Capítulo 33
El lunes siguiente fue un día complicado.
La incomodidad que había entre Fiero y yo era palpable.
Aún no habíamos hablado de lo ocurrido en la fiesta, y sabía que la frialdad con la que me trataba era por ello.
La gente nos miraba y cuchicheaba, y yo me seguía debatiendo si lo mejor era hablar con él ya o esperar a que pasara el baile de primavera.
Si fuese por mí, todo estaría zanjado, pero eran las palabras de mi padre las que se repetían en mi cabeza haciéndome tomar más precaución. Y después, tampoco me fiaba de su reacción. Así que no me quedó otra que seguir esperando, seguir alargando lo inevitable.
Giu apareció al girar el pasillo y vino corriendo a saludarnos. Sálvandome de aquel momento incómodo.
—¿Te importa si me llevo a Aless un segundo? —preguntó girándose hacia Fiero.
—No, no importa —estaba deseando que desapareciera de su lado, al igual que yo del suyo. No llegamos a tener una conversación y era más que palpable en el ambiente.
Giu me llevó afuera, donde nadie nos podía molestar.
Ya se notaba la cercanía de la primavera. El aire ya no era tan frío y, si te fijabas bien, en el césped ya había indicios de las flores más tempranas, pero en este mundo tan rápido y ajetreado nadie se daba cuenta de ello.
—¿Cómo estás? —fue lo primero que dijo. Me observaba buscando algún indicio del Don de Fiero en mí.
—Está todo bien, Giu —pero su rostro dejó ver que no estaba muy convencida.
—He hablado con mi padre sobre lo de Fiero —aún me costaba abordar temas personales, pero cada palabra que conseguía decir hacía las demás más fáciles de soltar—.
Ya hemos dejado todo claro. Pronto hablaré con él para no seguir con la boda.
Mi prima reprimió un suspiro.
—Supongo que es lo mejor para los dos.
—Lo es —o eso esperaba.
—¿El sábado al final fue todo bien?
Sabía que estaba preocupada desde entonces.
El domingo no tuve tiempo para hablar con ella sobre lo que ocurrió, pero tras un largo suspiro asentí.
No sabía si quería recordar siquiera lo que había pasado en la discoteca.
Me sentía avergonzada. No sentía que esa persona que salió en ese momento fuese yo misma, aunque, por otra parte, tampoco me arrepentía de haber hecho frente a Agatha.
—No te voy a juzgar por ello —añadió mi prima, pero ya sabía que nunca lo haría.
Negué.
—No estuvo bien cómo reaccioné, pero no pienso pedirle perdón a Agatha.
Le gustase o no, iba a ser así.
—Yo tampoco te dejaría hacerlo —la miré confusa, se supone que era su amiga, ¿no?—. Después de que salieras, se echó en los brazos de Fiero haciéndose la víctima. Como vio que Fiero fue tras de ti, comenzó a decir de todo.
—¿Cómo que de todo?
Esa chica no me había gustado desde el primer momento que se presentó, y cada vez que escuchaba algo de ella dejaba claro que mi intuición no se equivocó.
Giu negó. No me quería ni imaginar lo que había dicho si ni mi prima quería mencionarlo.
—No importa. Lo único es que no te acerques a ella. Yo me estoy intentando alejar, aunque es complicado —sus labios estaban fruncidos y por primera vez veía la pena en sus ojos.
—Es tu mejor amiga, es normal —aunque realmente yo no sabía lo que era tener una mejor amiga. Supongo que Giu era lo más cercano a ello.
Asintió aun con la mirada triste. Sabía que le tenía mucho cariño a Agatha. Se habían hecho muy cercanas este último año, pero tenía la sensación de que había algo más en el fondo.
—¿Qué pasa? —ella negó—. Giu, tú estás siempre para mí. Sé que yo no he sido nunca la persona más accesible, pero quiero que sepas que también estoy para ti.
Mi prima asintió y sonó el timbre que daba inicio a una nueva clase.
—¿Podré pasarme por tu casa alguna de estas tardes? —preguntó mientras volvíamos al edificio—. Ya sabes que, si necesitas, puedes contar con mi ayuda para el baile de primavera.
Asentí y acordamos vernos el día de antes para dejar todos los preparativos listos.
✦
Las semanas antes del baile de primavera fueron un caos. Entre citas con la modista, las clases, terminar de acordar todo con los proveedores y dar los últimos retoques con mi padre, no tuve apenas tiempo de pensar en Fiero y en lo que se venía, a pesar de verlo a diario en clase.
La gente dejó de cuchichear sobre mí y Dorian.
Llevábamos sin vernos más de una semana, y probablemente era lo único en lo que pensaba que no tuviese que ver con el baile.
Creo que era la primera vez que echaba de menos a alguien.
Mi mente me llevaba una y otra vez a la noche de la fiesta.
No me podía quitar de la cabeza el rato que estuve con Dorian y lo bien que me sentí con él.
—Hija, ¿me has escuchado?
—Perdón —dije saliendo de mi ensimismamiento—, ¿qué habías dicho?
—Mañana llega todo al jardín a las siete. Tu tío y yo hemos avivado el exterior esta tarde —ahora que me fijaba, se veía agotado.
Yo nunca había usado tanto mi Don, pero imaginaba que consumía parte de nuestra energía. Además, siempre ha sido un poder muy limitado, por lo que había que saber usarlo de manera inteligente para aprovecharlo bien, y más ahora que cada vez era más inestable.
—Recordad que tu prima Giulia y tú solo tenéis que encargaros de dar vivacidad.
Si alguna flor está más mustia, apartarla porque consumirá más de vuestra energía.
Ya la plantaremos nosotros en otro lugar —asentí—.
Y recordad tomar descansos. Abusar del Don puede llevarte a pasar un día completo en cama.
Esa noche me aseguré de dormir bien. Necesitaba tener todas mis fuerzas para el día siguiente. Antes dormir me parecía una pérdida de tiempo, pero ahora esperaba con ansia que llegara la noche, sobre todo estos últimos días, ya que era la única forma que tenía de ver a Dorian.
—¿Estás nerviosa? —había identificado su presencia por el suave olor a narcisos.
El jardín con vistas a Florencia se había convertido en nuestro habitual punto de encuentro cuando caía la noche.
—Aún los nervios no han hecho acto de presencia —no tardarían mucho en llegar, eso ya lo sabía—, pero sí es verdad que cada hora que pasa siento más presión —con Dorian se me hacía muy fácil hablar de cómo me sentía—. Me asusta un poco que algo no vaya bien, o que la gente no se impresione.
—Alessandra, estando tú presente, es imposible que alguien no se sienta impresionado. —Sentía sus ojos oscuros atravesándome y un manojo de margaritas crecieron bajo mis manos.
Su media sonrisa no tardó en aflorar, aumentando así mi vergüenza.
Últimamente, mi Don surgía en momentos inesperados cuando estaba con él, poco a poco comencé a darme cuenta de que iban guiados a mis emociones. Y no me extrañaba que Dorian se hubiera percatado antes que yo.
Lo había notado diferente durante estos últimos días, como si estuviera más tenso a mi alrededor, como si algo hubiese cambiado.
Y no me refería a las bromas y piropos con los que jugaba constantemente para descolocarme.
Había algo más, lo podía notar. Iba a abordar el tema, pero mi alarma se adelantó sacándome del sueño y dejándome una vez más con la duda.
✦
El día se hizo lento desde la mañana. Las horas no parecían pasar.
La situación con Fiero cada vez me pesaba más, y la sensación de que había algo que me ocultaba la sentía cada día bajo mi piel.
No parecía capaz de dar el paso para contarme lo que me hizo con su Don, que me manipuló con tal de quedarme a su lado.
No sé por qué guardaba la esperanza de que lo hiciera, tal vez así doliera menos el abismo que cada vez nos separaba, tal vez doliera menos si la persona a la que había llamado mejor amigo durante toda mi vida fuese capaz de sincerarse conmigo, pero no conocía a este Fiero.
No debía esperarlo. Por eso me sorprendió cuando paró en seco en mitad de la salida y me abordó.
—Creo que necesitamos hablar un momento.
—¿Qué pasa? —pregunté con el corazón acelerado.
—Eso me pregunto yo —contestó con tono condescendiente—.
No entiendo la situación en la que estamos, qué se espera de nosotros en el baile de primavera, qué tengo que esperar yo de esta relación ni qué parte tengo yo ahora —le miré preocupada.
No era momento de sacar esta conversación—. No entiendo nada.
Había dolor en sus palabras y un nudo se me formaba en la garganta viendo su rostro confuso. Fue eso lo que me animó a hablar, aunque no fuese lo que me gustaría decirle realmente. No era el mejor lugar para hacerlo.
—Lo siento —fue lo primero que me atreví a decir. Las palabras salían ahogadas—. Debimos haber hablado antes, pero Fiero, ¿de verdad crees que tiene sentido seguir con esta relación?
—No lo sé —respondió—, tal y como está ahora no lo creo. Pero yo te quiero, Alessandra. Quiero estar contigo, quiero seguir intentándolo. —No me creía que siguiese encabezado con seguir juntos, no después de lo que me había dicho Giu.
—No creo que sea lo mejor para los dos —contesté con voz temblorosa. Me estaba costando más de lo que esperaba soltar esas palabras —, quería hablar contigo de esto cuando pasase el baile de primavera porque necesito que todo vaya bien, por favor, Fiero. Necesito que siga igual que siempre.
—Siempre haces igual. Solo te preocupas por ti misma —las palabras me azotaron como una ráfaga abrasadora—. ¿Es que ha pasado algo con ese chico? ¿Dorian? ¿Te ha engatusado de alguna forma para que quieras estar con él?
No me podía creer que estuviese dando a entender eso, sobre todo cuando él lo había hecho. Él era el único que tenía un Don que podía controlar a los demás.
—Fiero no digas tonterías. Dorian no tiene nada que ver con esto.
—Dime la verdad, Alessandra. —Su voz se volvió hipnótica.
Un suave perfume a amapolas me envolvió durante unos segundos.
—No lo he hecho —contesté, pero mi voz no sonaba mía.
Abrí mucho los ojos cuando las palabras escaparon de mi boca. Lo había vuelto a hacer y por primera vez había sido consciente de ello.
—Fiero —la voz me temblaba de la ira y el miedo que crecía en mí.
Fiero parecía asustado.