Capítulo 37
Frente al espejo apenas me reconocía. Tampoco reconocía la vida que se estaba creando bajo mis pisadas. Sentía que no tenía el control sobre ella, nunca lo había tenido, pero esta mañana pensé que eso estaba cambiando.
Me quité el vestido frente al espejo. Las rosas que aguantaron toda la tarde ya estaban empezando a perder sus pétalos. Como si ellas también quisieran huir de mi vida deshaciéndose sobre el agua.
El olor a lavanda y rosas se entremezclaba con el vapor. Seguridad y tranquilidad. Los baños de agua caliente siempre eran un ritual para mí. Me ayudaban a calmarme y a alejar todos esos pensamientos negativos que me perseguían cada día.
Me miré en el espejo semidesnuda. Contadas veces me atrevía a mirarme así.
Y esta fue una de las pocas que no me disgustó lo que vi.
Después de todo, algo sí que estaba cambiando en mi vida.
No podía seguir odiándome el resto de ella, no quería seguir haciéndolo.
La Alessandra del espejo parecía haber despertado de una pesadilla que habían sido los últimos años.
De alguna forma estaba consiguiendo hacer las paces conmigo misma, pero aún me costaba entender que no todo podía estar bajo mi control.
—Eellary —busqué esa conexión que sentía que se estaba estrechando cada vez más—.
Gracias por acompañarme en mi día a día.
Espero que te haya gustado esta fiesta en tu honor, aunque no ha acabado de la forma en la que teníamos pensado.
Gracias por compartir tu poder conmigo, por tu guía y tu compañía.
Puse un poco de música R&B bajito y me metí en la bañera, intentando deshacerme de la sensación de inseguridad que tenía desde que llegué a casa. Mi vida podría haber acabado dos veces en apenas tres meses. Y posiblemente, ambas por el mismo grupo de personas que me habían visto crecer.
Dejé esos pensamientos a un lado. Intentando centrarme en el olor a rosas y lavanda.
La sensación ardiente que dejaba el agua en mi piel y la suave melodía que se filtraba a través de mi móvil.
De alguna forma, todo aquello consiguió borrar todo signo de preocupación de mi mente, que comenzó a divagar entre recuerdos.
Recuerdos lejanos de unos ojos negros igual que la noche.
Como los de Dorian, pero de alguna manera, aunque lo reconocía en ellos, sabía que no era él.
Había entrado en una especie de trance recordando cosas que realmente no eran mías.
Una daga plateada, sangre brotando de una mano, ojos oscuros y una noche estrellada sin rastro alguno de la luna.
Otra vez. Otra vez esas visiones extrañas. En ningún momento había vivido aquello, pero a la misma vez se sentía familiar, como si mi subconsciente lo reconociera.
Cuando desperté del trance, ya había pasado media hora y decidí que ya era momento de salir del baño para envolverme en la comodidad de mi cama. Fuera lo que fuera, lo que había pasado tendría que esperar hasta mañana para ocuparme de ello.
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Las paredes de piedra estaban decoradas con cuadros, y bajo mis pies el pasillo estaba envuelto en una moqueta roja con detalles dorados, velas y lámparas de araña iluminaban el lugar evitando la penumbra que se veía desde una de las ventanas que daba al exterior.
Parecía que seguía en Italia, pero no estaba segura de ello.
Una suave música melancólica me hizo comenzar a moverme por los pasillos y las salas que daban la impresión de ser interminables.
El palacio parecía solitario, a excepción de esa melodía.
No sabía dónde estaba, ni adónde iba, pero la música cada vez sonaba más cerca.
Hasta que me paré en un lugar donde se encontraban dos salas, una a la izquierda y otra a la derecha.
Un suave olor a flores llegó a mí desde una de ellas.
Narcisos.
Giré hacia la sala de la izquierda, y ante tan imponente salón, estaba Dorian sentado en el suelo frente a un gigantesco espejo. Tenía la mano apoyada sobre su rodilla antes de mirar en mi dirección y levantarse.
—¿Alessandra? —dijo mi nombre confuso—. ¿Qué haces aquí?
—Bueno, no es la primera vez que te metes en mis sueños. —Ahora era yo la que estaba desconcertada. Esto llevaba pasando meses, incluso años, sin que yo lo supiera. ¿Por qué se sorprendía?
Dorian negó.
—Estás en mi sueño.
—¿Qué? —pregunté perpleja, aún sin moverme de la puerta.
Dorian parecía igual de confuso que yo.
La música seguía sonando entre nosotros, pero no venía de ningún lugar en concreto.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó rompiendo el silencio que se creó—. Este sitio es enorme.
Dio unos cuantos pasos más hacia mí, pero aún había un abismo entre nosotros.
—Me guié por la música —respondí—, y el olor a narcisos.
—¿Narcisos?
Asentí y me acerqué un poco más.
—Hueles a narcisos.
—¿Por eso elegiste ese olor para mi perfume?
Asentí.
—Normalmente, a las personas que conozco las relaciono con una flor, y bueno, por alguna razón a ti te relaciono con ellos —añadí de forma un poco atropellada.
Dorian esbozó su media sonrisa ante mi notable nerviosismo.
—Espero que no sea porque te parezca un egocéntrico.
Me contagió su sonrisa, pero no pensaba responder a lo que había insinuado porque tal vez un poco sí lo creía.
No sé en qué momento la gran distancia que había al principio entre los dos había casi desaparecido.
—¿Por qué, si el palacio tiene tantas salas, estás en esta que no tiene ni un sitio donde sentarte? —dije antes de que el silencio volviera.
Dorian chasqueó los dedos y dos sillones mullidos aparecieron bajo nosotros.
—Por alguna razón es la sala donde más cómodo estoy.
—Bueno, al menos sé que tienes más opciones que estar tirado en el suelo toda la noche.
Dorian rió.
—Sigue siendo un sueño, Alessandra. Lo puedo manipular como quiera.
Volvió a chasquear los dedos y el techo desapareció, dejando vía libre a la noche estrellada que teníamos sobre nosotros.
—Cada vez que tengo cosas que debatir conmigo mismo o con mi Dios, aparezco en este palacio, y sin querer siempre pongo camino a esta sala.
—¿He interrumpido tu momento meditativo? —pregunté tratando de esconder la sonrisa que me brotaba de los labios.
—No me venía mal un poco de compañía —volvió a chasquear los dedos y los sillones desaparecieron—. Me alegro de que hayas llegado bien a casa.
El brillo de sus ojos titilaba con miedo. Estaba tan cerca de mí que nuestro aliento se entremezclaba. Ninguno de nosotros se atrevió a decir nada, ni siquiera a movernos.
La música cambió. Seguía siendo melancólica, pero dejó de ser tan triste y solitaria como al principio.
Dorian estiró un brazo hacia mi.
—Creo que ambos nos quedamos con ganas de compartir un baile —dijo rompiendo la tensión y el silencio que se extendía entre los dos.
Nunca nadie había logrado hacerme sentir tan importante como experimentaba bajo la mirada oscura de Dorian.
Miré su mano, y luego lo miré a él. No sé si había estado demasiado distraída, pero me di cuenta ahora de que llevaba el mismo traje que esta tarde, y mi vestido rojo saltaba como una gran mancha de color el reflejo del espejo.
Sabía que estaba mal lo que estaba haciendo, me dije que no repetiría el mismo fallo, pero aun así, acepté su mano tibia contra mi tacto.
La melodía bañaba el silencio que había bajo las estrellas.
Mi mano cayó sobre su nuca y su pelo me rozaba el dorso como una suave caricia.
Sus manos estaban sobre mi cintura mientras me guiaba de un lado a otro, y ahora solo sonaba esa melancolía acompañada por nuestros pasos y el crepitar de las cientos de velas que teníamos a nuestro alrededor.
—¿Cuándo? —susurré mientras observaba el reflejo de las llamas.
—La magia de los sueños —me recordó.
Mi mente divagaba imaginando esa sala llena de flores. Intenté conectar con ella, y antes de que me diese cuenta, las paredes se llenaron de rosales.
Los ojos de Dorian brillaron cuando me miraron, como si lo que acababa de hacer fuese más sorprendente que todo lo que nos rodeaba.
—Aprendes rápido —la arruga de la comisura de su boca se acentuó con su sonrisa ladeada.
Y la luz se atenuó aún más, haciendo que solo llegase de las velas, pero junto a ellas las luciérnagas revoloteaban a nuestro alrededor. Era magia, y a su lado se sentía más intensa, más real, más parecida a un cuento de hadas.
Dorian me dio una vuelta para luego recostarme sobre su brazo y ver cómo las luciérnagas se entremezclaban con el brillo de las estrellas.
Su cuerpo se sentía firme, su aliento acariciaba mi nuca, haciendo que un suspiro se escapase de mis labios, erizando mi piel con su calidez.
Estaba mal, pero sabía que no podría huir de esta sensación, y tampoco quería hacerlo.
Con él, el miedo y el caos desaparecían de mi vida. Solo existíamos nosotros.
No sé cuándo ni cómo, pero empezamos a elevarnos y ya estábamos a un par de palmos del suelo cuando fui consciente de ello.
—Dorian —dije asustada, agarrándome más a él.
—Es un sueño, Alessandra, no te va a pasar nada. Confía en mí.
Y confiaba en él, así que traté de calmarme bajo sus brazos. Y enseguida parecía que estábamos tocando el cielo. Allá donde mirase, las estrellas nos rodeaban. Incluso en los ojos del chico que me contemplaba también parecía haber dos estrellas radiantes.
—Mira abajo —susurró, como si nuestras voces fueran a asustar a todas las almas centenarias de las estrellas que nos rodeaban.
Bajo nosotros la sala resplandecía con la luz de las velas y las pequeñas luciérnagas que iban y venían.
—Gracias a ti, ya no volveré a sentirme solo cada vez que mis sueños me traigan hasta aquí.
Por alguna razón, mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esas lágrimas no llegaron a derramarse. No cuando la mirada de Dorian bajó hasta mis labios, haciendo que se evaporaran. La suavidad que había entre los dos se convirtió en una tensión sofocante que solo duró unos segundos.
Miró el vasto infinito de estrellas que había sobre nuestras cabezas y, sin quererlo, mi mirada le siguió. Antes de que me diese cuenta, ya estábamos de nuevo sobre el suelo.
—Perdón por… —Se quedó callado como si no supiera el porqué debía de pedir perdón—. Siento si te he podido molestar de alguna forma. —Sus palabras sonaron inseguras, como si todo lo que decía no cobrara sentido en su cabeza.
Negué sin entender bien a qué se refería.
—No hay nada que perdonar. Todo está bien.
No sabía qué más decir. Sentía esa conexión que había entre los dos, pero me daba miedo que se hiciera realidad. Me daba miedo que se volviese a repetir la misma historia.
El silencio cayó entre ambos tan inmenso como el vasto exterior que había sobre nosotros. Él se había sentado en el suelo de nuevo, y yo me senté a su lado, pero dejando un poco de aire entre los dos, que tras el baile se me antojaba un espacio exageradamente largo.
A pesar del silencio, yo no me quería ir aún.
Él bajó las manos al suelo y rozó las mías, pero enseguida ese roce desapareció. Cada vez que dábamos un paso hacia delante, luego dábamos dos atrás. Lo miré con una pequeña sonrisa. Cuando me miró, no había duda de que algo mantenía su mente preocupada.
—Alessandra —mi nombre siempre sonaba como una suave brisa entre sus labios.
Lo miré de nuevo, pero él no me devolvió la mirada.
—Desde que te conocí siento que estoy al borde de la locura.
No esperaba encontrarte nunca. No esperaba que esa sensación que tenía en los sueños acabase siendo real cada vez que te veía.
La música seguía sonando, esta vez más suave y tranquila.
—Tal vez esto que esté haciendo sea un error, pero me prometí buscar la felicidad, y tú tienes ese gran poder en mí.
Cuando estoy contigo, todo lo demás desaparece.
No sé si esa conexión que hay entre los dos es solo cosa mía.
Pero si tú también la sientes, si estás dispuesta a intentarlo, sería el hombre más feliz de este universo.
Me miraba a través de su reflejo, y yo fijé la vista en él a través del espejo. Sus ojos negros brillaban tan inquietos como la maraña de rosas que parecían brotar en mi estómago.