Capítulo 26
La semana se tornó oscura. No solo por la tenue lluvia que me llevaba acompañando desde que volví a Florencia, algo había hecho clic en mí durante ese fin de semana y me hizo más consciente de la hostilidad que se encontraba a mi alrededor. Sobre todo en los pasillos de la escuela.
Estaban casi desiertos. Con la lluvia, la gente aprovechaba para quedarse en casa asistiendo a las clases por videollamada, pero en vez de darme tranquilidad, el silencio me parecía inquietante. Como si algo más grande estuviese ocurriendo a mis espaldas.
—Parece que ese chico no tiene intención de volver esta semana por aquí. —Fiero aún seguía incómodo con la presencia de Dorian en la escuela desde lo que ocurrió en la Mascherata, y más tras los días que pasé con él.
Me había preguntado varias veces durante la semana sobre el rodaje, a pesar de que, en cuanto llegué a casa, le llamé y le conté todo lo que pasó.
Saltándome la parte en la que tuve que compartir habitación con él y lo extrañamente cómoda que me sentí a su lado.
Para Fiero solo habíamos tenido trato de compañeros de trabajo, nada más.
Para mí… aún no sabía cómo encasillarlo.
Sobre todo después de lo que pasó cuando intentamos hacer el pacto.
No me quitaba su mirada preocupada, cómo arropaba mi cara entre sus manos con cuidado cuando me desmayé, pero lo que más me conmovió fue su miedo al pensar que me había hecho daño.
Verle de ese modo tan vulnerable despertó en mí un sentimiento que no sabía que tenía.
Y ahora no podía parar de pensar en ello.
Esta semana se me estaba haciendo dura, por lo general, las clases se me pasaban rápido, pero me sentía desenfocada.
Mi mente no paraba de volver a Venecia, a lo que ocurrió en esa habitación y a lo que vi cuando me desmayé.
No llegué a hablar de ello con Dorian, no sabía si temía más que él hubiera visto lo mismo o no hubiera visto nada.
Volver a casa no mejoraba el día. Mi padre se tuvo que ir a un viaje de negocios urgente durante el fin de semana, por lo que los portones me daban la bienvenida a una casa vacía.
Ni siquiera había rastro de mi madre, que según mi padre estaba de viaje.
Así que cuando llegué a casa no me molesté en ir primero a la cocina, me dirigí a las escaleras para ir directamente a mi cuarto a ponerme más cómoda, pero por el rabillo del ojo divisé algo saliendo de la habitación de mis padres.
—Alessandra.
Me lancé a darle un rápido abrazo a mi padre.
Llevaba preocupada desde que me fui a Venecia.
Tan solo habían pasado cuatro días desde que no lo veía, pero con todo lo que estaba sucediendo, no me gustaba sentirlo lejos, mucho menos recordando lo atormentado que se veía antes de irme.
Así que que por fin estuviera en casa alivió parte de la tensión que llevaba guardada desde que me fui.
—¿Todo bien? —preguntó examinándome de arriba a abajo, como si el haberme ido un fin de semana me hubiese podido cambiar.
Asentí segura.
—¿Cuándo has vuelto?
—Hace unas cuantas horas. No te he dicho nada porque quería que fuese sorpresa —su boca hizo un pequeño amago de sonrisa—. Venga, vamos a comer.
En la cocina ya nos esperaba un humeante plato de comida caliente, que agradecía en estos días fríos y apagados.
—¿Qué tal ha ido la campaña con Dolce Vanna, hija? —preguntó cuando me senté a su lado.
—Muy bien —tomé una cucharada—, están muy contentos de haber trabajado con nosotros.
—¿Nosotros?
—La campaña la hice con Dorian Vinci —le recordé.
—Ah, sí que me lo mencionaste. ¿Ha ido todo bien?
—Ha sido un buen compañero.
Sabía que mi padre desconfiaba de él, de su familia, pero el Dorian que yo había conocido no se parecía en nada al Dorian que la gente pintaba en realidad.
Seguí comiendo en silencio hasta que recordé algo que me revolvió el estómago.
—¿Mamá sigue de viaje? —mi padre asintió. Me aseguré de que estábamos solos antes de hacer la siguiente pregunta. —¿No hiciste ningún pacto con el abuelo cuando te casaste con ella, verdad?
—No, no lo he hecho, pero tenemos otro tipo de compromisos.
—Sí, eso me lo explicaste. Compromisos que, si ambos estáis dispuestos, pueden acabar en un acuerdo —probé de nuevo a ver si conseguía que diera el paso.
Creo que tanto él como yo estábamos incómodos cerca de mamá, y después de la última discusión no tenía sentido que volviera a casa y hacer como si nada, cuando esta familia llevaba mucho tiempo rota. La relación de mis padres debería haber terminado hace años.
—Es complicado. Ya sabes que a tu madre le encanta ser el centro de atención. Eso es lo que le proporciono yo. No lo va a poner fácil.
—Tal vez pueda ser más sencillo de lo que crees. No lo sabrás si no preguntas. —Me sorprendí hablando así, me recordaba a las palabras de Dorian.
—¿Y qué hay de ti, hija? —giré la cabeza con brusquedad, sorprendida con la pregunta.
—Si te refieres a mamá y a ti, no te… —Su negativa me hizo parar.
—Me refiero a Fiero y a ti. No creo que debas seguir fingiendo.
Llevaba unos días pensándolo. Sobre todo al volver de Venecia.
Estaba agotada de fingir, de tener la guardia en alto constantemente cuando estaba con Fiero.
También había notado un cambio en él, lo veía menos atento, más desapegado.
Aun así quería asegurarme de que sería seguro, de que era el momento adecuado.
Una llamada interrumpió los segundos de silencio y se marchó para atenderla. No sin antes asegurarse de que hablaríamos de ello en otro momento.
Cuando volví a mirar el plato de comida frente a mí, dejó de verse apetitoso.
Tomé dos cucharadas más y me marché a mi cuarto.
Sabía que mi padre no iba a volver pronto, tenía pinta de ser una llamada importante, y necesitaba hacer algo para que mis pensamientos no se convirtieran en un bucle de autodestrucción.
Estuve intentando leer un poco uno de los últimos libros de romance que habían salido.
De pequeña no tenía muchas amigas con las que quedar, ya que mi madre conseguía que me alejara de todas, así que fue cuando me adentré en el mundo de la lectura, aunque nunca tuve mucho tiempo para ello.
El romance era lo único que conseguía adentrarme en los libros y obsesionarme con ellos, pero conforme crecía, más irreales me parecían esas historias que leía.
Ningún hombre era tan perfecto en la vida real.
Solo existían en los libros, en los cuentos de hadas.
Acabé dejando el libro tras unas pocas páginas.
Me recordaba a Fiero y a la situación en la que nos encontrábamos.
Así que solo pude lograr distraerme haciendo bocetos de vestidos, era la única forma que tenía de desconectar sin salir de casa, ya que la tormenta que parecía arremolinarse tras las ventanas no me animaba a salir al jardín.
Mientras dibujaba, comenzó a sonar de fondo “R.E.M.” de Ariana Grande.
La vida parecía haberlo hecho a propósito porque ni siquiera estaba en mi lista de reproducción.
Paré la canción. De alguna forma, todo me quería llevar hasta él, y yo solo quería poder pasar más de unos pocos minutos sin pensar en ese chico.
Desde que nos despedimos en el aeropuerto, se repetía en mi cabeza todos esos momentos que había compartido con él, sobre todo esos en los que había estado demasiado cerca.
Cerré el bloc de dibujo con brusquedad al recordar sus labios rozando mi cuello.
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No era consciente de lo que ansiaba que acabara esta semana hasta que el último timbre sonó. No podía decir que había sido mala, porque realmente no había ocurrido nada, pero era el ambiente pesado y el hecho de que Dorian no diera ninguna señal de vida lo que la hizo extraña.
Sabía que no tenía que esperar volver a verle, pero en los tres días que estuvimos en la campaña, me había acostumbrado demasiado rápido a su presencia. Ni siquiera volvió a aparecer en mis sueños, como si después de lo ocurrido quisiera desaparecer por completo de mi vida.
Pensar siquiera en ello me hizo sentir una punzada en el pecho, pero era lo mejor. Sobre todo para mí y mi familia.
En la salida de la escuela, el cielo seguía cargado de nubes grises y humedad, pero ni rastro de lluvia.
—Cuore, hoy tengo prisa, así que no me voy contigo. —Esa, junto a un rápido beso en mi mejilla, fue su despedida a la salida de la escuela.
Giu, que estaba a mi otro lado, me miró extrañada.
—Ni idea —le contesté a su pregunta silenciosa.
Iba a despedirme de ella hasta que algo frente a mí captó toda mi atención, haciendo que me parase en seco.
Frente a un Ferrari negro estaba Dorian.
Llevaba un cigarro en la mano mientras parecía esperar a alguien.
No tardé en ver quién era ese alguien, pues en cuanto la pequeña morena con la que le había visto alguna vez se acercó, se inclinó para darle un beso.
En el viaje no mencionó que tenía pareja, tampoco se le vio muy preocupado por ello, pues no lo vi realizar ninguna llamada.
Tal vez no era algo tan serio, ¿no? Tenía que ser eso.
Como si hubiese sentido mi mirada, abrió los ojos mientras sus labios seguían sobre los de ella, labios que unos días atrás estuvieron peligrosamente cerca de los míos.
Sus manos estaban en su cintura de forma posesiva, como lo estuvieron sobre las mías durante la sesión de fotos.
Tuve que apartar la mirada cuando sus ojos brillantes se encontraron con los míos.
Un suspiro se escapó de entre mis labios, un instante antes de que mi prima me recordara que estaba a mi lado.
—Aless, ¿está todo bien?
—Sí —contesté, pero la afirmación salió entrecortada.
Por los Dioses, esperaba que no se hubiese dado cuenta. Pero no había a quién engañar. Giu se daba cuenta de todo.
—Sea lo que sea que haya pasado en ese fin de semana, sabes que me lo puedes contar, ¿no?
Asentí, pero no tenía intención de hacerlo. Al menos no por ahora. Al menos hasta que no fuese capaz de aclarar mi mente y comprender qué era lo que nos envolvía a Dorian y a mí.