Capítulo 19
Al llegar a casa me recibió un silencio glacial.
Todo estaba demasiado tranquilo, así que me aventuré al único sitio que sabía que encontraría a alguien.
Las grandes puertas de madera a veces ejercían de muralla, o así parecía cuando me paré frente a ellas antes de que mi padre me diera paso al único sitio que se sentía cálido de la casa. Tan cálido que hoy parecía abrasador.
Llevaba un vaso de whisky en la mano, y no sería tan raro si no fuera porque su imagen imponente estaba perdida entre la penumbra que se estaba apoderando del despacho.
—¿Qué ha pasado, papá?
No se había atrevido a mirarme a la cara.
Nunca había visto a mi padre así. Lo que solo aumentaba mi temor por lo que podría haber sucedido.
—Lo siento, Alessandra. —Su voz sonó rota. Nunca esperé oírlo de esa forma. —Te he fallado como padre. Mi único trabajo era mantener esta familia unida y cuidar nuestra reputación. Ahora todo se me está yendo de las manos.
—No te entiendo, papá, ¿qué ha pasado? —volví a preguntar con el corazón latiendo desbocado.
Se pasó una mano por su rostro agotado antes de erguirse y mirarme.
—He sido infiel a tu madre. —A pesar de su aspecto abatido, su voz sonó firme y clara, haciéndose plenamente cargo de la realidad. —Alguien me ha estado siguiendo para hacer un artículo sobre el tema, todo el mundo lo sabe.
—¿Qué?
Creo que me faltaba la respiración. Ahora entendía los mensajes de Fiero que decía que no se lo podía creer, que cómo nos podían haber fallado así.
Mi padre había estado teniendo una relación secreta.
Esa relación había sido con su madre. La persona de la que estaba enamorado mi padre siempre fue Christie, la madre de Fiero.
—Te he fallado —volvió a repetir.
Si todo lo que había pasado no consiguió romperlo, esto sí que lo había hecho.
Mi corazón se exprimía más y más cada vez que lo miraba. No me podía creer lo que estaba ocurriendo. Todo se estaba desmoronando.
—¿Qué? No —negué completamente aturdida—. ¿Qué vas a hacer?
—No hay nada que hacer, Alessandra. Nos han hecho un reportaje, nos han estado siguiendo y espiándonos durante meses. Nos quieren ver caer.
Negué. No me podía creer nada de lo que me estaba diciendo mi padre. El hombre que conocía siempre tenía algo en mente, él no se rendía tan rápido.
Negué, esta vez más convencida.
—Esto no se va a quedar así.
Ahora era la rabia la que me consumía. No estaba nada de acuerdo con lo que había hecho, pero ahora entendía la charla que me dio hace unas semanas.
Llevaba arrepintiéndose toda su vida de la decisión que tomó mi abuela hace años.
Llevaba casi toda su vida viviendo una vida que nunca quiso para sí mismo.
Esta no era la forma de salir de ella, pero tampoco podía odiarlo.
No sabía cómo íbamos a salir de esta, pero lo haríamos.
—No me has fallado, papá. Tú también merecías elegir —intenté que no me fallara la voz, que las lágrimas que amenazaban con derramarse siguieran intactas en mis ojos.
—No cometas mi mismo error, hija. Te lo pido, por favor. —Sus ojos estaban vidriosos, no sabía si era a causa del whisky o por la situación—. Siempre vas a poder elegir estando yo aquí. Decidas lo que decidas, va a estar bien si es lo que realmente quieres para ti.
—Lo tengo todo controlado, papá. Cuando sea la hora lo sabrás —porque ahora no era el momento de ponerle al corriente. No era el momento de contarle cómo mi prometido me había manipulado con su Don para no darme más elección que estar con él.
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Subí hasta mi cuarto dejando un rastro de rosas rojas como mi corazón sangrante. Pensé en encerrarme en los libros de clase, como hacía cada vez que algo iba mal y no quería afrontarlo, pero volví a ver los mensajes de Giu, y si quería enfrentarme a la llamada con Fiero, necesitaba a Giu a mi lado.
Giu te necesito en mi casa, ya.
Omw
Sabía que no tardaría más de media hora. Media hora que se me iba a hacer muy larga sin poder decirle nada a Fiero, pero para quedarme más tranquila, y que él también lo estuviese, le mentí.
Cuando llegue a casa y hable con mi padre te llamo, aún no sé nada pero sea lo que sea quiero hablar antes con mi padre.
Cuando termines me llamas y voy para tu casa
No le respondí.
Había un detalle muy grande entre este silencio que recorría los pasillos de casa.
Mi madre parecía no estar por ningún sitio.
¿Lo sabría? ¿Habían discutido ya papá y ella y por eso no estaba?
Esperaba que gran parte de la tormenta ya hubiese amainado.
Si mi padre estaba así, no me quería imaginar cómo estaría si todavía le esperase una discusión con mi madre.
Me tiré en la cama. Mi cabeza no daba más de sí. Todo se estaba desmoronando y ya no sabía cómo llevar lo que estaba ocurriendo.
No sé cuánto tiempo estuve así, con las manos sobre la cara tratando de retener todo lo que se agolpaba en mi mente, pero Giu llegó y se sentó a los pies de mi cama, dándome mi espacio para reaccionar. Su torrente de luz y energía lo había guardado para otro momento.
—¿Quieres hablar o necesitas despejarte?
—Las dos— contesté.
—Pues abrígate y vamos, que el día parece lluvioso.
Le hice caso y cogí el chaquetón. Estábamos a finales de febrero y los días seguían siendo demasiado húmedos y fríos.
Tanto que la hierba y las flores se tiraban el día bañadas por la humedad, y hacía que su olor llenase el cielo que hoy estaba entornado, repleto de nubes grises, quitándonos los pocos minutos de luz que nos quedaban.
—¿Cómo de mal es todo?
—¿No has visto nada? —negué—. ¿Estás segura de querer verlo?
La pregunta de Giu me hizo dudar más, pero necesitaba saberlo si quería llevar esto lo mejor posible. Tenía que verlo para saber a lo que nos enfrentábamos.
—Tengo que verlo.
Nos sentamos en uno de los bancos que había cerca del invernadero de cristal que me encantaba visitar cuando era pequeña, siempre me había parecido mágico porque ahí era donde mi abuela plantaba todas las hierbas que usaba para los tés y ungüentos.
Giu sacó su móvil y me enseñó el artículo de la mayor revista de cotilleos de Italia, había dos hojas de fotos y texto donde no cabía duda de quiénes eran los de las imágenes.
Mi padre abriéndole la puerta de un coche a Christie, ambos cenando en un pequeño restaurante en uno de los tantos pueblos de La Toscana, y la peor de todas, entrando a un hotel juntos. Daba igual cuántas gafas o gorras usaran, estaba más que claro que eran ellos.
Sentí como el color desaparecía de mi cara. Era muy malo. Había incluso testimonios de personas que decían haberlos visto juntos.
—Alessandra, esto como mucho durará dos semanas en la boca de la gente, ya sabes cómo funciona. —Intentó tranquilizarme, pero ambas sabíamos que era uno de los mayores escándalos que se había escuchado hasta ahora.
—¿Crees que alguien está intentando quitarnos del medio?
Mi prima frunció el ceño.
—¿Por qué dices eso?
—Esto creo que tú no lo sabes, pero al volver del primer evento un coche intentó colisionar contra nosotros, estábamos solos en la carretera de las colinas y el conductor no llevaba las luces puestas e iba a una velocidad imposible por esa zona —mi prima se quedó boquiabierta—.
Luego ocurrió lo del cuarzo, quise pensar que tal vez sí que era mágico, pero era extraño lo que había pasado.
Por esa ley, cuando mis padres se comprometieron, también debió de explotar, y ahora esto —negué confusa—.
Sé que esto es culpa de mi padre y de la madre de Fiero, pero tenían imágenes de antes, ¿por qué guardar esa información hasta ahora?
—Joder —mi prima estaba de piedra, su piel también se había vuelto un par de tonos más clara—. Pero si es así, tiene que ser alguien de La Élite.
Eso era algo evidente, pero mi prima no sabía la existencia de la profecía que al parecer alguien se había tomado demasiado en serio.
Eso, o tal vez quisieran quitarnos del medio para que ellos tuvieran más reconocimiento.
Independientemente de la razón, estaba claro que alguien nos quería fuera de La Élite y no tenía pinta de parar hasta que lo consiguiera.
—¿Y qué vas a hacer con Fiero? —Esa era la pregunta que llevaba rondando mi mente desde que empezó el año.
—Por ahora tengo que llamarlo. Le dije que lo llamaría cuando llegase a casa y hablase con mi padre, pero era una excusa para esperar a que llegases tú, no soy capaz de enfrentarme a esto sola.
Era de las pocas veces que me abría ante alguien, pero la reacción de mi prima no me incomodó.
Asintió y me animó a hacerlo cuanto antes, ella estaría a mi lado en todo momento.
Así que volvimos a mi habitación para tratar de cerrar el tema lo máximo posible por hoy, mañana sería otro día.
Dentro de la casa hacía calor, la chimenea del salón estaba encendida, pero el frío del jardín me había acompañado hasta el interior.
Opté por ir a mi sala de estar. Tenía la extraña creencia de pensar que si algo malo pasaba en un lugar, se quedaba ahí, y no me seguiría a donde fuera.
Fiero descolgó al instante.
—Sí que has tardado en llamar —parecía molesto conmigo, pero tenía que seguir en mi papel—. ¿Lo has visto?
—Por desgracia —asentí, porque ojalá borrar todo lo que había visto, lo que había pasado, pero ya no había marcha atrás.
—¿Qué te ha dicho tu padre?
—No hemos hablado mucho sobre el tema.
—¿Entonces, de qué habéis hablado? —Estaba claramente molesto.
Giu me miró sorprendida porque nunca lo había escuchado así, pero por desgracia yo había tenido con él más de una discusión en la que acababa hablándome de esta forma.
—Fiero, mi padre ahora mismo está muy mal. Cuando esté más estable, hablaré mejor las cosas, pero es un tema… difícil.
—Así es como debería de estar. Ha destrozado dos familias.
Me mordí la lengua y respiré hondo. Quería gritar, llorar, lanzar el móvil o asfixiarlo a él para que no se atreviera a hablar así de mi padre. Haciendo como si toda la culpa recayera en él.
Giu me miraba con los ojos desorbitados y agarraba uno de los cojines con fuerza. Sabía que estaba mordiéndose la lengua incluso más que yo.
—Ya sé que ha hecho las cosas mal, pero es mi padre. Además, si no fuera por tu madre, esto tampoco hubiese pasado —lo dije con la mayor delicadeza que pude, pero necesitaba que le entrara en la cabeza.
Escuché una respiración fuerte al otro lado de la línea. Sabía que estaba conteniendo su rabia tanto como yo. Pero ningún lo siento salió por su boca.
—¿Tú has hablado con tu madre? —Rompí el silencio.
—Aún no —respondió cortante.
No me sorprendía. Él dejaba que los demás arreglaran las cosas sin involucrarse.
Yo era la que siempre tenía que hablar con mi padre cuando algo ocurría, la que tenía que convencer, la que tenía que arreglar, la que tenía que hacer todo cuando algún inconveniente pasaba y tenía que mediar. Y estaba harta.
—Ya me contarás cuando hables con tu madre.
Pero ambos sabíamos que eso no iba a pasar.
Cuando colgué, Giu desató lo que estaba conteniendo.
—No me puedo creer que tuviera endiosado a alguien tan sumamente desgraciado. —Todo su rostro estaba crispado. Nunca antes la había visto tan enfadada. —¿Siempre ha sido así contigo? Porque de verdad que lo voy a odiar con toda mi alma como haya sido así.
—Rara vez ha sido así conmigo. Las veces que hemos llegado a estas situaciones ha sido culpa de los dos.
Y eso no podía negarlo, he sido alguien muy difícil de tratar en la relación, pero nadie sabía realmente cómo era nuestra relación, cómo éramos y nos sentíamos el uno con el otro.
Ella negó.
—Había tenido tan idealizada vuestra relación…
Habíamos crecido juntas, y Giu había estado desde el primer día y me había visto ilusionada por él y nuestra relación.
—Todo el mundo, Giu.
Era sorprendente cómo la gente se volcaba y hablaba sobre una relación que no conocían, solo veían lo que dejábamos ver. Ni siquiera Giu, que estaba en nuestro círculo y nos veía cada día, era consciente de la realidad de nuestra relación, y aun así, la gente se atrevía a opinar e idealizarnos.
Giu se fue hace unas horas, no sin antes darme un abrazo y recordarme una y otra vez que la tenía para lo que fuera.
Ahora el silencio parecía crecer cada vez más en casa, como un monstruo que nos engullía lentamente.
Mi madre no apareció, y mi padre tampoco salió de su despacho, así que cuando cené un poco, volví al despacho en su busca para llevarle algo de comer.
—¿Papá? —Cuando toqué no hubo respuesta, pero seguía en su escritorio con una botella de whisky acabada a su lado.
El calor de la chimenea se infundía con el olor cálido del alcohol que invitaba a hacerse una bolita y dormir, pero tenía que dejarle claro que esto no podía ocurrir de nuevo, así que dejé el plato de comida frente a él, dando un golpe que le hizo despertar de inmediato.
—Espero que mañana estés completamente lúcido porque tenemos temas que aclarar.
Me fui llevándome la botella acabada y su vaso, sin esperar ninguna respuesta.
Cuando llegué a la cocina, le pedí a nuestro chef que le llevara un vaso de agua porque no pensaba volver al despacho en las condiciones que estaba.
El mensaje estaba claro, pero no sabía si mañana lo recordaría.
No sabía cuánto había bebido, ni cómo afectaba realmente el alcohol al cuerpo, pero según me había contado Giu muchas veces, no recordaba totalmente lo que había pasado en las fiestas por pasarse bebiendo.
Una de las razones por las que yo no solía beber ni salir de fiesta, no soportaba la falta de control.
Solo esperaba que mi padre lo recordara y fuese consciente de su comportamiento.
Por ahora no me quedaba más que ir a dormir y esperar a que mañana se aclararan mejor las cosas.