Entre Rosas y Sueños Capítulo 22
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Capítulo 22

Como no moviese ni un centímetro de su cuerpo con intención de levantarse, me iba a volver loca. No podía estar pasando esto.

—¿No piensas hacer nada? —pregunté sin haberme movido del sitio.

—Yo he llegado antes, es tu problema —contestó mirándome desde la cama.

El encantador Dorian de esta tarde había sido toda una actuación y me la había creído.

—No me lo puedo creer, ¿la simpatía no es lo tuyo, no?

Enarcó una ceja mientras se incorporaba un poco.

—¿Me lo vas a decir tú a mí? Que estés acostumbrada a tener un perrito faldero que haga todo para que su reina esté contenta no significa que todos los hombres nos tengamos que arrastrar por una chica guapa.

Fiero, había estado tan entretenida esta tarde que apenas me acordé de él. Lo prefería así, pero sabía que él tampoco estaba pasando por un buen momento.

—No tienes ni idea de mi relación.

Me miró con incredulidad.

—Niégalo todo lo que quieras, pero la cosa es que yo no pienso moverme de esta habitación. Si no quieres quedarte, baja a que te den otra.

No quería ceder, pero me negaba a pasar las dos noches con él, no tenía más opción. Mientras me dirigía a recepción, iba rezando a todos los Dioses porque esto hubiese sido una equivocación.

—Es la única que queda disponible, disculpe —respondió el recepcionista destrozando toda mi esperanza—. La reserva se hizo para dos personas juntas, no pensamos que habría ningún problema.

El día había ido demasiado bien para ser verdad.

Avisé a los trabajadores de Dolce Vanna por si había sido una equivocación, pero la forma en la que me contestaron y dieron evasivas dejaba claro que fue premeditado.

Era incapaz de subir y aceptar la derrota. Así que lo demoré y salí a la oscuridad de la tarde con el objetivo de despejarme y hacer unas cuantas llamadas. Sobre todo para asegurarme de que mi padre seguía lo más cuerdo posible.

Encendí el móvil por primera vez en el día. Eran las ocho y cuarto, casi la hora de cenar. Así que no me extrañaba si pillaba a mi padre ya cenando.

En la pantalla comenzaron a saltar las notificaciones que estuve evitando todo el día.

Seis mensajes de Fiero, dos llamadas perdidas suyas y una de mi padre. No me apetecía hablar con nadie ahora, mucho menos a Fiero, pero era mejor en este momento que más tarde en la habitación donde no tendría intimidad para hacerlo.

—Cuore, te iba a volver a llamar justo ahora. —El móvil no tuvo que dar más de un toque.

—He tenido el móvil todo el día apagado, perdona. Acabamos de llegar al hotel y ha sido el único momento de respiro que he tenido hoy. —Aunque no sabía si iba a poder respirar en esa habitación.

—Tienes que estar cansada, ¿ha ido todo bien?

—Sí, solo necesito una buena noche de descanso.

Dudaba que fuese posible.

—Entonces no te molesto mucho más, me tengo que preparar. Ahora voy a salir con mis amigos. —Era usual que saliera con sus amigos y el grupo de Giu, pero una espinita me decía que había algo más en el fondo de todo esto. —Descansa, Aless, te quiero.

—Pásalo bien. Fiero. —Me obligué a responder con un nudo en la garganta al escuchar el “te quiero”.

Estaba mal lo que estaba haciendo. Él también había hecho las cosas mal, pero no era justo. Él me seguía queriendo y yo estaba jugando con él, sabiendo que en algún momento llegaría la hora de dejarlo.

Después de llamar a mi padre y contarle que todo iba bien e intentar sonsacarle cómo se encontraba, cosa que no conseguí, tomé el valor que pude para aguantar mínimo esta noche con Dorian. Si aguantaba esta noche, ya lo vería como una victoria.

Frente a la puerta, me debatí si llamar o no.

Tenía la llave y también era mi habitación, no tenía por qué hacerlo.

Si lo hacía, se sentiría como interrumpir en mi propio espacio, no tenía sentido.

Así que abrí la puerta y lo encontré en el pequeño salón con el teléfono de la habitación en la mano, y sin camiseta.

Su abdomen estaba definido a pesar de su cuerpo delgado, no se veía trabajo como el de Fiero, sino más natural.

—¿Vienes a por tus cosas? —Él parecía no tener ningún pudor en que le viese así.

—No he tenido esa suerte. —Fingí una sonrisa y me obligué a dar un paso más en la sala. Si me veía intimidada de primeras, ya estaría ganando él.

—Justo iba a pedir la cena, ¿quieres algo? —Su simpatía me pilló por sorpresa. Tenía hambre, pero no sabía si era capaz de aguantar una cena a solas con él. Lo mejor era mantener las distancias.

—Estás cansada, Alessandra. No seas orgullosa y acéptalo.

Me pasó la carta y la acabé aceptando a regañadientes. Aunque realmente me había hecho un favor porque no tenía ganas de bajar a cenar, siempre que viajaba, prefería pedir servicio de habitaciones.

Aproveché para escaquearme a la ducha y poder darme un baño por fin.

Cerré con pestillo y saqué la bolsita de lavanda que llevaba a todos lados.

Dorian ya había dejado sus cosas sobre el lavabo, que por suerte era doble, así que dejé mis cosas en el otro lado.

Cuando el agua comenzaba a soltar vapor, entré en ella, destensando todos mis músculos y calmando mi mente inquieta.

Cuando salí del baño, me sentía en una burbuja, que explotó en el momento en el que Dorian posó su mirada sobre mí.

Me cambié de ropa, pues me puse cómoda para cenar.

Los ojos de Dorian viajaron por mi cuerpo examinándome.

La habitación era amplia, pero se sentía sofocante cada vez que su mirada caía sobre mí.

—Has dejado toda la habitación con olor a lavanda —iba a abrir la boca, pero se me adelantó—. Y no, no me molesta. Es agradable.

Antes de que pudiese añadir algo más, la puerta sonó y se adelantó a coger la cena. Me convenció para comer en la terraza que daba a uno de los canales principales. No sé cómo lo consiguió porque esperaba que hiciera frío, pero una vez que puse el pie fuera, no fui capaz de entrar.

—Te dije que ibas a preferir estar aquí —afirmó con una sonrisa complacida, alardeando que hubiese cedido ante él.

Pero sin duda había sido una buena opción.

A través del cristal que nos resguardaba del frío, el agua fluía bajo nosotros con un azul medianoche y los edificios que se extendían a lo largo del canal brillaban a través de sus cristaleras tan brillantes y amarillas como el sol.

Nosotros no teníamos luz en la terraza, más allá de la que venía de la habitación y una vela que había en el centro de la mesa con unas cuantas flores que parecían cansadas.

Pasé mi mano como una suave caricia sobre ellas y sus colores volvían a vibrar con una fuerza que no habían logrado antes.

Dorian miraba las flores como si hubiese descubierto la magia. Durante un segundo entré en pánico, pero no podía estar en La Élite sin conocer la existencia de otros Dones.

—Tú puedes entrar en los sueños de los demás y controlarlos, no es como si fuera menos impresionante.

Volvió a su estado sombrío, sin duda no parecía el Dorian brillante de esta tarde.

—No es tan fácil. Tú haces que parezca fácil. —Por un instante recordé lo que dijo en un sueño, pero no volví a sacarlo a la luz. Supongo que a nadie le gustaría que le echaran en cara que no es capaz de controlar su Don.

Me quedé mirando su plato durante lo que al parecer fueron unos segundos demasiado largos. En parte pensando en lo que había dicho y, por otra, por lo bien que olía y la buena pinta que tenía la salsa que bañaba el filete.

—Puedes probar si quieres— ofreció.

Lo rechacé, no porque no quisiera, sino porque se me hacía extraño cualquier muestra de amabilidad de su parte. O su mera existencia en sí, ya que hace menos de un mes solo existía en mis sueños.

—Alessandra, sé que quieres probarlo, no lo he envenenado ni nada por el estilo, toma. —Echó un poco en mi plato y me quedé paralizada.

Fiero nunca me ofrecía su comida y a pesar de conocerme mucho mejor que él. Y cuando digo nunca, es nunca. Aunque a veces Dorian me mareaba con su actitud, no sabía si le caía mal o bien, o simplemente tenía brotes de simpatía. No lo entendía.

—Gracias —dije con un hilito de voz de la que me avergoncé al instante, pero él pareció no darse cuenta y tan solo se encogió de hombros.

—Puedes probar mi plato si quieres —me sorprendí diciendo. Supongo que un buen acto de vez en cuando tampoco era algo malo.

No pidió permiso ni mucho menos, alargó el brazo y cogió un trozo que se llevó de inmediato a la boca.

—Buena elección.

Estaba sorprendentemente cómoda, y por primera vez no me sentía juzgada mientras comía.

Ni tampoco presionada a entablar ningún tipo de conversación cuando nuestras palabras cesaban.

Él no parecía estar incómodo ante el silencio, lo cual lo facilitaba todo.

Estaba tan acostumbrada a tener las incansables voces de Fiero y Giu que no sabía lo mucho que se podía disfrutar estar en silencio con alguien.

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Cuando terminamos de cenar, alargó su brazo para coger mi plato.

—No hace falta —dije levantándome para ayudarle.

Se estaba encargando de todo y me sabía mal no hacer nada.

—No te preocupes. Además, he sido yo quien te ha hecho cenar aquí fuera. Ve a cambiarte, ya me encargo yo de esto. —El asentimiento final mientras me miraba fijamente con esa oscuridad no daba pie a discusión.

No me podía creer que fuera así de caballeroso.

Mi primera impresión de él es que era una persona que solo se preocupaba de sí misma, pero tal vez solo era una fachada.

Como una de las tantas que me ponía yo misma cuando estaba con otras personas.

Fachada que parecía desvanecerse cuanto más tiempo pasaba con Dorian.

Le hice caso y fui a lavarme los dientes y cambiarme.

Pero ahora con el pijama puesto me daba vergüenza salir del baño.

Lo veía como algo íntimo, tan solo Fiero y Giu me habían visto en pijama.

Y el hecho de que alguien más me viese tal y como me iba a dormir y despertaba era algo nuevo para mí, pero no me podía quedar toda la noche en el baño encerrada.