Capítulo 4
Por fin las clases comenzaban de nuevo, pero las pesadillas con el accidente no me dejaban descansar bien, y la idea de ver a Fiero otra vez después de estos días no me tranquilizaba.
Como tampoco lo hacía la oscura mirada que seguía en mi mente como un aroma embriagador.
Me había acompañado todo el camino hasta la escuela, pero apenas puse un pie fuera del coche, el frío impactó contra mi rostro, sacándome de la hipnosis en la que me mantenía esa oscuridad.
—Aless —esa voz grave que tanto conocía no me debía de haber pillado por sorpresa, pero antes de siquiera poder reaccionar, él ya estaba a mi lado y bajó la cabeza para dejar un rápido beso sobre mis labios.
—Buenos días, Fiero —saludé obligándome a sonreír. Al igual que él hacía mientras me miraba con esos intensos ojos verdes.
Llevaba la barba de unos pocos días adornando su fuerte mandíbula. No estaba acostumbrada a verlo con ella, pues rara vez se la dejaba más de dos días, pero tampoco le quedaba mal. Fiero era uno de esos chicos a los que ambas opciones les hacían ver igual de atractivo.
—¿Ha ido todo bien estos días? —pregunté.
Aunque ya me contó en una de las llamadas que tan solo fue una visita sorpresa, quería asegurarme de que todo siguiese igual.
Asintió
—¿Y tú qué tal, cuore? ¿Todo bien? —asentí, aunque no era verdad. Nunca llegué a contarle a Fiero los problemas que había en mi casa, y no iba a empezar a hacerlo ahora—. Es que te he notado más… distante.
—Estoy comenzando a ayudar a mi padre con uno de los negocios, ya te contaré —contesté con una verdad a medias mientras nos acercábamos a la entrada de la escuela con todas las miradas puestas en nosotros.
Fiero y yo íbamos a casi todas las clases juntos, así que pasábamos el día juntos, excepto algunos recreos en los que él tenía entrenamiento de fútbol o se iba con sus amigos.
Al entrar al edificio, aún los pasillos estaban desiertos, aunque en unos pocos minutos no tardarían en llenarse.
Como pasó cuando la pequeña morena se dirigió a nosotros con rapidez.
—¡Aless! ¡Fiero! Os he echado tanto de menos —dijo mientras nos daba un fuerte abrazo.
—Giu, sabes que puedes venir a verme cuando quieras. —Mi prima era una dramática.
—Ya lo sé, ya lo sé, y nos vimos hace una semana, eso no quita que no me guste estar todos los días molestándoos.
Los tres solíamos pasar mucho tiempo juntos.
Giu y yo éramos primas y era la única familia cercana que tenía, ya que, como la familia de mi madre no pertenecía a La Élite no solíamos pasar demasiado tiempo con ellos.
Era algo normal entre todas las familias.
Yo tenía la suerte de tener a Giu, pero era raro que dos personas de la misma familia pertenecieran a La Élite.
Y respecto a Fiero, nuestros padres siempre se habían llevado muy bien.
Él estuvo en mi vida desde que empecé a construir recuerdos de ella.
Esto hizo que los tres nos uniéramos tanto.
—Bueno, ¿alguna noticia nueva? —preguntó—. Además de la que salió después del evento…
Intenté no poner los ojos en blanco. Mucho había tardado en sacar el tema. Y yo tardé demasiado en no caer en preguntarle sobre ello, pero si lo hacía, no iba a ser ahora, donde cualquiera nos podría escuchar. Puede que Giu tuviese alguna idea de quién pudo ser la de la foto.
—Eso te lo tendríamos que preguntar nosotros a ti —dijo Fiero, pues ella era la que se enteraba de todo siempre. Me alegraba que no hubiese dicho nada sobre la noticia.
—Lo habitual, aunque está habiendo rumores de que hay problemas entre las familias —bajó la voz, pues no todo el mundo que había en la escuela pertenecía a La Élite.
La mayoría eran hijos de políticos, grandes empresarios o famosos de toda Italia—.
Hoy se supone que hay una reunión importante, pero parece ser que nadie fuera de los portadores de cada familia sabe qué es lo que pasa.
Esa era la reunión que tenía mi padre estos días, si había problemas, podía entender entonces por qué se le veía tan preocupado últimamente.
Además del accidente que tuvimos hace una semana, recordarlo me hizo tener un escalofrío y recordar la pesadilla que se repetía constantemente estas últimas noches.
No podía parar de ver cómo el árbol crecía de la nada, pero era imposible.
Ni mi padre ni yo esperábamos que un coche se estrellara contra nosotros, no estábamos preparados para usar nuestro Don, y tampoco era posible hacer crecer un árbol de la nada.
Así no funcionaba el Don, era imposible.
El timbre tocó y los pasillos se llenaron con rapidez, tuvimos que cambiar de tema mientras caminábamos hacia nuestras respectivas clases.
La escuela no era muy grande. Era una mansión de dos plantas, pero lo suficiente para los pocos alumnos que estudiaban en ella.
Era antigua, olía a secretos y a madera, aunque puede que los secretos viniesen de la mano de los alumnos de la escuela.
Al ser privada, no había tanto ajetreo como en una pública.
Pertenecía a la familia de los Pellegrini, cuyo Don era la sabiduría, así que esta escuela era un sitio seguro para los pertenecientes a La Élite.
Nadie más que nosotros y las respectivas parejas de los portadores conocían la existencia de los Dones, y solo bajo un juramento para asegurarnos de que nunca hablarán de ellos.
Aquí especialmente se estudiaba finanzas y gestiones de empresa, ya que casi todas las familias de La Élite gestionaban al menos una, aunque ofrecían una carta muy variada de asignaturas para escoger, más allá de las troncales.
Pero lo que más me gustaba de la escuela eran las bibliotecas.
Había dos, una bastante grande comparado con la cantidad de alumnos que había en la escuela, y la otra más pequeña, que era donde solía pasar los recreos cuando no estaba con Fiero y Giu.
Hoy no era uno de esos recreos en la biblioteca, porque por más que me apeteciera quedarme en el acogedor calor entre los libros y los estantes de madera, había accedido a pasar el recreo con ellos.
Fuera, en uno de los extensos patios de la escuela, me esperaban Giu y Fiero en una de las burbujas con asientos y mesas donde poder resguardarse del frío.
Desde que llegué a la escuela pude notar las miradas sobre mí, y me acompañaron todo el camino hasta salir al patio.
Me encantaba estudiar, pero no soportaba las miradas y los cuchicheos.
Lo llevaba mejor que hace unos años, pero seguía molestándome mucho.
—¿Qué tal ha ido la clase, cuore? —preguntó Fiero cuando llegué, ya que esta última clase no la tuvimos juntos.
—Bien —contesté—. ¿A vosotros cómo os ha ido?
—Siguen estando esos estúpidos rumores sobre vosotros —la voz de Giu dejó claro lo molesta que estaba.
Sentí que todo mi cuerpo se quedaba helado.
Llevábamos desde que anunciamos que estábamos juntos tratando de demostrar que nuestra relación no era una relación comercial, a pesar de que en parte nació como ello, pero eso nadie, exceptuando nosotros y nuestros padres, lo sabía, ni siquiera Giu estaba enterada de ello.
En ese momento era probable que la relación fuese más real que ahora, puesto que se llegó a un acuerdo, ya que Fiero y yo también queríamos estar juntos.
Desde entonces solo rondaban rumores alrededor nuestro; por lo general, era raro que dos personas de La Élite estuvieran juntas.
Los Dones no solo traían riqueza a nuestra vida, siempre había algo que pagar a cambio de ello y muchas veces interferían en nuestras relaciones personales.
Pero pensaba que con esa noticia que salió hace unos días ayudaría a acallar esos rumores, parte de ellos eran mi culpa por ser tan poco cariñosa con Fiero en público, no me iba a obligar a algo que no salía de mí. Y mucho menos ahora.
—Espero que con el anuncio de nuestro compromiso dejen de soltar tonterías. —Fiero tenía la mandíbula apretada. De los dos, era el que peor llevaba el tema de los rumores sobre nuestra relación.
El recuerdo de ello me puso tensa.
—Aún queda un mes para eso.
Un mes, no era tanto como me gustaría.
Aún tenía la cabeza hecha un caos. Cada vez que miraba a Fiero me atacaba una punzada de culpabilidad.
Me dolía la situación en la que nos encontrábamos.
Él sabía que no estábamos en nuestro mejor momento, habíamos tenido numerosas discusiones desde hacía meses en las que él pedía más cariño por mi parte.
Pero no me salía, tal vez no era una persona cariñosa y era algo que tenía que aceptar, pero parecía no entenderlo, y era el mismo problema una y otra vez que empeoraba por culpa de esos estúpidos rumores.
—¡Qué ganas tengo de que llegue ese día! —Giu gritó entusiasmada, sacándome de la vorágine de pensamientos que me estaban amenazando con atraparme. Pero no hizo más que hacerme sentir más culpable.
Giu siempre nos había visto a Fiero y a mí como unos hermanos mayores.
Es verdad que nuestra relación empezó mucho tiempo antes de que nos hiciésemos pareja, pues siempre fuimos mejores amigos y en esa época los tres éramos inseparables.
Pero me daba miedo qué pudiera pasar si las cosas cambiaban entre Fiero y yo.
Giu tenía más amigos. Por suerte, a diferencia de mí, era una persona más sociable, pero sabía que si las cosas cambiaban entre él y yo, Giu se iba a sentir dividida.
Aunque tenía la esperanza de que, si ocurriera, Fiero y yo pudiéramos seguir manteniendo la relación que teníamos antes de que nuestros sentimientos se enredaran.