Entre Rosas y Sueños Capítulo 23
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Capítulo 23

Los canales de Venecia brillaban bajo la luz del sol que calentaba mi rostro. Las góndolas pasaban sobre el suave oleaje que chocaba contra los pequeños muros de los canales. Todo estaba tranquilo, tal y como debía estar, pero había algo que no encajaba, y es que Fiero se encontraba a mi lado.

—Alessandra, ¿me estás escuchando? —su voz parecía rebotar por los edificios de nuestro alrededor hasta ahogarse en el agua.

Su tono me pilló por sorpresa, haciendo desaparecer toda la tranquilidad que había. Y el sol, lejos de ser reconfortante como segundos atrás, se convirtió en abrasador.

—Como me entere de que pasas una noche más con ese desgraciado, esto va a acabar muy mal. —Tenía la vena del cuello hinchada. Di un paso atrás por inercia.

—No es culpa mía, Fiero. Yo hice lo que pude.

—Alessandra, te quiero lejos de ese chico, ¿queda claro? —Su tono era una evidente amenaza.

Iba a asentir hasta que una sombra apareció alrededor de Fiero, y de un momento a otro Dorian estaba tranquilamente apoyado en un poste cerca de donde estaba antes mi mejor amigo.

No había forma de librarme de él.

—Parecía que necesitabas mi ayuda. —Su sonrisa por un momento me recordó a Cheshire, el gato de Alicia en el país de las Maravillas.

—Lo tenía más que controlado —mentí—, pero lo que más me gustaría controlar es tu entrada a mis sueños.

—Ya bueno, a mí tampoco me gusta aparecer aquí cuando mi intención era llegar a otro sitio, ¿pero qué le hacemos? —No era la primera vez que lo decía, ¿tal vez intentaba ir a los sueños de la chica con la que le vi en la escuela?

—¿O sea que lo tuyo es atormentar a chicas en sueños no?

Su sonrisa torcida volvió a aparecer.

—Supongo que, dependiendo de quién, será un tormento o un deseo hecho realidad.

Solté una carcajada que sonó muy poco natural por lo poco que lo hacía.

—Ni en sueños me libro de ti —bufé.

—Agradéceme más que te haya sacado de un sueño indeseado.

—El sueño se ha vuelto indeseado en cuanto has aparecido en él —aunque ambos sabíamos que no era así.

—Los sueños se pueden convertir en pesadillas solo si tú lo permites, Alessandra —su mirada atravesaba mi alma—. Tú tienes el control.

Dorian desapareció y me desperté en mitad de la oscuridad con la respiración agitada. Solo que había otra respiración acompañando la mía. El olor a cítricos y narcisos me llegó como si una brisa me quisiera recordar quién estaba a mi lado, acelerando aún más mi corazón al percatarme de su cercanía.

—¿Te he despertado?

El sonido de su voz envió un escalofrío por mi columna, haciendo que curvara los dedos de los pies por el cosquilleo. Me giré sin pensarlo demasiado, quedándome frente a él.

Asentí, demasiado adormilada como para comenzar a discutir de nuevo.

—Perdón, no sabía que también te despertaba —estábamos más cerca de lo que imaginaba, sentía el calor de su cuerpo, lo que hizo que me apartara.

—¿Cada vez que sales de un sueño te despiertas? —Nuestros susurros llenaban el silencio de la oscuridad.

Pude vislumbrar el asentimiento de Dorian en la penumbra.

—He tenido que despertarte tantas veces en mitad de la noche —se quedó callado unos segundos en el silencio sepulcral que solo rompíamos nosotros y el susurro del agua—, entendería perfectamente que me odiases por eso.

Se me escapó una risita.

—Tal vez un poco —bromeé—. Lo que no entiendo es, ¿por qué yo y no otra persona?

—Eso es lo que yo tampoco logro entender, Alessandra.

Al moverse una de sus manos, rozó mi brazo desnudo dándome una pequeña descarga eléctrica, haciéndome más consciente aún del momento tan íntimo que estábamos compartiendo.

—La primera vez que despertó este Don, aparecí en tus sueños y desde entonces sigo entrando en ellos por más que intente estar en otros. Por eso te he dicho que algo nos une. Este Don solo funciona contigo.

Una parte de mí no era capaz de creer que eso fuese posible, debería poder entrar en los sueños de más personas. Un Don no funcionaba con una sola persona.

—¿Cómo es eso posible? —susurré bajo el silencio de la oscuridad.

—Tampoco lo sé —admitió.

—¿Pero ocurre siempre que duermes? —porque no siempre lo veía en mis sueños.

Dorian asintió.

—Tal vez es un breve periodo de tiempo, pero siempre ocurre.

No lograba entenderlo y al parecer él estaba igual de perdido que yo.

Confíaba en lo que me decía porque sentía esa sensación que nos unía, porque a pesar de ser un completo desconocido, no lo sentía así, como si hubiese algo más grande que nosotros que nos unía, algo que no podíamos comprender.

Como si siempre hubiese estado ahí. Pero también había una sensación de intranquilidad dentro de mí.

A pesar de lo bien que me sentía a su lado, una parte de mí no era capaz de apagar la pequeña alerta que se encendía cada vez que lo veía.

El silencio se instaló. El sueño aún no había logrado abandonarme y me delató con un bostezo que hizo que Dorian se volviese hacia mi.

—Intenta dormir. Mañana tenemos un día largo —sugirió y volvió a darse la vuelta para no molestarme.

—¿Cómo sé que no me vas a hacer daño mientras duermo? —Era obvio que no lo iba a hacer, pero no quería dejar de hablar con él a pesar del sueño que amenazaba con cerrar mis párpados.

Se volvió un poco para verme por encima del hombro, pude ver la sombra de su sonrisa aparecer.

—Alessandra, no te pondría una mano encima a no ser que tú me lo pidieras.

Durante un instante me olvidé de cómo se respiraba. Agradecía que la habitación estuviese en penumbra porque podía notar cómo mis mejillas, y todo mi cuerpo, comenzaban a calentarse. Había escogido sus palabras a conciencia.

—Lo que ha ocurrido esta tarde no concuerda con tus palabras.

Volví a recordar cómo paseaban sus manos por mi cuerpo, con delicadeza. Nada en él indicaba violencia, era un ser delicado a pesar de parecer esculpido en mármol.

—Era un contexto diferente —respondió, pero soltó un sonoro suspiro—. Prometo no ponerte ni un dedo encima. ¿Me crees? —realmente parecía molesto porque lo entendiese, porque realmente confiase en él.

—Te creo, Dorian. No hace falta que lo prometas.

Confiaba en lo que me decía, confiaba en él por alguna razón que desconocía. No sabía si era la tranquilidad de la noche o el sueño que me ganaba lo que me hacía estar tan segura.

—Buenas noches, Alessandra —volvió a girarse.

—Buenas noches —susurré dándome también la vuelta. Alejándome de su calor corporal y su olor a narcisos que me embriagaba.

Me dejé llevar por el vaivén de los sueños hasta que la luz volvió a iluminar el horizonte, pero no fue hasta que mi alarma sonó que conseguí despegar mis ojos. Encontrándome con Dorian que estaba boca abajo tapándose la cabeza con la almohada.

—¿Qué hora es? —Gruñó con la voz ahogada entre los cojines.

Mi boca se curvó sin mi permiso. No sé por qué, pero la situación al verle de esa forma me parecía divertida.

—Las siete —respondí volviendo a mi semblante serio antes de que asomase su rostro de entre la seda roja.

—¿A dónde vas tan temprano? —Me miraba con los ojos entrecerrados, aún estaba tan dormido que las palabras le salían como balbuceos.

—Voy al gimnasio del hotel. Luego volveré a ducharme para bajar a desayunar. —Él no tenía pinta de querer levantarse.

Pareció espabilarse un poco tras escucharme.

—Descansa un poco más, hoy nos espera otro día largo.

No va a pasar nada porque te tomes un día sin hacer ejercicio.

—Me observó antes de añadir. —Tampoco tienes por qué hacerme caso —se volvió a girar—, tú eres la que tiene que saber tomar decisiones por sí misma y ver qué es lo que te conviene más.

Metió la cabeza bajo la almohada y no tardó en volver a quedarse dormido.

Esas palabras me hicieron quedarme sentada en la orilla de la cama pensando.

La mayoría de mis rutinas las comencé a hacer años atrás por orden de mi madre.

Si quería ser perfecta, no podía fallar.

O eso era lo que llevaba años pensando, porque mi madre me hizo crecer bajo el mismo escrutinio al que se sometía ella misma.

¿Realmente hacía todo esto porque quería o era porque estaba acostumbrada a ello?

No había nada de malo en hacer ejercicio.

De hecho, había días que me sentaba genial e incluso lo disfrutaba, pero había días que me tenía que obligar a ello por más que mi cuerpo me pidiera un descanso.

Y en parte tenía razón, hoy teníamos un día largo y probablemente abrumante.

Así que, pensándolo mejor, me cambié de ropa y me dirigí a otro sitio.

Junto a los canales hacía más frío y humedad.

Las hojas estaban cargadas de agua, eran de un verde vibrante en comparación con otras vacías que esperaban la llegada de la primavera.

Me estaba arrepintiendo de haber bajado, el frío era penetrante, pero fue la dosis perfecta para despejarme.

Absorbí toda la tranquilidad que pude del pequeño jardín, porque hoy la iba a necesitar.

Todo esto era nuevo para mí. Solía sentir rechazo por las personas nuevas que conocía.

Me costaba acostumbrarme y estar cómoda con ellas, pero con Dorian todo estaba saliendo de forma muy natural, y me asustaba cómo mi cuerpo reaccionaba a él.

Estaba mal. Para Fiero, aún seguíamos juntos por mucho que yo quisiera terminar la relación, y todo en mi vida era un caos.

No podía dejar que otra parte de mi vida se volviese patas arriba.

Fuese lo que fuese que mi cuerpo sentía, tenía que parar.

Cuando volví, Dorian aún seguía en la cama.

—No has tardado tanto —dijo levantándose para verme. Parecía que lo había despertado al entrar.

—No he hecho gran cosa —respondí cogiendo mis cosas para entrar a la ducha.

Cuando salí, Dorian ya estaba vestido y su pelo, que enmarcaba su cara, no estaba tan despeinado como hacía unos minutos.

Cada vez que le miraba, me sorprendía cómo podía existir alguien como él.

Con esos ojos tan oscuros y ese rostro tan perfilado podría creer que era la encarnación de su Dios en la Tierra.