Capítulo 1 #2
Esperaba que fuese mentira, realmente lo esperaba, pero cuando la página cargó, la foto fue lo primero que vi, y efectivamente, como decía la noticia, éramos Fiero y yo.
Besándonos. Primero entré en pánico. Pocas veces alguien nos había visto a Fiero y a mí compartir cualquier tipo de afecto.
Nunca fui una persona muy afectuosa y mucho menos delante de los demás, pero que la imagen que se hubiese filtrado fuese esa me molestaba aún más por lo que significó para mí ayer ese beso.
Además, era imposible disimular que era yo, el vestido rosa, el semirecogido…
Nadie más llevaba ese color ayer. Y encima estábamos en una zona restringida, Fiero me llevó hasta allí sin saber que no podíamos subir.
Pero luego me fijé en el ángulo desde donde fue tomada esa foto.
La fiesta era privada, no entraba nadie que no perteneciera a La Élite, y los pocos camareros que trabajaron esa noche fueron privados de su teléfono antes de comenzar el evento, así que no había más opción que la persona que había hecho esa foto fuese alguien de la propia Élite.
Molesta, fui hasta el despacho de mi padre.
Si alguien de nuestro círculo había hecho esa foto y la había mandado a una revista, se consideraba traición.
No nos podíamos pisotear los unos a los otros, aunque fuesen con noticias absurdas, y si hasta ahora La Élite seguía en pie era porque nos cubríamos la espalda entre nosotros.
Me paré frente a las inmensas puertas de madera y toqué, esperando una respuesta que no tardó en llegar. Y, como era de esperar, lo encontré trabajando. Rara vez no lo hacía, para él las vacaciones no existían.
Ya tenía la chimenea encendida y solo eran las nueve de la mañana. La encendía cada día desde que comenzaba el mes de noviembre hasta casi la llegada de la primavera, pero solo los días que planeaba pasar en casa.
—¿Has visto esto? —le dije enseñándole la pantalla del ordenador.
Mi padre suspiró.
—Alessandra, ya sabes que es normal que haya rumores y noticias sobre ti, y más después de un evento. —Su mirada café volvió a los papeles que tenía encima de la mesa.
Hace unos años todo esto me volvía paranoica. Me sentía observada, sentía que no podía hacer nada sin que salieran cinco noticias sobre ello. Así que mi padre se acostumbró a mis interminables visitas y quejas, pero no se había fijado siquiera en la noticia.
—Fíjate bien, papá —su mirada volvió al portátil y frunció el ceño—. Esa foto la ha hecho alguien de La Élite.
Un tronco de la chimenea crujió.
—Es imposible, hija. —Pero sabía que había algo que le hacía desconfiar, porque se quedó observando la imagen más de lo normal, con el ceño aún fruncido.
No conseguí que mi padre me hiciera demasiado caso, tan solo me dijo que ya le echaría un vistazo en otro momento porque ahora estaba ocupado con otro asunto.
Me imaginaba que tendría que ver con el accidente de ayer, pero preferí no preguntar, prefería no saber nada del asunto.
Una persona había perdido la vida anoche y pudimos haberla perdido también nosotros.
Tenía demasiadas cosas en mente para ser tan temprano.
La noticia solo me recordaba la incomodidad que me inundó cuando en la noche anterior Fiero posó sus labios sobre los míos, lo paralizada que me quedé durante unos segundos porque se sentía mal.
Ya era imposible ignorar el hecho de que mi relación con Fiero tenía que terminar.
Pero haría daño a Fiero, y además decepcionaría a mis padres y a los Di Petra.
Mi compromiso no solo era con él, era con el futuro de ambas familias.
Además, ¿tenía siquiera elección? Fiero y yo comenzamos a salir cuando teníamos diecisiete, llevábamos ya casi cuatro años juntos y pronto se anunciaría nuestro compromiso.
Eso se acordó hace unos tres años, al igual que nuestra relación como socios entre ambas familias.
Ya había rumores sobre nuestro compromiso, la gente hablaba y especulaba, y echarme atrás ahora…
No, no podía hacerlo. ¿Y qué pasaba si me equivocaba?
¿Y si era tan solo un mal bache y luego me arrepentía de haber tomado esa decisión?
Cada pensamiento me asfixiaba más. Me hacía sentir más pequeña, más débil.
Mi casa parecía reducir su tamaño cada minuto que pasaba en ella; las paredes se estrechaban, tratando de engullirme y encerrarme en su interior como una planta carnívora.
Solo había dos sitios en los que conseguía sentirme tranquila, libre, pero ahora no podía enfrentarme a la rosa.
Así que me cambié de ropa, me hice una trenza y caminé hasta los establos, donde encontraba lo más cercano al sentimiento de libertad que había sentido en mi vida.
✦
Fresa estaba en su lugar habitual, relinchó en cuanto me escuchó llegar.
—Hola, bonita —dejé que me oliera y le acaricié el hocico como sabía que le gustaba—. Te he traído una sorpresa.
Saqué los trozos de manzana que le traje y enseguida se puso a olfatear desesperada.
Comencé a darle su dulce favorito, logrando por fin dejar atrás el caos que me acompañaba desde ayer.
Mientras esperaba a que hiciese la digestión, la peiné un rato, más por placer que porque lo necesitara, pues teníamos cuidadores que venían a cuidar de Fresa y Bolt cada día.
Bolt ya estaba descansando, así que no me extrañaría que mi padre se hubiera despertado hoy antes de lo normal para dar un paseo. Aun así, también le traje unos cuantos trozos de manzana que se comió con gusto.
✦
Cada vez que volvía de montar, me sentía ligera, como si la realidad que me perseguía no fuera tan importante. Solo importaba la naturaleza, salvaje y amable a su vez. Por eso, con esa ligereza que no había sentido en días, me adentré en los inmensos jardines.
Podría pasar horas recorriendo los senderos, podría incluso perderme en ellos si no los conociera, pero mi cuerpo ya me guiaba solo hasta el lugar donde parte de mí nació.
Pasé las hileras de hojas verdes brillantes que aún estaban cubiertas de rocío.
A pesar de estar en pleno apogeo del invierno, nuestro jardín resplandecía, aunque aún quedaban meses hasta que la mayoría de las flores que lo habitaban hicieran su aparición.
Pasé las campanillas, los crisantemos y los jazmines trepadores con su intensa flor amarilla.
La pequeña magia que recorría la sangre de mi padre y la mía era la que hacía posible todo esto.
Pasé el arco de rosas que me indicaba que ya había llegado.
Tan solo era un pequeño paseo de 15 minutos hasta la rosaleda.
Y ahí, entre rosas rojas, nació mi Don, una rosa blanca que emitía un suave brillo frente a una estatua que representaba a nuestra Diosa, Ellary.
Me preguntaba cómo habría aparecido el Don de los demás portadores.
La mayoría de los Dones no eran tangibles ni visibles.
Tan solo el nuestro y el de los Savino, el Don del fuego, se podía mostrar de alguna forma.
Eso no impedía hacerlos poderosos, los Dones fueron creados para darnos poder en esta sociedad, no para ser superhéroes o villanos como tanto aparecían en libros y películas.
Volví de nuevo mi atención a la rosa que desde hacía un tiempo parecía estar enferma.
Cada vez más motas negras parecían expandirse por sus suaves pétalos, pero no entendía por qué ocurría eso.
Así que, como cada mañana, envolví la rosa entre mis manos y una reptante pulsación viajó a través de mí hasta llegar a mis dedos.
Me senté en el pequeño banco que había frente a la rosa para observar, como de costumbre, nada pasaba.
Esperaba que al soltarla las motas desaparecieran, o que al cabo de unos segundos comenzase a resplandecer más aún, pero nada ocurría. Nunca ocurría nada.