Entre Rosas y Sueños Capítulo 32
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Capítulo 32

Despertarme con los mensajes de Giu advirtiéndome del artículo que hicieron sobre Dorian y yo no había sido un buen comienzo de día, y encontrarme con mi padre molesto con ello no lo mejoraba.

Tenía varias conversaciones pendientes con él que no podían esperar. Esta era la menos importante.

—Ese chico puede ser todo lo bueno contigo que quieras, hija, pero no te conviene estar cerca de él. Su familia no es de fiar y tú ahora no estás en una buena posición.

Llevaba meses invitándome a mirar por mí y mi felicidad, pero ahora que estaba comenzando a hacerlo, parecía querer alejarme de la única persona que me sacaba del bucle en el que vivía. La única persona que me aportaba una nueva visión de la vida.

—Papá, él no tiene nada que ver con su familia. Ha vivido la mayor parte de su vida lejos de ella.

—No importa, Alessandra. Que te vean con él ya es directamente relacionarte con su familia. Ya sabes que quiero lo mejor para ti, y que te relacionen con ellos no es bueno.

—¿Que me relacionen a mí o a nosotros? —Hice énfasis en la última palabra.

Sabía que a veces teníamos que mantenernos a raya de ciertas cosas porque podían perjudicar la imagen de nuestra familia, pero me molestaba que ocultase sus intereses haciéndolos pasar por mi bien.

—Alessandra, sabes que no tenemos una posición fácil.

Negué.

—Quieres lo mejor para mí, pero prefieres que no me acerque al único amigo que he sido capaz de hacer en toda mi vida. Prefieres que me aleje de una persona que me hace sentir bien, probablemente la única que haya conseguido hacerme sentir bien en años.

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas del todo, y en cuanto las oí en voz alta supe que había dicho más de lo que pretendía. Instintivamente, me mordí el labio por dentro esperando las palabras de mi padre.

Mi padre me miró con los ojos muy abiertos, como si no esperase que esas palabras salieran de mi boca. No le culpaba, porque yo tampoco esperaba dar voz a ese sentimiento que trataba de enterrar desde que pasé con él el fin de semana en Venecia.

Suspiró, sabiendo que no iba a conseguir nada insistiendo.

—¿Es por eso por lo que querías hablar conmigo?

Preguntó, recordándome por qué había ido hasta su despacho, pero la conversación se había dirigido hacia donde no debía.

Negué, y lo solté sin pensarlo dos veces.

—No me quiero casar con Fiero —lo mejor era no seguir alargándolo.

Pensaba que, a pesar de todo, ya no me dolería admitirlo, pero las palabras pincharon como espinas en mi garganta.

Mi padre asintió tras un suspiro.

—Me lo figuraba, aunque más tarde. Esperaba que ahora me hablases del evento que estás organizando.

Me quedé en silencio, viendo cómo no añadía nada más sobre lo que le había dicho. Algo en mí se desinfló casi tan rápido como se había armado de valor un segundo antes. ¿Eso era todo?

—Hija, ya te dije que no quiero que acabes como yo. No voy a permitir que te cases con alguien a quien no amas —añadió al ver mi perplejidad.

Lo recordaba, claro que lo recordaba. Gracias a esa conversación fui capaz de dar el paso y estar aquí hablando de esto, pero a la misma vez era contradictorio que me hiciera alejarme de la única persona que me hacía sentir bien.

—Entonces, ¿puedo hablar ya con él? —No quería desviar de nuevo la conversación, no ahora que había logrado decirlo en voz alta.

Mi padre se masajeó la sien. Si esto le parecía un dolor de cabeza, no sabía lo que había sido para mi.

—Puedes decírselo, pero tendréis que esperar para hacerlo público.

Con el baile de primavera a la vuelta de la esquina, no es un buen momento y menos ahora que te han visto con el chico de los Vinci.

Habla con él si crees que es capaz de mantenerse callado y no levantar más rumores, si no, espera a que todo se calme.

Suspiré. Siempre todo se basaba en esperar a un mejor momento y el tiempo pasaba y acababa atrapada en un bucle interminable.

Mi padre se quedó callado un momento, jugueteando con el bolígrafo que tenía sobre el escritorio. Estaba nervioso, buscando las palabras adecuadas. Muy pocas veces lo había visto buscar tanto las palabras como ahora.

—Yo también tengo algo de lo que hablarte —dijo tras unos largos segundos en los que ambos nos habíamos quedado absortos en nuestros pensamientos—. He hablado con tu abuelo. —Sabía que se refería a mi abuelo materno, pues su padre murió hace unos años.

—¿Te vas a separar de mamá?

—Aún quedan temas que zanjar, pero todo parece que va a buen puerto.

El alivio me recorrió tan rápido que tuve que apoyar la espalda contra el respaldo de la silla. Llevaba tanto tiempo esperando esas palabras que, ahora que por fin las tenía, no sabía muy bien cómo digerirlas.

—Y otra cosa antes de cambiar de tema —añadió—, vamos a ir a terapia de familia.

—Me quedé estática. No era que no me gustase la idea, no lo veía mal, pero era lo que menos me esperaba por su parte—.

Sé que no he sido el mejor padre que podrías tener, y quiero arreglarlo.

Tu madre ha hecho muchos estragos en esta casa y yo los he permitido, así que quiero que trabajemos en sanarlos juntos.

Me pilló tan de sorpresa que no sabía ni qué decir. Tenía la garganta cerrada, no sé si de la sorpresa o de las ganas repentinas de llorar que llevaba conteniendo desde que había mencionado lo de Fiero.

Me limité a asentir, esperando que esa decisión fuese la adecuada para avanzar.

—Vale, pues empieza mi tema favorito —tan solo por cómo se incorporó en la silla y cómo se frotó las manos ya sabía por dónde iba la cosa—. Cuéntame los detalles del baile de primavera.

Solté el aire que ni sabía que estaba conteniendo. Por primera vez desde que había entrado en el despacho, sentí que me podía relajar. El peligro ya había pasado.

Y lo que quedaba de tarde lo pasamos ultimando los detalles.

Explicándole mi visión del tema y mi elección.

Dejándolo todo listo para comenzar a crear el espacio idílico que se había formado en mi mente, y al que a mi padre pareció entusiasmarle.

Mientras le explicaba todo, el cocinero entró con dos tazas de chocolate caliente.

Ese simple olor me transportó a mi infancia.

Llevaba años sin siquiera olerlo por culpa de mi madre, y ese detalle, junto a lo que estábamos hablando, hizo que la conversación incómoda de antes desapareciera por completo.

Era la primera vez que me sentía tan contenta compartiendo un rato con él, y sin duda alguna se convirtió en una de las mejores tardes que pasé en familia.