Entre Rosas y Sueños Capítulo 40
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Capítulo 40

(D)

El cielo gris hacía más vibrante el verde de los cipreses y el césped que me acompañaba hasta la imponente casa.

Lo que menos me esperaba era acabar un lunes por la tarde enfrascado en el despacho del padre de Alessandra.

Nada más entrar, quien me imaginaba que era su asistenta me había llevado hasta el gran muro de madera tallada que eran las puertas del despacho.

Me imaginaba por qué estaba aquí, pero no sabía las intenciones detrás de esta reunión.

Acepté el café que me ofreció nada más sentarme, y esperé que hiciera el suyo antes de empezar el mío. La habitación olía a café intenso, papel y ceniza de la chimenea que parecía llevar semanas apagada.

—Bueno, Dorian, primero te quería agradecer lo que hiciste por mi hija el otro día —asentí, pensaba interrumpir lo menos posible a no ser que realmente tuviese algo que decir—, pero me importa conocer de dónde salió la información y todo lo que sepas.

Si de verdad te preocupa mi hija, creo que nos conviene tener esta charla.

No sé cuántas veces más tendrán intención de intentar un homicidio, pero no estamos para perder el tiempo.

Es la segunda vez que lo intentan y no vamos a esperar a que haya una tercera vez.

La segunda vez. Intenté que la inquietud no me recorriera.

Intenté ser lo más parcial y no dejar que mis palabras se guiaran por el odio que me generaba todo el teatro que habían montado, el teatro al que pertenecía el hombre que había frente a mí.

Le conté todo lo que sabía porque, si en algo coincidíamos, era en que ambos queríamos la seguridad de Alessandra, y si tenía que fingir que estaba de acuerdo con todo este teatro, lo haría por ella.

No parecía sorprenderle nada de lo que estaba contando. Si algo había aprendido este hombre a lo largo de su vida, era a mantenerse impasible, aunque su puño cerrado sobre la mesa me indicaba que nada de lo que salía por mi boca le estaba haciendo gracia.

—¿Quién crees que está fuera de todo esto?

—Su hermano y los di Petra, imagino —o al menos es lo que tenía entendido. Además, dudaba que se traicionasen entre ellos, aunque me parecía sospechoso que Fiero se estuviese librando del foco del caos, cuando se suponía que él también estaba envuelto en la profecía.

—Sin duda —asintió, pensando más para sí mismo. Había tomado una pose reflexiva mientras dejaba los segundos pasar. —¿Sabes el porqué de todo esto?

—La profecía —aunque era más una pregunta que una afirmación para saber hasta dónde llegaba su conocimiento. Y, como era de esperar, estaba bien informado—. ¿Alessandra lo sabe?

—Sí, aunque tengo la impresión de que no se lo termina de creer.

Asentí dubitativo. No sabía qué tan buena idea podría ser decirle a dónde íbamos esta noche, aun así, me aventuré a ello.

—Alessandra y yo esta noche vamos a la biblioteca de los Dioses.

No sé qué esperaba, pero definitivamente no el silencio que se hizo entre nosotros. Me aguantó la mirada unos segundos que parecieron minutos.

—¿Qué queréis encontrar allí?

—Alessandra quiere encontrar una solución a lo que está pasando con su rosa —algo en su mirada parecía sorprendido, tal vez no esperaba que conociera eso—. Te mentiría si te dijera que solo voy a acompañar a su hija, aunque es lo que más me importa en principio.

—¿Tú qué buscas?

Quería ser sincero. Ese hombre parecía saber detectar cualquier mentira. Quería que confiara en mí, que me permitiera acercarme a Alessandra sin problema, porque yo había más que decidido que lucharía por estar con ella.

—También quiero indagar sobre mi Dios y mi Don, hay cosas que no me cuadran.

—Eres el segundo hijo —no sonó como una pregunta, pero aun así asentí—.

Hay un libro… —Pareció perderse unos segundos en su mente—, un libro que recoge todo lo que se sabe sobre las familias que han tenido dos hijos.

No es una lectura muy agradable, Dorian.

Si no es completamente necesaria, la evitaría.

Si necesitas ayuda con cualquier cosa, mi hermano y yo hemos encontrado una forma de que el Don no te consuma si ese es uno de tus problemas.

Me quedé pensando en sus palabras. No esperaba que Massimo Leone me ofreciera su ayuda.

Pero veía en él algo que también veía en Alessandra, esa máscara de tenerlo todo bajo control, de ser una persona fría y calculadora.

Habían llevado tanto la máscara que se había vuelto su realidad.

Y esto me lo confirmó cuando me dio el número de su chófer por si ocurriese algo en algún momento de la noche.

Massimo Leone realmente era un hombre atento y que haría lo que fuese por su hija. Tal vez no estaba todo perdido.

✦

Alessandra se había tomado muy en serio eso de colarnos. Llevaba un bolso gigantesco para meter los libros e iba con unos pantalones y camiseta negra. Era la primera vez que la veía vestida entera de negro, y la ropa se amoldaba como un guante a su piel.

Cuando le dije que su padre sabía lo que íbamos a hacer, arrugó los labios.

—¿Y no ha puesto ninguna pega?

Negué.

Su chófer nos dejó en la entrada del instituto y se despidió de mí con un asentimiento de cabeza, lo que me indicaba que estaba ya informado de lo que había hablado con el padre de Alessandra y confiaba en que, si ocurría cualquier cosa, le avisaría.

Un voto de confianza muy grande por parte de ambos.

—Tenemos media hora antes de que nos cierren las puertas —dije cuando ya estábamos cerca de las puertas de la biblioteca.

Según me había informado Alessandra, lo más probable es que aún hubiese alumnos en la biblioteca grande.

Apuraban cada segundo que podían para estar estudiando en la escuela, así que lo extraño sería cruzarnos con alguien, y se notaba en los pasillos llenos de silencio.

La pequeña biblioteca estaba desierta, tal y como esperábamos.

No entendía por qué nadie la usaba. Era más acogedora y tranquila, generaba una sensación que te invitaba a querer pasar tiempo en ella, pero la única vez que encontré a alguien fue a Alessandra hace unas cuantas semanas.

Todavía recordaba cómo se paró en el umbral de la puerta al verme, tanteando lo que debía o no hacer.

A mí se me cortó el aliento nada más verla, como siempre ocurría.

Su presencia parecía robarme el oxígeno, pero aun así hacerme sentir tan vivo como nunca antes me había sentido.

Y es que, por más impasible que quisiera pretender parecer frente a ella, la realidad es que un remolino de emociones me nublaba el juicio, haciéndome imposible mantenerme lejos de ella.

—¿Por dónde empezamos?

Revisaba la estancia buscando algún detalle que se hubiese perdido en este tiempo.

—Según mi hermano, estaba al final de la habitación —me dirigí hacia los estantes en busca de algo que me pudiese dar una pista—. Tiene que haber algún tipo de mecanismo o palanca oculta.

Alessandra se colocó a mi lado. Su olor envolvía el aire como un susurro.

Era dulce, floral y me hacía querer pertenecer a su lado toda la eternidad, como si su olor se hubiese filtrado a través de los sueños y me acechase desde entonces, porque tenía la sensación de que llevaba mucho tiempo acompañándome.

—Creo que lo mejor va a ser que empecemos a mover libros, tal vez alguno de ellos sea la clave —dije cuando salí de mi ensimismamiento, me miraba atentamente, con esos grandes ojos en lo que tenía que luchar por no perderme—.

Lo suyo es ir cogiendo los libros que estén más a mano —retiré la vista antes de cometer una locura.

Porque si le veía bajar la mirada una vez más a mis labios, no iba a poder evitar besarla.

—Yo probaré con la repisa que hay debajo de la tuya —resaltó sin ser consciente de los sentimientos que se arremolinaban en mi interior al tenerla cerca.

Me fijé de nuevo en ella y pasé la mirada por su cuerpo. Sabía que era algo más baja que yo, pero aun así Alessandra era una chica bastante alta.

No tardó en ponerse a buscar. Movía cada libro con cuidado, casi que con mimo, como si pudiese estropearlos si no tenía cuidado, pero dudaba que esas manos fuesen capaces de dañar algo.

Con suerte, no nos llevaría más de diez minutos. El problema era que, si nos llevaba más tiempo, ya nos habríamos comido la mitad del tiempo que teníamos antes de que cerrasen las puertas. Había perdido demasiado tiempo hablando con el padre de Alessandra y se nos había hecho tarde.

Volviendo de la esquina de la estantería, sin querer ambos chocamos e instintivamente puse la mano sobre su espalda para estabilizarla. Su pelo me rozaba la mano y tenerla tan cerca me hacía pensar en cosas que tenía que arrastrar a lo más profundo de mi ser para volver a concentrarme.

—¿Tu hermano está seguro de que era aquí? —su voz no sonó tan firme como solía estarlo.

Por suerte rompió el silencio, pero seguíamos estando muy cerca el uno del otro, ella tenía la cabeza un poco inclinada hacia arriba para mirarme.

Estábamos tan cerca que, si me inclinaba un poco hacia ella, podría besarla.

Y creo que ella pensó lo mismo porque su mirada bajó a mis labios y un cosquilleo se extendió por mi interior.

—Sí —contesté—, creo que deberíamos seguir buscando —susurré alejándome de ella antes de perder el control. Ella se limitó a asentir.

Vi cómo Alessandra observaba la estantería desde lejos.

—¿Qué pasa?

Ella negó.

—Tengo la sensación de que está justo delante de nosotros, pero no la encuentro.

En cuanto dio un paso de nuevo hacia la estantería, la lámpara de pared que había a la izquierda parpadeó, y enseguida volvía a mirar a Alessandra, que se había quedado paralizada.

—Creo que tenemos la solución.

Se acercó a la lámpara y tiró de ella hacia abajo, en ese mismo instante, la estantería se deslizó hacia un lado, dejando una abertura lo suficientemente grande para que pudiese pasar una persona.

Ambos nos asomamos, encontrándonos con unas escaleras que se perdían en la oscuridad.

Noté cómo Alessandra se alejaba un paso.

Me volví hacia ella.

—No te veía como alguien a quien le diese miedo la oscuridad.

—No me da miedo —respondió rápidamente—, es solo que no sabemos qué hay ahí abajo.

—Libros, Alessandra, solo habrá libros. No te preocupes —quise cogerle de la mano y que me acompañase hasta abajo, pero el miedo me ganó y lo único que fui capaz de hacer fue rozarla—. Pon la linterna del móvil, iré delante.

Realmente no sabía qué había abajo, según mi hermano, una vieja biblioteca con libros cogiendo polvo que probablemente nos hubieran ayudado más de una vez, pero vivir en el desconocimiento era más fácil.

Dimos unos cuantos pasos escaleras abajo y la pared volvió a cerrarse. Me giré rápidamente. No parecía haber nada para volver a abrirla y la cara de Alessandra reflejaba el miedo que antes no quiso mostrar

—Tranquila, seguro que hay otra salida —o eso esperaba.

Alessandra se pegó aún más a mí, haciendo que su mano rozara la mía, y finalmente me atreví a entrelazar sus dedos con los míos. El corazón me martilleaba desbocado mientras bajábamos cogidos de la mano hasta las profundidades de la escuela.