Capítulo 30 #2
—Mi relación con Chiara, con suerte, va a acabar en algún momento. Así que si se adelantan los acontecimientos tampoco me va a afectar mucho —me quedé con la boca abierta—. Aun así, tienes razón, no es justo que se preocupe.
Tecleó rápidamente y volvió a dejar el móvil a un lado.
No sabía qué decir, así que me limité a hacer lo mismo que hizo él conmigo.
—¿Quieres hablar de ello?
Dorian sonrío.
—¿Desde cuándo hemos intercambiado los roles?
—No es justo que siempre seas tú mi psicólogo. No es como si tú tampoco tuvieses problemas de qué hablar.
Asintió a mi lado con la vista fija en la otra orilla. Seguí su mirada a las ventanas de los edificios, solo unas pocas tenían las luces encendidas aún. Cuando lo miré de nuevo, sentí que el espacio entre nosotros se había reducido a pesar de que ninguno de los dos se había movido.
—No creo que mi corazón le pertenezca a ella —soltó.
Cuando nuestras miradas conectaron, me quedé sin respiración.
Algo en su mirada pareció cambiar. Ya no era tan brillante, tan juguetona como solía ser.
—No es justo para ella perder el tiempo conmigo pensando que en algún momento podría sentir algo por ella cuando sé que no pasará.
—¿Ella sabe que no sientes nada por ella? —Me sorprendía que alguien accediese a estar con alguien sabiendo eso. Porque, a pesar de que me encuentro en esa situación con Fiero, en su momento yo accedí a estar con él porque por ese entonces tenía sentimientos por él.
Dorian asintió.
—¿Y ella siente algo por ti? —indagué más.
Él volvió a asentir.
—En un principio no era así, pero aunque lo niegue, sé que los sentimientos de ella están creciendo. El problema es que los míos siguen y seguirán igual que el primer día.
—Por algo empezasteis a estar juntos, ¿no? —No sé por qué seguía indagando, pero sentía la necesidad de saber más.
—Las personas no solo comienzan a tener algo porque se quieren, Alessandra —me quedé igual que estaba—, atracción, Alessandra —recalcó y algo dentro de mí se removió—. Mis padres también me obligan a tener una relación porque esperan que me case de aquí a tres años, si no, no estaría aquí.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua helada. Definitivamente estábamos en una situación muy parecida, el problema es que, si me despistaba, yo no tendría opción de volver atrás y yo me metí en esta situación queriendo.
Se estiró y se reincorporó.
—Vamos, si nos ponemos en marcha, tal vez podamos ver el amanecer. —Saltó de nuevo a la carretera antes de que pudiese siquiera buscar una respuesta a lo que me había revelado.
Cogió mis zapatos.
—Me los puedo poner yo —dije, pues no quería sentir de nuevo esa sensación abrasante cada vez que me rozaba.
—¿Quién ha dicho que te los voy a devolver? —Mi boca se entreabrió—. Creo que estás más cómoda sin ellos —añadió antes de empezar a andar, y no me quedó otra que seguirle refunfuñando, esperando a que me los devolviera en algún momento.
Pero eso no tenía pinta de ocurrir.
—¿Qué hora es? —pregunté extrañada tras unos cuantos minutos de camino. ¿Había perdido tanto la noción del tiempo?
—Casi las cuatro —y mis ojos se abrieron como platos—, ¿prefieres volver a casa?
Eso era algo que no me había ni replanteado, aunque era demasiado tarde para mí, y no iba a poder seguir mi horario a la mañana siguiente. Aun así, negué. Por una vez iba a seguir lo que sentía y no lo que debía, y estaba demasiado cómoda con Dorian como para replantearme volver a casa ahora.
Cruzamos el Arno y caminamos unos cuantos minutos más hasta desviarnos de las callejuelas pavimentadas a un camino más rural.
—Dorian, dame mis zapatos ahora mismo —dije, viendo cómo avanzaba por el camino de tierra, pero yo me quedé estática en el final del camino pavimentado.
—Lo más seguro es que te tuerzas un pie si intentas andar con esos zapatos por aquí. Es solo tierra, Alessandra, ¿no es eso con lo que trabajas? —se burló.
—No es gracioso, Dorian. Dame mis zapatos.
Finalmente, se acercó hacia mí y bajó la mano en la que llevaba mis zapatos. Iba a darle las gracias, hasta que de un momento a otro estaba sobre sus brazos.
—¡Dorian! —pero el grito que quería parecer enfadado sonó entre risas.
—Son cinco minutos, Alessandra —tenía tanto miedo de caerme que me agarré a su cuello—. Te había dado la opción de hacer el camino por tu cuenta, pero no lo has querido.
—Puedo andar, no me importa ensuciarme —aunque aún las palabras seguían sin sonar todo lo serias que me gustaría y estaban ahogadas por su cuello y mi aliento irregular.
Me agarró un poco más fuerte y eso me hizo acercarme más a él, envolviéndome con la calidez de su cuerpo, y haciéndome más consciente del olor a narcisos y cítricos.
—Te he dado la oportunidad y no la has tomado, ya es demasiado tarde.
—Recuérdame que nunca acepte más paseos contigo por la noche.
—Sí es solo eso. Hay mejores cosas que hacer por la noche.
—¡Dorian! —la sonrisa, que no había desaparecido de su rostro desde que me cogió en brazos, se ensanchó.
—No he dicho nada malo. Si has pensado algo que no debías, has sido tú sola, Alessandra.
Pero mi respuesta no llegó porque me soltó sobre el césped húmedo, haciendo que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza, haciéndome consciente de lo calentita y cómoda que había estado sobre sus brazos.
—¿Dónde estamos, Dorian? —Porque si miraba a mi alrededor, lo que veía se me hacía muy conocido.
—En el Giardino Bardini —contestó tranquilamente, como si no acabásemos de entrar en una propiedad privada—. No es la primera vez que lo hago, no pasa nada.
Me debatí si darme la vuelta o no, pero ya estábamos dentro de los jardines.
—No estaremos mucho rato. No va a pasar nada, Alessandra. ¿Confías en mí?
Tenía clara la respuesta a esa pregunta, así que nos adentramos por el jardín, hasta tener frente a nosotros una de las vistas más espectaculares de la ciudad.
Dorian no tardó en acostarse en el pasto como si de su cama se tratase, yo me coloqué a su lado con cuidado.
—¿No te tumbas? —preguntó aún observando el cielo.
—Es que mi pelo… —Puse como excusa, aunque a decir verdad lo que me preocupaba era quedarme dormida.
Dorian se incorporó y se quitó la chaqueta para ponerla en el suelo.
—Dorian, ponte la chaqueta ahora mismo.
—¿Ahora eres mi madre? —dijo divertido.
—Te vas a resfriar. Hace mucho frío, y no quiero que te enfermes por mi culpa.
—¿Tienes frío? —ahora parecía preocupado por mí.
—Ponte la chaqueta— insistí.
—Póntela tú —dijo como si yo ya no llevase una.
—No. —La cogí y se la eché en la cara.
Finalmente aceptó su derrota y se la puso.
—Usa mi brazo de almohada —dijo volviéndose a acostar y estirando el brazo para que me tumbara.
Puse los ojos en blanco, pero le hice caso.
Estaba demasiado cansada para llevarle la contraria.
Así que apoyé mi cabeza sobre su brazo, sin percatarme de lo cerca que estábamos.
Definitivamente, el cansancio y el sueño me estaban ganando la batalla, en un momento racional, yo no estaría haciendo esto.
No hubiese aceptado quedarme con él, pero parece ser que perdí toda mi racionalidad cuando lo vi por primera vez fuera de los sueños.
—¿Por qué has estado tan desaparecido estos días? —dije en voz baja.
Con el silencio y las estrellas que nos acompañaban, cualquier sonido se sentía demasiado fuerte.
—¿Desaparecido?— preguntó.
—No has dado señales de vida en toda la semana, ni en… sueños —me daba vergüenza admitir que había estado pendiente de eso.