Capítulo 34
Este comienzo de la primavera era diferente.
Lo notaba en la sensación burbujeante que me acompañó desde que me levanté.
Me sentía brillar como no lo había hecho nunca a pesar de lo cansada que terminé el día de ayer.
La conversación que tuve con Giu me ayudó a tranquilizarme.
Aunque realmente no sabía si era cosa de Eellary, porque esa fuerza interior no era propia de mí.
No temblaba mientras las familias entraban y nos saludaban.
No me intimidaba Fiero, ni su mirada molesta al ver el nuevo cambio de última hora de mi vestido.
Giu lo sugirió anoche en cuanto le enseñé la foto.
Sabía que al vestido le faltaba algo desde el primer momento que lo vi, pero nunca me hubiese atrevido, o al menos no hasta ahora.
—¿Qué pasa, Alessandra? —Fiero paseó su mirada por la apertura que caía desde mi muslo hasta el final del vestido.— ¿Ahora tienes que llamar la atención de otros chicos y no sabes hacerlo de otra forma?
Esperó a que las cámaras dejaran de enfocarnos para susurrarlo sobre mi oído.
Todo estaba perfecto. Las flores y las tazas de té colgaban sobre nuestras cabezas.
Las antiguas estatuas esculpidas en mármol sorprendían a los invitados.
El gran tablero de ajedrez que estaba en mitad de la sala era la pista de baile.
Había señales y relojes escondidos por todo el lugar, pero lo que más llamaba la atención era el gran reloj que anunciaba cada hora un nuevo evento, el único que daba la verdadera hora.
Fiero no me iba a impedir disfrutar del evento. Parecía un sueño hecho realidad. Desde pequeña me había encantado esta historia, pero no pensaba que en algún momento yo me convirtiera en Alicia y necesitara escapar al País de las Maravillas.
—Ha quedado incluso mejor de lo que imaginaba. —Mi prima vino justo a tiempo para mi salvación.
Entre la incomodidad que sentía al estar junto a Fiero y que tan solo quedaban cinco minutos para que el evento comenzase y no estábamos todos, iba a comenzar con el labio roto de tanto morderlo.
Solo faltaba una familia, y Dorian no podía no venir.
Volví la mirada a Giu. Si seguía mirando la puerta cada segundo, alguien se daría cuenta de que estaba desesperada porque llegaran.
El vestido de mi prima era un guiño al conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas.
Un vestido blanco encorsetado con un vuelo con varias capas de diferentes telas que mezclaban la suavidad y brillo de la seda con el volumen y la ligereza del tul azul cielo.
Hacía resaltar su piel y su cintura envidiable.
—Parece que el sombrerero ha llegado justo a tiempo. —Su mirada se dirigió a la entrada, donde hace tan solo unos segundos estaban clavados mis ojos.
A tres minutos de la hora punta, los Vinci entraron como si el tiempo fuese suyo.
La mirada oscura que llevaba esperando desde que comenzó a llegar la gente conectó con la mía nada más dar un paso dentro de la cúpula, como si sintiera mi presencia al instante, atrayéndolo hacia mí.
Sus ojos pasaron de mis ojos a mi pecho y de mi pecho a la apertura del vestido, deteniéndose en las rosas que lo adornaban. Una sonrisa flaqueó entre sus labios.
Su camisa también era roja.
Del mismo tono de mi vestido.
Me quedé sin respiración cuando dio más pasos en mi dirección. Si no fuese porque había estado con Fiero desde el principio, la gente podría pensar que Dorian y yo íbamos en pareja.
—¡Oh, Alessandra! Vas espectacular —la madre de Dorian fue la primera en hablar al acercarse a nosotros—. Sin duda, uno de los mejores eventos que habéis hecho hasta la fecha, Massimo.
Pude ver cómo Dorian ponía los ojos en blanco por detrás mientras se hacían los saludos habituales.
—Y espérate a ver todo lo que tiene preparado Alessandra —añadió mi padre—. Espero que tengáis una buena velada. —No tardó nada en despedirlos cuando apenas acababa de saludarlos, pero iban justos de hora.
Dorian me guiñó un ojo antes de escabullirse entre la gente, haciendo que mi mirada le acompañara hasta que desapareció por completo.
—Señoras y señores, es hora de que tomen sus asientos. La hora del té está a punto de comenzar en el País de las Maravillas —la voz salía del interior del reloj y las personas no tardaron en obedecer y buscar sus asientos.
El tictac iba marcando los últimos segundos antes de las cuatro, metiéndonos prisa para sentarnos en nuestras respectivas mesas, sintiendo la urgencia del conejo blanco.
Nosotros tomamos nuestro asiento en la mesa marcada con la carta de la reina de corazones junto a los Di Petra y mis tíos.
El reloj marcó justo las cuatro, y las trompetas sonaron haciendo caer una lluvia de pétalos que duró tan solo unos segundos.
Los segundos perfectos para que ante nosotros apareciera todo lo necesario para dar comienzo a la hora del té.
Había de todo lo que podías imaginar, todas ellas a base de frutas y flores que desprendían un aroma delicioso y llenaban los dulces de colores.
En los tés había etiquetas que marcaban sus beneficios: bebida de la felicidad, bebida de la energía, bebida de la tranquilidad…
Podías escoger el que quisieras y echarlo en una pequeña taza de porcelana hecha a mano por ceramistas florentinos.
La estancia no tardó en llenarse del ruido de la cubertería chocando con los susurros de las conversaciones mientras degustaban los aperitivos.
Todo iba según lo planeado, a excepción del chico de ojos verdes que me miraba como si hubiese arruinado su vida por completo.
Supongo que en cierta forma lo había traicionado, al igual que él había hecho antes conmigo.
Toda la mesa estaba en tensión. Mamá no había venido, un gran recordatorio de lo que había pasado entre nuestras familias.
Y aunque nuestros padres eran capaces de mantener una conversación cordial, no había duda de la incomodidad que había en la mesa.
Gracias a los Dioses que mis tíos y Giu lo hacían más llevadero.
¿Cómo todo se había torcido tanto? Hace unos años estábamos las tres familias juntas haciendo barbacoas en verano en el jardín de casa.
Giu, Fiero y yo bañándonos en la piscina y jugando mientras los adultos disfrutaban de sus charlas, no solo como socios, sino también como amigos, como familia.
Supongo que mi primer error fue pensar que estaba enamorada de Fiero, pensar que ese amor duraría toda la vida y aceptar un compromiso que estaba destinado al fracaso.
No solo por nosotros, hubo muchas trabas.
La Élite no lo apoyaba, pero finalmente, tras tanta insistencia, nos dieron vía libre como un experimento para ver qué podía llegar a suceder.
Tal vez, si en nuestra naturaleza no estaba permitido que pasara cualquier relación que tratase de ir en su contra, no saldría bien.
Por eso cuando miré al chico de ojos oscuros que se encontraba a dos mesas de distancia, tuve por asegurado que, independientemente del sentimiento que estaba despertando en mí, lo ignoraría.
Dorian y yo solo podíamos ser amigos. No cometería el mismo error y menos si esa profecía seguía rondándome.
A las cinco el reloj volvió a sonar. En media hora la luz crearía esa ilusión de estar bañados por el color de los pétalos de las flores.
En media hora Fiero y yo abriríamos el baile.
Media hora que pasó demasiado rápido. Deberían haber sido mis padres los que lo hubiesen abierto.
Incluso le planteé a mi padre que lo abriéramos los dos.
Tenía más sentido abrirlo con él que con alguien que ya no pertenecería a la familia, pero la necesidad de vernos unidos era más importante. Así que no tuve más opción.
Intenté no estar tensa entre sus brazos, llevar mi atención a los colores rosas, amarillos y lilas que nos rodeaban, a los susurros que bañaban el lugar, fascinados por esa luz casi mágica.
Pero su agarre firme me traía de vuelta a la realidad.
Su tensión, igual de equiparable que la mía, me hacía consciente de que todo no era perfecto.
Que probablemente nunca lo sería. No existían los cuentos de hadas. La realidad era retorcida.
—Esto es lo más cerca que me vas a tener nunca más. Después de hoy, olvídame —susurró a mi oído.
No hacía falta que lo susurrase. La orquesta que daba vida a la música no iba a permitir que sus palabras llegasen a los oídos de los demás.
Palabras que intenté ignorar, intenté que los recuerdos no afloraran porque, a pesar de que esto tenía que tener un fin, nunca debió ser de esta forma.
Fiero me ha acompañado en todas las etapas de mi vida hasta ahora y no dudaba en que sus palabras fueran ciertas, porque estaban llenas de rencor.
Las demás parejas comenzaron a entrar en la pista.
Solo tenía que aguantar dos canciones más y podía alejarme de él.
Quería buscar con la vista a Dorian. Podía imaginar que no estaba sobre la pista, ya que la chica con la que estaba no pertenecía a La Élite.
Estaba comenzando a desesperarme un poco.
“Tranquila, estoy aquí. No me voy a ir a ningún sitio.”
Miré a todos lados, intentando no parecer paranoica, después a Fiero como si de alguna forma ya no fuese él el que me estuviera guiando, porque definitivamente esa voz no era su voz.
”Solo quería comprobar si era posible esto.”
La voz de Dorian seguía resonando en mi mente, pero definitivamente no era un sueño.
“Mira a tu derecha.”
Disimuladamente giré un poco la cabeza hacia la derecha, y ahí estaba él, con esos ojos oscuros brillando como estrellas. Esbozó una pequeña sonrisa de lado.
Estaba bailando con otra chica que no era Chiara. Lo cual no sabía si incluso me molestaba más que si lo estuviera haciendo con ella.
“¿Cómo has hecho eso?”, pensé, aunque no sabía si podía hacer algo más que hablarme mentalmente.
Aunque sí podía escuchar todo lo que pensaba, eso sería bastante peligroso y vergonzoso…