Entre Rosas y Sueños Capítulo 2
5%

Capítulo 2

Revisé mi correo antes de bajar a desayunar, sin embargo, solo uno de ellos me llamó suficiente la atención para leerlo.

Era una propuesta para trabajar con Dolce Vanna en una sesión de fotos de cara a la revista de primavera/verano.

El corazón se me aceleró de emoción con tan solo pensar en trabajar con ellos.

Era una de las firmas de alta costura más famosas de Italia, ya había vestido ropa de la marca en alfombras rojas, pero nunca tuve la oportunidad de trabajar mano a mano con ellos, y era algo con lo que siempre soñé.

Además, era la primera vez que saldría en una revista fuera de Italia, había hecho pocos trabajos de modelaje y este sin duda iba a ser el más importante hasta el momento.

Bajé con ilusión, pero conforme más me acercaba a la cocina, más diferenciaba las voces de mis padres. Y no parecían tener una conversación agradable. Rara vez la tenían.

—Massimo, no es una buena idea. —Cargada siempre con ese aire de superioridad, la voz de mi madre no admitía réplica.

—Es mi sucesora —respondió mi padre, con un tono de voz igual de duro—. No hay nada que debatir aquí.

—Sabes, Massimo, que si no me escuchas, tu imperio y el de tu hermano pueden caer muy rápido.

Entré en la cocina con los nervios reptando por mi garganta, y la respuesta que tuviese guardada mi padre fue acallada por mi presencia, pero si iban a hablar de mí, que lo hicieran frente a mí.

—Buenos días, hija —saludó mi padre mientras trataba de terminar su desayuno.

—Buenos días —contesté acercándome al frigorífico, donde encontré lo que me había dejado Ludovico preparado, y tratando de ignorar el ambiente de incomodidad y tensión en el que se había sumido la amplia estancia y que parecía llenar cada rincón de ella.

Mi madre no dijo nada y se levantó de su silla, quitando sus cubiertos.

—¿De qué estabais hablando? —rompí el silencio incómodo mientras mi madre hacía el ademán de escabullirse.

Sabía que no era buena idea preguntar, pero estaba cansada de que me ocultaran cosas. Pensaba que cuando creciera me iban a dar un poco de voz y voto en esta casa, pero al parecer estaba equivocada.

—No fisgonees en las cosas que no te incumben, Alessandra. —Se giró hacia mí con esa intensa mirada miel, que distaba de ser la amable que fingía delante de los demás.

No me dio tiempo a replicar, mi madre se giró ondeando su pelo canela y se fue con su pisar firme. La mayoría de las veces no hacían falta palabras, dejaba claro lo molesta que estaba tan solo con su presencia.

Mi padre suspiró, pero no dijo nada.

La cocina se suponía que era un lugar familiar, un lugar de reunión, de unión, pero en esta casa era una zona de discusiones. Solo cuando Ludovico cocinaba parecía ser un espacio tranquilo.

—Tu madre está molesta porque quiero darte más presencia en el negocio familiar. —Abrí la boca para decir algo, pero fui incapaz de encontrar las palabras.

Me esperaba cualquier cosa menos eso. Por lo general, discutían mucho por el dinero, algo absurdo cuando teníamos para vivir cientos de vidas, pero últimamente toda La Élite estaba teniendo problemas.

Los ingresos anuales de todos habían bajado exponencialmente, algo nunca visto hasta ahora.

¿Pero sobre el negocio familiar? Mi madre no trabajaba en los negocios familiares, eran de la familia de mi padre.

Estaban estrechamente vinculados a nuestro Don, por eso siempre habían ido bien, y por eso mi madre no podía formar parte de ellos.

Ella no tenía ningún Don, nunca podría tenerlo.

—Luego lo hablamos en mi despacho —dijo antes de levantarse—. No hagas demasiado caso a tu madre.

Asentí, pero en cuanto se fue, cogí mi desayuno y me fui hasta mi estudio. Estaba cansada de que mi padre nunca hiciera nada, que permitiera que mi madre me hablara de esa forma como si fuera lo más normal.

Me senté en el sillón de mi salita y puse un podcast de moda mientras desayunaba.

Ignorando lo que había pasado en la cocina, pero recordando que hoy no me podría librar de Fiero y aún no sabía cómo enfrentar la situación, ese rechazo que cada vez crecía más y más en mi interior.

Trataba de ignorarlo, pero sabía que no podía dejarlo por mucho más tiempo, era imposible hacerlo.

Tan solo en unos días estaríamos de nuevo juntos en clase.

Esperaba que tan solo estuviera confusa, que cuando lo volviera a ver todo siguiera igual. Pero algo dentro de mí me hacía estar intranquila.

Los mensajes me distrajeron del podcast. No quería mirar el teléfono porque sabía de quiénes eran, pero no podía estar evitándolo todo el día. Así que le eché un vistazo antes de poner rumbo al despacho de mi padre, con suerte, me olvidaría del tema con lo que tuviese que decirme.

Buenos días cuore

No nos podremos ver estos días, van a venir unos familiares y voy a estar ocupado, te echaré de menos. Espero que podamos hablar esta noche un rato

Te quiero

Me sentí mal por el alivio que me invadió al leer los mensajes, le deseé que todo fuera bien, porque realmente lo esperaba.

Fiero no solía tener muchas visitas de su familia, así que era extraño que tuviese visita a pesar de ser los días previos a la Epifanía, o tal vez fuese tan solo una sorpresa.

Fuese lo que fuese, salí de mi habitación para ir al despacho donde me imaginaba que mi padre ya estaría trabajando.

Toqué antes de entrar y tomé asiento en uno de los mullidos sillones de cuero hasta que mi padre dejó de teclear.

—Perdona, hija —dijo cuando apartó la mirada del ordenador—.

Tengo una propuesta para ti que espero que te interese —enfocó toda su atención en mí.

La gente siempre nos decía que éramos bastante parecidos.

Compartíamos esos grandes ojos castaños, la piel olivácea y siempre morena a pesar del invierno, el profundo cabello castaño oscuro, pero su perfil era más anguloso comparado con el mío, algo más redondeado.

—He pensado que puedes empezar a involucrarte más en la perfumería, tienes una gran sensibilidad con los olores.

No dudo de que sabrás llevarlo por buen camino como lo hacía tu abuela.

Sabes que el tío Paolo y yo estamos hasta arriba con el negocio del vino, él pasaba más tiempo en la perfumería, pero necesito que me ayude más.

Vio bien mi propuesta si es que quieres aceptarla.

Oculté la sonrisa que amenazaba con salir. Llevaba años queriendo que llegase este momento.

El negocio de perfumes de mi familia era el más antiguo de los dos que teníamos.

Nació a los pocos años de que mis antepasados consiguieran este Don.

El otro negocio lo creó mi tatarabuelo, una marca de vino que rápidamente se expandió por todo el mundo.

En cambio, los perfumes solo se vendían en Europa, eran mucho más limitados y se vendían a precio de oro.

—Me encantaría —no tardé en aceptarlo.

Mi padre lo aprobó con un asentimiento de cabeza.

—He pensado que puedes encargarte de trabajar en la nueva fragancia de la campaña de invierno. Aunque no olvides que tu prioridad sigue siendo los estudios, así que no te preocupes si no puedes darle toda la atención que te gustaría, aunque sé que eres más que capaz de trabajar en ambas cosas.

Sabía que se refería al siguiente invierno, aun así, no quedaba tanto tiempo. Comencé a organizarme mentalmente. Además, ya sabía cómo funcionaban las campañas, muchas veces mi padre me las delegaba para darles el visto bueno.

—Termino las clases en mayo, así que tendré más tiempo libre.

Ya finalizaba mi etapa académica y, aunque tenía ganas, sentía que necesitaba otra cosa donde volcar completamente mi atención, y con esta propuesta pensaba hacerlo en el negocio de perfumes de mi familia.

—Por cierto, papá —casi olvidaba lo que tenía que contarle—, me ha contactado Dolce Vanna para trabajar con ellos. El 18 de enero iré a Portofino para una sesión de fotos. Mi agenda la tengo despejada esos días, pero me quería asegurar de que no haya nada a lo que tenga que asistir con vosotros.

—Si hubiese algo, ya me encargaría de que no hubiese problema en que no asistieras, hija —sabía que él no me pondría ninguna excusa, solo esperaba que no se lo dijera a mamá, porque querría venir conmigo o me haría cancelarla—.

Más adelante te daré un poco más de guía e información sobre la campaña de invierno —dijo esto último volviendo al tema por el que estaba aquí—.

Ahora tengo la atención en una reunión importante el día siete que requiere toda mi atención, a partir de entonces comenzaremos a hablar de la campaña.

Asentí, no era raro que mi padre tuviera tantas reuniones, pero tenía un presentimiento.

Un presentimiento que me decía que esta reunión era diferente.

Aun así, él parecía igual que siempre. No había sacado el tema del accidente en ningún momento, solo mencionó que aún la policía trataba de identificar quién era esa persona que se estrelló contra el árbol.

Ni una palabra más sobre el tema. Todos estábamos bien, así que no había nada de lo que preocuparnos.

No era sobre eso la reunión, y tal vez eso era lo que me preocupaba.

✦

Los días pasaron, y aproveché el tiempo libre para hacer un pequeño estudio de mercado sobre los perfumes más comprados y llevados en invierno, también estuve repasando las tareas de clase y ojeando algunas de las tantas revistas de moda que llevaba años coleccionando.

Me encerraba en mi habitación o mi estudio todo lo posible para no coincidir con mis padres.

Pero esa mañana, era la mañana de la Epifanía, y no iba a poder seguir evitándolos.

Cuando bajé y entré en el salón, lo primero que vi era la mesa de la entrada llena de panettone, pandoro y panforte, además de galletas y chocolate de todo tipo. No era Navidad si no comías alguno de estos dulces.

—Buenos días —dije mientras me acercaba a la mesa para coger un trozo de panettone, pero mi madre me dio un golpe en la mano que hizo que me quedara de piedra en el momento.

—Sabes que no puedes tomar azúcar.

A pesar de que siempre evitaba comer dulces mientras ella estaba, hacía años que ya no era tan estricta con ello, pero había vuelto a obsesionarse con su aspecto físico y eso hacía que yo también saliera perjudicada. Estaba obsesionada con la atención, todo tenía que ser perfecto a su alrededor.

—Emilia —la voz de mi padre era un claro aviso—, ya no es una niña pequeña. —Mi padre estaba sin duda molesto. No me extrañaba si ya habían estado discutiendo antes por ello, pero mi madre ignoró sus palabras—. Alessandra, hija, come lo que quieras para eso lo he traído.

Me quedé dividida, sabía que si cogía un trozo volverían a discutir, o peor, la rabia acumulada de mi madre caería sobre mí, pero por otra parte quería probarlo.

El panettone sabía a infancia, me recordaba a las Navidades con mis abuelos.

Aún los echaba de menos, sobre todo en estas ocasiones.

La Navidad siempre la pasábamos junto a mis abuelos por parte de padre y mi tío, pero desde que fallecieron mis abuelos, y a pesar de tener muy buena relación con mi tío, rara vez nos juntábamos en Navidad y lo echaba de menos.

Echaba de menos ir a la casa de Dolomitas a pasar las Navidades toda la familia junta, rodeados de nieve, resguardados del frío en la calidez de la chimenea, con la comida de la abuela y la compañía de mi prima Giulia.

Esas Navidades eran perfectas, no esperaba que acabaran tan pronto, ni que las echara tanto de menos.

Viendo la tensión que se había generado, decidí cambiar de tema.

—¿Y si nos damos los regalos? —pregunté acercándome al árbol de Navidad.

Mi padre se acercó a mí y me tocó la espalda en señal de apoyo antes de ponerse frente al árbol.

—Estos son los tuyos, hija —dijo señalando los siete regalos que había en el centro.

Mi madre seguía sin acercarse mientras mi padre y yo cogíamos nuestros regalos.

—Tus regalos están aquí también, mamá —dije señalando los que estaban a un lado de los míos.

Sabía que le encantaría lo que le compré. Me pasé por su joyería favorita y vi unos pendientes de diamantes que iban a juego con un collar precioso. Tan solo por el precio que tenía sabía que le encantaría.

—¿Sabes cuál sería el mejor regalo, hija? —La forma en la que preguntó ya me adelantó que no me iba a gustar lo que iba a escuchar.

No respondí, tan solo esperé el golpe de sus palabras.

—Que dejaras de llamar la atención. Eso sería un verdadero regalo.

Sus palabras llenaron el salón de silencio.

¿Tan poco me conocía mi madre para pensar eso?

Había dejado caer tantas veces que le robaba la atención a los demás, como si yo lo hiciera a propósito.

Como si me gustara hacerlo cuando era lo más lejano a la realidad.

Mi madre nunca se había molestado en entenderme ni escucharme.

Cada vez dejaba más claro lo poco que me conocía.

No esperó respuesta por parte de nadie, se alejó del árbol sin mirar atrás. Mi padre, que aún estaba a mi lado con uno de sus regalos envueltos en la mano, suspiró.

Estuve a punto de preguntarle por qué seguía con ella.

Estaba claro que llevaban años teniendo problemas, y llevaba años haciendo lo posible para encontrar algo con lo que arruinarme los días.

No lo entendía, realmente pensaba que estaríamos más felices sin ella, pero no podía juzgarlo.

Él luchaba con todas sus fuerzas por mantener a nuestra familia a flote.