Capítulo 33 #2
—Lo siento —negué con las lágrimas al borde de mis ojos. Si lo sintiese, realmente no lo hubiese hecho otra vez.
—No —ya no me creía nada que saliese de su boca—. No es la primera vez que lo haces. Tú y yo ya no tenemos nada que ver el uno con el otro. Me aseguraré de que en el baile de primavera todo salga bien, independientemente de lo que quieras, y después de esto no habrá más Fiero y Alessandra.
Sabía que más tarde me arrepentiría de cómo le había hablado, de lo que había dicho, pero después de todo lo que había hecho, se lo merecía.
No sabía si iba a decir algo más, si yo debía decir algo, pero lo único que hice fue alejarme de él y resguardarme en el coche donde me esperaba Rodrigo.
No lo miré al entrar, evitando que viera mis lágrimas bajar por mi rostro.
Sabía que se había dado cuenta. Me conocía lo suficiente para darse cuenta de que algo me pasaba.
Aun así, no hizo preguntas. Se limitó a llevarme a casa y, al salir del coche, me envolvió entre sus brazos.
Las lágrimas volvieron a caer, pero esta vez sobre sus hombros.
Rodrigo nunca había sido solo un chófer para mi familia, y me alegraba que, después de todo, incluso de casi perder la vida, siguiese con nosotros.
—A las siete vuelvo a por ti y a por Giulia, descansa, Alessandra —dijo antes de asegurarse de que me había tranquilizado.
En cuanto entré en casa, fui directamente a mi habitación, me deshice de la ropa que llevé a clase y me puse mi pijama de satén.
No tenía intención de bajar a comer por ahora.
No tenía ganas, así que me debatí entre mandarle un mensaje a mi padre diciéndole que comería fuera para que no se preocupase, pero antes siquiera de poder escribir la primera palabra, me pilló con las manos en la masa.
—Rodrigo me había avisado de que ya estabas en casa y que te pasaba algo. —La figura de mi padre era grande e imponente, pero entraba con tanto cuidado que parecía no querer asustar una mariposa. —¿Quieres hablar? —preguntó antes de sentarse a los pies de mi cama.
No quería hablar de ello, no tenía ganas, pero sabía que era necesario.
Sobre todo si quería asegurarme de que el baile de primavera fuese perfecto.
Así que le conté todo. Lo que pasó hoy y todo lo que le oculté las últimas veces que hablé con él.
Me había cansado de proteger la imagen de Fiero. Ya no podía más.
—No pasa nada, hija, no te preocupes. —Su mano bajaba y subía por mi espalda con una caricia reconfortante.
—Lo has hecho lo mejor que has podido, aunque debiste hablar conmigo antes, Alessandra.
Yo iba a estar para ti, en cualquier situación, soy tu padre, es mi deber —dijo mientras me secaba las lágrimas—.
Yo me encargo de esto. Descansa esta tarde hasta que sea la hora.
Te voy a traer la comida y necesito que te comas todo lo que te traiga.
Si no lo haces, es peligroso que uses tu Don esta tarde.
Hice caso a mi padre, más por miedo que por ganas, pero no me fiaba hasta dónde podía peligrar si mi energía no estaba completa. Así que en cuanto terminé de comer, me metí directa a la cama. No tenía intención de dormir, tan solo de cerrar un rato los ojos y dejar de pensar.
—Alessandra Leone, como no salgas de la cama y te prepares en menos de diez minutos, vamos a llegar tarde.
—La voz de mi prima se filtró entre las sábanas que aparté de inmediato—.
No tenía intención de asustarte, pero no sabía cómo despertarte ya.
Te he llamado tres veces y cuando he tocado a la puerta de tu habitación no he tenido respuesta, así que no me ha quedado opción.
Me deshice de las sábanas como pude, procesando aún las palabras de mi prima.
—Dame cinco minutos —dije antes de desaparecer por la puerta del baño para darme una rápida ducha con olor a eucalipto. Era refrescante, y hacía que mi energía aumentara. Despejando mi mente aún desorientada.
Me peiné. Me lavé la cara para evitar lo máximo posible que se notara que llevaba horas durmiendo y me recogí el pelo para que no me molestase. Cogí el primer conjunto de algodón que encontré en mi armario y salí de nuevo a mi cuarto.
—¿Lista?— preguntó mi prima, a lo que simplemente asentí y bajamos a que Rodrigo nos llevase hasta nuestro destino.
Sabía que Giu se moría por preguntarme qué me pasaba. Lo veía en cómo me miraba preocupada y trataba de sacar temas completamente aleatorios, dándome espacio y confianza para hablar.
Hasta que por fin llegamos a la gran cúpula de cristal donde haríamos el baile. Estaba a una hora de casa, en mitad de las verdes colinas de la Toscana. Era un antiguo invernadero abandonado, pero que se conservaba en buen estado.
Estaba rodeado de una extensión salpicada de rosas blancas y rojas. En la semioscuridad, algunas daban la impresión de estar pintadas. No sé cómo habían logrado eso mi padre y mi tío, pero consiguieron darle el toque necesario para crear la ambientación perfecta al exterior.
—No dudo de tu visión, pero ¿no crees que te pasaste? —preguntó mi prima mientras se giraba para ver toda la extensión de flores que teníamos por delante.
La verdad es que el lugar era más alto de lo que recordaba y eso me ayudaba a no sentirme atrapada entre la oscuridad y lo abarrotado que se encontraba.
—Mañana descubrirás que será el mejor evento que has podido conocer hasta el momento —realmente lo esperaba. Le había puesto mucha atención y cariño a cada detalle y esperaba que eso se notase.
—Pues para eso tenemos bastante trabajo —suspiró agotada aun sin haber empezado. —Ya he visto algunas flores marchitas, no pueden hacer las cosas bien nunca —balbuceó esto último.
Las flores eran de nuestras propias cosechas. Así que confiaba en que no serían tantas, pero aun así, por el transporte, siempre se acababan estropeando unas cuantas.
Comenzamos a darles un poco más de vida a todas las flores que no habían llegado en su mejor estado.
Eso las mantendría en perfecto estado unas 48 horas más a pesar de los contratiempos.
Lo único que podría hacer que dejasen de verse tan vivas era el fuego.
No había otra cosa que pudiese destrozar nuestro trabajo.
—¿Vas a contarme algo de lo que ha pasado? —preguntó mi prima en cuanto nos tomamos un pequeño descanso.
Suspiré y me quedé callada durante unos largos segundos observando nuestro trabajo y lo que aún nos quedaba.
—He hablado con Fiero. —Mi prima se giró rápidamente para mirarme sorprendida.
—¿Ha ido mal? —preguntó preocupada. Asentí y vino corriendo a abrazarme. —Lo siento —susurró.
Me estaba empezando a acostumbrar a las muestras de afecto. No eran tan incómodas como recordaba. Sobre todo los abrazos de Giu, eran tan reconfortantes como el calor del sol en invierno. Por algo ella siempre me había recordado a los girasoles.
—No sé qué va a pasar mañana y me da miedo —reconocí—. Mi padre se va a encargar de ello, pero no me fío nada de Fiero, Giu. Ha vuelto a usar su Don en mí.
Mi prima abrió mucho los ojos.
—¿Cómo te diste cuenta?
—No lo sé. Normalmente, cuando lo ha usado conmigo, no recuerdo ese momento, se queda una laguna en mi mente, pero esta vez fui plenamente consciente de lo que hizo.
Mi prima negó. Sabía que esto también le dolía a ella. Fiero había sido uno de sus mejores amigos también desde la infancia. Conocer esta realidad tenía que ser difícil para ella.
—Vamos a organizar la mejor fiesta hasta el momento para dejar lo que sea que pase en segundo plano —dijo con su habitual entusiasmo, pero ambas sabíamos que eso era imposible.
Entre los rumores que salieron de mi padre y la madre de Fiero, el divorcio de mis padres y los rumores que sacaron de mí y de Dorian, solo daba pie a más morbo por parte de las revistas y la sociedad que estaba al tanto del mínimo de nuestros errores y movimientos.
—Yo también estoy preocupada por mañana —rompió de nuevo el silencio—, aunque no tiene la misma magnitud que tu problema.
—¿Qué pasa? —pregunté extrañada. Mi prima no era muy propensa a hablar de sus preocupaciones. Supongo que nos parecíamos más de lo que creía, pero ella siempre había sido el hombro en el que llorar. Más cercana y abierta a los demás.
—Llevo días sin hablar con Agatha —comenzó— y me duele estar así con ella, pero no es solo eso —me miró con preocupación—.
Me corroe por dentro verla y no poder acercarme a ella.
Me quema esta situación, Aless. Nada va a volver a ser como antes, ya lo sé y siento que mañana me lo confirmará más que nunca.
—Pero Giu, no tienes por qué estar enfadada con ella por mí. No me gusta esa chica, eso está más que claro, pero es una de tus mejores amigas.