Entre Rosas y Sueños Capítulo 39
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Capítulo 39

Había quedado con Dorian mañana, ya que me dijo que sabía dónde encontrar información para ayudarme. Así que la anticipación por verle y ver qué podíamos descubrir hacía que los minutos pasaran demasiado lentos. Sobre todo tras tomar una decisión que me daba un poco de vértigo.

Anoche Giu me dijo que estaba mejor cuando llegó a casa, aun así, necesitaba asegurarme de que realmente estaba bien.

Nunca había visto a mi prima de esa manera y me rompió el corazón ver cómo, de alguna forma, ella también se estaba viendo envuelta en este caos.

Así que necesitaba ver cómo estaba. Era lo mínimo que podía hacer, pero estaba tan acostumbrada y me daba tanto miedo no ser bienvenida, que siempre me había dado miedo dar ese paso.

Pero en parte me sentía culpable, tal vez si Fiero y yo lo hubiésemos dejado hace mucho antes, esto no hubiese sido tan doloroso para ella.

Y no iba a mentir que en parte sentía miedo porque todo esto le había hecho verme de otra forma, verme como todos los demás parecían hacerlo.

Tal vez mi madre siempre tuvo razón y yo destrozaba todo a mi paso, pero no me podía permitir perder a Giu también.

Nunca era demasiado tarde para cambiar, o eso me quería hacer creer.

—Después de comer iré a casa de los titos.

Mi padre estaba en un profundo silencio. Sus ojeras se veían más acentuadas que nunca y no parecía ser consciente de lo que le rodeaba.

—¿Me has escuchado?

—Sí, hija, pero sabes que tenemos que hablar en algún momento. Hay cosas importantes que tratar.

—Y tú tienes que dormir también en algún momento —le regañé y le quité el cappuccino de las manos—. En cuanto hayas descansado un poco hablaremos, hasta entonces no quiero saber nada.

Mi padre no parecía ni tener fuerzas para discutir, así que cuando terminé de desayunar preparé el famoso té que mi abuela hacía cada vez que teníamos problemas para dormir.

A fuego lento en un cazo con agua ya hirviendo, incorporé la manzanilla y la valeriana, un poquito de pétalos de rosas y lo dejé reposar todo hasta que el agua comenzó a tener un color coral.

Se lo pasé a una taza y se lo llevé a su cuarto.

No sé qué esperaba al abrir la puerta, supongo que una parte de mí tenía fe en que me hubiese hecho caso y estuviese ya tumbado, pero, como era de esperar, su vista estaba centrada en unos papeles que no deberían siquiera estar en su cuarto.

—Papá, te he dicho que tienes que descansar.

Pareció sorprenderse por mi intrusión y dejó los papeles a un lado.

Estaba sentado al borde de una cama que de repente daba la impresión de ser demasiado grande para una sola persona, o tal vez era mi padre, que parecía haber empequeñecido en un espacio que debería ser suyo y en el que aún había cosas de mamá por todos lados.

—¿Cuándo piensa llevarse todas sus cosas? —mi padre negó—. Tal vez es mejor que se lleven sus cosas a una de las habitaciones de invitados. Se lo diré a Elise.

Dejé la taza en la mesita que había a su lado y fui a quitar los papeles que había tenido en sus manos antes de que me parara.

—Déjalos, son los papeles del divorcio. Tengo que terminarlos ya para entregarlos.

Le hice caso y los dejé donde estaban con un nudo en la garganta.

Sabía que era lo mejor. Llevaba años deseando la paz que significaba no tener a mi madre en casa, pero a la misma vez la casa se sentía demasiado grande y vacía. Había dejado estragos por toda ella, unos estragos que no sabía si seríamos capaces de solucionar.

Tras tomar el té, mi padre se quedó profundamente dormido.

A mediodía no había bajado a comer y cuando fui a ver si se había despertado antes de irme a casa de Giu, seguía durmiendo.

La receta de mi abuela era muy eficaz porque cuando conseguías dormir, dormías del tirón todas las horas que tu cuerpo necesitaba, así que no podía ni imaginar lo poco que había estado durmiendo estas últimas semanas.

✦

Cuando llegué a casa de Giu, rápidamente me di cuenta de que no estaba sola.

No pude saber quién era de primeras, pues no conocía el coche que había aparcado frente a la fuente que daba bienvenida a la casa, pero en cuanto abrí la puerta de su cuarto y me encontré al moreno de pelo rapado frente a Giu, no sabía si estaba interrumpiendo algo.

—Aless —mi prima sonrió, pero parecía tensa.

—Alessandra —Marco me saludó con un asentimiento de cabeza y se hizo a un lado para dejarme paso y abrazar a mi prima, que seguía notándose cabizbaja desde lo de ayer.

—¿Interrumpo algo? —le susurré mientras la estrechaba en mis brazos.

Mi prima pareció mover la cabeza de un lado a otro dejándome un poco más tranquila.

—¿Ayer fue todo bien al final? —me preguntó Marco, a lo que yo simplemente asentí.

¿Acaso sabía algo de por qué ayer tuvimos que salir antes? Ayer, cuando me dejó sola con Giu, pensaba que era por respeto, pero tal vez había algo más detrás. Tal vez su madre le hubiera informado de la situación.

—Me alegro de que al menos algo fuese bien —el chico parecía sincero. Marco siempre había sido muy amigable y cercano.

Un silencio siguió a sus palabras.

—Os dejo solas que he quedado con el gilipollas de mi mejor amigo. —Esta vez fui yo la que se puso tensa. Se refería a Fiero, no sabía nada de él, pero me daba miedo hablarle después de sus palabras. Después de lo mal que iba todo.

—¿Está bien?

De alguna forma, sentía que Marco era de confianza. Si estaba aquí y ayer estuvo también con Giu después de lo que pasó, de alguna forma ya había tomado su posición.

Él asintió.

—No te preocupes por él, Alessandra, es un insensato. Ya entrará en razón.

Asentí un poco desconcertada. Creo que malinterpretó mis palabras.

Lo único que quería de Fiero es que en algún momento podamos volver a ser amigos, al menos a dirigirnos la palabra, nada más.

No pensaba volver a la relación que tenía antes con él por más que me gustara que mi vida dejase de estar patas arriba.

—Nos vemos, chicas —dijo despidiéndose con un gesto y ambas nos despedimos de él.

En cuanto salió por la puerta, me giré hacia Giu.

—¿Algo que deba saber?

Mi prima suspiró antes de tirarse en la cama.

—Mucho que debas saber —dijo mirando al techo. Aún parecía estar procesando lo que hubiese pasado.

Su respuesta me quitó un poco del miedo de encontrarme a una Giu que me odiase. Era una respuesta propia de mi prima, aun así, no sabía si estaba preparada para lo que me iba a decir.

—Marco me ha dicho que le gusto. Que está enamorado de mí.

Y definitivamente no lo esperaba para nada.

No quitó la vista del techo hasta que pasaron unos largos segundos.

Intenté no gritar que lo sabía. Sobre todo al ver los labios fruncidos de mi prima.

De alguna forma, aunque no estaba bien visto entre nosotros, siempre acabábamos fijándonos en otros miembros de La Élite.

Supongo que era normal cuando era con las personas con las que más tiempo pasabas y las únicas que sabían y compartían tu secreto.

Era difícil no hablar de algo que ocupa gran parte de ti.

—¿Y qué le has dicho? —fue lo único que fui capaz de pensar.

—Que no le correspondo —soltó un sonoro suspiro antes de ser capaz de volver a mirarme—.

Alessandra, a mí nunca me va a gustar Marco —parecía sentirse realmente mal por ello.

Sus ojos seguían igual de apagados que ayer—.

Odio que sea así porque sería el chico perfecto.

Es la persona con la que mejor me lo paso, pero nunca voy a sentir lo mismo por él.

—Giu, no te debes sentir mal por eso. Es normal que dos personas no coincidan en sus sentimientos. Más normal de lo que creemos. ¿Él sabe que no te gustan los chicos?

Mi prima me sorprendió asintiendo.

—Se lo he contado todo.

—¿Y cómo ha sido su reacción?

—Demasiado buena, Aless. Lo ha entendido tan bien que me ha dado hasta rabia.

En el fondo esperaba y quería que eso lo alejara de mí.

De alguna forma pensaba que eso lo haría más fácil, pero no —aún tenía los labios fruncidos—.

Lo ha aceptado tan bien que me he sentido hasta mal por no decírselo antes.

Lo peor de todo es que él ya imaginaba esa respuesta.

Él ya había visto esa versión de mí que nunca fui capaz de verbalizar, ni a él mismo, el que se supone que era uno de mis mejores amigos.

—Tal vez necesitaba esa confirmación para sentirse tranquilo, Giu, y tú se la has dado. Lo importante es que ha ido todo bien y tal vez no haya ningún problema en que sigáis siendo amigos.

—No va a haber ningún problema. Marco ya me lo ha dejado bastante claro.

Aunque la situación fuese un poco enrevesada, me alegraba que Giu tuviese a alguien que se preocupara tanto por ella. Marco era un buen chico.

—Si es así, no te quiero ver mal por esto a no ser que las cosas cambien. —Ya tenía suficiente con la situación con Agatha como para meter algo más.

—No lo estaré —afirmó—. Solo… me ha pillado de sorpresa. No lo esperaba capaz de decírmelo.

—¿Lo sabías?

—Lo sospechaba, pero esperaba que no fuese verdad.

Asentí. Aunque nunca estuviese en su exacta situación, lo podía entender.

—¿Y cómo estás con lo que ocurrió ayer?

Aún me costaba saber abordar los problemas, tanto míos como de los demás, y no sabía tener el tacto suficiente para enfrentar esos temas tanto como me gustaría.

—Estoy bien —contestó restándole importancia—.

Ayer es verdad que lo pasé bastante regular, pero es una zorra que no merece que me sienta así por ella.

—Asentí ante su cambio repentino de emociones, pero después de ver cómo se estaba comportando esa chica, veía normal su reacción—.

Así que bueno, desgraciadamente los sentimientos no se apagan de un momento a otro, pero voy a estar bien —afirmó con tanta convicción que envidié no ser un poco más como ella.

—Te mereces a alguien mucho mejor, Giu. Y estoy segura de que la encontrarás pronto porque eres una persona increíble.

—Siempre había admirado la personalidad de Giu, su ánimo y su felicidad contagiosa.

Estaba segura de que no tardaría demasiado en encontrar a alguien que la admirara incluso más que yo.

Mi prima se encogió de hombros.

—En este sitio creo que no va a ser sencillo, sino imposible. —No me gustaba la tristeza que invadió sus ojos. No soportaba no poder decirle que tal vez pronto sería libre, pero tampoco quería darle falsas esperanzas.

Me quedé un rato más hablando con ella, intentando llevar la conversación por un lugar menos desesperanzador y peligroso, hasta que la inquietud de haber dejado a mi padre solo me asaltó.

Ya eran entradas las seis de la tarde y me quedaba un camino de media hora hasta casa, así que me despedí de Giu dándole un fuerte abrazo cuando Rodrigo llegó.

Al final resultaba que no odiaba tanto el contacto físico.

En general, este último mes me di cuenta de lo importante que era estar con personas que te hacían sentir bien.

Lo importante que era sentirse escuchada y poder hablar de cómo te sientes.

Han tenido que cambiar demasiadas cosas para darme cuenta de ello, pero supongo que, aunque hayan sido cambios difíciles, me estaban llevando a sentirme más libre y más feliz.

Tenía algunos mensajes de Dorian que contesté de camino a casa. Me estaba habituando demasiado a hablar con él, y cuando no lo hacía se me hacía hasta extraño, aunque ahora estábamos tratando un tema que me daba escalofríos.

Mañana nos colaríamos en una biblioteca donde se supone que encontraríamos la información que quisiéramos sobre nuestros Dioses.

No me hacía gracia el hecho de tener que colarnos, pero necesitaba información.

Información que no encontraría en otro sitio.

A no ser que la conversación que tuviese al llegar a casa lo cambiase todo.

Y, por suerte, mi padre ya estaba más que despierto.

Lo encontré como siempre en su despacho. Rodeado de papeles y detrás de una gran pantalla.

—Estaba a punto de llamarte, hija. —Tenía mejor cara que esta mañana, las ojeras habían desaparecido, pero su ceño estaba ligeramente fruncido—. He tenido el sueño más reparador que habré tenido en años. Gracias.

—La próxima vez no lo dejes pasar tanto, papá. —Sabía que tenía muchas cosas de las que ocuparse, pero no podía descuidarse de esa forma. —¿Me puedes explicar ya qué es lo que ocurrió ayer?

Suspiró antes de mirarme atentamente.

—Creo que te has podido dar cuenta de que alguien viene tras nosotros —asentí.

Después de todo era más que obvio, por más que no quisiera verlo—, aún no sé exactamente quién es, pero pertenece a La Élite.

¿Te acuerdas de la profecía sobre la que te conté hace unos meses?

—volví a asentir—. Pues se la han tomado demasiado en serio.

—¿Quieren acabar con mi vida? —pregunté aún sin terminar de creerme las palabras que salieron de mi boca.

—Quieren que la profecía no se haga realidad, y quieren lograrlo de la forma que sea necesaria —un escalofrío recorrió mi columna—.

No voy a permitir que te pase nada, hija, pero necesito que tengas especialmente cuidado.

Mañana mismo se anuncia tu separación con Fiero, pero eso no significa que podamos estar tranquilos.

Hay mucha probabilidad de que crean que no es cierto.

Sobre todo ahora que sabe que hay alguien que le ha traicionado.

Necesito que tu amigo Dorian Vinci venga mañana a casa cuanto antes. Tengo cosas que tratar con él.

Y de todo lo que me dijo, lo que más me sorprendió fue que quisiera la ayuda de Dorian.