Capítulo 14
Mi mente buscaba desesperadamente una respuesta, ¿cómo era posible que ese chico fuese real?
Llevaba meses apareciendo en mis sueños, pero en todo este tiempo no hubo ni una muestra de su existencia.
Justo hoy, el día del anuncio de mi compromiso, estaba frente a mí.
Una pompa explotó en mi interior cuando nuestras miradas se cruzaron.
Había algo que no cuadraba. No entendía cómo se había producido esta situación.
Su expresión era letal, la oscuridad de sus ojos brillaba mientras aguardaba a que le diese una réplica.
—¿Te ha comido la lengua el gato? —Su sonrisa se afiló—. Me esperaba algo más de la perfecta Alessandra Leone.
Y tal y como apareció, se fue negando con la cabeza, aun con esa sonrisa triunfante entre sus labios, dejando un olor a narcisos detrás de él.
—Pues resulta que es cierto que ha vuelto —dijo mi prima tras unos largos segundos en los que todos procesamos esa rara interacción por su parte.
Aunque no me terminaba de creer que fuese cierto.
—¿Se puede saber quién es ese chico y por qué es tan importante? —La curiosidad me ganó, nunca le había visto en este tipo de eventos, nunca había escuchado hablar de él hasta ahora.
—¿Te acuerdas de los Vinci? —preguntó Fiero.
Intenté hacer memoria, sin embargo, era muy pequeña cuando escuché hablar de ellos, pero era verdad que desde entonces no volví a saber nada de esa familia.
—Más o menos —contesté.
—Pues resulta que estaban metidos en algún lío, o algo así recuerdo, y llevaron al chaval a un reformatorio, estuvieron vetados bastantes años de La Élite.
A veces me sorprendía lo poco que me enteraba de lo que ocurría a mi alrededor. Definitivamente, ese chico era mejor no tenerlo cerca, pero aun así me cuestionaba qué tenía que ver él con mis sueños. ¿Tal vez ese era su Don?
Antes de que pudiese siquiera preguntar, se armó un escándalo. Al mirar hacia el lugar donde se estaba reuniendo la gente, no me podía creer lo que vieron mis ojos.
El cuarzo rosa estaba hecho añicos. Miles de cristales fragmentados brillaban esparcidos por el suelo.
Destrozado.
Pero peor no era eso.
De él brotaba un líquido oscuro.
La sala se había llenado de gritos y confusión.
Las miradas nos empezaron a buscar, pero ambos estábamos anclados al suelo. Mirando el caos que se desbordaba a nuestro alrededor.
—¡Fiero, espabila! ¡Tienes que sacar a Aless de aquí!
Los gritos de mi prima nos hicieron reaccionar, y enseguida Fiero agarró mi mano y me llevó corriendo entre el creciente caos hasta la salita donde nos metieron antes de presentar nuestros votos.
Lo último que vi de ese salón sumido en el caos fue la asustada mirada de Giu, que no se apartó de mí hasta que me perdió de vista. Teníamos que salir cuanto antes del palazzo, esto había sido un error. Un error que había llegado demasiado lejos.
Fiero abrió la puerta de golpe y la cerró con un portazo, pero lo que no esperábamos era encontrar a Dorian sentado en el sofá.
Tuve el presentimiento de que el caos me estaba acompañando.
—¡Tú! —Fiero se adelantó a pasos agigantados.— ¿Has sido tú, verdad? —Por un momento pensé que le iba a echar la mano encima.
Los ojos oscuros le miraban a través de un ceño fruncido y espesas pestañas, pero su vista se desvió hacia mí y su rostro se relajó.
—¿Qué ha ocurrido? —Me miraba directamente a mí y eso hizo que Fiero se tensara más, dando un paso hacia él.
—Fiero, no parece que haya sido él. —Evité responderle directamente. —No tenemos pruebas siquiera de que haya sido alguien.
No sé por qué le defendí, pero algo me decía que él no había hecho nada. Parecía casi tan confuso como nosotros. Además, tenía que calmar a Fiero antes de que se abalanzara sobre él y acabase agrediendolo.
—Entonces, ¿qué hace aquí solo, no te parece sospechoso? —inquirió.
Dorian levantó su mano derecha, que sujetaba un cigarrillo. Me fijé en que sus uñas estaban pintadas de negro. ¿De dónde había salido este chico? No encajaba nada con la imagen que daban los demás chicos de la aristocracia.
—Es el único sitio donde puedo fumar sin congelarme.
Su tranquilidad me sorprendía en comparación con la agresividad de Fiero cada vez que se giraba a él.
No me gustaba esta faceta que estaba viendo de él. A pesar de nuestras múltiples discusiones, nunca lo había visto tan agresivo como ahora, y eso me asustaba.
—Claro, y tenemos que creernos que llevas todo este rato aquí fumando. —Fiero seguía buscando razones para tener problemas con él.
—Sigo sin tener ni idea de qué ha ocurrido y de lo que supuestamente soy responsable —parecía más aburrido que molesto por la situación.
—El cuarzo rosa se ha roto. —Lo solté sin pensar y me sorprendí casi tanto como él al escuchar la frase salir de mis labios.
—Bueno, pues resulta que el cuarzo sí que cumple su función —se burló con una sonrisa torcida que significaba problemas. Sabía muy bien lo que estaba haciendo, ¿por qué trataba de provocar a Fiero?
—Ni se te ocurra siquiera dar a entender eso. —La voz de Fiero sonó como un rugido.
En un abrir y cerrar de ojos lo había cogido de la camisa, pero Dorian seguía con la misma mirada impasible, como si el hecho de que un chico mucho más musculoso que él estuviese a punto de pegarle una paliza no fuera nada.
Cuando le vi levantar el brazo, grité.
—¡Fiero! —esto estaba llegando demasiado lejos—. Basta, vámonos a casa.
A pesar de que seguía agarrándole del cuello de la camisa, su espalda se relajó. Parecía debatirse si soltarlo o no, pero finalmente lo hizo como si de un bicho se tratara.
Dorian volvió a mirarme a mí. Analizándome con esos ojos negros como la noche, haciéndome sentir una especie de nerviosismo que no había experimentado nunca antes, como si mil flores florecieran en mi interior al unísono.
Ya no tenía la máscara. Podía apreciar su perfil afilado como un cuchillo, enmarcado por su pelo de un profundo castaño. Tenía una belleza fuera de este mundo.
No era momento de fijarme en eso.
Fiero pareció percatarse y tiró de mí para salir de la sala.
—Alessandra —la voz de Dorian me hizo mirar atrás—, ten claro lo que quieres antes de que sea demasiado tarde.
Fiero seguía llevándome por los pasillos, pero yo me había quedado con las palabras que había dicho el chico de ojos oscuros antes de abandonar la sala.
Algo había explotado en mí esa noche. Aún seguía aturdida, la cabeza me daba vueltas.
Pero sabía que estando junto a Fiero solo me estaba equivocando.
—¿Conoces a ese chico? —preguntó mientras me llevaba por los largos pasillos llenos de obras de arte.
Cada mirada con la que me cruzaba parecía seguirme y juzgarme.
¿Cómo había permitido llegar hasta este punto?
Su agarre era demasiado fuerte. Y me llevaba corriendo a pesar de los tacones y el largo vestido que tuve que recoger con mi mano libre.
Tenía que volver a respirar, tenía que volver a la realidad porque me estaba ahogando.
—No— contesté cuando conseguí enfocarme de nuevo.
—Me había parecido… —Pero no escuché lo último que dijo, porque tan solo pude sentir el aire cuando abrió la puerta al exterior.
Rodrigo estaba fuera esperándonos. Su semblante era serio y las arrugas de su frente estaban marcadas, parecía estar al tanto de que algo había ido mal.
Se acercó a nosotros.
—Alessandra, te llevaré a casa —dijo mientras me ponía una mano en el hombro con cuidado.
Fiero a mi lado negó
—Vamos a mi casa.
—No. El señor Leone me ha dado órdenes estrictas de llevar a Alessandra de vuelta a casa. Lo siento, Fiero, usted no está en los planes. Lo puedo dejar en su casa si es necesario, pero Alessandra va a descansar por hoy.
Agradecía que mi padre hubiese pensado en ello. Así no tenía que preocuparme por lidiar con Fiero. No quería estar con él ni un minuto más.
Había algo. Algo que había olvidado.
—Aless —parecía suplicarme, con esa mirada triste que ponía siempre que no conseguía lo que quería.
Pero negué.
—Mi padre tiene razón, vamos a descansar. Mañana será otro día, Fiero.
Intenté convencerme a mí también de que así sería antes de subirme en el asiento del copiloto.