Capítulo 5 #2
Negué y no añadí nada más. Si lo hacía, sabía que me iba a arrepentir por ser demasiado dura con él, así que dejé que el tema cayera en el olvido mientras cenábamos.
Cuando hablábamos sin recordar nuestra posición, sin recordar nuestro tipo de relación, sin temas que nos hicieran acabar en una discusión, recordaba por qué me había enamorado de él.
Era muy agradable estar con él, su tranquilidad a veces era contagiosa y calmaba parte de los nervios que me acompañaban todos los días, aunque desde que comenzamos a tener problemas y discusiones, esa tranquilidad ya no era tan contagiosa.
No pasó más de media hora hasta que ocurrió lo inevitable.
—Perdonen por interrumpir la cena —el camarero que nos había tomado nota se paró frente a nuestra mesa—, pero los paparazzis están obstruyendo la entrada y me temo que no es seguro que continúen la cena.
Si quieren, pueden pagar lo que han degustado hasta el momento y los acompaño hasta la puerta trasera para evitarles problemas.
—No se preocupe, cobrarnos todo —dijo Fiero, sorprendiéndome con la amabilidad de sus palabras.
Seguimos al camarero por la zona del personal hasta llegar a la puerta trasera.
—Gracias —dijimos a la vez, lo que hizo que se nos escapara una pequeña risa. Era algo que nos ocurría mucho de niños.
Avisé a Rodrigo antes de salir que tomaríamos el Corredor de los Vasari para evitar pasar por las calles donde nos podían seguir los paparazzis. Desde el corredor iríamos hasta el Jardín de Boboli en el Palazzo Pitti, donde él nos esperaría fuera para recogernos.
Al salir, los flashes me cegaron durante un segundo.
No tuvimos la suerte de que fuese tan sencillo, nos habían esperado también en la puerta trasera, así que teníamos que darles el esquinazo en algún momento.
Nos llamaban a gritos a pesar de ser tan solo tres personas, si no nos dábamos prisa, ese número rápidamente se multiplicaría.
Podía ver la duda en el rostro de Fiero.
No me gustaba que usase su Don así que tiré de él para intentar salir de ahí rápido, pero nos seguían a cada paso que dábamos.
Y no iban a dejar de hacerlo a no ser que consiguiéramos alejarnos lo suficiente de ellos y perdernos entre las calles adoquinadas.
Pero Fiero tomó la decisión rápido y se giró para dar un paso hacia ellos.
—Vais a dejar de seguirnos y no le diréis a nadie dónde estamos, borraréis las fotos en este instante. —Su voz era hipnótica y los paparazzis actuaron al segundo.
Un aroma a amapolas rondó a nuestro alrededor mientras sus palabras seguían flotando entre nosotros. Aprovechamos el momento en el que bajaron sus rostros hacia sus cámaras para salir corriendo.
Una de las entradas al Corredor estaba cerca, tan solo teníamos que asegurarnos de que nadie nos viera subir hasta allí.
La plaza estaba despejada, así que entramos por la puerta de lo que parecía un antiguo edificio, pero que en realidad daba a una de las entradas de los pasillos secretos de los Vasari que La Élite llevaba siglos usando.
Al haber estado en una buena posición, La Élite siempre fue parte de la aristocracia y se codeaba tanto con reyes como con grandes artistas de la época, eso nos llevó a poder tener acceso hoy día a los Corredores secretos.
Desde ahí arriba nadie nos molestaría, aunque me sentía un poco como una intrusa, un poco como me sentía cada vez que las miradas me observaban y me seguían con cada movimiento que hacía pensando que no me daba cuenta de ello.
Desde ahí arriba, por sus numerosas ventanas, podía observar a la gente ir y venir, solo que ellos no eran conscientes de que había un par de miradas contemplando cómo se movían por la ciudad desde la quietud de las sombras.
—Te quedarás en mi casa a dormir —le dije a Fiero cuando ya nos estábamos acercando a la salida.
Me daba miedo que, si nos separábamos, nos pudiera pasar algo a alguno de los dos de camino a casa—.
¿Hay algún problema? —pregunté cuando me di cuenta de que más que preguntarle, le estaba obligando a ello.
Su mirada brillante parecía la de un perrito emocionado.
—No, me quedaré a dormir. —Sus palabras eran firmes, pero podía notar la emoción en ellas.
Cuando llegué a casa, me di cuenta de la mala idea que fue llevarlo.
Mis padres no esperaban que llegara tan pronto, en parte fue mi culpa por no avisar, pero nada más abrir la puerta de casa, una tormenta estallaba dentro.
Los gritos se acallaron tan pronto como dimos un paso en la entrada, pero podía notar la rigidez y la incomodidad de Fiero a mi lado mientras me miraba de reojo.
—Alessandra, hija, no esperaba que llegarais tan pronto. —Mi madre apareció en la puerta en apenas unos segundos—. Lo siento, Fiero. Estábamos teniendo una pequeña discusión, pero no os preocupéis, ya está todo solucionado. —Odiaba cuando mi madre se ponía la máscara buena delante de los demás.
Mi padre estaba por detrás, su piel estaba pálida, pero aun así se acercó recuperando la compostura.
—No os preocupéis, chicos —dijo ya completamente en su papel de hombre de negocios—.
Fiero, me alegro de verte, ya sabes que estás en tu casa —le dio un suave golpe en la espalda—.
Espero que haya ido todo bien en la cena, mañana nos contaréis en el desayuno.
Ahora me tengo que encargar de hacer unas llamadas.
Desapareció tan rápido como pudo, al igual que mi madre, buscando otra excusa para alejarse de nosotros.
Fiero siguió observándome, como si acabara de descubrir el mayor hecho de su vida, durante todo el camino hasta mi habitación. Lo raro es que fuese la primera vez que presenciara una discusión en casa.
—¿Eso pasa muy a menudo? —preguntó en cuanto se sentó en mi cama. Aún no sabía por qué lo había traído hasta aquí cuando él tenía desde hacía años una habitación de invitados preparada para él.
Negué, era más fácil mentir que dar explicaciones. No era un tema que me gustase compartir tampoco.
—No parece ser la primera vez —siguió insistiendo.
Mi cabeza llevaba dando vueltas desde que nos encontramos con los paparazzis, si seguía insistiendo, iba a llegar a mi límite.
—Fiero, ahora mismo solo quiero darme una ducha y dormir. No sigas con el tema.
—Aless, tienes que abrirte más conmigo, si no, no puedo ayudarte. —Me miraba con tristeza, como si fuese una muñeca rota, como si necesitara ayuda. Pero yo no había flaqueado, seguía con mi barrera puesta. Su mirada de pena no tenía sentido.
El malestar que tenía en mi interior pasó a la rabia profunda en la que siempre se convertía cualquier tipo de dolor.
Quise gritarle que tal vez no quería su ayuda.
Las otras tantas veces que intenté contarle algo, siempre lo minimizaba, parecía que no era capaz de entenderlo, y desde entonces decidí que nunca más lo intentaría.
Nunca más le contaría nada que me preocupara.
—No necesito ayuda. Necesito descansar. Sabes que las situaciones como la que hemos tenido antes me abruman. Tan solo quiero dormir.
En parte no era mentira, ese tipo de situaciones siempre me drenaban la energía cuando la adrenalina o el pánico desaparecían.
—Solo escucho excusas, Aless. —Esas palabras fueron mi colmo.
—A veces tienes que saber cuándo parar —dije antes de irme hacia el baño y cerrar la puerta con un portazo.
Cerré con pestillo, y Fiero no tardó más de unos segundos en tocar a la puerta. Instintivamente, me llevé las manos a la cara, quería desaparecer de este mundo.
—Aless, lo siento. Tienes razón, pero tienes que entenderme.
¿Pero él hacía siquiera por entenderme a mí?
No sabía si quería llorar o gritar.
—Fiero, más te vale que me dejes darme una ducha tranquila antes de dormir o si no vas a ir de vuelta a tu casa.
Mis palabras fueron más duras de lo que me hubiera gustado. Pero estaba harta y cansada. Sentí que me pasaba el día alerta y solo quería estar tranquila después de todo.
Si dijo algo más, no lo sabía. Abrí el grifo de la ducha tan fuerte como para desatar una tormenta, esperando que esa tormenta que me empapaba aliviara la que había en mi interior.