Entre Rosas y Sueños Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Olía a cítricos y manzana dulce con toques de madera.

No me hacía falta estar muy cerca de él para que el olor flotara hasta mí.

Los olores naturales eran lo primero que detectaba mi Don.

Y esa fragancia era lo primero que me llegaba cada vez que entraba en una habitación en la que él se encontraba.

Además de un suave olor a narcisos, pero era tan leve que, si no me fijaba en él, se perdía entre los demás.

—Confío en que sepas asearte adecuadamente —forcé una sonrisa evitando echar la mirada de nuevo al móvil.

—¿Esperas alguna llamada importante?

—Ya hice las que tenía que hacer. Igualmente, si suena mi teléfono mientras estoy en la ducha, déjalo, y mucho menos lo cojas si es Fiero —advertí.

—No tengo intención ninguna de tocar teléfonos ajenos —levantó los brazos como si eso lo hiciera más inocente.

—Si alguien se entera de que hemos tenido que dormir en la misma habitación, tendremos problemas. Ambos. Y yo no estoy en una posición en la que pueda seguir sumándome problemas. ¿Queda claro?

No me gustaba tener que hablarle así, pero era el miedo el que hablaba por mí.

—Créeme, Alessandra, que a mí tampoco me conviene que esto se sepa. Tienes mi silencio —parecía bastante sincero, pero no me bastaba, mucho menos si tenía en cuenta que era La Élite la que estaba buscando acabar conmigo y con mi familia. No sabía hasta qué punto él podía estar o no involucrado.

—Promételo. —Busqué sus ojos con esa palabra.

Sabía que me estaba metiendo en algo imposible de romper.

En algo que, si alguno de los dos decidía saltarse, tendría consecuencias.

No pensaba aprovecharme de él si desobedecía el pacto, pero necesitaba asegurarme de que cumpliría su palabra.

Y así era la única forma en la que me podía asegurar de ello.

—Si así te quedas más tranquila. Lo haré —no pareció dudar en ningún segundo, y eso hizo que yo quisiera echarme atrás.

No sé de dónde sacó el broche, pero se pinchó con él el dedo y me lo pasó para imitarlo.

—Prometo por Reydan —me quedé sin respiración cuando escuché ese nombre—, Dios de la percepción y lo ilusorio, que todo lo que tenga que ver contigo y esta habitación quedará sellado bajo mis labios.

Ese nombre… Era la primera vez que lo escuchaba, pero a la vez lo sentía como algo que conocía desde hace años, incluso siglos, como un viejo recuerdo guardado en un baúl.

Pero no podía ser, si lo hubiese escuchado antes, lo recordaría.

Los nombres de los Dioses no eran algo que se olvidara tan con facilidad.

No apartó su mirada de la mía en ningún momento.

No podía hacerlo si quería que el pacto funcionara, y yo tampoco podía hacerlo por mucho que me llamaran sus labios curvados.

Sabía qué estaba haciendo, había buscado esas palabras para desconcentrarme.

Agarré su mano que estaba tendida hacia mí para sellar el pacto, pero en cuanto su mano rodeó la mía y nuestra sangre se mezcló, comencé a marearme.

No conseguía ver más allá de oscuridad e imágenes que no lograba distinguir del todo.

Rojo y plata. Sangre y acero. Rosas y… ¿muerte?

—Alessandra —mi nombre sonó como un susurro entre la realidad y la ilusión, pero que logró llevarme de vuelta a la luz de la habitación.

Estaba en el suelo, y lo primero que vi era la mirada apagada de Dorian que me miraba desde arriba. Estaba apoyada sobre sus piernas y estaba tan pálido como los pétalos de un narciso. Incluso el brillo de su mirada parecía haber desaparecido.

—¿Qué ha pasado? —Mi voz sonaba débil.

Solo habían sido unos segundos, nada más. Pero no sabía cómo ni por qué me había desmayado.

Dorian negó. Parecía tan desorientado como yo.

—Cuando me he despertado, tú seguías en el suelo —sus manos temblaban mientras acunaban mi cabeza—. Me he levantado lo antes posible para ayudarte. Pero…

Cada segundo que pasaba lo veía más pálido. Me incorporé con cuidado.

Seguía sin entender qué acababa de pasar.

—Creo que sigo demasiado mareado.

Tenía la mirada desenfocada y respiraba con dificultad. Sabía lo que le estaba pasando porque me había pasado muchas veces, demasiadas veces.

—Voy a traerte agua —dije intentando enfocarme de nuevo. Ahora él necesitaba más ayuda que yo en este momento—quédate sentado y respira hondo. ¿Puedes hacerlo?

No me miró siquiera, parecía perdido en lo que fuese que tuviera en su mente.

—Dorian —dije intentando llamar su atención, pero seguía sin hacerme caso—. Dorian —le di un suave golpe en el hombro y el contacto pareció causarle una reacción—. Respira hondo —repetí.

Yo estaba tan enfocada en sus ojos perdidos que no me di cuenta de su mano acercándose a la mía. Esta vez, cuando se entrelazaron y esa chispa me envolvió, no ocurrió nada, pero él pareció ser capaz de enfocar su mirada en mí.

El alivio recorrió mi ser de arriba a abajo.

—Voy a traerte agua —repetí—, quédate sentado.

Dorian negó.

—No te vayas —parecía examinarme—. ¿Te he hecho daño?

Aún había pánico en su mirada, pero había vuelto en sí.

Negué ante su pregunta. No creía que él hubiese hecho eso. Parecían recuerdos, recuerdos lejanos y olvidados. Recuerdos de otras vidas que no nos pertenecían completamente a nosotros.

—¿Segura? —Su voz tembló.

—Segura —contesté convencida.

Y aunque no hubiese nada que pudiera demostrar que él no lo había hecho, seguiría convencida de ello. Lo sentía en mi interior, en mi sangre. Como una verdad absoluta. Inamovible.

Asintió, recuperando un poco el color de su rostro. Respiró hondo.

—Siento que hayas tenido que presenciar esto —dijo tras unos largos segundos en los que consiguió recuperar por completo la compostura—. Y gracias por ayudarme.

Negué.

—Hubieses hecho lo mismo por mí.

Y lo sabía porque lo primero que había hecho cuando se despertó fue acudir a mí.