Capítulo 29 #2
—Teniendo en cuenta que es contra el equipo que casi siempre nos elimina, un poco acojonados —contestó Federico, el hijo de los Basso.
—Pero este año estamos mejor preparados —añadió Fiero—. No podemos descartar que nos puedan ganar, pero tengo buenas sensaciones. Además, por lo que tengo entendido, uno de sus mejores jugadores está lesionado, lo que nos facilita bastante las cosas.
—Seguro que lo conseguís. —Era la primera vez que veía a Agatha esbozar una sonrisa verdadera, y lo hizo mirando a Fiero como si nadie más existiera a su alrededor.
Di un sorbo más, intentando evitar que el calor de la rabia me consumiera.
No entendía por qué me sentía así. Ya no sentía nada por él. Necesitaba que terminase todo ya, pero seguíamos juntos y a ella no le parecía importar ni lo más mínimo que yo estuviera delante.
Giu no se percató de ello porque seguía discutiendo con Marco.
—¿Siempre están así? —le pregunté a Silvia, intentando mantener mi atención en otro sitio.
—La mayoría del tiempo —dijo con una pequeña sonrisa que escondía un pensamiento que parecíamos compartir.
¿Acaso mi prima no me había contado el interés que tenía en Marco?
Parecían estar en un tira y afloja constante, o tal vez no lo soportaba y realmente siempre discutían.
Cosa que dudaba porque cuando a Giu no le caía bien alguien, siempre lo trataba con cordialidad, a pesar de que evitaba relacionarse con esa persona.
Estaba tratando de decidirme por cuál de las opciones me decantaba mientras Giu y Marco discutían, hasta que un grupo de personas apareció en mi campo de visión. Eran nueve, pero lo que me llamó la atención del grupo era un chico de ojos oscuros como la noche, que recayó en mi mirada.
Dorian estaba aquí.
—Nunca lo he visto por aquí —me susurró Giu al oído, esperando a que nadie de la mesa se diese cuenta.
Qué buen día para decidir venir, pensé.
—¿Todo bien? —preguntó y yo asentí.
Aunque el sitio parecía haber encogido y con ello la cantidad de aire que había en la estancia.
—¿Quieres otra? —Fiero apareció frente a mí y señaló mi copa medio vacía. Lo pensé bastante, pero asentí. Todo sea por mantener mi atención en otro sitio.
Fiero parecía querer añadir algo más, pero enseguida Agatha saltó de su asiento—¡Me encanta esta canción! A bailar, chicas.
Nos arrastró a Giu y a mí sin preguntarnos siquiera, tirando parte de mi copa que acabó cayendo sobre el vestido que me había prestado Giu. Instintivamente, me zafé de su agarre. Sentía el brazo ardiendo, como si el fuego de su Don hubiese alcanzado sus palmas.
—¿Qué haces? —pregunté molesta, pero ella ya me miraba con cara de pocos amigos por haberme soltado de forma tan repentina.
—Sacaros a bailar —dijo como si fuera tonta—, eso es lo que se hace en las fiestas.
—Me has tirado toda la bebida encima. —Sabía que se había dado cuenta porque le había visto bajar la vista unos segundos cuando me volví hacia ella.
No hizo siquiera ademán de pedir perdón.
Podía saborear la sangre en mi boca. Definitivamente, había acabado con el cupo de morderme el interior del labio el día de hoy.
Fiero, que estaba a punto de ver estallar la tormenta, se metió por medio.
—¿Qué ha pasado, chicas?
—Tu novia no sabe lo que significa salir de fiesta, por lo visto —escupió la palabra “novia”.— Para eso, quédate encerrada en tu castillo y que tu papaito te siga manteniendo protegida.
Podía notar cómo el calor llegaba a mi rostro y el sabor metálico llenaba mi boca. Todo a mi alrededor estaba borroso, excepto ella.
—Teniendo en cuenta a lo que te rebajas, tú no estás para hablar de nadie ni de nada —se acabó intentar fingir. Esperaba que quedara claro a qué me refería con eso, porque si realmente se estaba metiendo en mi relación con Fiero, no era más que un mosquito buscando dónde aferrarse.
—Eres una maldita malcriada que se cree que todo le pertenece —gritó— y no puedes estar más equivocada.
Estuve a punto de lanzarme a pegarle un guantazo y cerrarle la boca de una vez hasta que alguien tiró de mí hacia atrás.
Al principio imaginé que sería Fiero, pero seguía estupefacto mirando lo que ocurría sin decir ni una sola palabra.
Además, las manos que me agarraron de los hombros eran más finas, los dedos más largos, y aunque el agarre fuese firme, también era cuidadoso.
—Creo que este no es lugar para peleas.
Esa voz. Ese acento que ya se me hacía irreconocible.
Miré a mi derecha rápidamente. Mi mirada chocó con esos ojos oscuros que estaban mucho más cerca de lo que esperaba. Contuve el aliento sin darme siquiera cuenta.
—No te metas donde no te llaman, desgraciado —escupió Agatha.
—¿Qué coño haces tú aquí? —Fiero parecía más molesto por la presencia de Dorian que por lo que estaba pasando frente a sus narices entre las dos.
—Lo que tú no has sido capaz de hacer —escupió Dorian—. Guardad vuestras diferencias para otro momento, y tú también, grandullón —dijo esto último para Fiero mientras le guiñaba un ojo.
Agatha parecía tener intención de seguir con la pelea, así que antes de que pudiese decir algo, la corté.
—No voy a perder más el tiempo contigo. —Les di la espalda y fui hacia las escaleras.
—Aless, ¡espera! —la voz de Fiero se escuchó por encima del murmullo de las voces y la música.
—Quiero estar sola —contesté sin darme la vuelta. Sabía que estaba detrás de mí, pero junto a él pude sentir otra presencia.
—¡Eh! ¿Tú a dónde te crees que vas? —no me hizo falta darme la vuelta para saber a quién se refería.
—A cuidar de tu fiera —contestó Dorian—, y tranquilo que no le voy a molestar.
Lo notaba como una sombra que me seguía todo el camino en silencio hasta la puerta de la entrada.
Fuera, el aire helado de finales de febrero me despertó de un bofetón del pequeño trance en el que estaba.
Me apoyé en la pared de un lado de la puerta, y Dorian se acercó a dejarme su chaqueta, pero se la negué con un movimiento de mano.
Sabía que no era lo más inteligente por mi parte quedarme en tirantes siendo aún invierno, pero el frío me ayudaba a estar presente.
Por el rabillo del ojo vi cómo Dorian se apoyaba al otro lado de la puerta y encendía un cigarro a una distancia prudencial de mí.
Nos quedemos solos bajo el silencio de la noche de Florencia.