Capítulo 25
(D)
¿Qué coño había pasado?
No tenía mucho conocimiento de cómo funcionaban los pactos, pero dudaba que lo ocurrido tuviese que ver con ello, y por la reacción de Alessandra estaba claro que no era así como funcionaba.
Cuando me desperté y la vi en el suelo entré en pánico.
Pensé que había vuelto a perder el control, que había vuelto a hacer daño a alguien.
Pero estaba bien. No sabía qué había pasado, pero yo no había hecho nada, lo cual era un alivio.
Aun así, estaba inquieto. Sabía que aceptar este trabajo me haría sentirme así.
Lo estaría porque ella despertaba en mí un deseo que nunca antes había experimentado.
Me hacía pensar en la esperanza, algo que llevaba enterrado muy en el fondo de mi ser demasiado tiempo.
Encendí el cigarrillo mientras esperaba a que Alessandra terminara de ducharse.
Cada vez había más luces al otro lado del pequeño canal.
Traté de enfocarme en esa calidez, en el reflejo de la luna creciente en el agua, en el sonido del suave oleaje que se filtraba en la cada vez más desolada ciudad.
Encendí las velas y me giré de nuevo hacia el canal. La comida no tardaría demasiado en llegar, y dudaba que Alessandra tardase mucho más en salir del baño.
Solté el humo.
Había algo que nos unía. Lo supe en cuanto la vi la primera vez, pero no podía obsesionarme ahora con ello. No cuando lo que más quería era ahorrar y desaparecer de Italia. Volver al único lugar que se ha sentido como un hogar para mí.
Daba igual lo que me cautivase esa chica. Ella estaba prometida y parecía dispuesta a seguir con ese estúpido a pesar de todas las trabas que le había puesto la vida. Yo no me metería por medio. Me aferraría a mi plan, no existía otra opción.
La cena llegó segundos antes de que Alessandra apareciera por la puerta del baño.
Llevaba otra vez ese pijama de seda blanco que brillaba en contraste con su piel bronceada.
Parecía un ángel. Lo pensé cuando la vi y lo reafirmaba en ese mismo momento, solo un ángel podía brillar de esa forma. Era perfecta.
No me podía creer que la persona que la recibiría en el altar llevando ese color no era capaz siquiera de tratarla como merecía. No me podía creer que aceptase ese tipo de amor cuando merecía ser querida con el alma.
La Alessandra desapegada y borde solo era una fachada. Porque en ese momento en el que se había quedado a mi lado, en el que había confiado en mí, ahí estaba la verdadera Alessandra. Muy lejos de la imagen que parecía querer dar al mundo.
—Perdón —dijo sacándome de mi ensimismamiento.
—¿Por qué? —pregunté mientras colocaba los platos en la mesa para estar entretenido con algo.
—Si no te hubiese obligado a hacer el pacto, no hubiese ocurrido nada.
—No te culpes por ello. Tal vez tenía que suceder.
El destino no paraba de ponernos el uno en el camino del otro. Quería algo de nosotros, pero yo no tenía intención de entrar en ese juego.
Sus labios se quedaron entreabiertos. No pude evitar observarlos. Esta tarde casi cometo una locura
—¿Crees que es algo que escapa de nosotros?
—Tal vez —contesté colocando el último cubierto.
—Creo que hay muchas cosas que desconocemos de nuestro… mundo.
No sabía qué había pasado exactamente tras lo del pacto, pero Alessandra se veía distinta. Como si esa barrera que llevaba siempre en alto se hubiese derrumbado.
Me gustaría decirle que yo no pertenezco a ese mundo que ella dice.
Que no somos lo mismo, pero le estaría mintiendo y me estaría mintiendo a mí mismo.
Aunque la verdad era que tampoco pertenecía a él del todo.
Llevaba demasiado tiempo fuera, me había perdido tantas cosas que nunca más volvería a pertenecer a él por completo, y lo prefería así.
—Supongo. —Me encogí de hombros.
—¿Estuviste mucho tiempo viviendo fuera de Florencia? —Su cambio de tema me pilló por sorpresa.
—Casi diez años —contesté mientras cortaba un trozo de costilla.
—¿Diez años? —Parecía sorprendida.
Me limité a asentir para ver su reacción, pero solo podía percibir interés por su parte, simple curiosidad. Nada más allá de eso.
—Estuve viviendo en un internado cerca del sur de Inglaterra —añadí.
—¿Y estuviste… bien? —Parecía horrorizada por lo del internado, lo cual me hizo bastante gracia.
—Mejor que en casa —contesté—. Ya te conté que no tengo muy buena fama, eso fue lo que pasó al ganarme esa fama.
—¿Entonces es verdad que le hiciste daño a tu hermano?
—Le borré la memoria sin querer —solté, intentando quitarle peso al asunto.
Pero la realidad es que era algo que aún me perseguía. Me costó mucho comprender que no era mi culpa, que no estaba bajo mi control, y muchas veces seguía sin entenderlo.
No le costó unir los puntos de por qué reaccioné así antes.
—¿Eres el menor?
Asentí, no quería seguir hablando sobre ello.
Aunque, si no me equivocaba, el padre de Alessandra tenía un hermano.
Tal vez en algún momento habían pasado por algún problema con sus Dones.
Tal vez los seguían teniendo o habían encontrado alguna forma de manejarlos.
Pero no me iba a meter en ello. Además, era muy probable que Alessandra no tuviera ni idea.
Así que solo le mencioné que nunca había conseguido controlar muy bien mi Don. No tenía por qué saber nada más.
—¿Cómo con los sueños?
Pensé que los sueños eran un tema tabú para ella. Siempre que había mencionado algo que tenía que ver con ellos, parecía ponerse nerviosa o molesta.
—Más o menos —contesté finalmente. Aún no sabía de qué forma clasificarlos, no lo veía como un Don, pero tampoco lo podía encasillar como otra cosa. —¿Tú nunca has tenido problema con tu Don?
—Nunca antes —, pero le había visto muchas veces soñando con esa rosa blanca y estaba claro que era algo que le preocupaba. —Aunque este año… hay algo que está cambiando.
Había escuchado a mi madre y a mi hermano hablar del tema. Probé a sacar más información sobre ello.
—Me he enterado de que vuestros Dones están como… ¿Desestabilizados?
—Le está pasando a toda La Élite —confirmó sin dudarlo.
Pero en cuanto las palabras abandonaron su boca, se quedó inmóvil durante unos segundos. Fue un instante, pero lo suficiente para darme cuenta de que se arrepintió de haberlo soltado.
—No te preocupes, Alessandra, esa información está a salvo conmigo —después de todo, esperaba que confiase en mí.
—Lo siento, tengo tendencia a desconfiar —confesó—. Es difícil cambiar de modus operandi.
No podía juzgarla. Era difícil poder confiar en alguien cuando estaba rodeada de personas que solo miraban por su propio interés y nada más. Aunque ella también pertenecía a ese grupo, me gustaría saber hasta qué punto estaba de acuerdo con ellos.
Me encogí de hombros.
—Igualmente, creo que todo sería más fácil si no existieran los Dones, si nuestros antepasados no hubiesen hecho ese estúpido pacto —tanteé.
Abrió la boca claramente confusa. Parecía buscar las palabras adecuadas.
—Si estamos en esta posición de privilegio es gracias a ellos.
No me sorprendió su respuesta, pero no sabía si hablaba desde el apego o realmente era incapaz de ver la realidad desde su privilegio. Porque aunque ambos perteneciéramos al mismo mundo, dentro de La Élite había rangos, y los Leone siempre estarían en el primer puesto.
—Ya sé que tú no lo ves igual que yo. A ti te lo han dado todo, eres la chica perfecta a la que todos adoran, pero no siempre es así.
—Tampoco es así. —Cada vez que mencionaba la palabra “perfecta” parecía molestarse más de lo normal.
—Lo eres para casi toda Italia aunque no quieras reconocerlo —seguí poniéndola a prueba.
—Si fuese así, nadie hubiese atentado contra mi vida y la de mi familia.
Esas palabras eran las últimas que esperaba escuchar. Conforme me hacía más consciente de ellas, más sentía que desaparecía el color de mi rostro. Ella tampoco parecía contenta por haberlo dicho en voz alta.
—¿Qué? —pero mi voz sonó como un susurro—. ¿Crees que alguien está intentando quitaros del medio? —No era capaz de decir la palabra que flotaba entre nosotros.
—Olvídalo —fue lo único que dijo.
Pero no podía dejarlo pasar. Necesitaba saber si realmente estaban atentando contra su vida.
—¿Ha pasado algo más después del evento de San Valentín? —Porque ahora que sabía eso, me cuadraba mucho más lo ocurrido. No creía en ninguna piedra mágica, no creería siquiera en la magia si no fuese porque nosotros la teníamos en nuestra sangre y éramos pruebas vivientes de ella.
—Han pasado las suficientes cosas para saber que hay algo que no cuadra. Eso es todo.
—Me das más razones para odiar toda esa tontería de eventos, Dones y subnormales que creen que por tener dinero ya tienen derecho a todo —cada información nueva que llegaba a mí me hacía odiarlos más y más—. No entiendo por qué querrías defenderlos. No merecen nada de lo que tienen.
Alessandra se veía perdida, podía ver los engranajes de su mente funcionar.
Era difícil procesar que en lo que siempre habías confiado, que todo en lo que creías, era una mentira.
Tal vez no éramos tan diferentes. Me podía ver reflejado en su mirada, en esa rabia que tanto intentaba ocultar en su interior, solo que yo pasé por ese proceso largos años atrás.
—Aún tienes oportunidad de decidir si quieres seguir o no metida en esto —dije esta vez más calmado—. Aunque creas que no puedes cambiar el rumbo de tu vida, nunca es demasiado tarde.
—¿Tú lo harías? —Su pregunta me pilló desprevenido, pero asentí.
Porque lo intentaría las veces que hicieran falta hasta conseguirlo.