Entre Rosas y Sueños Capítulo 1
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Capítulo 1

Cada escalón que subía tras mi futuro prometido me alejaba de las doce familias que disfrutaban de la bienvenida al año.

El Salón de los Quinientos estaba cálidamente iluminado.

Desde el segundo piso, los treinta y nueve paneles pintados por Vasari se veían grotescos por la poca luz que recibían, mientras que las familias parecían brillar con sus exuberantes vestidos y trajes.

Nadie miró en nuestra dirección. Fiero y yo estábamos completamente solos allí arriba.

Alegrándome, por una parte, de la tranquilidad que sentía al alejarme de la fiesta, pero, por otra, la intensa mirada bosque de Fiero me hacía querer volver abajo.

—El año que viene por fin será nuestra boda —se había acercado tanto a mí que estaba entre él y la barandilla—. He estado soñando con ese momento desde que empezamos a salir, Aless.

Llevábamos cuatro años en una relación, y desde el momento en el que nos permitieron estar juntos, nuestra relación pasó a ser más que un noviazgo.

Entre nosotros las relaciones normales no existían.

Siempre había planes más allá de simplemente ser feliz con la persona con la que decidías pasar tu vida.

Cuando aceptaron nuestra relación, estaba eufórica, pero cada vez tenía más dudas. Y los labios de Fiero contra los míos solo me hicieron reforzar esos pensamientos que llenaban mi mente estos últimos meses.

Me estaba ahogando en una vida que no quería.

Cuando se separó de mí, no me quedó otra que sonreír. No habría discusiones esta noche, tampoco podría hacer nada para cambiar la situación. Así que acepté quedarme unos minutos más con él antes de que comenzaran a buscarnos.

—Voy a buscar a mi familia —busqué una excusa en cuanto mis pies tocaron la primera planta.

Fiero asintió y me dio un beso en la mano antes de separarme de él.

Cuando mi mirada comenzó a recorrer la sala, me percaté de que la hija de los Savino nos estaba mirando.

Si no recordaba mal, esa chica era un año menor que nosotros, tenía que estar en la clase de mi prima Giulia, pero nunca había hablado con ella.

Pasé por su lado y ella volteó la mirada hacia las personas que tenía enfrente, yo tan solo seguí mi camino hacia mis padres, que, gracias a los Dioses, parecían tener intención de irse ya.

✦

La seda rosa azalea de mi vestido no era suficiente ante los cinco grados que me aguardaban en el exterior del Palazzo Vecchio.

Me enfundé en el largo abrigo oscuro que me esperaba en el ropero antes de salir al patio interior, donde un pequeño querubín parecía vigilar a toda persona que entraba y salía del edificio.

No éramos los primeros en irnos, pero tampoco los últimos.

Aún quedaban unas cuantas familias de La Élite celebrando la entrada del año, pero me alegraba salir antes.

Esta fiesta nunca fue mi favorita. Se centraba demasiado en los negocios y los números, dejando de lado la razón por la que realmente estábamos en esa posición.

Las familias siempre teníamos que mantenernos juntas, esa unión denotaba seguridad y confianza, por ello nunca podía faltar a ninguno de los eventos, y más teniendo en cuenta que la sociedad nos había colocado una corona sobre nuestras cabezas, como si de alguna forma mi familia fuese la imagen de La Élite ante la sociedad que nos admiraba.

No me gustaban esas distinciones, cada una tenía su rol e importancia, pero no podíamos luchar contra ello.

Por más que estuve intentando salir del foco durante años, más parecía que la gente hablaba de mí.

Fuera, los flashes nos sorprendieron antes de subir al coche donde esperaba nuestro chofer.

No era nada nuevo, pero no terminaba de acostumbrarme a ello.

Les sonreí como esperaban que hiciera y me metí en el coche tan rápido como pude, donde me dio la bienvenida una calidez agradable y, por fin, lejos de cámaras y miradas que me seguían allí donde fuera, me permití poder cambiar mi semblante y mostrar lo cansada que me sentía.

Rodrigo condujo rápido hasta las afueras de la ciudad.

Antes de siquiera darme cuenta, ya nos habíamos adentrado en las sinuosas carreteras desiertas que bordeaban las colinas de La Toscana.

Los prados verdes se veían oscuros bajo la tenue luz de la luna; los cipreses eran las únicas figuras que se distinguían entre los prados.

Este lugar me daba la tranquilidad que me robaba la ciudad de Florencia, por más enamorada que estuviera de ella.

De entre la oscuridad, un coche con las luces apagadas emergió a gran velocidad hacia nosotros.

El volantazo de Rodrigo hizo precipitarme al frente, pero de golpe el cinturón me obligó a volver a mi asiento, generándome un fuerte dolor en la espalda.

A mi alrededor, mi familia también parecía estar bien, pero un estruendo se escuchó fuera de nuestro coche, muy cerca de nosotros, rompiendo el silencio de la noche.

Me fijé de nuevo en mi padre. Parecía estar hablando con Rodrigo, ambos gesticulando tanto que me hacía pensar que estaban discutiendo, tenía los oídos tan embotados que no era capaz de entender lo que decían.

Traté de enfocar la vista por la ventana entre la oscuridad, el otro coche parecía haber colisionado contra un árbol, pero no recordaba haberlo visto ahí segundos antes.

Debía de estar tan cansada que no me percaté de ello.

Intenté abrir la puerta. Necesitaba aire fresco, sentía que me estaba asfixiando, pero la puerta no se abría. Lo intenté de nuevo; era incapaz de pensar con claridad. Necesitaba aire.

—Alessandra, no salgas —la voz de mi padre llegó hasta mis oídos. Su tono era severo. Sin embargo, su voz sonaba tranquila a pesar de lo que acababa de suceder.

Rodrigo bajó un poco las ventanas. Lo suficiente para que una bocanada de aire fresco me golpease la cara, dejándome plenamente consciente de que podríamos haber tenido un grave accidente.

Le observé a través del retrovisor, y me encontré con su mirada castaña preocupada, así que traté de sonreír, tanto por agradecimiento como un intento de tranquilizarlo, aunque sabía que a él no podía engañarle.

Él había visto demasiadas veces cómo la ansiedad y el pánico reptaban por mi interior.

El coche que iba tras nosotros no tardó en aparecer. Era el coche de los Di Petra, donde iba mi mejor amigo, y prometido, junto a su familia. Habían salido justo después de nosotros. Me alegraba que no les hubiese sucedido nada, pero ahora mismo no podía lidiar con él.

Fiero salió en cuanto su coche se paró y, antes de darme cuenta, ya había abierto la puerta.

—Cuore —sus ojos verdes me examinaban asustados—. Por los Dioses, menos mal que estás bien.

Me envolvió entre sus brazos, pero su abrazo estaba lejos de ser reconfortante. Me estaba sofocando e instintivamente lo aparté.

—Necesito… Necesito respirar, Fiero —me excusé, ganándome una mirada dolida.

Parte de la razón por la que deseaba haber salido antes del evento era él. Él, y el beso que me había robado a escondidas de todos. No era el primero, y sabía que tampoco sería el último, pero ese beso me había revelado algo que llevaba tiempo ignorando, una sospecha que esperaba que no fuese real.

Fiero seguía hablándome, intentando que le hiciera caso. Yo solo quería desconectar, estar en silencio, pero él no parecía entenderlo. Así que rezaba a los Dioses porque este momento se acabara pronto. Necesitaba estar sola.

✦

La mañana siguiente no fue mucho mejor. Lo ocurrido la noche anterior me perseguía como un olor intenso.

No se terminaba de ir de mi cuerpo, como si la probabilidad de desaparecer de este mundo aún siguiese bañando mi piel.

Y para colmo estaba esa oscura mirada, esos ojos negros con los que parecía soñar una y otra vez.

Daba igual lo que soñase, esa mirada me seguía y me observaba.

Nunca veía más allá, no sabía si era alguien real, si tenía siquiera un rostro, pero casi cada mañana me despertaba con su recuerdo. Y hoy no fue una excepción.

Cuando entré en la amplia cocina, después de un rato de estiramientos, la luz ya entraba a raudales por los ventanales que daban al extenso jardín de la entrada. Ludovico parecía estar terminando de preparar algo, y mi estómago rugió nada más recibir el olor dulzón de la manzana.

—Buenos días, señorita Alessandra —saludó nuestro chef, mientras colocaba en la isla de mármol un porridge de avena con manzana caramelizada y canela.

El plato aún humeaba, dejando el olor más dulce que había inundado mis sentidos en meses, lo que despertó un poco mi ánimo—.

He aprovechado que su madre no vendrá hasta mediodía para darle un toque dulce —me guiñó el ojo antes de volverse a limpiar lo que había usado en la cocina.

—Gracias, Ludo. —Él no era consciente de lo feliz que me había hecho con ese gesto después de lo ocurrido ayer. Un poco de dulce siempre me alegraba el día.

No era desconocimiento de nadie en esta casa que mi madre me había prohibido el azúcar hacía años. Ahora, de vez en cuando, y casi siempre a escondidas, lograba tomar algo dulce, pero ya no sabía como antes, algunos días sabía a culpa. Pero me negaba que hoy fuese uno de esos días.

Cuando terminé de desayunar, me fui a mi estudio, donde encendí el portátil.

No tardé demasiado en encontrar una noticia que hablaba sobre mí.

Por mucho que quisiera evitarlas, siempre me acababan llegando, pero esta vez pinché en la noticia y no la ignoré, ya que si era real eso que estaba viendo, alguien del evento de ayer había tomado una foto, aun a sabiendas de que estaba prohibido.