Capítulo 8
Aún teníamos más de dos horas por delante de viaje, por desgracia, el helicóptero no estaba disponible y Rodrigo tuvo que llevarme hasta Portofino.
No me molestaba, adoraba a Rodrigo, a veces había hecho más de padre que mi propio padre.
Aun así, estaba deseando llegar para la sesión, pero a la misma vez estaba asustada.
Mi realidad estaba bastante alejada de lo que la gente pensaba de mí.
No era la chica segura y tan perfecta que decían que era, por eso evitaba leer todo lo que tenía que ver conmigo, porque muchas veces me sentía una impostora en mi propio cuerpo.
Y a pesar de que esto iba a dar más de qué hablar, tampoco iba a rechazar trabajar con una de mis marcas de alta costura favoritas.
—No sueltas los libros ni en un viaje —comentó Rodrigo cuando me vio sacar los materiales de clase—. Está bien descansar, pequeña Leone.
—Estoy descansada. Además, si me lo quito del medio, mañana sí que podré tener el día entero tranquilo —aunque en parte tan solo era una forma de mantener mi mente ocupada.
Rodrigo negó con una pequeña sonrisa entre sus labios.
—Igualita que tu padre.
Sabía que lo decía para que disfrutara del viaje, pero entre hablar con él y hacer tareas de clase, el camino no se hizo tan pesado. Antes de darme siquiera cuenta, ya estábamos en las curvas que estaban sobre los acantilados para bajar por fin al pequeño pueblo costero.
El mar estaba tranquilo y el sol resplandecía.
Estos días siempre me hacían desear que la primavera llegara pronto.
Cuando llegamos al hotel, Rodrigo me acompañó hasta mi habitación para ver que todo estaba en orden antes de irse a la suya.
Desde el accidente, se comportaba más como un guardia personal que como un chófer.
Cuando me quedé sola, me acerqué a la ventana para ver las vistas.
Daba a una de las orillas del pequeño pueblo donde los barcos se mecían con el suave oleaje.
Sobre el mar, en la pequeña montaña, descansaba el Castello Brown, que antiguamente vigilaba las aguas.
Muchas veces me preguntaba cuántos de esos lugares, ya casi abandonados, habían visitado mis antepasados y yo nunca podría conocerlos.
A veces sentía una fuerte conexión con ciertos lugares, como si una parte de mí ya los hubiera visitado, a pesar de no haberlos visto antes. Al menos, no en esta vida.
No tenía mucho tiempo, así que me di una ducha rápida envolviéndome en olor a lavanda y puse rumbo a la mansión de Dolce Vanna, donde sería la sesión de fotos.
Vicenzo y Luzio me dieron una cálida bienvenida, antes de guiarme al interior de la mansión.
Eran los fundadores de la firma de moda y dueños de la casa.
Me enseñaron gran parte de la lujosa casa hasta llevarme al segundo salón, donde me esperaba un camerino improvisado lleno de personas que iban y venían y prendas que ya estaba deseando ponerme.
Pero según me estaban explicando, tenía pinta de ser un día largo.
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Terminé la sesión orgullosa y cansada. Habíamos pasado desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde trabajando sin apenas descanso.
Me habían hecho pasar por maquillaje tres veces, uno diferente cada cambio de vestido, y mi favorito sin duda fue el primero.
Era de un color rosa cuento, y es que parecía propio de una princesa.
El corpiño era de encaje e iba encorsetado con un lazo en la espalda, y el tul de la falda se mecía con el mínimo movimiento, era tan suave y ligero que parecía estar envuelta en nubes.
Pero a pesar de lo contenta que había terminado, había pasado mucho frío.
Gran parte de la sesión fue en el exterior, incluso las últimas tomas fueron en un pequeño barco donde me hicieron subir sola.
Y con la humedad del mar el frío caló en mí muy rápido.
—Espero que no nos odies después del día de hoy. —Vicenzo me pasó mi abrigo antes de abrir la puerta.
—Te tendremos en cuenta para futuras campañas —añadió Luzio, haciendo que mi corazón se acelerase—. Ha sido un placer trabajar contigo, Alessandra. —Vincenzo asintió de acuerdo con él.
—El placer ha sido mío. Estaré encantada de volver a trabajar con vosotros —intenté que la sonrisa de felicidad no se extendiera tan rápido por mi rostro.
—Nos mantendremos en contacto entonces —dijo Vicenzo.
Asentí antes de despedirme finalmente de ellos y de subirme al coche, donde por fin me pude calmar.
—¿Todo bien, pequeña? —preguntó Rodrigo en cuanto pusimos marcha al hotel.
—Todo bien —asentí, dejando que un atisbo de sonrisa asomara en mi rostro.
Pero en cuanto encendí el móvil, no tardó en desaparecer. Las notificaciones saltaron como alertas ante mis ojos.
Tres llamadas perdidas y cinco mensajes de Fiero.
Él sabía que iba a estar ocupada y nunca solía estar muy pendiente del móvil, menos en este tipo de ocasiones.
Aun así, me sentí mal por no haberme acordado de ponerle un mensaje siquiera.
Así que cuando llegué a la habitación del hotel, le avisé que acababa de terminar y en un rato lo llamaría.
Primero necesitaba quitar el frío que se había quedado impregnado en mi cuerpo, con una buena ducha de agua caliente.
Me tomé mi tiempo bajo el agua, poco a poco mi cuerpo iba tomando una temperatura normal.
No podía evitar pensar en el té de hierbas que me preparaba mi abuela; desde que me lo enseñó, rara vez me enfermaba, y tenía la sensación de que lo iba a necesitar en este momento, pero tendría que esperar a llegar a casa.
Cuando salí de la ducha, me lavé la cara con mis tres productos esenciales, no soportaba la sensación que se me quedaba tras haber usado tanto maquillaje. Me eché crema hidratante por todo el cuerpo y me enfundé en mi pijama antes de salir de nuevo a la habitación y llamar a Fiero.
—Cuore, estaba preocupado porque no me respondías —dijo nada más descolgar, y a mí se me encogió el corazón.
No me había dado cuenta de que le había echado de menos hasta que escuché su voz.
Me disculpé por haberle hecho sentir así.
—La próxima vez intentaré tener más cuidado —añadí.
—Ahora en unas horas me voy de fiesta con mis amigos. Giu y sus amigas también vienen, así que no tardaré mucho en ir a cenar.
No era raro que saliera de fiesta, mucho menos después de un partido, pero por alguna razón esta vez me molestaba que fuera, y más estando yo lejos de casa.
—Pasadlo bien —me forcé a decir—. ¿Habéis ganado? —pregunté, ya que no me había dicho nada del partido.
—Sí —contestó, pero no parecía muy contento, iba a decir algo cuando añadió—. Ven alguna vez con nosotros de fiesta.
No era la primera vez que me lo pedía, pero siempre le decía que no. No pensaba que las fiestas fueran mi tipo de ambiente, y él lo sabía.
—Me lo pensaré —dije finalmente, aunque fuese tan solo para estar con él.
—Te lo pasarás bien, ya verás —aunque era lo que siempre decía con todo lo que le gustaba a él—. Bueno, cuore, me voy a preparar para salir. Te quiero, espero que nos podamos ver mañana.
—Mañana nos vemos —afirmé—. Adiós, Fiero, yo también te quiero.
Y colgó dejándome una sensación agria.
Seguía sintiendo que algo extraño estaba sucediendo, pero no entendía el qué. No tenía ni idea de qué era eso que sentía en mi interior, ese adormecimiento que no recordaba tener hace unos meses. Pero ahora estaba demasiado cansada como para pensar en ello, quería comer e ir a dormir pronto.
Así que eso hice.
La mañana siguiente fue más tranquila. Me trajeron el desayuno a la habitación y me lo pude tomar tranquilamente antes de recoger mis cosas y volver a casa.
Llevábamos ya casi la mitad del camino cuando mi móvil comenzó a sonar.
Lo cogí sin mirar siquiera quién era, pues pocas personas realmente me llamaban.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Giu.
—No, ahora estoy libre. —Me resultaba raro que mi prima me llamara un domingo tan temprano. Y más si había salido de fiesta la noche anterior.
—¿A qué hora llegas? Quiero hacerte una visita esta tarde.
—Antes del mediodía, pero había quedado con Fiero.
—Bueno, ahora has quedado conmigo. Además, dudo que Fiero reviva mucho antes de las cinco de la tarde. Tengo que contarte algo.
—¿Todo bien? —El tono con que lo había dicho me hacía sospechar que tenía que ver conmigo.
—Sí, sí, luego te cuento. Creo que voy a intentar dormir un rato más. Adiós, Aless.
Un bostezo se coló antes de que colgara. La llamada me dejó un poco descolocada, pero aun así no le di mucha importancia, fuera lo que fuera, en un rato vendría a casa.
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Pensaba ir directa a mi habitación para dejar las cosas, pero nada más subir dos peldaños, mi madre apareció en lo alto de la escalera.
—¿Ha ido bien la sesión? —preguntó mi madre en el momento en el que me crucé con ella, ni un hola ni nada por su parte.
—Sí —fue lo único que dije.
Si mi madre quería decir algo más, no esperé a escucharlo, seguí mi camino hacia mi habitación para dejar la pequeña maleta. Alguien tocó a mi puerta y le dejé pasar.
—Hija, me ha dicho tu madre que acababas de llegar. Avísame cuando llegues la próxima vez, por favor. Me quedo más tranquilo.
Asentí, me había descolocado tanto ver a mi madre que tan solo quería desaparecer de su vista lo antes posible. Me estaba acostumbrado a que pasara más tiempo fuera de casa que en casa
—¿Cómo ha ido? —preguntó.
—Bastante mejor de lo que esperaba. Aunque creo que voy a tener que tomarme el té que preparaba la abuela, hoy me he despertado con la garganta bastante molesta.
Mi padre se acercó y me tocó la frente
—¿Solo te molesta la garganta? —asentí—. Descansa hoy. Voy a preparar el té. Ahora lo traigo.