Entre Rosas y Sueños Capítulo 11
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Capítulo 11

Todos los días eran iguales. Todo parecía tranquilo, excepto esa inquietud que me rondaba como un insistente insecto desde que Eellary se comunicó conmigo. ¿O tal vez estaba ahí de antes? No lograba recordarlo, pero tenía la sensación de que algo se me escapaba.

—Aless, ¿estás bien? —preguntó Fiero a mi lado.

Asentí a la pregunta en cuanto volví a mí, alejándome de mis pensamientos.

La clase de geopolítica había empezado hacía unos quince minutos y no había conseguido atender nada, cada vez que encontraba mi mente rondando otros lugares, redireccionaba mi atención, intentando que volviese a la clase. No era propio de mí.

—Llevas dos días… extraña. —Sus ojos verdes me miraban buscando una grieta.

Le dije que estaba durmiendo mal y que estaba agobiada con el tema de los exámenes, sabía que eso no era del todo verdad. No era la respuesta que quería, pero no insistió.

La voz de Eellary en mi cabeza, la conversación con mi padre y ese sueño con el chico de ojos oscuros…

Últimamente no pegaba ojo en casi toda la noche, mi mente daba vueltas una y otra vez al tema, no era capaz de entender qué me querían decir ninguno de los tres.

Pero todo esto a Fiero no se lo podía contar, dudo que lo llegase a entender en algún momento y no me apetecía tener que responder a todas las preguntas que le surgirían.

Además, si su madre aún no le había puesto al corriente de lo que había ocurrido con los Dones, habría muchas cosas que tendría que censurar y que no tendría sentido nada de lo que le estaría contando.

Decidí seguir adelante sin hablarlo con nadie, como siempre había hecho.

Demasiado fue buscar ayuda de mi padre y, aun así, no sirvió de nada.

Todo el día mi mente iba y venía, pero a pesar de que me preocupaba la rosa, siempre acababa viajando a esa mirada oscura.

Ayer fue la primera vez que el chico se acercó tanto a mí, pero seguía sin poder distinguir su rostro.

Era extraño, porque a pesar de no reconocer nada de él, me resultaba familiar.

Los sueños en los que él estaba presente eran demasiado reales, podía palpar la humedad, oler las flores, escuchar el silencio que rodeaba mi casa.

Nada de eso en otros sueños era tan vívido, pero cuando despertaba, la humedad no se había pegado a mí, el frío no existía en mis huesos, el olor a rosas y narcisos no me había seguido hasta la cama. Tan solo era un sueño.

—Tierra llamando a Aless, ¿es que Fiero te ha hipnotizado? Nunca te he visto tan pasmada como ahora. —Mi prima estaba frente a mí, con su usual coleta lisa que le quedaba por encima de los hombros.

—Nunca le haría eso a Aless —bufó Fiero, rara vez le había escuchado usar ese tono, sobre todo con Giu, que siempre había sido como una hermana pequeña para él.

—Es una broma, Fiero, sé que adoras a mi prima, nunca le harías eso. —Sus palabras y la forma en la que había arrugado los labios al terminar de hablar no encajaban con lo que había dicho.

Fiero asintió, pero de repente su agarre en mi pierna era más fuerte.

Haciéndome más consciente del momento, de dónde estaba, con quién estaba.

La somnolencia que parecía nublar mi mente se disipó unos segundos, y yo no recordaba en qué momento había normalizado tanto el contacto físico entre los dos.

—Bueno, lo que decía. Cuando terminéis los exámenes y pase el evento de San Valentín, estaba pensando en hacer una pequeña fiesta en mi casa —comenzó a explicar Giu cuando ya tuvo mi atención—. ¿Vendrías? Vamos a ser muy poquitos, Aless, y va a ser tranquila, por fi por fi ven.

Mi prima me estaba haciendo ojitos, pero ella ya sabía la respuesta.

—Yo también iré, cuore, aunque sea, hazlo por mí. Lo pasaremos bien.

—Me lo pensaré —dije tras un suspiro, porque aunque no me gustase pasar mucho tiempo con personas que apenas conocía, quería hacer feliz a Fiero.

—Es mejor que un no, al menos —dijo mi prima con una sonrisa.

Los amigos de Fiero se acercaron para hablar con él sobre un tema del equipo de fútbol, mi prima no tardó en cambiar el semblante en cuanto se alejaron un poco.

—¿Estás bien de verdad, Aless? ¿No ha pasado nada con Fiero? —Rara vez mi prima se ponía tan seria, se veía tan preocupada.

Para mí, Giu siempre fue como un girasol. Alegre y llena de luz. Así que cuando esa felicidad que iluminaba su rostro se apagaba, es que algo realmente le preocupaba.

—Está todo bien, Giu, solo estoy durmiendo un poco mal. No tengo tiempo para que me ocurra mucho, voy de la escuela directa a mi casa a estudiar —usé la misma excusa que le dije a Fiero.

—Si tienes algún problema con Fiero o sigues dudando por lo de Agatha, habla conmigo.

—Está todo bien, Giu, de verdad.

Fiero no tardó en volver y Giu se metió de nuevo en su papel de niña insistente para hacerle creer a Fiero que seguíamos hablando de la fiesta.

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Como la mayoría de los días que Fiero no tenía entrenamiento, me fui con él en su Maserati azul noche.

—Aless, me estás apartando demasiado estos días, ¿te pasa algo conmigo?

Habíamos pasado casi todo el día juntos. Se había guardado el tema hasta que estuviésemos solos, y en parte lo agradecía, no me gustaba cuando sacaba asuntos personales en mitad de la escuela. Era demasiado incómodo.

—No, ya te he contado por qué estoy así, tú no tienes nada que ver, Fiero. —No me gustaba que pensase que me pasaba algo con él.

—No sé, llevábamos unas semanas muy buenas y ahora siento que te estás alejando de mí de nuevo.

Y tenía razón, desde que salimos a cenar juntos estábamos muy bien. Hasta ahora.

—Todo volverá a la normalidad. Solo necesito que pasen los exámenes y pueda estar más tranquila. —Realmente esperaba que en parte fuese así, aunque los exámenes no fueran a arreglar la rosa, pero sentía que todo me estaba consumiendo poco a poco sin razón y mi mente era incapaz de descansar.

—Entonces, ¿conmigo está todo bien? —volvió a preguntar una vez más.

Asentí, esperando que diera por zanjado el tema.

—Me da miedo perderte, Aless, me da miedo hacer algo y cagarla. —Sus ojos verdes eran sinceros.

—No me vas a perder, Fiero. —Una punzada de dolor acechaba mi corazón.

A mí también me daba miedo perderle, llevábamos siendo amigos desde niños y, ahora que estábamos juntos, perderlo me iba a doler incluso más.

No iba a poner en riesgo nuestra relación, pero una sensación de inquietud me llenaba cada vez que Fiero se acercaba a mí de la forma que estaba haciendo ahora.

No sabía por qué, pero tal vez solo eran nervios cada vez que posaba sus labios sobre los míos.