Entre Rosas y Sueños Capítulo 30
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Capítulo 30

El silencio se asentó suave entre la distancia que nos separaba. No hacía falta llenar el vacío con palabras para que no se volviera incómodo. Nunca lo hacía.

—¿Quieres hablar de por qué casi os tiráis de los pelos ahí arriba? —Dorian fue el primero en romper el silencio.

—Yo nunca haría eso— bufé.

Pero poco a poco comencé a ser más consciente de lo que había ocurrido. La vergüenza comenzó a calarme más que el frío de la madrugada y la crispación del momento empezó a derretirse como la escarcha, haciendo que la adrenalina desapareciera.

—El alcohol probablemente haya sido en parte causante de lo ocurrido —me miró de reojo mientras le daba una calada más al cigarro.

Yo solo quería dejarme caer arrastrando mi cuerpo por la pared, aun así, no lo hice.

—Puede ser —tenía que ser eso—, pero no entiendo por qué me afectaron tanto algunas cosas.

—Cuando metió a Fiero por medio, no te hizo mucha gracia —le fulminé con la mirada.

—¿Cuánto has escuchado? —pregunté aún observándolo.

—Lo suficiente —contestó—, no sé cómo empezó, pero por cómo se estaba comportando esa chica no te juzgo por tu reacción.

—De hecho empecé yo —admití avergonzada. Sus cejas levantadas expresaron lo que él no dijo—. Has dicho que no me juzgas.

—No te estoy juzgando, solo me sorprende —contestó—. Pero bueno, bienvenida al mundo de la noche; a veces hay peleas, otras risas, otros llantos y otras todo en una. Eso se olvidará antes de lo que crees.

—¿Quién dice que sea mi primera fiesta?

Dorian se rió.

—Alessandra, he estado en tus sueños el tiempo suficiente para saberlo, tienes un horario de sueño bastante definido. Eres una chica de costumbres.

Una sonrisa hizo por aparecer en mi rostro.

—No hay a quién engañar.

—A mí no. —De nuevo sentí como su mirada me atravesaba con un cosquilleo.

—Si tanto sabes, dime entonces por qué reaccioné así cuando mencionó a Fiero —le reté, pero realmente era porque necesitaba entender de dónde venía eso.

—¿Quién es esa chica para Fiero?

—Probablemente con la que me está poniendo los cuernos —musité.

No sabía por qué le contaba esto. Por qué sentía esa ligereza y confianza siempre que hablaba con él.

Dorian me miró sorprendido, pero sus ojos oscuros estaban desprovistos de ese brillo habitual en ellos.

—Qué desgraciado —escupió bajando la mirada.

Tenía los ojos fijos en el suelo y los puños cerrados a cada lado de su cuerpo. Todo su cuerpo parecía en tensión, como un felino al acecho de su presa. Tal vez pensaba que así no me daría cuenta de su creciente rabia.

—No hables así de él —corté y Dorian negó al escuchar mis palabras.

—No sé a qué tipo de persona se le ocurriría ponerte los cuernos —dijo por lo bajo, como esperando a que no me enterara del todo.

—Yo no soy mucho mejor.

Había hecho muchas cosas mal, y sentía que lo que estaba pasando era un castigo por no haber sido sincera con Fiero desde el momento en el que comencé a tener dudas en cuanto a mis sentimientos por él.

—No le has puesto los cuernos al menos —se encogió de hombros.

—Puede que lo mío sea incluso peor. —Dorian me miró con el ceño fruncido y una mirada violenta que se diluyó a los segundos en los que sus ojos impactaron con los míos—. Te he preguntado por soluciones, no por una charla donde contarte los problemas de mi vida.

—Celos —contestó— así de simple.

—No puede ser —no puedes sentir celos por alguien a quien no quieres.

—Lleváis no sé cuánto tiempo juntos y os habéis comprometido —pude notar cómo apretaba la mandíbula—. Lo mínimo que puede sentir en esta situación son celos.

Silencio. Un silencio que parecía decir más que las propias palabras que no era capaz de mencionar, porque Dorian me miró con los ojos muy abiertos y pareció querer decir algo hasta que Fiero emergió de la puerta que había entre los dos.

Se paró en mitad y nos miró antes de darse la vuelta por completo hacia mí.

—Nos vamos a casa. Ya he llamado al chófer —llevaba mi bolso y el abrigo que dejé arriba.

—No me voy aún —contesté.

No quería ir a ningún sitio con él, prefería quedarme sola.

—Tenemos que hablar, Aless. No hay nada más que hacer aquí —dijo y miró a Dorian.

—No quiero volver aún —insistí—. Y sí, tenemos que hablar, pero aún no es el momento.

Aún tenía que hablar con mi padre. Hasta que no lo hiciera, no podíamos tener esa conversación.

—¿Qué ha pasado entre vosotros? —Fiero comenzó a desconfiar.

—No ha pasado nada —contesté a la defensiva—, por fin he conseguido hacer un amigo fuera del círculo donde siempre estoy, que básicamente sois tú y Giu. ¿Te molesta eso?

Dorian seguía inexpresivo, apoyado en la pared sin intervenir. Mientras Fiero nos miraba, debatiéndose sobre qué hacer, sobre si creerme o no.

—Fiero, te prometo que hablaremos, pero no es el momento.

—Prefieres quedarte con él. —Tenía los puños cerrados y el rostro crispado.

—No es eso, Fiero —pero ¿a quién mentía? Sí era eso y ambos lo sabíamos.

Fiero negó y sus hombros cayeron derrotados.

—Toma tus cosas —me las lanzó sin cuidado alguno—. Si me entero de que pasa algo entre vosotros, no vas a saber nada de mí en lo que te queda de vida, Alessandra —dijo antes de marcharse.

Me quedé completamente helada, no entendía cómo tenía la cara de decir eso cuando él estaba en un tira y afloja con Agatha. Aun así, no dije nada y dejé que se marchara.

—Gracias por no intervenir —dije tras un rato en silencio, el suficiente hasta que Fiero desapareció de nuestra vista.

—No iba a meterme donde no me llaman, a no ser que fuese necesario—. Asentí de acuerdo con su forma de actuar.

—No quiero seguir aquí —no creo que los demás se quedasen mucho más tiempo dentro y no me apetecía encontrarlos cuando salieran.

—¿Dónde quieres ir?

—¿A dónde me llevarías?

Dorian sonrió.

—Creo que tengo una idea.

Caminamos por las desiertas calles de Florencia.

Bajo el silencio de una ciudad dormida, las horas parecían alargarse como si la noche fuese eterna.

Llegamos al paseo junto al río, el silencio hacía que el murmullo del río cobrase vida, algo imposible de apreciar durante el día.

Era como ver la ciudad con otros ojos, unos más despiertos y con menos miedo.

Dorian se mantenía a mi lado, cerca, pero no lo suficiente para que nuestros cuerpos se rozaran.

¿Cuántas veces nuestros antepasados habrán pasado por este camino empedrado junto al Arno?

¿Alguna vez lo hicieron uno al lado del otro?

Nuestros caminos se habían cruzado más de una vez, eso lo tenía claro, pero me preguntaba qué relación habían tenido los portadores de nuestros Dones en el pasado.

Sí era eso lo que me hacía sentir tan diferente junto a él, como si la vida fuese mucho más que lo que simplemente podía percibir con mis ojos.

—No estoy acostumbrada a ver Florencia bajo esta perspectiva —murmuré para no romper la atmósfera que nos envolvía.

Me sentía tan ligera como en los sueños. Aun así, sabía que estaba más despierta que nunca, y que el chico cuya sonrisa hizo un amago de aparecer era más real de lo que había imaginado.

—Aún nos queda un rato, ¿quieres parar? —sugirió echando la vista al río—. No me voy a molestar si paramos, incluso si al final no vamos donde tengo pensado —dijo al verme dudar tanto.

—¿De verdad?

Dorian asintió y su pelo se vino hacia delante.

—¿Tú qué quieres hacer, Alessandra? Responde sin miedo —dijo antes de volver a colocarse el pelo en su sitio.

—Quiero quedarme aquí un rato, pero también quiero ir al sitio que tienes pensado —me intrigaba saber cuál era el lugar que le había venido a la cabeza y que creía que merecía la pena el viaje.

Dorian avanzó entonces hasta la baranda que había junto al río y se sentó.

—Aún tenemos noche por delante para hacer ambas cosas, ¿vienes? —dijo mirándome con los pies recogidos sobre la piedra.

Asentí sorprendida por lo rápido que se adaptaba a los cambios de planes.

—Espera —dijo antes de agacharse y quitarme los tacones con cuidado—, así estarás más cómoda —dijo mirándome desde abajo y haciendo que las mariposas de mi interior revolotearan.

Llevaba un rato pensando en lo molestos que eran los tacones para andar sobre los adoquines, pero me negaba a quitármelos por vergüenza.

Pero ahora me sentía más libre, y me pude sentar junto a él sin temer que el tacón me entorpeciera.

Le dimos la espalda a la ciudad dormida para ver cómo las luces de la otra orilla se reflejaban sobre el agua.

No pasó mucho más de unos minutos antes de que el teléfono de Dorian empezase a sonar.

—Mierda —susurró y enseguida apagó el móvil.

Y toda la atmósfera de tranquilidad que sentía junto a él se desvaneció al recordar que él tampoco iba solo.

—Esto está mal —dije, no sabía si más para él o para mí—. Tú deberías de estar con tus amigos y tu… —¿Novia? Tampoco sabía lo que era para él, pero sin duda más de lo que era yo. No debería estar aquí con él.

—No son mis amigos, y… da igual— negó.

—No, no da igual— contesté.

—Alessandra, no quiero estar en otro sitio que no sea aquí.

La sinceridad con la que dijo esas palabras me cortó el aliento. Haciéndome aún más consciente de esa energía que nos unía, que vibraba entre los dos cada vez que estábamos juntos.

—Pero deberías estar con ella.

—Y tú deberías estar con Fiero, pero a veces es mejor lo que no debemos hacer. —Se encogió de hombros.

—No es lo mismo. Lo de Fiero y yo es… complicado.

—¿Quién dice que lo mío tampoco lo sea? —su mirada oscura caló en mi interior tanto como sus palabras—. Tal vez no sea exactamente como tu situación, pero las cosas de fuera a veces no son tan sencillas como las vemos.

Me quedé en silencio porque tenía razón. Estaba actuando como todas esas personas que leían mi nombre en revistas, que me veían en redes sociales y se creían con el derecho de opinar sin tener conocimiento de todo lo que había detrás.

—No debería sacar conclusiones sin tener idea.

—Es normal hacerlo —le restó importancia—, todo el mundo lo hace.

—Aun así, creo que deberías responderle. No quiero ser la razón por la que dejéis de tener lo que sea que tengáis.