Capítulo 10
Mi mirada pasó de los apuntes al gran ventanal de mi estudio.
El sol ya estaba alejando su presencia del cielo, tornándolo de naranjas y amarillos brillantes antes de convertirse en un intenso azul oscuro.
Me quedé observando los últimos minutos del día hasta que la oscuridad me envolvió.
Desde que dijeron las fechas de los exámenes, sin querer, me volví a encerrar en mí misma.
Toda mi atención estaba en estudiar. Iba a clase, centraba mi atención en ellas y, al volver a casa, me encerraba en mi sala de estudio hasta repasar todo lo que había dado hasta ahora.
Con Fiero la cosa volvía a estar bien. En la escuela pasábamos todo el día juntos y no volví a tener esa sensación de angustia por el tema con Agatha.
Lo hablé con Giu el mismo día que me presentó a su amiga, no creía que estuviese pasando nada entre ellos dos, confiaba en él.
Además, pronto era la Mascherata, el evento que se hacía en San Valentín donde Fiero y yo daríamos la noticia de nuestro compromiso de forma oficial.
Muchos ya lo sospechaban y las revistas de cotilleos hablaban de un supuesto compromiso entre los dos a pesar de nunca haberlo confirmado.
Pronto sería verdad, pero por alguna razón, cada vez que pensaba en ello, la sensación que evocaba en mí era agridulce.
Había algo que no me terminaba de cuadrar, pero nunca encontraba la razón de ello.
Separé la vista del prado ya oscurecido por la llegada de la noche y cerré los libros para meterlos de nuevo en mi bolso.
Estiré un poco. Llevaba dos horas en la misma postura y sentía el cuerpo entumecido, así que decidí abrigarme y salir a dar un paseo por el jardín antes de que se hiciera de noche.
Necesitaba despejarme y pocas cosas lo lograban tan bien como el aire frío y la naturaleza.
✦
Siempre que entraba a los jardines agradecía la inmensidad de ellos.
A pesar de estar controlada, la naturaleza fluía salvaje, era como tener un pequeño bosque de flores y frutales, aunque en realidad el jardín estaba dividido en dos y este solo era una parte de ello, pues en el otro lado todo era más apacible y ordenado.
El camino me llevó frente a mi rosa, que parecía haber empeorado en estas últimas semanas. La observé detenidamente, la oscuridad la engullía y no sabía qué podía hacer para detenerla. Envolví mis manos a su alrededor con cuidado, tratando de bañarla con mi Don. Pero sabía que no haría efecto.
—Eellary, por favor, ayúdame —pedí ya con desesperación a mi Diosa, pero esa presencia, esa sensación que me invadía a veces como un pequeño torrente de poder no apareció.
Y me preguntaba si realmente la profecía se estaba cumpliendo o era tan solo una coincidencia.
Tal vez era un castigo por estar con alguien que también portaba un Don.
Por algo había estado prohibido hasta ahora.
Me quedé observando la rosa como otras muchas veces. Esperando a que recuperara su brillo, esperando a que esa oscuridad se desvaneciera, pero eso no pasó. Así que opté por mi última opción.
Presioné mi dedo contra una de las espinas hasta que el pinchazo me hizo sangrar, dejé que una gota de mi sangre cayera sobre la rosa y envolví mis manos alrededor de ella.
Un pequeño torrente de energía vibraba a través de mi pecho, a través de mis brazos hasta llegar a mis manos, pero se quedó estancado en mi interior.
«Mira en tu interior, Alessandra, la respuesta está ahí.»
Una voz femenina, demasiado ancestral y sabia para ser de este mundo, irrumpió en el silencio del jardín. Pero no provenía de mi alrededor. No pululaba en el aire, ni entre las flores, ni en la noche que acechaba. Resonaba en mi interior como un zumbido ensordecedor.
Eellary me había respondido.
Y era la primera vez que escuchaba su voz.
Me quedé un rato más frente a la rosa. Tratando de entender a lo que se refería, pero cuando trataba de mirar en mi interior, solo sentía un vacío.
No sé cuánto tiempo estuve con mi mente rondando sus palabras. El sol había caído por completo del horizonte y la luna brillaba, dándome una pista de que tal vez era lo suficiente tarde como para seguir fuera.
✦
Toqué a las grandes puertas de nogal antes de entrar.
—Papá —llevaba las gafas que usaba para ver de cerca y estaba inmerso en una cantidad de documentos agobiante—. ¿Es un mal momento? —pregunté antes de avanzar más.
Mi padre negó y se quitó las gafas.
—Siéntate, hija.
No me senté, tan solo me acerqué un poco más a la mesa. Estaba hasta arriba de trabajo.
—¿Qué pasa? —preguntó al ver que no tomé asiento.
No sabía cómo empezar, no había pensado demasiado bien las cosas antes de ir, así que recurrí a lo primero que me vino a la cabeza.
—¿Alguna vez la flor de tu Don se ha enfermado?
Mi padre me miró con el ceño fruncido.
—No —fue lo único que dijo antes de quedarse pensativo. —¿Ha pasado algo?
Le conté lo de las manchas negras que iban apareciendo, le conté sobre el brillo que había perdido.
Mi flor era especial. Cuando el Don de mi padre surgió, la flor que nació nunca brilló.
Era una orquídea blanca enorme que estaba en el otro lado del jardín frente a una pequeña fuente.
No solía ir allí, ya que el cuidado de nuestras flores de nacimiento era personal, casi íntimo.
Pocas personas tenían el placer de ver lo que nacía de nuestro yo interior.
—Eso es imposible —dijo, negando más para sí mismo que para mí—. Acompáñame —pidió antes de levantarse y coger el abrigo que tenía colgado en el perchero que tenía a un lado de la puerta.
No tardamos en ponernos frente a la rosa que mi padre que enfocaba con la linterna, la inspeccionaba con un profundo ceño fruncido.
—¿Desde cuándo está así?
—Empezó hace unos meses. No recuerdo con exactitud cuándo, pero me di cuenta unos meses antes de terminar el año. Ha empeorado estas últimas semanas —expliqué con la vista fija en las manchas negras que se extendían por toda la flor.
Me incomodaba estar abriéndome de esta forma, y me daba miedo estar tomando una decisión equivocada.
Eellary me había dicho que tenía que mirar dentro de mí, no que buscara ayuda.
Tal vez lo estaba empeorando todo, pero si no estuviera tan desesperada por encontrar una solución, no hubiese recurrido a mi padre.
Si Eellary me hubiera ayudado antes, ya se hubiese solucionado.
—Nunca he visto algo así —dijo girándose finalmente hacia mí. —¿Has intentado tratarla con tu Don?
Asentí.
—Casi cada día.
Mi padre echó una mirada al cielo y soltó el aire creando una nube de humo.
—Volvamos a casa, pero necesito que me cuentes qué te pasa y sé sincera conmigo, tal vez haya algo en ti que se vea afectado en la rosa —demandó cuando su mirada se volvió a posar en mi.
—Eellary se ha comunicado conmigo —mi padre se quedó de piedra—. ¿Nunca se ha comunicado contigo? —Mi corazón empezó a desbocarse en mi interior.
—Nunca —dijo retomando el paso—, pero nuestro Don siempre ha sido más fuerte en las mujeres, tal vez tenga que ver con eso. Tal vez la conexión es más estrecha contigo, lo he sospechado desde que eras pequeña. No parecía equivocarme.
Rara vez se equivocaba. Aun así, no sabía si me gustaba el hecho de tener esa estrecha relación con mi Diosa, tampoco parecía darme ninguna ventaja.
Volvimos a la calidez del estudio, donde retomamos nuestros respectivos asientos. Sintiéndome mucho menos expuesta que frente a mi rosa.
—A veces, nuestro Don se ve afectado por cómo nos sentimos o cómo veneramos a nuestros Dioses —comenzó a explicar—.
Ya sabes que están habiendo problemas con los Dones de toda La Élite, aun así, me parece extraño que solo esté ocurriendo eso con tu flor.
Así que tiene que haber una razón más, algo que te esté afectando y por ende esté afectando a la rosa y a tu Don.
Me quedé en silencio, buscando algún motivo que pudiese estar interfiriendo entre mí y mi Don, pero acabé negando.
—Mi mayor preocupación es esa, no hay nada más lo suficientemente importante para preocuparme.
—¿Con Fiero está todo bien? —Asentí sin necesidad de pensarlo siquiera, pero en cuanto lo hice, un sueño lleno de amapolas y tormentas irrumpió en mis pensamientos. Aun así, no dije nada más, no sabía por qué había recordado eso justo ahora.
—Me llegaron rumores de que hay un grupo de paparazzis que perdieron la memoria durante unos segundos. Justo el día en el que tú y Fiero salisteis a cenar. ¿Qué pasó?
—Nos estaban persiguiendo, no había manera de que nos perdieran de vista, así que usó su Don —le defendí.
Mi padre negó.
—Usar su Don con varias personas a la vez es peligroso. Ambos lo sabéis —el volumen de su voz subió con esas últimas palabras. Entendí que estuviera molesto, pero Fiero hizo lo necesario para que no nos siguieran.
Los Dones habían pasado de generación en generación desde el siglo XV, y nunca habían sido de conocimiento público.
Nosotros nos seguíamos asegurando de que eso siguiera así, si Fiero se hubiera delatado con su Don, todos habríamos caído tras él.
Por eso los manteníamos ocultos. Si no nos castigaba la sociedad, lo harían los propios Dioses, no nos podíamos arriesgar a ello.
—¿No usó el Don en ningún otro momento?
Negué, pero otras me invadió esa sensación de somnolencia como si las amapolas se hubiesen adueñado de mis sentidos.
Una pequeña desconfianza se asentó en mi interior.
No sabía por qué, no recordaba que lo usase en algún momento más, pero en mí había una inquietud, una sensación que amenazaba con querer salir al exterior.
—Hija, vas a tener que encontrar el problema. Tal vez hay algo dentro de ti que no has reconocido aún y te está afectando.
Asentí, igual de perdida que al principio.
Cuando me levanté, mi padre soltó un sonoro suspiro, tenía las manos sobre su sien, masajeándola.
—No sé si es un Don o un castigo —dijo en un susurro, más para sí mismo que para mí, antes de escabullirme por la puerta.
Esas palabras no se quedaron tras el nogal.
Me persiguieron hasta mi estudio, colándose entre cada palabra que leía. Mi mente tan solo podía pensar en lo que me había dicho mi Diosa y lo último que había dicho mi padre. No tardé demasiado en cerrar los libros y volver a salir del estudio.
✦
Tras una larga ducha envuelta en olor a lavanda, fui directa a la cama, donde los sueños me guiaron de nuevo al jardín.
La humedad de la noche era casi palpable, la podía sentir en mis huesos, y por un momento me pregunté si no estaba realmente en cuerpo presente rodeada de rosas y plantas.
No tardé en darme cuenta de que no estaba sola.
Había un chico alto, no reconocía su rostro, pues la oscuridad de la noche me dificultaba verlo, pero su mirada oscura brillaba como dos lunas observándome.
Se acercó.
Mi cuerpo reaccionó tan rápido como sus largos pasos al llegar hasta mí.
Estaba tensa esperando otro movimiento por su parte, pero él no me daba una mala sensación.
A pesar de que seguía sin diferenciar su rostro en la penumbra, una parte de mí sentía que le conocía.
Me sentía segura ante su presencia, pero eso no quitaba que no sabía quién era.
O si tan siquiera era alguien real, tal vez tan solo fuese una creación de mi mente. ¿Pero por qué?
Se asomó por encima de mi hombro y negó al ver la rosa.
—No me puedo creer que todavía no te hayas dado cuenta. —Su voz sonaba a noche, a secretos tejidos en la oscuridad.
—¿Darme cuenta de qué?
Noté movimiento en su rostro, una parte de mí se podía imaginar una sonrisa.
—Vamos a jugar a un juego, si lo descubres, te revelaré mi identidad, si no, te quedarás con la duda que parece rondarte tanto la cabeza.
Negué desorientada.
—Eso es una estupidez —dije, pues no pensaba siquiera que el chico que tenía frente a mí fuese real.
Aun así, mi corazón bombeaba con fuerza, era incapaz de apartar mi vista de él.
—Además, ¿qué es siquiera lo que tengo que descubrir?
Volvió a negar.
—Despierta, Alessandra. —Mi nombre sonó como agua a través de sus labios.
Mantuve su mirada, intentando descifrar algo más de él. Intentando encontrar algún rasgo familiar, algo de lo que agarrarme de su rostro. Pero no había nada, solo esa oscura mirada brillante.
Todo eran incógnitas. Estaba harta. Pero antes siquiera de poder abrir la boca, me desperté en mitad de la noche, con el recuerdo de esos ojos negros que llevaban meses acompañándome.
Hoy más que nunca estuve a punto de descubrir quién era esa persona que me acompañaba en sueños.
Nunca había sido algo que me quitara el sueño, pero hoy no pude volver a dormir más hasta poco antes de que me sonase la alarma, pensando en que encajaba esa persona en todo lo que estaba ocurriendo.