Entre Rosas y Sueños Capítulo 27
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Capítulo 27

(D)

Llevaba casi toda la semana sin dormir una mierda. Hoy tampoco parecía ser una excepción.

Me giré una vez más esperando que la oscuridad me arrastrara al sueño, pero bufé sonoramente al notar la cama demasiado vacía.

No es que fuese algo nuevo para mí, pero aprendí a acostumbrarme demasiado rápido a las cosas, y más si era algo que me hacía sentir bien.

En todo el tiempo que llevaba de vuelta a Florencia, probablemente, el fin de semana que pasé con Alessandra fue el mejor que había tenido hasta ahora.

Y las noches que mejor dormí, sin duda. Era como si estar en presencia de esa chica me hiciera olvidar todo lo demás.

Mi mente no dejaba de vagar de vuelta al fin de semana con Alessandra.

Me sentía vacío, como si estar lejos de ella dejase un hueco en mi cuerpo, y la única forma de rellenarlo era reviviendo esos momentos una y otra vez.

Me iba a volver loco encerrado en estas paredes si no conseguía redirigir mis pensamientos a otro lugar.

Sin duda, necesitaba salir a dar un paseo, era una de las pocas formas que me ayudaban a despejarme lo suficiente para lograr dormirme, pero parecía más complicado escaparse de casa en mitad de la noche que de un maldito internado en mitad de la nada.

Sobre mi mesita me esperaban las pastillas para dormir, pero tan solo mirarlas me creaban un horrible rechazo.

«Ni pensarlo, chico.»

Esa voz… Me costó mucho aceptar su presencia, no repudiarla. No temerle.

—No pones las cosas fáciles —bufé para mis adentros.

A Reydan no le gustaban. Inhibían el Don, y me hacían sentir enfermo al día siguiente. Así que miré la única opción que me quedaba.

La guitarra eléctrica seguía postrada contra la pared como de costumbre.

La cogí y me senté en el pequeño sofá que había a uno de los lados de mi habitación.

Lo bueno de vivir en un edificio apartado de casa era que podía tocar a la hora que quisiera, pero no podía asaltar el frigorífico de casa, así que me tuve que hacer con uno pequeño para las provisiones necesarias cuando me pasaban estas cosas.

Me decidí por aprender a tocar una de las canciones que más me gustaba en este momento, una llamada Beautiful Things. Con un solo vistazo a la partitura, me imaginé que no me llevaría más de una hora. Esperaba que fuese lo suficiente para que el sueño comenzase a dar señales.

Una hora y media después, mis dedos ardían.

Me había cansado de repetirlo, pero el sueño no apareció en ningún momento.

Aun así, me acosté de nuevo, esperando que Reydan tuviera un poco de compasión y me dejase dormir.

Llevaba apenas seis horas de sueño en cuatro días.

Todo había empeorado al regresar a Florencia.

Tenía que salir de aquí pronto porque acabaría volviéndome loco de nuevo.

Suspiré dándome la vuelta en la cama, como si eso pudiera acallar a alguien cuya voz provenía de mi mente. No podía soportar sus quejas, ahora no.

«Si te acercaras más a esa chica, todo iría mejor.» Bufó de nuevo Reydan.

Siempre se quejaba de todo lo que hacía. Como si él fuese el dueño de mi vida, y yo un simple títere que tenía que obedecer.

✦

Alguien tocó a la puerta. Sin esperar respuesta, entró, despertándome de la mejor noche de sueño que había conseguido tener esta semana.

—Dorian, son la una de la tarde —la voz dura de mi padre me hizo espabilar de momento—. No me extrañaría que esa chica con la que estás te acabe dejando pronto. Llevas cinco días sin verla.

No estaba lo suficientemente lúcido, pues la imagen que se me vino a la cabeza era la de Alessandra, pero a la chica de la que hablaba en realidad, le había prometido ir a buscarla al terminar las clases. Me incorporé de casi un salto.

—Voy a ir a recogerla. No comeré aquí.

—Espero que eso signifique que vas a llevarla a comer.

—Sí —contesté molesto. Era obvio que significaba eso y odiaba tener que resaltar las cosas obvias —y si no me dejas, acabaré llegando tarde.

Mi padre me miró irritado por cómo le había hablado antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Hice todo en tiempo récord: ducharme, lavarme la cara, peinarme, elegir la ropa…

En poco más de media hora ya estaba saliendo por la puerta del garaje con mi Ferrari.

Lo único bueno que habían hecho mis padres por mí era dejarme elegir el coche que me comprarían.

Nosotros no teníamos chófer como la mayoría, y por la gran importancia que le daban mis padres a mantener su imagen, yo tenía que tener un coche de alta gama.

Llegué al aparcamiento de la escuela cinco minutos antes de que tocase el timbre de salida.

Encendí un cigarrillo, esperando que calmara los nervios que se arremolinaban en mi cabeza.

Me sentía como si hubiese venido a ver a Alessandra en vez de a Chiara, porque en el fondo quería encontrarme con ella.

Sabía que debía mantenerme alejado. Teníamos caminos muy diferentes y acercarme a ella solo lo iba a complicar más, pero no podía evitar pensar en ella.

Desear verla cada día, aunque fuese un segundo, aunque fuese en sueños, para verla de nuevo irritada por encontrarme de nuevo en ellos.

La gente comenzó a salir y yo busqué con la mirada a la chica morena con la que pasé el fin de semana, pero fue otra morena, que se acercaba sonriente, la que se cruzó con mi mirada y que sin previo aviso me besó.

No se lo negué. No era la primera vez que nos besábamos, pero nuestra relación no era…

normal. No teníamos costumbre de saludarnos de esa manera.

No entendía a qué había venido, pero no le iba a hacer el feo a mi chica en mitad de la salida, así que le devolví el beso con la misma intensidad que ella me lo dio.

A los segundos, un cosquilleo me invadió, y supe exactamente qué era.

Abrí los ojos de golpe, encontrándome con Alessandra, que estaba observando la escena hasta que me pilló mirándola y apartó la mirada de inmediato.

Me aparté de Chiara con una sonrisa, la saludé y abrí la puerta del coche, pero por dentro no entendía lo que estaba haciendo.

No era Chiara a la que tendría que haber besado.

No eran sus labios en los que pensaba cada noche, cada vez que no podía dormir.

Solo esperaba que algo se hubiese removido dentro de Alessandra, que al menos sintiese un poco de la necesidad que yo sentía por ella.

Porque si no cortaba con esto, esto acabaría conmigo.

Necesitaba irme, lejos de Florencia y de toda esa gente corrupta que se piensa dueña del mundo solo por tener dinero.

Pero ahora que sabía lo que le había pasado a Alessandra.

Que probablemente habían sido esas mismas personas a las que odiaba las que le habían intentado hacerla desaparecer, no me sentía bien huyendo.

Tenía que haber alguna forma de poder hacer algo. De pararlo.

—¿Cómo ha ido el día? —traté de redirigir mi atención de nuevo a Chiara cuando la radio se encendió y me llevó de vuelta al coche, y no a esa noche cenando en la terraza del hotel.

—Un coñazo, como siempre, pero al menos tengo los exámenes aprobados, así que estaré más libre de lo que esperaba.

A pesar de que yo no había elegido estar con Chiara, me gustaba esta chica. No éramos muy diferentes el uno del otro y nos entendíamos bastante bien.

—No dudaba de ti en ningún momento. —Ella me regaló una sonrisa cerrada, pero sabía que era real.

—Tendré que darle las gracias también a mi profesor —sabía qué significaba esa sonrisa que se le dibujó en la cara y que me contagió, pero hoy no iba a ser el día.

—Al profesor solo le tuviste que explicar lo que ya sabías, así que no hizo tanto.

—Pero funcionó, que es lo importante.

—Tan solo te da pereza estudiar y necesitas a alguien para que te anime a hacerlo. No te culpo porque yo también he sido así.

—Lo que digas, si te quieres quitar el mérito…

Negué con una sonrisa.

Chiara me ayudaba a llevar los días mejor en este infierno.

Se había convertido en una amiga, y aunque hacía contactos rápido, rara vez conectaba tanto con alguien como para llamarle amigo.

Así que era un pequeño alivio en este mundo lleno de apariencias, al igual que yo lo era para ella.

Nuestra relación solo era por necesidad, no por amor, pero me alegraba tenernos el uno al otro para apoyarnos.

Le llevé a un restaurante que estaba cerca de su casa y que sabía que le encantaba. Era un lugar informal, al que solía ir con su familia cuando era pequeña, pero ahora preferían moverse por lugares más exclusivos y llevaban años sin ir a ese restaurante, según me había contado.

—Tal vez deberíamos vernos más —sugirió pinchando la pasta.

—Ya sabes qué tipo de relación tenemos, Chiara. No quiero complicarla —le recordé e hizo un puchero.

—Me lo paso bien contigo, Dorian, eso es todo. Sé que no quieres nada serio ahora mismo, pero podrías venir a alguna fiesta con mis amigos. Te caerían bien.

—No me apetece rodearme de más gente rica y estirada —bufé, a lo que Chiara soltó una carcajada.

—Perteneces al grupo más exclusivo de toda Italia, y tus padres son millonarios —recordó, como si su familia se quedase demasiado atrás—. Creo que no vas a encontrar gente más rica y estirada que esa con la que te rodeas. Además, ¿crees que yo saldría con ese tipo de personas?

—Créeme que no quiero tener nada que ver con esa gente.

Ella ya lo sabía, pero por alguna razón la gente que no pertenecía a La Élite los veía como unos seres superiores, y aunque a Chiara no le gustase del todo este mundo de reglas y apariencias, sabía que en el fondo también los idolatraba un poco.

—Aun así les daré una oportunidad a tus amigos.

Todo sea por salir de casa y que mis padres piensen que estoy implicado en la relación. Además, tampoco me iba a venir mal socializar un poco.

Cuando volví a casa tenía una mala sensación.

Chiara estaba diferente, parecía que las cosas estaban cambiando para ella y tenía que pararlo.

Sus ojos brillaban más al mirarme y, aunque desde el primer momento fue cariñosa, ahora me buscaba más, buscaba más excusas para acercarse a mí.

Y por más cariño que le estuviese cogiendo a Chiara, por más que nos entendiéramos tan bien.

Yo no sentía nada por ella, y no lo sentiría.

Dejé claro desde un principio que no iba a haber nada más que una relación física y superficial para que nuestros padres se lo creyesen. Ella estuvo de acuerdo con ello.

—¿Cómo ha ido la comida con Chiara? —mi madre me sorprendió a medio camino hasta mi habitación.

—Bien— era lo único que ella quería escuchar y lo único que le iba a soltar.

Mi madre asintió.

—Ya sabes lo que tienes que hacer, Dorian. Cuando te cases, serás libre —añadió con esa necesidad de recalcar que aún estaba bajo sus manos. Que seguía siendo un títere para ellos.

Asentí. Asentí porque sabía que todo acabaría antes de lo que mi madre esperaba y no de la forma que quería. Tan solo tenía que intentar actuar lo mejor posible delante de ellos.

Creían que durante todos estos años había aprendido a comportarme, que estar lejos me había ayudado a mantener mi Don a raya y que al volver sería el hijo que siempre habían querido que fuese.

Una copia de mi hermano mayor, el hijo perfecto.

Pero mis padres ya no me conocían, así que no sabían que lo que ellos veían era una simple fachada.

Mi madre se fue satisfecha con mi respuesta, y yo puse dirección a la cocina.

Imaginaba que estaría solo. Mi padre, sobre esta hora, si no estaba trabajando, estaba en algún tipo de charla o viaje de trabajo, y mi hermano, por lo general, se tiraba los días encerrado estudiando.

Así que aproveché para hacerme un caffè corretto con un toque de brandy.

—Tan pronto, bebiendo, hermanito. —Gabriele apareció remilgado aun con su polo de la universidad.

En estos últimos años pasó de tener un cuerpo delgado a apenas poder entrar en la ropa de la musculatura que había conseguido.

Y es que su vida se limitaba a estudiar y a ir al gimnasio.

Muy a diferencia de mí, que si con suerte iba al gimnasio, era simplemente para buscar una excusa y salir de casa.

—Si un corretto es tu definición de beber, me puedo imaginar que eres el alma de la fiesta.

Mi hermano se rio, sorprendiéndome

—Era solo una broma, Dorian, hazme uno a mí también —dijo sentándose en la isla y subiéndose las mangas del polo.

Le miré con una ceja alzada.

—¿Me ves con cara de camarero?

Mi hermano negó levantándose.

—No te lo tomes todo tan mal, solo quiero pasar un rato con mi hermano. Llevas tratando de evitarme desde que llegaste. —Comenzó a hacerse el café en cuanto terminé con la cafetera—. Yo no me trago el papel que estás haciendo delante de papá y mamá, pero no te puedo juzgar.

Me quedé quieto, observándole. No sabía si creer o no en sus palabras, definitivamente era sincero. Lo percibía con mi Don, el mismo Don que fluía por su sangre, pero no me cuadraba. Mi hermano tenía que odiarme después de todo.

—No me mires así. No te tengo rencor. Creo que mamá y papá se pasaron contigo, no te dieron siquiera la opción de mostrar que has cambiado.

—¿Y si no he cambiado?

Mi hermano se encogió de hombros despreocupado, un movimiento que no encajaba con su polo de universidad y su pelo engominado.

—Tampoco tendrías que hacerlo —tenía que estar soñando porque mi hermano no podía estar diciéndome a mí esto—.

No eras tú el que me hizo eso, y sé que si hubieras tenido el control, no lo hubieras hecho —se echó el brandy en el café.

El hermano que yo conocía parecía no estar por ninguna parte—.

Puede que papá y mamá no lo vean, pero tú y yo no somos enemigos, Dorian, y eso nos da una ventaja.

—¿Por qué me estás diciendo todo esto? —entendía que quería un alto el fuego por mi parte.

Estaría harto del ambiente hostil y la doble cara.

Podía entenderlo porque, si fuese al revés, yo también lo estaría, pero el miedo me hacía mantener esa distancia entre los dos.

Cuanto más lejos de mí, menos probabilidad había de hacerle daño otra vez.

—Dorian, tal vez tú y yo queramos lo mismo. Creo que ambos estamos hartos de este teatro —definitivamente este no era mi hermano, al menos no el hermano que yo conocía.

No terminaba de fiarme de él, a pesar de que todo lo que decía parecía ser cierto. Él siempre ha sido el hijo de mamá y papá, ¿a qué venía esto ahora?

—Piénsalo, Dorian. Estaré aquí para ti, pero no me hagas tu enemigo una vez más.