Entre Rosas y Sueños Capítulo 24
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Capítulo 24

Llegó el momento de ponerse en marcha.

El anuncio contaba la historia de dos amantes que huían del gentío para encontrar un momento de intimidad. Según nos habían explicado, las primeras tomas iban a ser mías corriendo entre callejuelas con Dorian siguiéndome hasta el muelle donde le esperaría.

El vestido rojo pomposo era el verdadero protagonista del anuncio.

Tenía vida propia, y no me ayudaba mucho a moverme, pero visualmente hacía un efecto precioso a cada paso que daba.

Dorian tampoco parecía estar muy cómodo en esos pantalones ajustados, y el frío sin duda tampoco nos ayudaba a ninguno de los dos.

Una vez tuvieron suficientes planos entre las callejuelas, tomamos un nuevo rumbo.

—Tienes que estar helada. —No se equivocaba, el frío y la humedad estaban comenzando a calarse por el vestido.

El volumen del vestido no me permitía ir tan rápido como los demás y Dorian se quedó acompañándome aunque eso le ralentizara.

—Toma. —Tendió su chaqueta hacia mí.

—Entonces pasarás tu frío, no te preocupes. —No iba a dejar que se enfermara tan solo por prestarme la chaqueta. Sabía que cuando llegase a casa me recuperaría al instante.

—No seas cabezona y toma la chaqueta, Alessandra. Yo al menos llevo una capa más que tú.

Volví a negar, pero aun así decidió pasar la chaqueta por mis hombros, envolviéndome con su olor y la calidez que aún permanecía de su cuerpo.

—No voy a aceptar la chaqueta de vuelta hasta que comencemos la grabación, así que más vale que te la quedes —advirtió.

—¿Y luego me llamas a mí, cabezona? —ataqué con cara de pocos amigos, pero solo consiguió que su media sonrisa volviese a aparecer en su rostro, haciendo que mi ceño fruncido se desvaneciera un poco.

Era en la arruguita que se le formaba en la comisura de los labios donde se desviaba mi atención constantemente cada vez que un atisbo de sonrisa aparecía en su rostro.

✦

Me senté en el borde del muelle como me indicaron, esperando a que Dorian llegara.

El crujir de la madera fue lo primero que me avisó de que ya estaba tras de mí y el suave toque sobre mi hombro fue lo que me hizo girarme hacia él para permitirle agarrar mi mano y ayudarme a levantarme.

El suave beso sobre mis nudillos y la pequeña reverencia con esa mirada oscura y brillante fija sobre mis ojos, no estaba en los planes.

Intenté mantenerme serena ante la intensidad de su mirada, pero el cosquilleo que recorría todo mi cuerpo me hizo flaquear.

De un momento a otro, el oxígeno había desaparecido a mi alrededor, atesorado en esos ojos negros de los que no podía apartar la mirada.

Fue la llegada de la góndola lo que me trajo de nuevo a la realidad.

No era un sueño.

No estábamos solos.

Pero por un instante pareció uno de esos sueños en los que Dorian no era más que una sombra, y yo intentaba descifrar qué había detrás de su presencia.

Dorian me ayudó a subir a la góndola sin soltar mi mano en ningún instante hasta que me senté en el pequeño banco que había en uno de los extremos. Se quedó de pie y poco a poco se acercó a mí, tuve que subir un poco la cabeza para encontrarme con su mirada.

Me miraba con la misma intensidad que antes, pero en cuanto su mano se posó suavemente sobre una de mis mejillas, acercándose aún más a mis labios, algo cambió en el ambiente.

Todo se veía más vibrante. El sonido de los remos contra el agua comenzó a sonar como una melodía, el poco sol que había parecía resplandecer y calentar mi cuerpo, el olor a salitre y narcisos era más palpable, y su mirada.

Su mirada pareció ablandarse sin perder ese brillo de miles de estrellas.

Podía notar el calor llegar a mis pómulos, sobre todo cuando su mirada bajó a mis labios. Su rostro tan cerca del mío causaba un sentimiento extraño en mi interior que me hacía querer poner un mar entre nosotros.

No era miedo ese sentimiento, pero me recordaba a los minutos antes de llegar a una alfombra roja en los que mi corazón latía desbordado. Pero tampoco me producía la angustia de los eventos. Era otro tipo de sentimiento. Un tipo de emoción que solo había logrado experimentar con él.

Y por otro lado, ese sentimiento me invitaba a perderme en sus labios, que estaban tan cerca que casi podía saborearlos. Un sabor agridulce, como su mirada cada vez que se perdía pensando que nadie le estaba mirando.

—¡Corten!

La burbuja donde nos encontrábamos explotó, y la realidad volvió a surgir, trayendo de nuevo la incomodidad de ser el centro de atención, y haciéndome muy consciente de lo cerca que estábamos Dorian y yo.

Todos nos miraban y aplaudían sorprendidos, como si fuese el final de una obra de teatro. Pero no podía asegurar que lo que había pasado solo fuese una actuación, no por mi parte.

Dorian no tardó en tomar distancia en cuanto se escucharon los aplausos y me dio la espalda. Dejándome confusa y abrumada por la cantidad de sensaciones que aún había en mi interior.

El gondolero no tardó en poner rumbo al muelle, llenando el repentino silencio con el chapoteo del agua, pero yo aún no estaba preparada para llegar a tierra firme.

Los segundos hasta que Dorian se volvió hacia mí se hicieron eternos.

—Siento si has estado incómoda por tanta invasión de espacio personal. —Su sonrisa torcida estaba a medio camino, como el deje de preocupación real en la frase.

Aunque no era una disculpa por completo, me sorprendía que se preocupara por algo que tenía que hacer por el guion. Si algo que había aprendido estos días de él es que tal vez parecía un arrogante desde fuera, pero realmente se preocupaba por los demás.

—Bueno, a peores cosas he sobrevivido. Por suerte, no se volverá a repetir.

Era importante que tuviese eso claro. No había pasado nada, solo era un trabajo para él, pero quería recalcar que esta cercanía solo era por la sesión y nada más, no volvería a pasar. No podía permitir que se repitiera.

—No tendría por qué repetirse —sin embargo, su media sonrisa no parecía decir lo mismo.

Cuando llegamos al muelle, Dorian iba a salir primero, ya tenía un pie casi en tierra cuando di un traspié al levantarme, pero caí sobre unos brazos firmes que me estabilizaron al instante.

—¿Estás bien? —preguntó Dorian.

—Solo un poco helada.

Sentía el cuerpo entumecido y el volumen del vestido ya húmedo por el frío de los canales no me ayudaba.

Me envolvió con su chaqueta sin preguntar siquiera. Paseamos juntos, en silencio, hasta llegar a un lugar cálido donde poder cambiarnos y, por fin, con un abrigo decente, volvimos a la habitación.

Estábamos tan helados y cansados que ignoramos el tiempo libre que teníamos. Además, quedaba menos de una hora de luz para poder disfrutar la ciudad, lo cual significaba más frío en la ciudad encharcada y no invitaba a pasar el tiempo fuera.

—¿Quieres ducharte antes? —preguntó nada más abrir la puerta de la habitación.

Negué antes de coger el móvil.

—Voy a aprovechar para hacer unas llamadas.

Aún tenía que hablar con mi padre y supongo que también me tocaría llamar a Fiero por menos ganas que tuviese, y sobre todo tenía que hablar con Giu, pero ella sería la última porque era consciente de que lo que iba a escuchar no me iba a hacer gracia.

Dorian no tardó en poner música y meterse en la ducha. Su gusto musical parecía variar entre rock comercial, pop y rap, por suerte no la ponía lo suficientemente fuerte como para molestar. Así que me acomodé en la cama mientras encendía el móvil.

Tenía dos mensajes de Fiero de hace dos horas, había ido a echarse una siesta porque estaba cansado de la fiesta.

Los ignoré por el momento y primero llamé a mi padre, que sonaba contento de escucharme, pero la conversación duró poco, pues estaba ocupado, como siempre.

Al menos me tranquilizaba que estuviese haciendo algo y no encerrado en su estudio autodestruyéndose por lo que pasó.

Necesitaba llegar a casa para ver cómo estaba realmente, para asegurarme de que la situación había mejorado, pero hasta mañana por la mañana no saldríamos de vuelta a casa.

Cuando colgué a mi padre, me quedé mirando el número de Fiero, sería una llamada rápida. Me mentalicé antes de llamar. ¿Estaría siquiera despierto?

Comencé a darle un toque, pero tras varios toques no hubo respuesta. Imaginé que no estaba despierto aún.

Yo ya había hecho mi parte, así que no perdí el tiempo antes de llamar a mi prima.

—Por fin —dijo en cuanto descolgó—, llevo toda la tarde esperando tu llamada. ¿Has hablado ya con Fiero?

—No, creo que sigue durmiendo.

—Maldito cobarde —murmuró Giu, sorprendiéndome. Rara vez hablaba mal de alguien—. No te va a gustar lo que te voy a decir.

—Me lo imaginaba —contesté.

—Fiero y Agatha se pasaron casi toda la noche juntos —un pinchazo me atravesó el pecho, era peor de lo que pensaba—.

No vi ningún tipo de acto cariñoso por parte de ninguno de los dos, quitando que parecían no separarse, pero no me gusta por dónde está yendo eso, Aless. No me fío de ninguno de los dos.

Iba a decir algo, pero el sonido de la puerta del baño me sobresaltó. Mi mirada saltó hacia Dorian. Que no abriera la boca, por favor.

—Giu, ya hablaremos de esto en otro momento. Me tengo que ir. Gracias por llamarme, nos vemos pronto —no le di mucho tiempo para responder antes de colgar.

Dorian se quedó plantado en el sitio, claramente extrañado por lo que acababa de pasar.

—Tranquila, que del baño no va a salir ningún monstruo. —Cuando pensaba que no iba a decir nada más, añadió—, bueno, depende de cómo me veas.

Mis labios hicieron el amago de estirarse, pero enseguida Dorian llevó su atención a mi móvil. Lo dejé en la mesita de noche. No pensaba estar más atenta a él, sabía que Giu me preguntaría y no me apetecía que apareciera alguna llamada de Fiero.

—¿Te has duchado tan rápido? —No esperaba que saliera tan pronto.

—¿Dudas de lo limpio que esté?