Capítulo 36
La barra libre ya había abierto y la noche cayó sobre nosotros. Solo estábamos iluminados por la luna, las velas que se encontraban desparramadas por cada rincón y las pequeñas luces que se colocaron estratégicamente sobre nuestras cabezas, escondidas entre las flores.
El volumen de las voces subía cada vez más conforme el efecto del alcohol crecía en el interior de nuestros invitados. Giu se quedó conmigo desde el momento en el que nos reencontramos. Ella ya llevaba su segunda copa y yo solo le daba vueltas al vino al que apenas le había dado dos tragos.
—Que te haya pasado una vez al beber alcohol no significa que te vaya a volver a pasar —contestó cuando le dije que no me apetecía desde lo que pasó con Agatha.
—Pero por si acaso, prefiero evitarlo. —Me sentía intranquila, alerta, y eso no me invitaba a querer beber—. Estoy bien con esto —dije moviendo con suavidad la copa.
Me hacía sentir más adormecida que eufórica, cómoda y relajada en el ambiente.
Además, me ofrecía un calor que agradecía.
Con la caída del sol, la atmósfera se había vuelto más húmeda en las colinas que nos rodeaban.
Lo podía notar en las flores. La primavera había llegado, pero aún faltaban unos cuantos días para que la humedad del invierno desapareciera por completo.
Mientras seguía hablando con Giu, Dorian pasó frente a nosotras y salió fuera.
—Ve —dijo Giu, que no se le escapó que mis ojos viajaron hacia él—. Si alguien viene a buscarte, le diré que has ido al baño a retocarte el maquillaje.
—Pero… —Intenté decir algo antes de que mi prima me cortase.
—Ve —insistió y me dio un pequeño empujón hacia la puerta.
Me adentré en la húmeda oscuridad de la noche. Las pocas luces que iluminaban el exterior no me daban pistas de hacia dónde había ido Dorian. Una mano tiró de mí y estuve a punto de gritar hasta que sentí su olor. Narcisos y cítricos con un toque amaderado.
—Casi se me sale el corazón por tu culpa —le regañé mientras aún intentaba recuperar el aliento y adaptarme a la semioscuridad que nos rodeaba.
Él se rio.
—Hay que saber sorprender a tus perseguidores.
Levanté una ceja hasta que vi que llevaba un cigarro en la mano y arrugué el rostro.
—¿Te molesta?— preguntó.
—Un poco —admití en un susurro. Había venido probablemente para fumar y despejarse y yo le estaba molestando.
Pero sin pensarlo dos veces lo apagó.
“Nunca me vas a molestar, Alessandra”. Me sorprendió de nuevo su voz en mi mente.
—Menos mal que no ibas a invadir mi privacidad —le dije poniendo los ojos en blanco.
—Créeme, muchas veces no lo hago aposta, pero desde que he descubierto que esto es posible, ciertas cosas vienen a mí como si fueran alertas.
Estar cerca de él iba a ser más difícil de lo que imaginaba.
Ya era difícil resistir a ese tirón que me llevaba siempre a estar cerca de él.
Ahora además tenía que tener cuidado también por donde iban mis pensamientos, lo cual no era sencillo cuando mis ojos se encontraban con los suyos y mi mente se rendía ante su atractivo.
Sus cejas se levantaron sorprendidas, y una pequeña sonrisa burlona tan característica de él brotó entre sus labios.
—Ni se te ocurra decir nada —dije mientras notaba que el calor se me acumulaba en las mejillas. Ya no podía ocultar lo que pensaba.
—Supongo que tengo suerte de que tú no puedas ver lo que pienso —dijo aún con su sonrisa revoloteando y sus ojos más oscuros y brillantes que antes.
—Mejor no saberlo— contesté.
Pero era una completa mentira. Constantemente me preguntaba si él pensaba tanto en mí como yo en él, sobre todo en los grandes periodos de tiempo en los que no nos veíamos. En los que ansiaba volver a verle.
“Te sorprendería lo mucho que te pienso” volvió a entrar en mi mente.
Se me escapó un suspiro.
—Esto no es justo —me quejé como una niña pequeña.
Él tenía acceso a todos mis pensamientos, a todos mis secretos, sin apenas yo darme cuenta de que está ahí en mi mente.
—Inténtalo tú.
—¿Crees que es posible? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Si no lo intentas, nunca lo sabremos.
—Pero no tiene mucho sentido. Tienes ese acceso porque tu Don tiene que ver con la mente, pero el mío no.
—No te pongas límites —dijo—, simplemente inténtalo.
No sé por qué él pensaba que podía ser posible cuando era obvio que no. Aun así, volví a suspirar, cerré los ojos e intenté conectar con mi mente. Pero solo pude encontrar oscuridad y un ruido constante que no venía de ningún sitio en concreto.
Me agobié y abrí los ojos.
—Tienes que estar tranquila.
—Hoy no creo que sea el día, entonces —había demasiadas cosas que me llenaban la mente, y estar en su presencia me generaba una especie de nerviosismo que nunca antes había experimentado.
Dorian simplemente asintió.
Algunas risas y voces parecían acercarse, pero solo estaban tras los setos de rosas que nos escondían de la vista de los demás.
—Creo que debería volver dentro —dije al ver que las primeras personas ya se marchaban.
Por lo general, al ser un evento de tarde, el baile de primavera no solía alargarse más de las nueve de la noche. Iba a girarme para entrar, pero Dorian me cogió de la mano.
De repente estaba tenso, y su mirada parecía alarmada.
—Prométeme que saldrás antes de que se vayan los últimos invitados.
Lo miré con el ceño fruncido. No entendía a qué venía esto, pero negué.
—El protocolo no es así. Mi padre y yo saldremos los últimos. Hay que comprobar unas cuantas cosas antes de irnos.
Él negó. Parecía estar debatiéndose algo hasta que la voz de mi padre se filtró entre los setos.
—Ya me han avisado dos personas hoy. No avisaremos a nadie —no sabía con quién estaba hablando, pero su voz sonaba muy baja, como si estuviese tratando algo confidencial—. Tengo que buscar a Alessandra.
Le miré confusa. Fuese lo que fuese, Dorian tenía razón.
—Ve —dijo señalando al lugar donde provenía la voz de mi padre—. Ten cuidado, Alessandra. —Su mano me soltó con una lentitud que admitía lo poco que me quería dejar ir.
La oscuridad de su mirada bajó hasta mi boca al ver que no me moví.
Sabía a anhelo, pero en cuanto se percató de dónde estaba, su mirada la apartó, rompiendo la burbuja en la que me encontraba.
Echando de menos sus labios cuando ni siquiera se habían posado sobre los míos, pero deseando que lo hubieran hecho.
—Vete —volvió a decir.
—¿Qué está pasando?
Estaba muy confundida, pero ya no sabía si por su mirada o por lo que parecía que se me ocultaba.
—Ya hablaremos de esto en otro momento. Lo importante ahora es que te vayas con tu padre.
—Me debes una explicación, Dorian Vinci. —Hice que mis palabras sonaran como una amenaza antes de alejarme de él en busca de mi padre, porque lo único que quería era regresar a su lado.
No sabía cuándo lo volvería a ver, y mi cuerpo me gritaba que me diese la vuelta, pero me obligué a seguir adelante hasta que me encontré ante el hombre con el traje más aburrido de la noche. Mi padre parecía vivir embutido en un traje negro.
—Gracias a los Dioses, hija —parecía realmente aliviado—. Te he llamado, pero no daba señal tu teléfono. Nos vamos en diez minutos —dijo esto último aún más bajo.
Asentí con mil dudas en mi mente. Me imaginaba que ahora no era el mejor momento para hacer preguntas.
Busqué de nuevo a Giu, que estaba junto a Silvia y Marco. Ambos tan encima de ella que no podía distinguir qué pasaba hasta que ya estaba delante.
—¿Giu? —dije en cuanto la vi encogida.— ¿Qué ha pasado?
Tenía la cara llena de lágrimas.
—Agatha —fue la única pista que dio, pero no me ayudó a entender demasiado la situación. —Me ha usado a su antojo.
—Ha venido hace un rato a decirle a Giu que ya no la necesitaba más en su vida y que ya tenía todo lo que siempre quiso. Refiriéndose a Fiero —explicó Silvia entre murmullos y un poco asustada al decir esta última frase.
—¿Qué qué? —me quedé boquiabierta y miré a mi prima con los ojos muy abiertos.
—Intenté pararla, pero no pude —Silvia se veía angustiada.
—¿Se ha dado cuenta mucha gente? —pregunté sintiendo cómo la situación volvía a hacerse bola.
Silvia negó.
—Las pocas personas que estaban cerca creo que iban lo suficientemente borrachas como para no darse cuenta —añadió Marco.
Me miraba extrañado, intentando descifrar algo de mí. Supongo que no había mostrado mucho interés en lo que había dicho Agatha sobre Fiero. Y, sinceramente, ya estaba harta de fingir.
—¿Fiero no ha hecho ni dicho nada? —le pregunté al chico con una ceja levantada.
—Le dijo que no se pasara, pero ni siquiera intentó pararla.
Negué. Solo Fiero se podía dejar arrastrar por una víbora.
Quería buscarlos, pero de nada me iba a servir ahora. Solo para montar otra escena que prefería evitar, y tal vez era eso lo que estaba buscando, así que no le iba a dar el placer de ello.
—Giu, no iremos pronto —dije un poco más bajo, ganándome una mirada extrañada por parte de mi prima.
Cada vez salían más invitados, pero aún quedaban cinco familias entre nosotros. La mitad de La Élite.
Los diez minutos pasaron demasiado rápido.
Silvia se fue antes, pero Marco seguía con nosotras.
Le miré buscando las palabras adecuadas para no delatar que nos íbamos tan pronto del evento, pero no tuve que decir nada.
Al mirarme, él tan solo asintió y se fue.
Supongo que pensaba que quería quedarme a solas con Giu y agradecía no tener que dar explicaciones.
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No tardé en quitarme los tacones al entrar en casa.
Por suerte, el suelo aclimatado me evitó que un nuevo escalofrío me recorriera el cuerpo.
Ya había tenido demasiados de camino a casa.
El ambiente tenso que había en el coche no ayudó a tranquilizarme.
El silencio durante el camino me ayudó a pensar claro, y no me gustaba por dónde iban mis pensamientos.
—¿Tiene que ver con lo que ocurrió a principios de año? —Era el único sitio a donde me llevaban todas mis conclusiones.
Mi padre se tiró en el sofá derrotado. Parecía que todo esto le estaba superando. Asintió, y aunque solo tenía ganas de encerrarme en mi cuarto y no volver a salir de ahí, me senté a su lado.
—¿Quién te lo ha dicho?
Me imaginaba la respuesta.
—Sandro Pellegrini. —Mi boca se entreabrió. No era la persona que me esperaba —y Dorian Vinci.
Dos personas habían avisado a mi padre de lo que tramaban a nuestras espaldas. No quería ni imaginarme qué se traían entre manos.
—Tu amigo puso mucho hincapié en sacarte antes de que todos los invitados se fueran.
La forma en la que dijo amigo, sin creer realmente la palabra, hizo que mis mejillas se sonrojaran. Pero éramos eso y nada más. Aunque mi padre quisiera dar a entender que había algo entre nosotros, no lo había, no podía haberlo.
—Si no fuera por él, no me hubiese tomado el aviso de Sandro tan en serio como debería —se había despeinado de tanto pasarse la mano por el pelo. Parecía realmente exhausto. Nos han salvado la vida, Alessandra.
Me imaginaba que la cosa era seria, pero escuchar las palabras de mi padre me hizo más consciente de lo que había estado a punto de pasar.
Habían estado a punto de acabar con nuestra vida por segunda vez este año.