Capítulo 7
Esa noche visité mi jardín después de días evitándolo.
Llegué ante la rosa resplandeciente, pero ya había perdido completamente el brillo.
Cada vez estaba más oscura, como si la misma oscuridad que acechaba en mis sueños la acechara a ella.
Quería arreglarla, pero por más que lo intentara, mi Don no funcionaba con ella.
Ellary no parecía escuchar mis plegarias.
Mientras la observaba, noté que no estaba sola, pero no sentía miedo.
Busqué entre la oscuridad y las luces que salpicaban el jardín, pero no encontré a nadie.
Estaba sola en la fría noche de invierno, rodeada de flores y plantas que eran mi única compañía.
Sabía que ahí nunca me pasaría nada, estaba en mi elemento.
A la mañana siguiente, cuando desperté, solo podía pensar en la flor y un mensaje parecía grabado en mi mente: solo tú puedes cambiar tu destino.
No sabía en qué momento escuché eso, pero se repetía en mi cabeza tratando de hacerme sentir algo, tratando de despertar algo en mi interior, pero como siempre, nunca sabía por dónde empezar.
Me vestí para hacer deporte, aun con la imagen de la rosa en mi mente.
Cada vez estaba peor y yo ya no sabía qué podía hacer para que mejorase.
El temor me atravesaba el pecho cada vez que pensaba en ella.
No podía perderla, era parte de mí. Tampoco sabía qué ocurriría si la perdía, pero no quería averiguarlo.
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Ese temor me acompañó durante todo el día. En las clases conseguía evadirme, pero cada minuto que pasaba mi mente sin enfocarse en alguna cosa volvía a mí como un olor sofocante que nunca se terminaba de ir.
—No me puedes negar que te pasa algo —susurró Fiero a mi oído en una de las clases—. Llevas todo el día con cara de preocupación.
Su voz y cercanía causaban remolinos de flores en mi interior.
No me gustaba mentirle, pero le prometí a mi padre que no le hablaría del problema que había con los Dones.
Además, me daba miedo que se me escapara el tema de la profecía que nos involucraba.
Así que simplemente negué, e inventé que era tan solo porque la máscara que había encargado para San Valentín no sabía si la terminarían a tiempo, pero el rostro de Fiero me dejó claro que no creía en lo que le había contado.
—¿No confías en mí? —su pregunta me hizo fruncir el ceño.
—Claro que confío en ti, ¿por qué dices eso?
—Hoy estás rara, ¿no te pasa nada conmigo? —Estaba empezando a pensar que el raro era él.
—Fiero está todo bien, no te preocupes.
—Te quiero, Aless. —Su mirada estaba fija en mí, parecía estar tratando de descifrar un acertijo.
—Yo también te quiero, Fiero. —En cuanto esas palabras abandonaron mi boca, Fiero pareció relajarse y una sonrisa volvió a aparecer en su rostro, pero algo se sentía mal, algo no llegaba a encajar.
Pasamos toda la mañana en la escuela juntos.
Era algo normal, pero algo había cambiado en estos días.
Yo estaba bien con él, y la gente parecía haberse relajado un poco.
Ya no hablaban tanto de nosotros, lo cual era un alivio.
Todo de repente era demasiado tranquilo, teniendo en cuenta el caos que tuve las primeras semanas, no sé en qué momento mi mente había cambiado de parecer, pero agradecía tener algo menos que me preocupara. Tal vez solo fue una pequeña confusión.
La escuela logró despejarme lo suficiente, pero pasó demasiado rápido. Hoy no podría estar por la tarde con Fiero porque él tenía entrenamiento, así que me fui un poco desmotivada a casa, donde sabía que no mejoraría nada.
—¿Y mamá? —pregunté mientras mi padre y yo comíamos.
—Se ha ido unos días con unas amigas de viaje.
Desde la discusión en la que Fiero y yo les sorprendimos, mi madre parecía ir y venir más de la casa, no le echaba nada en falta, pero rara vez se tiraban tanto tiempo así. Aunque había algo que no me hacía recordar bien el día, lo tenía borroso desde ese momento.
—Ayer tuvimos otra reunión para hablar de la profecía —volvió a captar mi atención—.
Hemos estado estudiando viejos textos y no parece que haya indicios de que os involucre a ti ni a Fiero.
Entre los Bianco y los Pellegrini, que han sido los que más han estado trabajando en ello, han llegado a la conclusión que tiene que ver con lo mucho que nos estamos distanciando de nuestros Dioses.
Los Pellegrini rara vez se equivocaban, tenían el Don de la sabiduría y no se les solía escapar ningún detalle, por parte de los Bianco supongo que testaban la veracidad de lo que decían los Pellegrini.
Ellos tenían el Don de la justicia, pero, como la mayoría de los Dones, es bastante abstracto.
Rara vez un Don se limitaba solo a como era nombrado.
Sentí que se me quitaba un peso de encima. —Cómo me alegra escuchar eso.
—¿Entonces vas a seguir adelante con el compromiso? —Mi padre parecía extrañado, aunque no entendía bien el porqué.
—Claro, estoy deseando que llegue el día.
Mi padre me miró algo más de lo normal, como si estuviera buscando algo entre esas palabras, pero no tardó en girarse para seguir comiendo.
—Piénsalo bien —dijo cuando se levantó—. Una vez te comprometas, el trato va a ser más difícil de romperlo.
No entendía por qué me decía eso, estaba claro que iba a seguir adelante, pero un zumbido volvió a retumbar en mi interior.
La inquietud que había en mí se fue fortaleciendo durante la tarde. Intenté hacer bocetos, leer, escuchar música, ver pasarelas de moda, repasar las cosas de clase, pero ahí seguía como una espina clavada.
Normalmente, sabía desechar los sentimientos que no me gustaban, los apartaba a un lado y seguía adelante como si nada.
Nadie se daba cuenta de lo que me pasaba, así que impedía conversaciones incómodas.
Me estaba descuidando, era como si mis barreras estuvieran rompiéndose.
Sin duda había algo malo en mí, y la flor era un reflejo de ello.
Mientras leía el correo que me había mandado Dolce Vanna cuando ya comenzaba a caer la tarde, recordé que no había avisado a Fiero aún de que ese mismo fin de semana me iba a Portofino para la sesión de fotos con ellos.
Iba a coger el móvil para llamarlo directamente cuando vi la hora, no le quedaba mucho más de media hora para terminar el entrenamiento y ese fin de semana justo tenían partido, así que le puse un mensaje para que me llamara cuando terminara.
Esa media hora estuve inquieta, esperando a que el móvil sonara. Cuando lo hizo, el alivio me llenó.
—¿Está todo bien? —preguntó cuando cogí el móvil.
No me extrañaba que lo preguntara. No estaba acostumbrado a dejarle mensajes esperando una llamada. Tenía que ser algo urgente para hacer algo así.
—Sí, era solo que se me olvidó avisarte de que este fin de semana voy a una sesión con Dolce Vanna —le conté algo más emocionada de lo que solía hablarle, porque realmente era algo que me hacía mucha ilusión.
—Pero, cuore, este fin de semana tengo partido. —La decepción se filtró en su voz y la ilusión se desvaneció en mí.
—¿Y qué problema hay? —pregunté cautelosa.
—Esperaba que vinieras a verme —no solía ir a verle, así que no esperaba que él quisiera que fuera—. Además, también me gustaría poder ir contigo, ¿no se puede cambiar?
—Fiero, no es tan fácil cambiar algo así. Además, quedan tres días, ya es demasiado tarde.
—Deberías de habérmelo dicho antes, seguro que lo sabías desde hace más tiempo.
—Sonó molesto y me recordó a mi madre cuando las cosas no salían como ella quería.
—¿Me lo has ocultado para no ir contigo?
—No lo he ocultado, se me olvidó —me defendí, pero sus palabras dolían. Lo poco que parecía confiar en mí.
—No vayas, ven conmigo al partido. —No sabía si me lo estaba pidiendo o me estaba obligando a ello, pero su forma de decirlo hizo que una pompa explotase en mi interior, y como por arte de magia esa explosión me hizo estar más lúcida.
—No me creo que me estés pidiendo eso. Voy a ir, Fiero, sabes que es algo que llevo deseando desde hace años.
—Pero Aless…
Antes de cortar la llamada, me di cuenta de que la voz de Fiero había cambiado, había vuelto a ser el Fiero que suplicaba.
No entiendo qué estaba pasando, pero había algo raro que se me escapaba.
Él volvió a llamarme, pero silencié el móvil y salí al jardín.
Olvidé coger algo más calentito y el frío se filtró en mi interior, aun así me gustaba porque me permitía estar presente, y no ahogándome entre súplicas y lamentos.