LA SENTADA #4
Al ingresar en el Lovett Hall hay una gran sala con un ancho pasillo y una escalera en forma de caracol que sube al primer piso.
Algunas parejas se toman fotografías. Jennifer y Giovanni entran tiesos por el frío y cambian botas por calzado para bailar, después ella se quita el abrigo, echa un vistazo al vestido rojo que luce y le arregla la corbata de moño a Giovanni que viste un traje negro, le da un beso en la boca, se disculpa y camina al baño para acomodarse el cabello alborotado por el aire.
La música de tango que baja del primer piso llega a la gran sala y como una red atrapa y hace subir a varias parejas la escalera de caracol.
Silvia Ferrari, dentro de su camerino en el Lovett Hall, tararea un tango y se cambia de vestuario frente a un gran espejo; la acompañan recuerdos, una copa de coñac y una cajetilla de cigarrillos.
Meses antes hizo su debut internacional y ha dado lecciones y exhibiciones en todo el país, aun así la belleza del Lovett Hall y la elegante milonga nunca lo soñó y se muerde las uñas.
Geraldine le compró zapatillas y prendas para la exhibición; Silvia usará un viejo vestido azul celeste que le recuerda la última vez que vio a su madre, de las prendas nuevas únicamente se pondrá un sombrerito negro.
Continúa su arreglo sin enfocar la mirada frente al gran espejo.
Esta noche bailará con Mario Maldonado, el mejor bailarín que La Argentina ha dado al mundo.
Le trae malos recuerdos del pasado por ser un hombre bien parecido, y en la pista exige lo máximo de sus parejas.
En el ensayo de esta mañana la ha insultado nuevamente, aún escucha la acalorada discusión que sostuvieron.
—¡Nena, de haber sabido que vos no aprenderías a bailar, nunca te habría traído! La concha de la puta que te parió, ¿has olvidado de nuevo los tacos? No, con esos tamangos no podés bailar, me arrepiento de no haber traído a María Vargas, esa nena sí sabe bailar y además es excelente en la cama.
—María Vargas será una diva, pero como te conoce tan bien, no acepta viajar a ningún lado con vos, boludo de mierda.
—¡Hija de puta, no olvidés que soy la estrella del Casa Blanca, y como no estás a mi altura esta misma tarde regresás a Buenos Aires!
Silvia hizo el viaje para aprender de Mario, a quien como maestro respeta, no obstante, por su arrogancia ha estado a punto de lanzarle las zapatillas a la cara y correr al puerto aéreo.
—¿Y con quién pensás reemplazarme, boludo de mierda? ¿Con Cristine Flume? Esa mina será muy buena para tragarse tu ganso, una simple puta que de tango no sabe nada. Ponete las pilas hermano y dejá los berrinches de trolo para otro día.
—Cristine es parte de mi pasado, pero yo puedo hacer bailar hasta a la puta Mona Lisa.
—Geraldine ha gastado mucha plata para traernos aquí y montar la milonga de esta noche. Ni ella ni yo aceptamos tus dotes de estrella.
—Por el orto me paso lo que hablan Geraldine y vos de mí.
—Del Casa Blanca te echaron, hijo de puta, sólo tus estudiantes se creen ese currículo inventado que tenés de estrella.
—Todas las minas son iguales, sin la mano del hombre están perdidas, con o sin currículo soy el mejor del mundo.
—¡Sos un gil e hijo de mil puta!
—Si esta noche no me seguís el paso te dejaré caer al piso; estoy podrido con vos, encima de que no sabés bailar, ya no me quieres dar el culo.
Los recuerdos del pasado no terminan. A su llegada al aeropuerto de Atlanta Inmigración la humilló por más de tres horas con una serie de preguntas.
—No, míster, no he venido a laburar, estoy de paseo y me arrepiento de haber escogido este país, por años pensé que era el primer mundo pero ahora veo que es un país de mierda.
Decile tal como te lo digo a vos —Silvia responde al agente a través de la intérprete, que la ayuda a juntar sus prendas desparramadas en el piso. Con su orgullo pisoteado, continúa:
—¿Que mi ropa y mis zapatillas son de bailarina? La concha de la puta madre que te parió, no morocho, se nota que vos nunca has estado con una mujer de mundo.
Silvia suelta una carcajada y una mirada a la colombiana que traduce sólo parte de lo que escucha.
—Apuesto que este boludo de mierda no sabe dónde está mi país, decile que está cerca del polo sur y que de ahí vienen el buen vino, los mejores escritores, los mejores jugadores de fútbol, los mejores bailarines de tango y las más hermosas mujeres.
La concha de su madre, si este morocho de mierda no sabe en qué parte de África capturaron a sus viejos menos va a saber dónde está La Argentina.
Recoge sus prendas del piso con los ojos llenos de llanto, la escena le recuerda a su madre y le ha abierto heridas que no ha sanado. Escucha la agria voz:
—¡Silvia de mierda, levantaté y ayudamé con Carlo! Vos te pasas las noches en las milongas y yo sola no puedo con tu hermano.
—Tranquila, vieja, vos parlás con una mujer que pronto será muy famosa; voy a dar exhibiciones de tango por todo el mundo y tendré plata para comprar una casa en retiro para vos y mi hermano Carlo.
—Vos nunca serás famosa ni tendrás plata para una casa siquiera en Mataderos, eres una perdida de mierda y una vulgar bailarina que se pasa las noches dejándose franelear en las milongas.
Lo que vos buscás es que los hombres te apoyen y después te la pongan, maldigo la hora en que se me calentó la concha con vos, sos igual que tu viejo, ¡una mal parida!
Tiempo después su madre la arroja de su vida con miles de insultos cuando se dirige a las escaleras del tercer piso de un edificio que hasta ese día fue su hogar.
—¡Andate a la mierda y no volvás por aquí nunca! Si en las milongas sos buena para el franeleo también debés ser buena para mantenerte sola, no voy a permitir que por tu culpa fracase mi relación con Alberto.
—¿Vos preferís a ese boludo de mierda que muchas veces se ha querido meter a mi dormitorio?
Silvia responde mordiéndose los labios. De reojo ve a Alberto que con sonrisa burlona y un cigarrillo entre los labios se rasca los testículos.
—Vieja, por favor no me echés a la calle, no tengo ningún lugar a dónde ir.
Silvia da media vuelta y desciende con la vista en los escalones, siente en su espalda las miradas de los vecinos que han salido o se han asomado a sus ventanas por la discusión, lo mismo ocurre cuando recoge sus pertenencias de la acera.
Ha extrañado toda una vida a su padre; a los dieciocho años y cuando ve caer su ropa desde el tercer piso quisiera verlo de nuevo.
«¡Ay viejo, si estuvieras aquí! —piensa con suspiros y ojos lacrimosos—». Viene a su mente Natalia, una tía por parte de su padre y que no ha visto en años.
De todo lo que cae a la acera ve un vestido azul cielo y lo mete junto con otras prendas en una funda de almohada.
Con discreción mira hacia el balcón del tercer piso, da media vuelta y se echa a caminar hacia la Plaza Mathew, donde en frías madrugadas juró nunca amar a un hombre que le recordara a su padre.
«¡A una hija no lo abandona un padre a menos que sea un hijo de mil puta. Gracias a tu abandono he tenido que dormir con ancianos y su fétido aliento de ataúd me he tragado en interminables madrugadas!», pensó muchas veces gritarle a la cara.
El día que su tía la lleva a la estancia donde se encuentra su padre, falla en su intento. Está muy acabado y se parece tanto a ella. Lo único que le dice es:
—Viejo, ¿alguna vez has tenido que levantar tu ropa de la vereda?
Enseguida se arroja entre sus brazos y llora de alegría. Esa tarde conoce a uno de los mozos de su padre, quien le parte el corazón cuando se presenta con una rosa recién cortada del jardín.
—Es todo lo que puedo ofrecer a tan bella persona como vos —le dice el mozo con una voz de ternura que jamás había escuchado.
Silvia pasa días en la estancia de su padre, lejos de Buenos Aires.
Hasta allá la siguen imágenes del Mercedes Benz de Humberto Fuentes, uno de sus primeros amantes, quien quiso comprarla con su dinero, a lo que ella respondió no ser puta de nadie y que un sentimiento tiene más valor que cualquier riqueza.
En Nueva York puede sanar algo de las heridas del pasado cuando conoce a Jorge Luke. Él le enseña sus primeras palabras en inglés y la introduce al mundo del golf. Lo que más impresiona a Silvia es su colección de música clásica que escucha dentro de su Jaguar a todo volumen mientras grita:
—¡Pisá, boludo, pisá, pasaté mil semáforos en rojo, no importa que mañana despertemos en prisión! ¡Que nos metan a la misma celda para que hagamos el amor toda la noche! ¡Vamos, che, rompé todos los límites de velocidad, que quiero morir a mil kilómetros por hora, jajaja!
Dentro de su camerino en el Lovett Hall Silvia enciende un cigarrillo mientras tararea un tango y echa un vistazo al gran espejo.
Deja escapar un profundo suspiro. Inhala lentamente como para perderse dentro del humo.
Luego se retoca el maquillaje y se acomoda el pequeño sombrero negro.
Mario odia el tabaco, la hace sonreír el pensar en los reproches que más tarde escuchará en la pista detrás de una sonrisa fingida.
«¿Por qué voy a dejar que me trate mal ese mal nacido? ¡No le gusta el humo de mi cigarrillo pero le encanta el sabor de mi concha!»
Del otro lado de la puerta del camerino se escucha la ronca y malhumorada voz de Mario.
—¡Vamos nena, ya tenemos que bailar y esta vez quiero que lo hagás bien, de otra forma vos vas a amanecer en Buenos Aires!
—Sos un cara dura, vos sos como los perros viejos que se pasan la vida gruñendo porque ya no pueden montarse en las perras.
Y me hacés un favor si me envías a La Argentina, che, ya estoy podrida con la comida de este país de mierda, y dejaté de soñar, pelotudo, soy mejor bailarina que vos, tus dotes de estrella ¡metételos por el orto!