Capítulo 18
Las noches se estaban volviendo tortuosas. Me tiraba horas tratando de dormir, y cuando lo conseguía no había nada más que sueños vacíos y pesadillas. Una parte de mí esperaba volver a encontrar a Dorian en ellos, pero desde la Mascherata no aparecía y mi lado racional me decía que era mejor así.
Pero esa noche no hubo un sueño vacío más.
Estaba con Fiero paseando por el jardín.
Él siempre prefería pasear por el jardín de las cuatro fuentes, que estaba mayormente compuesto de setos y zonas de césped con un camino de grava blanca que conectaba las diferentes fuentes.
Nunca había sido mi favorito a pesar de la calma que me daba el sonido del agua.
Estábamos muy cerca, paseando cogidos de la mano como si fuera lo normal, pero cuando fui consciente de ello, quise apartarla. Aunque lo que realmente me provocó apartarla fue la voz que sonó a mis espaldas.
—Mierda —musitó. Su marcado acento me hizo saber quién era antes de siquiera girarme.
Dorian estaba aquí. Ya no me seguía entre las sombras, sino que estaba igual de presente como en la Mascherata, como si un velo se hubiera desvanecido tras el evento.
—¿Qué haces aquí? —mi corazón se aceleró como si fuese una amenaza.
Ya era imposible negar que era él el que estaba en mis sueños.
Me iba a girar hacia Fiero buscando su reacción, como si fuera el Fiero real y se estuviese a punto de crear otra escena como en el evento de San Valentín, pero había desaparecido.
—No era mi intención acabar aquí —parecía molesto, cosa que me hizo ponerme a la defensiva.
—Pues vete —bufé, cruzándome de brazos.
Como si yo quisiera que él estuviera aquí.
—Si pudiera, ya lo habría hecho. —Bufó también y se alejó de mí, pero no lograba desaparecer de mi vista.
Lo observé desde la distancia, pensando hasta dónde quería llegar, pero de un momento a otro aparecí de nuevo a su lado.
—Oye, ¿puedes parar ya? —me estaba comenzando a molestar. No entendía qué buscaba con esto.
—Yo no he hecho nada —no sabía si seguía molesto o divertido por la situación—. Si no pensaras en mí, no hubieses aparecido a mi lado —definitivamente estaba divirtiéndose con esto.
—Eso no funciona así —me defendí.
De un momento a otro estaba frente a mí, más cerca de lo que me hubiera gustado. Robándome el aliento mientras me examinaba.
—¿Me vas a decir tú a mí cómo funcionan los sueños? —Sus cejas estaban levantadas, desafiándome. Sentí como esos ojos negros me atravesaban el alma.
—¿Así que todo este tiempo has estado en mis sueños a propósito? —No dejé que me intimidara, aunque esa mirada me hizo titubear unos segundos.
Quería saber la respuesta, quería saber qué buscaba con ellos.
—No sabía dónde me estaba metiendo, está claro —puso los ojos en blanco—. Si lo hubiese sabido, no hubiese elegido a una chica tan antipática —recalcó esa última palabra con un brillo de diversión en sus ojos.
Me mordí el labio por dentro. Si quería conseguir que no lo soportara, lo estaba consiguiendo.
—Si hubiese sabido que había un majara espiándome en mis sueños, habría buscado cualquier solución para que no volviera a aparecer —dije entre dientes.
Soltó una carcajada inesperada que me sobresaltó
—¿Majara? ¿Esa es tu idea de insulto? —negó con los labios curvados—. No actúes como si no supieras que no es la primera ni la segunda vez que estoy aquí.
—Tú mismo estás dejando claro que llevas tiempo espiándome —eso ya era innegable.
Noté cómo apretó la mandíbula. —Por si no te has dado cuenta, aún me cuesta controlar esto. Si supiera hacerlo, no hubiese pasado tanto tiempo como te hubiese gustado por aquí —no sabía si creer o no sus palabras—. Además, tú eres la que se está aferrando a esto. Te puedes despertar cuando quieras.
Lo último que vi era cómo sus ojos habían perdido todo su brillo, como un cielo sin estrellas.
Cuando me desperté, mi corazón latía tan rápido como el aleteo de un colibrí.
Eran las dos y media de la mañana, y al parecer Dorian tenía razón en esto último. Podía salir de cualquier sueño en el que él estuviese despertándome, aunque yo estaba convencida de que él también podía controlarlos mejor que yo.
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Los días pasaban y mi mirada se entrelazaba con esa oscuridad de la noche por los pasillos de la escuela.
Quería evitarlo, pero una energía tiraba de mí hacia él por muy insoportable que se me hiciera.
Pero sobre todo, porque la mayoría de las veces iba acompañado de una pequeña morena que nunca parecía querer soltar su mano.
Mientras tanto, mantuve las distancias con Fiero en la escuela. Seguíamos pasando tiempo juntos, pero por alguna razón no lo veía tan interesado en pasar tanto tiempo conmigo. Por suerte, con Dorian rondando por la escuela, la gente tenía otra cosa de la que hablar.
Al parecer era de las pocas que no se había enterado aún, porque ese chico irradiaba tanta desconfianza a los demás, tampoco me atreví a preguntárselo a Giu.
Lo único ahora mismo era la reunión con el equipo de Dolce Vanna.
Rodrigo me llevó hasta las oficinas donde se haría la reunión, como de costumbre llegué antes, pero por suerte solo fue un par de minutos, así que esperé hasta que se hizo la hora para subir al lugar de la reunión.
—Buenas tardes, señorita Leone —un hombre de alrededor de 45 años se levantó para presentarse y darme la bienvenida—, soy Guillermo, el encargado de la campaña. Tome asiento mientras esperamos a su futuro compañero.
Habían cinco sillas y tres de ellas ocupadas, así que tomé asiento en una de las dos que estaban libres.
El hombre y la mujer que estaban en esas sillas se presentaron mientras hacíamos tiempo, pero los minutos pasaban y nadie llegaba.
El hombre que se había presentado como Guillermo miraba el reloj molesto, parecía que iba a decir algo antes de que la puerta que había a mis espaldas se abriera.
Me giré de la forma más disimulada posible. Mi corazón saltó como una liebre al ver quién había entrado.
Ahora entendía por qué él también buscaba libros de Dolce Vanna.
Dorian se sentó a mi lado. No podía ver más allá de su mandíbula, pues su cabello tapaba gran parte de su rostro.
Pocos chicos se atrevían a llevar el pelo tan largo, pero Dorian llevaba un corte que hacía ver su pelo en un perfecto desorden.
Y sus uñas negras… No había visto a ningún chico llevar las uñas pintadas, y teniendo en cuenta cómo era La Élite, dudaba que estuviesen contentos con ello.
El señor no esperó a que dijese nada.
—Bueno, ya que estáis los dos, Alessandra Leone, te presento a Dorian Vinci, tu compañero de campaña.
Dorian se giró hacia mí y sonrío.
—Ya teníamos el placer de habernos conocido —cogió mi mano y le dio un suave beso sin perder la sonrisa.
Asentí por cortesía, intentando que no se notase lo descolocada que me había dejado ese gesto y el cosquilleo que no cesaba en la zona donde sus labios me habían rozado.
—Genial, esto va a facilitar entonces las cosas —continuó—. Os seleccionamos a ambos como primera opción y nos alegra teneros aquí con nosotros.
Comenzaron a explicarnos la campaña. Dónde sería, cómo sería, el estilo que buscaban, las horas que llevaría, cuándo saldría, respondiendo a cualquier duda que tuviésemos, pero todo estaba bastante claro.
La idea me maravillaba, poder participar en una campaña así era como un sueño, pero era el compañero que tenía a mi lado lo que me hacía dudar.
¿Por qué él?
—He podido notar tu emoción mientras nos explicaban todo. No te echarás atrás porque esté yo, ¿no? —dijo abriendo la puerta para salir del edificio.
—No me echaría atrás en una oportunidad así porque tenga que trabajar con alguien que no me agrada.
Sus ojos oscuros me brillaron con diversión, no terminándose de creer mis palabras.
—Yo tendría cuidado con tu novio o lo que seáis ahora —dijo mirándome de reojo.
No sé en qué momento nos habíamos metido en el ascensor juntos y había decidido permanecer a su lado, pero esas palabras me dejaron de piedra.
—Creo que ya te diste cuenta de lo que te hizo una vez. Intenta que no pase de nuevo.
No sabía si reír, enfadarme o sorprenderme más aún por lo que sabía.
—¿Cómo sabes eso?
—Parte de mi Don es percibir cosas que no se ven a simple vista, y lo que hizo ese chico contigo era muy visible —chasqueó la lengua.
Quise preguntarle si fue él el que rompió el hechizo. Sí, fue él el que me ayudó a salir de ahí, pero la puerta del ascensor no tardó en abrirse y Dorian se aventuró a la entrada.
—Nos vemos.
Me dejó sola con las palabras aún burbujeando en mi boca.
Con él se fue esa sensación que revoloteaba en mi interior cada vez que lo tenía cerca.
Cada vez que compartía un momento de mi día con él, por más pequeño que fuera, parecía romper los esquemas de mi vida.
Y tenía la sensación de que no había aparecido en mi vida sin razón, pero no entendía bien qué función iba a desempeñar en ella, y por qué él de entre todas las personas de este mundo.
Por ahora solo tenía claro que, antes de dar el sí definitivo a la campaña, tenía que hablar con mi padre, en la posición que estábamos, dudaba que fuese bueno que me relacionara con alguien con la mala fama que tenía Dorian.
Pero cuando subí al coche, me di cuenta de que algo andaba mal en el momento en el que vi a Rodrigo.
Estaba tenso, y la sonrisa que me dedicó al saludarme era claramente forzada.
—¿Está todo bien? —la voz me salió temerosa. No sabía qué esperar, pero ya habían pasado suficientes cosas malas para que ocurriese algo más.
Rodrigo asintió.
—No se preocupe, Alessandra, su padre solo quiere hablar con usted.
Podía ser por tantas cosas que iban mal que no quería ni pensar en ello, así que encendí el móvil que mantuve apagado durante toda la reunión y las llamadas y mensajes de Giu y Fiero me alertaron de que algo andaba realmente mal.
Rodrigo me miró de reojo, claramente alarmado por haber encendido el móvil.
Los mensajes de Giu no me daban mucha información, tan solo quería ver cómo estaba y que la llamase lo antes posible.
Fiero parecía fuera de sí, pero seguía sin saber qué era lo que pasaba y, por el nerviosismo de Rodrigo, preferí esperar a llegar a casa.
Nadie mejor que mi padre iba a saber abordar el tema, nadie mejor que él iba a saber cómo intentar darle solución a lo que estuviera pasando.
Así que tomé aire y, por una vez, traté de no entrar en pánico.