Entre Rosas y Sueños Capítulo 6
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Capítulo 6

Por desgracia, cuando salí del baño, Fiero seguía ahí, esperándome. Fue lo suficientemente inteligente para haber usado el baño de la habitación de invitados y haberse cambiado a un pijama de algodón negro que resaltaba su mirada verde bosque y su fuerte mentón.

Estaba más calmada, pero, aun así, no tenía ganas de estar compartiendo espacio con él, pero no tenía tan poco corazón para echarle. A pesar de todas nuestras diferencias, seguía siendo importante para mí.

—¿No vamos a hablar? —preguntó cuando me tumbé en la cama. Él aún estaba sentado.

—Creo que eso ya había quedado claro.

—Aless… a veces siento que no me quieres de la misma forma que yo te quiero, que no quieres estar conmigo. —En sus palabras había dolor, que se transformó en unas ramas llenas de espinas que me estrujaron el corazón. No merecía sentirse así. No quería que se sintiera así por mi culpa.

Me incorporé para estar sentada con el corazón latiendo en la garganta.

—Ahora estoy pasando por un momento un poco complicado —me excusé, aunque lo que más lo complicaba era nuestra relación, pero no era capaz de ponerle voz a esos pensamientos.

Fiero negó.

—No ocultes la verdad, Alessandra. Yo estaba ciego por miedo a que se hiciese real, pero cada vez lo veo más claro —y aun sospechando, nunca hizo nada por cambiar esas tantas cosas que habíamos hablado.

—Tal vez estemos pasando un mal bache —dije, no sabía si para convencerme a mí o a él, pero era incapaz de decirle cómo me sentía realmente. Era incapaz de hacerle daño.

Fiero me miró a los ojos. No podía explicar lo que vi en ellos, pero me sostuvo la mirada mientras dijo: —Alessandra, no me dejes, por favor, lucha por nosotros. —Su voz era hipnótica, casi melodiosa, pero era una melodía dolorosa.

Sus palabras se repitieron en mi interior como un hecho, asentándose muy en el fondo de mi ser. Envolviéndome en un suave aroma que me recordaba a prados de flores rojas y me generaba una somnolencia que antes no estaba ahí.

—Nunca te dejaría —me pareció absurdo que lo pensara. Cogí su cara entre mis manos y le di un suave beso. La sonrisa de Fiero se expandió, pero la felicidad no llegó a sus ojos.

No pude evitar el bostezo.

—¿Tienes sueño? —preguntó, su sonrisa ya se había perdido.

Asentí, y él se acomodó en la cama.

—Pues durmamos entonces —dijo—. Buenas noches, cuore —me dio un suave beso.

—Buenas noches, Fiero —contesté antes de meterme bajo las sábanas.

En cuanto apagué la luz, Fiero se pegó a mí, y nos quedamos así mientras nuestras respiraciones se ralentizaban y los sueños llegaban.

✦

Una tormenta parecía estar creciendo ante mi mirada.

Verde, gris y rojo era todo lo que mis ojos captaban.

El campo de amapolas brillaba bajo el cielo encapotado.

Hacía frío, y la tormenta traía consigo una fuerte brisa que mecía las flores de un lado a otro.

Si no me iba pronto, me quedaría atrapada en la tormenta que cada vez se ceñía sobre mí más oscura.

Pero era incapaz de irme. Estaba hipnotizada por ese espectáculo hasta que noté la presencia de alguien a mi lado, pero mis ojos seguían sobre las flores rojas.

—Qué decepción —su voz sonaba molesta. Tenía un acento extraño que no pude descifrar, pero en cuanto conseguí despegar la mirada del campo de amapolas, lo único que había a mi lado era más oscuridad.

Solo oscuridad.

✦

La alarma sonó, sacándome del sueño.

Me desperté con una sensación amarga, como si hubiese algo importante que había olvidado

Fiero gruñó a mi lado, trayéndome a la realidad de nuevo.

—No te levantes tan pronto, Aless.

Aún estaba bastante dormido, su voz sonaba más grave y rasposa de lo normal. Me echó un brazo por encima y no pude evitar pegarme a él al sentir su calor corporal.

—Solo cinco minutos más —murmuré.

Aunque fuese sábado, tenía cosas que hacer, siempre tenía una rutina que seguir cada día. Me encantaba tener mis días ocupados y bien estructurados, así que siempre seguía lo que tenía en mi horario, pero esa mañana me tiré más tiempo de lo usual entre los brazos de Fiero.

✦

El ambiente de casa no mejoraba a pesar de los días. Mi padre dormía en uno de los cuartos de invitados mientras mi madre acaparaba todo lo que quería. Era un ser egoísta, seguía sin comprender por qué mi padre seguía casado con ella.

—Pero es que es tu casa. —Uno de los días que lo vi salir de la habitación de invitados, le insistí que tomara su lugar.

—Es nuestra casa —recalcó él—, en cuanto me casé con ella y naciste tú, la casa pasó a ser de los tres. —Trató de defenderse, pero para mí no tenía sentido. Era la casa de sus padres, por herencia era suya—. No voy a dar más pie a discusiones absurdas, no te preocupes por mi hija.

Ahora decía eso, pero sabía que una discusión estaba por llegar. Mi madre nunca pasaba tanto tiempo tranquila, si no me tenía a mí para desatar su frustración, tenía a mi padre, siempre éramos alguno de los dos.

Pensaba que la conversación ya había terminado, pero se giró en mitad del pasillo.

—Alessandra, recuerda que hoy vienen las modistas para ultimar los detalles de la ropa de San Valentín; recuérdale a Fiero que venga —dijo antes de comenzar a bajar las escaleras.

Asentí, no tardando en abrir los mensajes y darle los buenos días a Fiero antes de recordarle la hora a la que tenía que venir.

Hoy le vería a él y además por fin tendría el vestido que me iba a poner para anunciar nuestro casamiento dentro de un mes.

Una parte de mí estaba deseando que llegase el día, pero en mi interior había una sensación extraña, como la niebla que aparecía cada mañana de invierno, solo que nunca se disipaba.

Las modistas llegaron poco más tarde de las doce de la mañana, y aun así, Fiero llegó más tarde que ellas. Cuando apareció diez minutos tarde, no sabía si quería ir a darle un beso o a regañarle. Él pareció tomar la decisión por mí, pues cuando se acercó dejó un corto beso sobre mis labios.

—Como vuelvas a llegar tarde, seré yo la que llegue tarde al altar, y no creo que eso te guste —aunque cuando mencioné la palabra altar, una sensación de alerta nació en mi interior. La ignoré.

—Te prometo que no volveré a llegar tarde. —Por alguna razón no me terminaba de creer esas palabras. Aun así, me alegraba de que estuviese aquí.

Mientras a mí aún me estaban terminando de ajustar los lazos del vestido encorsetado, Fiero no tardó en ponerse el traje de tres piezas.

Era negro, clásico, él no era de experimentar con su estilo.

Probablemente su armario estuviese lleno de trajes negros, pero por una vez decidió un ajuste slim, haciendo que fuese más ceñido a su cuerpo, marcando más sus musculosos brazos.

Además, el chaleco le daba un toque de color lirio apagado, al igual que mi vestido, cuyo vuelo caía como sus hojas.

Los ojos de Fiero resplandecían cuando me miró.

—Diría que lo siento por los hombres que te miraran y no puedan tenerte, pero no lo siento ni una pizca.

Se me escapó una risita. Las modistas observaban a Fiero de una forma que me hizo querer echarlas.

Era obvio que Fiero era muy atractivo, su mandíbula fuerte, sus ojos verdes, su cuerpo atlético y bien ejercitado, todas las chicas de la escuela babeaban por él, pero sabían que nunca tendrían una oportunidad.

—Bueno, vamos a terminar rápido para que quede todo perfecto —dije apremiando a las modistas para que dejaran de mirar a Fiero y se fueran pronto.

Se pusieron manos a la obra ultimando pequeños detalles.

Las mangas de Fiero quedaban un poco largas, en mi caso era algo que no podían arreglar al momento, pero como mi corset llevaba pequeños brillos blancos, quería que bajase más por la falda, así que como referencia les hice un boceto rápido para evitar que hubiese más cambios.

También tuvieron que ajustar un poco más los guantes blancos.

Esa noche, solo yo podía llevar blanco. Decidí llevarlo en detalles, pues me guardaba el llevar un vestido blanco solo el día de nuestra boda.

Cuando les entregué el boceto, me miraron sorprendidas.

—Señorita Leone, tiene usted un talento innato —dijo una de ellas, haciendo que me arrepintiera. Nunca le había enseñado a nadie mis diseños ni ninguno de mis dibujos, y a pesar de que había sido una opinión positiva, no me sentí cómoda.

—No conocía esa faceta tuya —susurró Fiero mirando sobre mi hombro al boceto—. Cada día me sorprendes más, eres increíble, Aless.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro, que flaqueaba por lo incómoda que me parecía la situación.

—Esta semana tendrá noticias del vestido, señorita Leone, espero que le guste el resultado final —dijo la modista que más había estado hablando de las dos.

Asentí.

—Muchas gracias —dije antes de despedirme de ellas.

En cuanto se fueron, Fiero sacó una cajita del bolsillo de su pantalón.

—Te he traído un pequeño regalo.

La ilusión me duró lo mismo que tardé en abrir la caja aterciopelada. Había un collar, fino y delicado.

—¿No te gusta? —preguntó Fiero extrañado.

—Sí, solo que es plateado.

—¿Qué hay de malo en eso?

Me quedé de piedra mirando sus ojos tan verdes como los prados que rodeaban mi casa. Pero él no parecía tener idea de por qué lo decía, y después de más de diez años de amistad y casi cinco de relación, me parecía imposible que no se hubiese dado cuenta de que yo solo llevaba dorado.

—Fiero tu nunca me has visto con algo plateado.

—Yo creo que sí —dijo, ajeno a la ola de decepción que me bañaba.

Negué. Todo lo que pensaba era incapaz de verbalizarlo, las palabras morían a medio camino, deseando salir de mí, pero había una barrera que lo impedía.

Estaba molesta, no podía creer que después de tanto tiempo aún no se hubiese dado cuenta de un detalle tan mínimo pero tan importante como ese.

A veces parecía que ni siquiera intentaba esforzarse por los detalles.

Aun así, algo en mi interior me hizo aceptar el regalo y darle las gracias igualmente.

Cuando finalmente Fiero se fue, mi cabeza daba vueltas.

Aún había una clase a la que podía asistir por videollamada, así que me encerré en mi salita tratando de que mi mente se calmara, pero en mi interior seguía existiendo una inquietud que revoloteaba como un abejorro entre las flores, sintiendo que había algo en mi interior mal, algo que necesitaba cambiar ya.