Entre Rosas y Sueños Capítulo 15
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Capítulo 15

Cuando Rodrigo me dejó en casa, me aseguré de que se había ido antes de cambiar de rumbo.

Me dirigí al jardín en la penumbra de la noche, caminé hacia la rosaleda, pero no era allí a donde quería llegar.

Hacía frío, y la humedad caló el vestido en apenas unos minutos.

Lo estaba destrozando, por más que recogiera el bajo, parte de él seguía arrastrándose por el barro de algunos de los caminos.

Por eso mismo decidí quitarme los zapatos, haciéndome consciente de cada paso que me acercaba al templete.

Una energía parecía guiarme hacia allí, así que no me detuve ni un segundo, seguí caminando bajo la luz de la luna creciente y el mar de estrellas que estaba sobre mi cabeza.

Cuando por fin paré frente a ella, parecía más brillante de lo que la recordaba a pesar de la oscuridad.

El mármol blanco reflejaba la luz de la luna, y las columnas jónicas sujetaban la pequeña cúpula.

Pero por lo que había venido aquí, lo que me había llevado hasta aquí, era la preciosa estatua de mármol que había en el centro del templete. La representación de mi Diosa, Eellary.

Subí los escalones que me separaban del interior. Y una vez que por fin estuve dentro, fue cuando el pánico y el torrente de emociones que me acompañaban desde el evento cesó.

Caí al suelo, como si toda mi energía se hubiese drenado en ese mismo instante. El caos de mi mente se acalló. Silencio, solo había silencio. Y ahí, en mitad de la noche, bajo la estatua de Eellary, fue cuando mis lágrimas comenzaron a caer como nunca antes lo habían hecho.

Poco a poco, los fragmentos olvidados de aquella noche volvieron a mí.

La imagen cada vez era más nítida y la realidad más dolorosa.

Podría haberle confiado mi vida a Fiero, estuve a punto de hacerlo manipulada por sus palabras.

Tal vez si las cosas no se hubieran complicado tanto, si el tiempo no hubiera hecho mella en mis sentimientos, eso no hubiera cambiado.

¿Pero qué habría ocurrido? ¿Habríamos seguido con nuestro compromiso si todo hubiera seguido bien?

Siempre me pregunté qué habría pasado si pidiera más, si no me conformara con esa relación en la que cada vez me sentía más perdida.

Tal vez acepté una relación que creía merecer.

Una relación con alguien a quien quería y en quien confiaba, pero que tal vez nunca debió ser destinada a algo más que una amistad.

Pero no confiaba en él. Ya no podía hacerlo.

Me había traicionado. La persona a la que más había querido me había traicionado de la peor forma que podría haberlo hecho.

Recordé el momento en el que llegamos al acuerdo sobre nuestro casamiento. No quise hacer un pacto de sangre prometiendo que no usaríamos nuestros Dones el uno con el otro porque confiaba plenamente en él.

Que equivocada estaba.

No sabía exactamente qué me había hecho despertar.

Una parte de mí recordaba esa mirada oscura y la sensación que sentí al cruzarme con ella por primera vez en persona.

Por otro lado, quería creer, tanto como ignorar, la posibilidad de que el cuarzo hubiese hecho su función.

Nunca antes había pasado algo así. Y que hubiera ocurrido justo ahora, cuando estaba influenciada por el Don del que era mi prometido, parecía ser una señal de los Dioses para que despertara de una vez.

Las lágrimas de furia que había derramado ya habían desaparecido, pero la espina que estaba clavada en mi corazón se sentía profunda e irreparable.

✦

Desperté entre rosas rojas y rosas que me recordaban la terrible noche de San Valentín. No recordaba cómo había llegado a mi cuarto, ni por qué las flores seguían sobre mi cama, pero los flashbacks aparecían mirase donde mirase.

Miré el móvil, eran las siete de la mañana.

Tenía tres llamadas perdidas de Giu y una de Fiero junto a seis mensajes suyos. Un nudo se formaba en mi garganta tan solo al pensar en él.

Quería lanzar el móvil. Había sido mi mejor amigo durante toda mi vida, seguro que existía alguna forma de que nuestra historia terminara mejor, pero no así. No quería que fuese así.

Comencé a temblar.

Tuve que apartar la mirada del móvil, de su nombre, de los recuerdos que me ahogaban. Tenía que hablar con mi padre, tenía que encontrar una solución, pero antes de ponerme en pie, el cabello castaño de mi padre apareció asomando por el marco de la puerta.

—Buenos días, Alessandra, ¿puedo pasar? —Asentí y él cruzó la habitación hasta sentarse a los pies de mi cama. —¿Cómo estás, hija?

—Bien. —Era lo que siempre decía, independientemente de que fuese o no la verdad. Pero esta vez mi voz sonó temblorosa, no iba a engañar a nadie así. —¿Se sabe qué pasó anoche con el cuarzo?

Mi padre negó cabizbajo, algo impropio de él.

—Alessandra, fuese lo que fuese, ha hecho que los miembros de La Élite desconfíen más de tu relación con Fiero. Tal vez no seáis los que nombran la profecía, pero queda más que claro el mensaje.

—¿Crees que puede haber sido alguno de ellos el que ha amañado la ceremonia?

—No creía que fuesen capaces de llegar hasta eso, pero si algo me enseñó mi madre era a desconfiar.

No me gustaba por dónde estaba yendo la situación, estaba claro desde un principio que no les gustaba que Fiero y yo estuviésemos juntos, debimos escucharlos.

—Quiero pensar que no, aun así, dudo mucho que alguno de ellos se atreviera a hacerlo. Lo importante ahora es ver cómo vamos a enfrentar esta situación.

—Tú lo has dicho, Fiero y yo no podemos estar juntos.

No sé si me aliviaba después de descubrir lo que había hecho, o lo temía por miedo a que todo en mi vida cambiara.

—Las cosas no son tan sencillas, hija, esta tarde me voy a reunir con los Di Petra, pero dime algo, Alessandra, ¿realmente quieres estar con Fiero?

Mírame. —Demandó haciéndome levantar la mirada que enseguida había bajado con su pregunta, pero las palabras no salían, era incapaz de mentir, pero también era incapaz de decir la verdad.

Me sentía paralizada. —Piénsalo, hija. No te voy a presionar, pero cuando lo tengas claro, voy a luchar lo que sea necesario para conseguir lo que quieras.

No dejes que pase demasiado tiempo. —Parecía agotado, ¿había siquiera podido descansar algo?

—Voy a pedir que te traigan el desayuno a la cama, pero después de comer quiero que volvamos a hablar.

Asentí desorientada. Tras lo que había hecho Fiero, no podía estar con él. Papá me iba a apoyar hiciera lo que hiciera, aun así, nada se sentía del todo correcto.

El desayuno dulce no consiguió subirme el ánimo. Me sentía como una flor marchita abatida por el viento. Respondí a Giu rezando porque estuviera despierta, pero la conocía lo suficiente para saber que no iba a tener suerte hasta un par de horas.

No sabía si había desayunado siquiera, porque no tardó en llegar más de veinte minutos desde que se despertó.

—Alessandra, me vas a tener que pagar con algo esto porque apenas me ha dado tiempo a despertarme como es debido —dijo pasando por la puerta de mi habitación y dejándose caer en mi cama como si fuera la suya.— ¿Estás bien?

Quería contárselo, necesitaba hablar con ella, ¿pero cómo le rompía la imagen de Fiero así? También era uno de sus mejores amigos, siempre habían estado muy unidos, y si le contaba lo que había pasado, dejaría de verlo igual.

—Estoy preocupada por lo que pasó en el evento, eso es todo.

Mi prima se reincorporó.

—Alessandra Leone, sabes tan bien como yo que si eso fuese todo, yo no estaría aquí. Así que suelta.

—Es… No sé, Giulia, estoy hecha un lío. No sé en qué momento se ha desmoronado todo.

Mi prima me miró atentamente.

—Alessandra —nunca la había visto tan seria—, ¿sigues queriendo a Fiero?

Silencio.

Esa fue mi respuesta.

—Fiero usó su Don en ti, ¿no es así? —Me quedé sin respiración, era incapaz de responder. —Noté un cambio muy grande en tu actitud con Fiero. No quise pensar en ello, no podía creer que fuese capaz de hacerte eso.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Comencé a sospecharlo hace unas semanas. No sabía cómo abordarlo para que ninguno de los dos me alejáseis de vosotros. —Se quedó pensativa, parecía cansada, su mirada estaba apagada cuando volvió a mirarme. —¿Cómo eres consciente ahora de ello?

—No lo sé. —No era capaz de mencionar a Dorian, a lo que sentí cuando lo vi, a lo que llevaba meses ocurriendo. Tampoco estaba segura de que él tuviese algo que ver —, pero ahora no sé qué hacer, Giu.

Le conté lo poco que había hablado con mi padre. Todo seguía siendo negociaciones; era probable que aún no tuviese elección.

—Si por alguna razón tú y Fiero tenéis que seguir juntos, no le menciones nada sobre lo que ha hecho. Vamos a ver hasta dónde es capaz de llegar.

—No sé, Giu…

—Alesandra, si lo ha hecho una vez, es capaz de hacerlo una segunda. Si no sabe que ya no estás bajo su Don no tiene motivo para volver a usarlo. Así que no se lo digas.

No me hacía gracia tomar ese camino, pero tenía razón. No me podía arriesgar a volver a estar bajo su poder. Las cosas tenían que cambiar y creo que ya era hora de que lo hicieran. Si volvía a estar bajo su Don volvería a estar atrapada, y no lo podía permitir.

✦

Cuando se fue Giu, revisé el correo por si tenía algo importante. Mi corazón se aceleró cuando vi el remitente de uno de los correos que aún tenía sin leer.

Remitente: Dolce Vanna.

Buenos días señorita Alessandra,

le informamos sobre la fecha y hora de la reunión informativa sobre el nuevo proyecto de colaboración junto a nosotros, será citada el 19 de febrero a las 16:00 en la sede de Dolce Vanna en Florencia.

Un placer contar con usted.

Tan solo quedaban unos pocos días y reavivó la llama de intriga que había en mi interior.

No podía esperar a que llegase el día, no me habían dado ninguna pista sobre lo que podía ser y eso me obsesionaba aún más, aunque en parte temía que todo el revuelo que estaba ocurriendo afectase a su decisión final o dañase la campaña.

Realmente esperaba que todo fuese bien, me encantó la experiencia con ellos en la sesión de fotos y esperaba que saliese igual de bien.

A mediodía me aventuré de nuevo al despacho de mi padre. Hoy ni él ni mi madre habían comido conmigo en la cocina. Mamá ni siquiera parecía estar en la casa.

—Adelante. —La voz de papá parecía ahogada por la gigantesca puerta de madera.

Los grandes ventanales estaban apagados por las nubes cenizas del exterior, la madera de ébano y la única lámpara que estaba encendida convertían la sala en un oscuro secreto.

Tomé asiento frente a él. No parecía muy cómodo en la situación en la que se había puesto.

No tardó en ponerse de pie.

—Hija, antes que nada quiero contarte una cosa.

No quiero que acabes en la misma situación que yo, así que necesito que conozcas la relación que tenemos tu madre y yo.

Esto no se trata de elegir bandos, ambos somos tus padres y lo seguiremos siendo, pero creo que, debido a la situación, es hora de que conozcas la verdad.

—Un pequeño tirón de mis hombros me advirtió de que esto no iba a ser algo sencillo—.

Tu madre y yo nos casamos por conveniencia.

Era hija del presidente que gobernaba Italia cuando yo tenía más o menos tu edad.

La Élite siempre se había movido así, ¿pero cuántas personas se habían casado realmente por amor? ¿Estaba construida plenamente por conveniencia? Supongo que eso era lo que nos esperaba a todos.

—En su momento sí que tenía sentimientos por tu madre, pero nunca fue algo intenso y, por desgracia, mucho menos duradero.

Los problemas de comunicación no tardaron en llegar.

Por parte de tu madre tampoco sentía cariño y ganas de seguir intentando mantener el matrimonio a flote, pero tú ya tenías 4 años y coincidimos en que teníamos que continuar juntos.

Creo que nunca estuve realmente enamorado de tu madre, y es algo que me atormentará por el resto de mi vida.

Intenté que las lágrimas que se arremolinaron en mis ojos no se derramaran. ¿Este era el tipo de vida que nos esperaba?

—¿Por qué no hablaste con tus padres para que te diesen la opción de elegir? —interrumpí. Era probable que no tuviese elección, pero no veía a mi abuela capaz de obligar a mi padre a tomar tal decisión.

—En su momento quería estar con tu madre, hija.

Además, en los matrimonios de conveniencia siempre hay algún trato de por medio.

Tu abuelo nos dio más fincas donde poder expandir nuestro negocio que en su momento estaba decayendo por falta de tierra de cultivo.

Así que si no nos casábamos, el negocio familiar podría haber decaído.

No me quedó otra más que aceptar y seguir con tu madre hasta el día de hoy porque, a pesar de todos los problemas, si nos divorciamos, tu abuelo aún tiene el poder de arrebatarme todas aquellas tierras que me regaló en su momento.

Nos quedamos un momento en silencio. Había muchas cosas que procesar aún.

Ahora entendía eso que oí antes de entrar a la cocina los días previos a la Epifanía. Esas palabras que amenazaban con hundir el negocio de mi padre y mi tío. Pero no tenía sentido

—No lo entiendo. Si mamá está de acuerdo en que os divorciéis, ¿por qué el abuelo te quitaría la tierra que te cedió? —Abuelo, esa palabra sabía agridulce en mi boca, como un fantasma del pasado cuyo recuerdo no era claro. Llevaba demasiado tiempo sin verlo.

—Porque tu madre no quiere divorciarse. —Esas palabras se sintieron como un balde de agua helada.

No lo entendía, mi madre ni siquiera le quería, ¿por qué querría seguir con una persona por la que no siente amor? Iba a seguir teniendo dinero y lujos con o sin papá.

—No le des vueltas, Alessandra. Aquí ninguno de los dos hemos sido buenos. —Tal vez tenía razón, pero sentía que el peso de la balanza se inclinaba más hacia un lado que hacia otro—. De una forma u otra, todo volverá a la normalidad en esta casa.

Pero no estaba tan segura de ello.