Entre Rosas y Sueños Capítulo 21
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Capítulo 21

El camino al aeropuerto solo empeoró mis nervios. Mi barriga se retorcía como miles de ramas con espinas, provocándome un dolor punzante. Siempre era así, ese malestar de estómago y esa angustia que reptaba por mi garganta cada vez que tenía que hacer algo que me ponía en el foco.

Me apliqué de nuevo lavanda tras las orejas buscando su efecto calmante. Rodrigo había puesto mi lista de reproducción favorita hace un rato, pero me resultaba imposible siquiera centrarme en disfrutar la música.

Sabía que esto pasaría, así que rechacé el transporte que nos llevaría tanto a Dorian como a mí junto al equipo de Dolce Vanna para ir con Rodrigo y poder tratar de tranquilizarme por el camino.

—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe? —preguntó Rodrigo mientras mantenía su vista en la carretera.

Sabía que mi padre se lo había sugerido, con lo que estaba pasando, no quería dejarme sola ni un segundo.

—No te preocupes, está todo controlado. Tengo el itinerario y ya conozco al equipo que nos acompaña.

—Su padre me ha dejado claro que no confía demasiado en el chico con el que trabajarás. Si hay algún tipo de problema, no dudes en llamarme.

—Rodrigo, ahora mismo me preocupa más mi padre. Tendré cuidado, no creo que pase demasiado tiempo con él, ya que estaremos ocupados con el rodaje, eso será lo máximo que estemos juntos. Pero para mí lo importante ahora es que tú le eches un vistazo a mi padre de vez en cuando.

Rodrigo asintió. Su trabajo era acatar las peticiones de mi padre, pero se habían hecho buenos amigos y sabía que también se preocupaba por él, así que estaba segura de que si se lo pedía tampoco era algo que fuese a rechazar.

El jet privado me esperaba en la pista y una tripulante me dio la bienvenida antes de subir.

✦

El vuelo duró poco menos de tres horas, que aproveché para leer y mantener mi mente ocupada evitando hacer contacto con Dorian.

Pero cuando pidió una copa de vino, a plenas once de la mañana, no pude evitar mirarlo.

Brindó en mi dirección cuando captó mis ojos sobre él, e instintivamente me mordí el interior del labio para evitar que mi rostro reaccionara.

Había algo en ese chico que hacía que todos sus movimientos se vieran despreocupados y elegantes a la vez. Una parte de mí envidiaba la libertad con la que se movía y actuaba, como si nada importase. Tuve que luchar contra mis impulsos de mirarlo más de una vez durante el viaje.

✦

Cuando llegamos a Venecia, un vaporetto ya nos esperaba para llevarnos hasta nuestra primera parada.

El pequeño barco no tenía mucho espacio y Dorian y yo nos quedamos en la parte de atrás un poco apretujados.

Me costaba respirar en ese sitio, había ventanillas, pero apenas sentía aire correr entre los dos.

—¿Estás bien? —Dorian me observaba con esos grandes ojos negros. Estábamos tan cerca que, si giraba la cabeza hacia él, podríamos rozarnos, así que no lo hice. Suficiente me estaba perturbando su cercanía como para hacer contacto con su mirada brillante.

—Sí —mentí—, solo un poco mareada, pero estoy bien. —Necesitaba salir cuanto antes, los ojos de Dorian sobre mí me hacían sentir como si me faltase aún más el aire.

No entendía por qué no dejaba de mirarme hasta que volvió a hablar.

—¿Llevas un perfume de lavanda? —me preguntó, distrayéndome del poco espacio que había.

Asentí.

—Llevaba mucho sin oler la lavanda.

—¿No te gusta? —Sabía que a veces los olores podían causar dolor de cabeza e incluso mareos a una persona, y a pesar de que el chico no fuese completamente de mi agrado, no era mi intención hacerle pasar un mal rato.

—No, no es eso. Es solo que me recuerda a un lugar.

—¿Fuera de Florencia?

El chico asintió

—Fuera de Italia.

Por eso su acento. ¿Pero tanto tiempo había vivido fuera?

Había demasiadas cosas que no sabía sobre él, y tal vez él sabía más de lo que creía sobre mí.

—¿Dónde estuviste viviendo? —pregunté por curiosidad. Y para evitar caer en un silencio incómodo, que amenazaba constantemente llenar en el estrecho taxi acuático.

—Tendrás que conocerme más para descubrirlo. —Una pequeña arruga se formó con su sonrisa.

Su tono, la insinuación y su cercanía me hicieron consciente, de nuevo, de la falta de aire que sentía.

Aparté mi mirada de la suya. Intentando escapar de que esos brillantes ojos negros viesen mis mejillas sonrojarse, pero pareció que no sirvió de nada porque por el rabillo del ojo pude ver cómo su sonrisa se estiraba hacia un lado y aparecía un pequeño hoyuelo acariciando sus labios.

Lo que me hizo volver a morderme el interior del labio.

Si no fuese por la sensación, podría incluso pensar que estaba en uno de sus retorcidos sueños.

Finalmente el pequeño barco paró frente a un gran edificio.

Dorian alargó la mano para ayudarme a salir del vaporetto, estuve a punto de rechazarla, pero no quería hacer más incómodo este viaje, así que la acepté y dejé que su mano se envolviese con la mía.

Una suave descarga trepó por mi cuerpo. Por un momento noté un titubeo en él antes de hacer un poco de fuerza para ayudarme a subir.

¿Acaso se había dado cuenta de mi reacción?

Lo importante es que tocamos tierra y me sentí mucho mejor, pero la mirada preocupada de Dorian siguiéndome a cada paso que daba no lograba tranquilizarme. Iba unos pasos más por detrás de mí, pero aun así notaba su mirada insistente

Nos llevaron directos a un restaurante donde comimos lo suficiente como para aguantar todo el día.

La última sesión de fotos que tuve con Dolce Vanna fue muy divertida, ellos lo hicieron muy ameno y me ayudaron mucho, pero esta vez ellos no estaban.

Y estaba junto a un chico cuya sola presencia me erizaba la piel.

Por suerte, la comida me tranquilizó un poco, ya que nos estuvieron hablando los coordinadores durante todo el rato, explicándonos lo que íbamos a hacer hoy.

Dorian solo interrumpió un poco con alguna que otra pregunta.

Sus preguntas eran tan concretas que me hacían pensar que no era la primera vez que modelaba para una marca importante.

Tras la comida y un espresso, nos llevaron hasta la primera localización, el Museo Correr. En uno de sus pasillos tenían una pequeña sala preparada para nosotros donde nos comenzaron a maquillar y nos esperaba nuestro vestuario a cada lado, separado por un biombo.

La ropa parecía sacada de las mismas estrellas.

Los dorados resplandecían sobre la oscuridad del negro.

El vestido era largo, aunque sin llegar a tapar mis pies, encorsetado en el pecho pero voluminoso por abajo, los detalles dorados le daban elegancia y me recordaban a los patrones que usaban los artistas en el barroco.

Las bailarinas que iban con el vestido eran de los mismos motivos y completamente doradas, como si mis pies estuvieran envueltos en oro.

Muy diferente a lo que estaba acostumbrada a vestir.

Salí de detrás del biombo que nos separaba a Dorian y a mí, encontrándome con un príncipe cruel.

Le habían echado el pelo hacia atrás, dejando apreciar la oscuridad de sus ojos y su rostro afilado.

Probablemente, la camisa blanca con el corset negro que llevaba era lo más elegante con lo que se iba a llegar a vestir nunca, el corset ejercía la función de cinturón adornado con los mismos detalles de mi vestido, junto a un pantalón de traje de corte común.

El último adorno eran los zapatos negros y con detalles dorados como el corset.

No sé cuánto tiempo nos quedamos observándonos, su imagen me había absorbido por completo.

Pero cuando llegué a su mandíbula apretada y sus ojos donde no sabía dónde empezaba y terminaba su pupila, quise apartar la mirada, salir de ahí, pero me quedé hipnotizada en esa oscuridad resplandeciente.

Ninguno dijo nada, no hicieron falta palabras para saber que ambos nos sentimos igual de encantados el uno por el otro.

Como si el canto de una sirena nos hubiera embelesado.

Dorian fue el primero en apartar la mirada, y abrió la puerta dejándome pasar. Llevándome de nuevo a la realidad, a la razón por la que estábamos aquí los dos.

✦

La sesión iba a tener lugar en uno de los pasillos del museo.

Los techos eran tan altos que me sentía como una hormiguita, las columnas color jazmín brillaban con la luz del sol y los elementos dorados se encontraban repartidos por todos lados, desde los elementos decorativos del techo hasta las volutas de las columnas.

Además, las grandes lámparas de araña doradas y blancas reflejaban el sol en sus cristales.

La luz y la elegancia bañaban la estancia, pero solo podía pensar en esa mirada oscura que me acompañaba con cada movimiento.

Primero nos echaron fotos por separado, pero en la misma estancia, esta parte, por suerte, no se alargó demasiado, ya que me sentía nerviosa ante la atenta mirada de las personas que me rodeaban.

Aunque esa gente se reducía a Dorian, que era el único con el que mi mirada colisionaba cada vez que tenía un pequeño descanso.

Para las fotos en pareja nos avisaron de que nos debíamos ver cómodos el uno con el otro, por más que lo tratase de ocultar, no lo estaba consiguiendo.

Tomé unas cuantas respiraciones para intentar mentalizarme.

No era la primera vez que fingía esa confianza que necesitaba ahora mismo, ya lo hacía constantemente cada vez que había un evento y solía ser muchísimo peor.

Más flashes, más gente, más gritos, en comparación con la tranquilidad y el silencio que nos rodeaban en esta sala.

Nos situaron frente a una ventana. Yo estaba de cara a ella, mientras Dorian se colocaba detrás de mí. Su presencia tan cerca de mí hacía aletear una mariposa en mi interior.

—Chicos, quiero contacto físico. Que parezca que sois pareja —explicó el manager, haciendo que mi corazón se acelerara.

Sabía que la sesión iba a ser así. Pensaba que había logrado mentalizarme de ello, pero cada vez que veía a Dorian, mi vida se tambaleaba, como si todo lo que sabía y lo que había aprendido desapareciera.

Sobre todo cuando Dorian apoyó sus manos sobre mis hombros con cuidado y se inclinó un poco sobre mí, notando su respiración muy cerca de mi rostro.

No era invasivo, lo hacía con la delicadeza de una persona cogiendo su flor favorita.

Allí donde sus manos rozaban mi piel, pequeñas descargas se abrían paso a través de mi cuerpo.

—¿Me dejas acercarme a tu cuello? —susurró cerca de mi oreja.

Mi piel se erizó por completo. Intenté hacer como si nada hubiese pasado y asentí, pero estaba casi segura de que él se había dado cuenta, y que esa sonrisa retorcida de medio lado había vuelto a sus labios. Retiré la mirada de su rostro deprisa.

Agachó la cabeza, su boca rozaba mi piel como una suave brisa, y sus manos seguían en mi cuerpo.

Por un momento me sentía en otro de sus sueños, solo estábamos él y yo, y una parte de mí quería que sus labios hicieran contacto con mi piel, pero los flashes me recordaban dónde me encontraba.

Algo que en cualquier situación y con cualquier otra persona lo sentía violento, con él no era así.

Notaba el cuidado y el respeto con el que me rozaba, cosa que me sorprendió.

—No te asustes —susurró en mi oreja.

De un momento a otro cogió mi mano y tiró de mí poniéndonos cara a cara.

Mi sorpresa se podía notar en mi rostro, y más cuando se acercó más a mí y posó un dedo bajo mi barbilla, haciéndome subir la vista hacia la oscuridad de su mirada que parecía brillar como fuegos artificiales.

Los mismos fuegos que explotaban en mi interior bajo su mirada.

Me sentía hipnotizada. Llegué a pensar que Dorian estuviese jugando con mis sentidos, o incluso que siguiese dormida en el avión y todo esto fuese un sueño. No podía sentirme así en la vida real, era imposible. Tenía que estar en un sueño, pero por más que lo intentara no despertaba.

✦

Tras lo que sentí como una larga tarde, por fin cayó el sol y pusimos rumbo al hotel.

Aún tenía una sensación de irrealidad que no lograba entender.

Como si todo hubiese sido parte de un sueño.

Me costaba asimilar que era una persona real.

Para colmo, Dorian había sido una persona maravillosa esta tarde.

Me había hecho reír en los momentos que más tensa me sentía y su compañía, a pesar de seguir poco acostumbrada a ella e ir con pies de plomo a su alrededor, no me había resultado incómoda.

Aun así, el ir en diferentes góndolas para llegar al hotel lo sentí como un alivio.

Cuando entré en recepción, no había pista de Dorian. Había llegado unos pocos minutos antes, lo cual me daba vía libre para irme tranquilamente a mi habitación.

El hotel era un antiguo palazzo rehabilitado, de decoración ostentosa pero que no te hacía sentir fuera de época. Me dieron la llave de mi habitación, una de las suites que decían tener las mejores vistas del hotel.

Al abrir la puerta, un campo de colores me recibió: azules, dorados, rojos… Allá donde mirase encontraba un color nuevo. Pasé el pequeño salón para poder echarme por fin un ratito en la cama, pero me quedé anclada al suelo.

—No. —Me paré en seco antes siquiera de dar un paso en el dormitorio—, esto tiene que ser una broma.

Soltó una carcajada.

—Por una vez estamos de acuerdo en algo.

Dorian estaba acostado en la única cama que había en la habitación.