —¿Estás bien?

Asentí aún confusa y le conté lo que vi. Lo que vi todas las veces que me ocurrió esto. Aguardando a que me revelara si él también había visto algo.

—¿Cómo era exactamente el puñal? —me esperaba cualquier otra pregunta antes que la atención hacia el puñal, pero aun así le describí los detalles que recordaba de él.

Cerró los ojos, pensaba que los abriría al segundo, pero bajo sus párpados sus ojos parecían moverse demasiado rápido.

Cuando los volvió a abrir, se mantuvo callado, como si estuviera asimilando algo.

—Ese puñal es de mis antepasados —dijo finalmente, sorprendiéndome.

Nada más abrir la boca para pedirle algún tipo de explicación, negó.

—Ahora tenemos que coger lo que necesitamos e irnos, Alessandra. Ya te contaré lo que sé sobre la daga.

Asentí un poco aturdida por su cambio de actitud. De repente se había vuelto cortante y frío, nada que ver con el Dorian de hace unos minutos.

—Llévatela —dijo refiriéndose a la rosa—, tal vez nos ayude a descubrir qué está pasando con la tuya.

Dudé un poco; ya era suficiente lo que estábamos haciendo, robar algo que estaba tan a la vista…

«No puedes robar algo que te pertenece». Esa voz que me erizaba la piel resonó en mi mente como ecos melodiosos en la lejanía. La misma Eellary me lo estaba pidiendo.

Ante mi indecisión, Dorian la cogió y la metió en la bolsa que llevábamos.

—Mierda —susurró cuando miró el móvil, pudo ver la duda en mi rostro—. Solo nos quedan cinco minutos.

El temor se apoderó de mí.

—Cómo nos quedemos encerrados, no volveré a confiar en ti, Dorian Vinci —pero hasta yo misma sabía que eso era mentira.

—¿No quieres pasar la noche conmigo? —dijo levantando una ceja con su característica media sonrisa.

—Dorian, no estoy para bromas —contesté cortante y él se acercó más a mí.

—No nos vamos a quedar encerrados, ¿vale? —dijo mirándome a los ojos, infundiéndome su tranquilidad a través de ellos—. Seguro que encontramos un modo de salir, no te preocupes.

No le rebatí, a pesar de que no lo veía tan seguro como él, ya estaba molesta y no quería discutir con él.

De hecho, aproveché el momento para alejarme y hacer lo que había venido a hacer, buscar libros que nos puedan ayudar.

Estar tan cerca de él me generaba sentimientos con los que no me apetecía lidiar ahora mismo, porque a pesar de lo que habíamos hablado en el sueño aún me daba un poco de miedo ese sentimiento.

No estaba preparada para afrontarlo, ni a él, ni a sus consecuencias.

Con el enfado entré en calor, por fin, así que me quité el abrigo. Notaba la atenta mirada de Dorian sobre mí, y lo puse sobre la bolsa que Dorian había dejado en el suelo.

—¿No tienes mejores cosas que mirar? —pregunté de modo pasivo-agresivo para que se diese prisa en buscar, aunque ya no teníamos tanta prisa por salir como antes. Total, lo más seguro es que nos quedásemos encerrados.

—¿Mejores? Lo dudo. —Su respuesta acompañada de su media sonrisa hizo que mis mofletes ardieran, y enseguida me di la vuelta para empezar a buscar en la estantería.

Pude escuchar la pequeña risa que soltó Dorian y que yo ignoré para comenzar a buscar en la primera estantería.

No quería irme con las manos vacías, tanto Dorian como yo teníamos nuestras razones para querer respuestas.

Era algo obvio que pasaba algo conmigo y con mi Don desde que mi rosa iridiscente comenzó a enfermar, pero había algo más que estaba afectando a los Dones, y no solo al mío.

Porque me negaba a creer lo de la profecía, me parecía absurdo.

En esta estantería, la mayoría de los libros estaban escritos en un italiano antiguo, lo que los hacía difíciles de entender.

—¿Estás teniendo suerte por allí? —pregunté a Dorian.

Él asintió.

—Ven, te quiero enseñar algo.

Me dirigí hasta él. Estaba en la mesa redonda y había dejado un par de libros sobre ella.

—Este habla sobre cada uno de los Dioses —dijo, cogiendo un libro de cuero gastado—, y este sobre cómo funciona cada uno de los Dones. —El último era mucho más grueso.

—Al menos tú has encontrado algo. —Mientras los ojeaba por encima, pude ver que estaban en italiano actual por una traducción de hace no muchas décadas—. En la otra estantería está todo en italiano antiguo.

—Creo que las que están al lado de esta tendrán libros más actuales. Yo voy a seguir echando un vistazo aquí, que me queda poco.

Estuve un buen rato buscando y sacando varios libros. Dorian ya se había cambiado a la otra estantería y yo por fin terminé. Los dejé sobre la mesa y Dorian vino tras de mí y me imitó.

Cuando nos miramos, estábamos de nuevo tan cerca que mis nervios se volvieron a desatar. Me sentía como cuando era niña y empecé a sentir algo por Fiero, solo que esto era más intenso, más real.

Sus ojos oscuros brillaban. No entendía cómo unos ojos tan negros podían reflejar ese brillo tan intenso como cientos de galaxias.

—He encontrado un libro que te puede interesar —dijo, pero no se movió ni un centímetro.

—¿Sí? —pregunté y él asintió. —¿Sobre qué?

—Es sobre tu Diosa.

Era más pequeño que los anteriores, y más que un libro parecía un diario. Era bastante grueso, pero al menos el tamaño ayudaba a su fácil transporte.

—Había uno sobre cada Dios —explicó Dorian—. Yo he cogido el de mi Dios. El diario que había en su mano era menos grueso que el que tenía yo entre manos. —¿Tú qué has encontrado?

—Este parece ser sobre rituales —dije señalando al de la derecha, que era bastante más grande que los que hablaban sobre nuestros Dioses—, y este sobre los Dioses en general. Por lo poco que he visto, supongo que sobre su historia.

—Dame uno de ellos y así tenemos cada uno dos para repartirnos mejor el trabajo.

Asentí sin saber cuál darle.

—¿Tienes alguna preferencia?

Él se encogió de hombros y cogió el primero que pilló.

—¿Te parece bien si cada noche hacemos llamadas mientras investigamos? Así cualquier cosa, nos lo podemos decir al momento.

—Mientras no sea muy tarde.

Intenté parecer que no me importaba demasiado, pero en realidad me ilusionaba el simple hecho de poder pasar más tiempo con él, aunque fuese de esa forma.

—Trato hecho entonces —se giró sobre sí mismo para mirar la otra punta de la sala—. Bien, ahora nos queda encontrar la salida.

Llegó el momento que más temía. El tener que aceptar que estábamos atrapados y nos acabarían pillando.

—Estoy seguro de que este sitio tiene dos entradas, por lo tanto, también tiene que tener otra salida.

—¿Cómo estás tan seguro? —realmente sonaba convencido.

—Porque es como si no fuese la primera vez que he estado aquí. Supongo que tendrá que ver con los recuerdos de los portadores de mi Dios.

Yo también tenía esa sensación, pero aun así me guiaba más por la lógica, que era que la única puerta que conocíamos estaba cerrada y no parecía haber ningún recoveco donde se ocultase otra puerta. Igualmente, si lo hubiese y volviésemos arriba, todas las puertas de la escuela ya estaban cerradas.

Dorian parecía buscar algo entre las paredes que nos rodeaban. Su pelo estaba desordenado, a diferencia de cuando habíamos llegado, y su mirada parecía tan fija y decidida como la de un águila.

—¿Qué es exactamente lo que buscas? —pregunté acercándome a él.

—No lo sé —respondió—, algo que se me haga reconocible.

Eso no era una buena solución, aun así, busqué entre las lámparas que colgaban de la pared alguna más gastada que otra que diese la señal de que había sido manoseada, cualquier detalle que me diese alguna pista.

Estaba claro que tenía que estar cerca de alguna de las cuatro paredes que nos rodeaban.

—Sé que estaba por esta zona —dijo hablando más para sí que para mí.

Lo único que llamó mi atención fue un globo terráqueo que había en una pequeña mesita, me acerqué a él y lo giré. No pasó nada.

—Gíralo para el otro lado —dijo Dorian a mis espaldas.

Le hice caso y lo giré hacia la derecha, volvió a su punto de partida, pero frente a nosotros otras escaleras que parecían ascender se abrieron ante nosotros.

—No hacemos mal equipo juntos —dijo cuando se paró a mi lado con una sonrisa antes de dar el primer paso hacia las escaleras.

Lo seguí de cerca y llegamos hasta unas puertas. Al abrirlas, entramos a una sala no más amplia que en la que habíamos pasado casi las dos últimas horas. Habíamos salido de un armario. La sala olía a inodoro y cerrado.

Estábamos en los viejos baños de las pistas. Al parecer llevaban muchos años cerrados, pero si realmente estábamos ahí y no me había equivocado, en cuanto pusiéramos un pie fuera, estaríamos en el exterior de la escuela.

Y efectivamente así fue.