ENTRE NOTAS DE TANGO LA SENTADA #5
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LA SENTADA #5

Esta noche Silvia cumple veintitrés años y cinco de no hablar con su madre.

Apaga el cigarrillo, se rocía perfume y echa un vistazo más al espejo; aunque de manera eventual intercambia cartas con su padre, siente que los años perdidos ya no se pueden recuperar.

Cuando era adolescente juró que si al cumplir los 25 no había alcanzado la fama, pondría fin a su vida.

Mario sigue llamando a la puerta, ella lo ignora y escucha sus pasos alejarse.

Sentada frente al gran espejo, Silvia tiene una copa de coñac vacía en sus manos.

Hace años usa el alcohol para calmar la ansiedad y ahuyentar los malos recuerdos.

Llena otra copa y la toma de un solo trago, sirve una más y hace lo mismo.

Se pone de pie, baila sutilmente, después se ajusta las medias y el sombrerito negro, hace lo mismo con el el vestido azul que recogió de la acera cuando su madre la echó de su vida; mira hacia la fotografía de Jorge Luke dibujando la sonrisa que la acompañará durante la exhibición.

Aun cuando bailará entre los brazos de Mario mentalmente viajará a toda velocidad en el Jaguar.

En el camerino contiguo Mario también espera a que llegue el momento de actuar. Para calmar los nervios hace pasos de sombra y entabla charla consigo mismo frente al gran espejo.

«¿Por qué tuve que traer a Silvia? Si la mina asimilara la décima parte de lo que le he enseñado, podría ser una excelente bailarina.

‘Ay, mañana no quiero practicar’ me dice con esa voz de puta que tiene, ¡la concha de la puta madre que la parió!

Si aun adiestrándose las cosas salen como el orto…

La mina está fuera de forma y mucho le hace falta el ejercicio, además no quiere dejar la comida chatarra y los fasitos, ¡mierda!

Hasta hoy estoy esperando que me dé las gracias por haberla traído, ignoré su cambio desde que le di su boleto de avión.

María Vargas, cómo me has hecho falta, nena, pero vos tenías razón en exigirme un contrato porque las palabras se las lleva el viento y la gente cambia con el tiempo, si vieras cómo me han explotado, cuánta razón tuvo Pilar cuando me dijo ‘Cuidado con las sonrisas fingidas de mi hermana Geraldine’.

La mina tardó años lavándome el cerebro para que regresara a este país de mierda a hacerme rico y ahora decirme que no hay plata para pagarme.

‘Las exhibiciones que vos has dado han sido un fracaso y perdí más de $40,000 dólares’.

Geraldine como promotor debe saber que todo evento lleva un riesgo y olvida que para la mercadotecnia se nace con la intuición o se obtiene un título universitario. »

Mario se sienta y se retoca el maquillaje, después se vuelve a poner de pie.

«En dos años que tengo aquí he laburado sin descanso.

No sólo he sido bailarín y maestro de tango, también repartidor de volantes y cocinero de peñas y milongas.

Y no tengo ni un mango, y sí todo el cuerpo molido.

Geraldine dice que los dolores son por la humedad de Michigan y porque me voy a bailar salsa, juego fútbol y corro por las mañanas.

Buenos Aires es más húmedo que la concha de una doncella y allá también me trasnochaba y trotaba y jugaba al fútbol, y nunca me dolieron los putos huesos. »

Mario se sienta y se aplica la jalea que le detendrá la abundante cabellera.

Al dejar la mirada en el espejo ve el rostro de su padre, idéntico al suyo, y deja escapar un largo suspiro.

Más de un año ha pasado de su muerte y no ha tenido tiempo de llorarlo.

—Mario, no podés salir del país, tu visa está vencida y tenemos tantos contratos por cumplir —escuchó de Geraldine en lugar de un “lo siento por la muerte de tu papá”.

La respuesta le provocó un llanto que ha mantenido controlado con exhibiciones de tango, fotografías, viajes y mujeres.

Ahora que está solo se desvanece frente al espejo con el cabello, el rostro y las manos embadurnadas de jalea.

«¡Viejo, perdonamé, perdonamé viejo! En cuanto regrese a Buenos Aires iré a visitar tu tumba, vos sabés cuánto te amo.

No firmé contrato pero di mi palabra de hombre a Geraldine.

Vos ante todo me enseñaste a ser responsable, ¿por qué será que el hombre se pone tantas barreras para ser feliz? »

Hasta este mar de nostalgias llega a su mente Mónica, una de sus hermanas.

Un diez de noviembre quince años antes, en una noche lluviosa y llena de neblina, salió corriendo de la casa con un boleto de avión en la mano y la maleta llena de ilusiones.

Iba lista a conquistar Europa con su tango.

Su urgencia de vivir terminó antes de llegar al puerto aéreo, cuando el taxi en que viajaba fue arrollado por el ferrocarril, clavando una cruz en el pecho de la familia.

Dos días después, ante su tumba, Mario juró que llegaría a ser un bailarín del que ella estuviera orgullosa.

Mario controla el llanto sin dejar de ver ante el gran espejo la imagen de su padre. Nota que tanto su rostro como su peinado son un desastre; se lava la cara, se aplica más jalea, arregla cabello y maquillaje, y dice detrás de un tosido, golpeando con los puños la pared del camerino contiguo.

—¡Vamos, nena, ya estamos por salir a escena, ya deja de fumar, hasta aquí me llega el tufo de tu fasito!

Instantes después se escucha un tímido golpe en la puerta de su camerino.

—¡Pasá, Geraldine! Un par de minutos más y estoy listo. Decíle a Silvia que deje de fumar porque no me va a poder seguir cuando bailemos la milonga.

Se escucha otro tímido golpe.

—¡Por Dios, pasá, quien quiera que sea pasá!

Los ojos de Mario se iluminan al abrirse la puerta. Camille Smith, la ex mejor amiga de Cristine Flume, entra corriendo y se arroja a sus brazos.

—¿Qué pasa, Mario, por qué esa sonrisa tan triste? ¿Por qué estás tan tenso? ¡Ya sé! Ha de ser por la presentación, si vieras qué lindo esta allá afuera, no cabe un alma más en el salón.

Camille ahora se percata de sus ojos.

—¿Por qué tienes los ojos rojos? ¿Acaso has llorado? ¡Ya sé! Es el maquillaje, a mí también me hace llorar cuando se me va dentro de los ojos, a ver, déjame darte un masaje para que se te quite lo tenso.

Camille lo hace olvidar el calvario. Ya en la pista, detrás de fingidas miradas de pasión y complicadas combinaciones, Mario y Silvia arrancan aplausos con una de sus mejores actuaciones.

Son las once de la noche y están por terminar la cena y la exhibición de tango.

En la mesa principal están Geraldine, el general Robles, José Landagaray, Blanca Estela y Mario, su pequeño hermano invidente.

Raquel se quedó en el hotel cuidando a Juanito, un hermoso bebé de catorce meses de José y Blanca Estela.

Giovanni Orfanelli es maestro de ceremonias e invita a Geraldine a incorporarse de la mesa, juntos se dirigen a la plataforma donde está la orquesta y él toma el micrófono, se dirige a los asistentes:

—¡Buenas noches, tangueras y tangueros! Gracias por estar con nosotros en este nuestro aniversario, ¿se están divirtiendo?

Sí, qué bueno, quiero pedir un nuevo aplauso para Mario Maldonado y Silvia Ferrari, sólo una pareja de enamorados como ellos puede dar la tan sensual actuación que hemos presenciado.

El sueño de mi esposa se cumple al ver este salón lleno de tangueros.

Geraldine y yo iniciaremos este tango y espero que todos se unan para que juntos disfrutemos esta aportación musical que es un regalo de La Argentina para el mundo.

Geraldine toma el micrófono y llama a Mario y a Silvia para que se unan a la diversión.

Él baila con Camille y ella con uno de sus alumnos.

Después del baile Silvia sale a la terraza a contemplar estrellas detrás del humo de su cigarrillo, minutos después el helado frío le cala los huesos y la hace regresar al salón.

La orquesta comienza a tocar otro tango y en ese momento entran a la pista Giovanni Orfanelli y Jennifer Washington.

—¡Dios mío! —la expresión escapa de los labios de Geraldine al verlos y oprime fuertemente la mano de su esposo mientras bailan.

—¿Qué pasa, Din, te sentís bien?

Geraldine tiene la vista perdida, no responde y él piensa que es por la emoción de ver a más de 600 tangueros de todas edades a su alrededor.

Geraldine comete errores y no puede seguirlo, su mirada está puesta en el hombre que creía muerto y que se dispone a bailar con su pareja.

La intromisión de los bailarines es tan impresionante que los demás se detienen y comienzan a aplaudir.

Giovanni Orfanelli piensa que la pareja elegantemente vestida que inicia su baile es parte del espectáculo y una sorpresa de su esposa.

Deja de bailar con Geraldine y se planta detrás del micrófono.

Mira de reojo los movimientos de la pareja; al no poder descubrir su identidad fija la mirada en el programa.

Geraldine sabe que la Doctora Washington forma parte de su club de tango y recuerda haber cambiado su boleto para dos entradas, mas nunca pensó que una de las admisiones sería para Miguel Linares.

El corazón de Jennifer también palpita agitadamente, recuerda que compró los boletos cuando Giovanni Orfanelli estaba en coma y se llamaba Miguel Linares.

Giovanni Orfanelli y Jennifer Washington bailan dentro de un círculo de aplausos; Giovanni Orfanelli, que quedó parado con el programa y el micrófono en las manos, busca sus lentes sin percatarse que los tiene puestos.

El grupo de tangueros sabía de la posible muerte de Miguel Linares, al identificarlo luego de unos minutos su sorpresa es tal que dejan de aplaudir. La orquesta deja de tocar.

Dentro de este óceano de dudas, preguntas y murmullos Mario es el primero en llegar al centro de la pista y fundirse en un largo abrazo con Giovanni y Jennifer.