ENTRE NOTAS DE TANGO LA SENTADA #3
93%

LA SENTADA #3

Han transcurrido dos años desde que Miguel Linares cayó herido de muerte.

Está en el asiento de una nave junto a Jennifer a punto de volar a Michigan, donde él cree que pudieran estar sus padres; en caso de estar muertos, está dispuesto a exhumarlos para obtener una reproducción genética y recuperar la convivencia de los años perdidos con ellos.

Detroit es un mundo muy distinto al que dejaron atrás; desde la ventanilla, se encuentra cubierto de lóbregas nubes y borrasca, y apenas son las tres de la tarde.

Pero ella siente un gran gusto de volver a poner un pie en su estado.

Al salir del puerto aéreo el aire otoñal de inmediato se hace sentir en su cuerpo, que horas antes trotó bajo los rayos del sol de La Florida.

—Me muero de frío en este congelador.

—Te gustaría vivir en la avenida Montejo de Mérida?

—¿Hablas en serio, mi vida? Me encantaría… ahora lo importante es encontrar a tus papás.

Con las ansias de hallar a sus progenitores, Miguel Linares o Giovanni Bugiardini ignora los puñales con que el frío viento penetra sus prendas.

En cualquiera de sus nombres, tiene mucho que agradecer a la vida: regresó de un coma, recuperó su excelente condición física y Jennifer lo rescató de mujeres fáciles de una noche, aun así siente que no estará completo hasta que los gritos que lo han seguido desde la niñez callen y contemple al menos una fotografía de sus padres.

El viaje del puerto aéreo al hotel con la blanca nieve que cubre avenidas trae memorias de la niñez a Miguel Linares.

Jennifer, que ha pasado meses en ruegos por temperaturas lejos de los treinta grados, al salir del coche exclama:

—Miguel, prométeme que jamás volveremos en invierno a Michigan.

—Cariño, es otoño. Únicamente estaremos aquí un par de días, tengo otras pistas en Nueva York.

Durante la noche en el hotel Miguel Linares no puede descansar por los muchos fantasmas que lo persiguen.

Lo atrapa una pesadilla donde mientras intenta correr entre el ruido de balazos ve caer herido de muerte a su amigo Juan Márquez, y al girar la cabeza —es de noche y él carga a otra persona herida entre sus brazos— ve acercarse a Karla por detrás antes de entrar a una alcantarilla, quien le dispara en la cabeza, siente el impacto caliente del metal y despierta sobresaltado.

—¿Dijiste balazos, Miguel? —Jennifer acostada a su lado pregunta intrigada.

—¿De qué me hablas? A lo mejor fue la película de vaqueros que no terminé de ver…

Jennifer seca el sudor frío que escurre de la frente de Miguel Linares y se abraza contra su pecho, después agrega con sus rosadas mejillas:

—Mi amiga Ann ha estado en mi mente, la extraño.

—Siento tanto lo de Logan.

—Al menos tiempo atrás nos despedimos por si algo nos separaba; prometimos vernos en la quinta dimensión para seguir haciendo sufrir a los hombres con nuestras curvas.

—Jajaja me haces reír, ójala así sea mi amor.

—De quien no me despedí fue de Jessica, cayó muerta el mismo día que saliste del coma.

No te había dicho: al regresar a casa la encontré en el estuche del violín; siempre supe que mi gatita tocaba el instrumento en mi ausencia, así que la enterré en la bombonera para que en otra vida regrese como concertista.

Durante el desayuno Miguel Linares se ve envuelto por más memorias de la niñez.

Ha descubierto lugares que son procesados como vistos y deduce que la ciudad debe ser su lugar de nacimiento.

En el almuerzo llama por teléfono a todos los Bugiardini del área metropolitana incluidos en el Directorio y nadie sabe nada de un tal Giovanni Bugiardini; de manera instintiva marca el número de Geraldine y en el contestador escucha la voz de Giovanni Orfanelli, una extraña ansiedad le recorre el cuerpo.

“Residencia de la familia Orfanelli, por ahora no podemos atender su llamada, pero esta noche nos puede localizar en el Green Field Village, Din y yo celebraremos ahí nuestro segundo aniversario de bodas bailando tango”.

Jennifer nota su asombro cuando Miguel Linares cuelga.

—¿Qué pasa? Tal parece que has visto a un fantasma.

Él confiesa su temor de sentirse muy cerca de la verdad, marca de nuevo y escucha el mensaje tres veces más.

—Jenn, escucha, ¿esta voz es idéntica a la mía?

En este momento recibe la notificación de un nuevo correo electrónico, es de sus detectives.

“Sr. Linares, hoy en día por medio de internet se puede saber hasta la identidad de los residentes del infierno, pero su caso no ha sido fácil: el líder de Ancianos Con Dignidad (A.C.D.) se llama Giovanni Bugiardini, usa este nombre para ocultar su verdadera identidad, tiene setenta y seis años, nació en Italia, fue casado en La Argentina y reside en Estados Unidos. Ahora observe copia del pasaporte de Giovanni Orfanelli: este personaje cuenta con setenta y seis años, es nacido en Italia, fue casado en La Argentina y reside en Estados Unidos. En nuestra investigación comprobamos que los dos individuos son la misma persona, y en el acta de nacimiento que adjuntamos usted aparece como Giovanni Orfanelli. Como podrá ver sus padres son: Giovanni y Sofía Orfanelli. También incluimos acta de defunción y registro del cementerio de Sofía Orfanelli en Livonia, Michigan. El documento está firmado por Giovanni Orfanelli. Mucho sentimos el fallecimiento de su madre, al mismo tiempo lo felicitamos ya que su padre aún cuenta con vida. Un cordial saludo.”

El ahora Giovanni Orfanelli lee el corrreo un par de veces con un enorme nudo en la garganta; siente que está por salir del océano de ansiedad que lo ha hecho navegar el mundo sin poder ser feliz en ningún lugar. Detrás de un suspiro y ojos lacrimosos muestra el correo electrónico a Jennifer.

—¿Me acompañas a visitar la tumba de mi mamá?

—Mi vida, estamos llegando a la salida del acertijo —ella responde, trata de romper el momento nostálgico —¿Entonces tu apellido es Orfanelli?

Por favor dime que tu primer nombre sigue siendo Giovanni, porque me encanta.

Vamos a ver: ¿Jennifer Bugiardini? Nooo, creo que suena mejor Dra.

Orfanelli. Me gusta mucho y la pronunciación es más fácil.

Vamos a donde quieras, conozco el área metropolitana de Detroit y en veinte o treinta minutos estaremos en Livonia. He ido a ese lugar.

Con sus propios demonios en la mente Jennifer llega a las puertas del cementerio donde también está enterrada su madre, ahora recuerda haber visto a una persona mayor parecida a Giovanni charlar a solas con una tumba en esa misma área.

—Sígueme, Orfanelli —le dice a quien fuera Miguel Linares, al salir del coche.

Con la confianza de un guía de turistas, lo toma del brazo y apunta con la mano hacia la izquierda para caminar en esa dirección.

—Por acá, mi vida, sé dónde puede estar sepultada tu mamá.

Sofía Orfanelli, Madre y Esposa

Nacida en Buenos Aires, Argentina. 04, 07, 1945

Fallecida en Detroit, Michigan. 09,19, 1994

Le sobreviven Giovanni Orfanelli, su esposo,

y Giovanni Orfanelli, su hijo.

“El día que Giovanni Orfanelli, mi adorado pibe,

visite esta tumba, se abrirá el cielo.

Gracias Dios eterno, finalmente descanso en paz”

¡Madres de Plaza de Mayo

Siento el dolor que lleváis dentro!

Después de leer la placa de bronce en la tumba de su madre, que además de identificarla tiene un mensaje para el hijo perdido, Giovanni Orfanelli cae de rodillas y llora de la misma manera que lo ha hecho —hoy sin limitación, antes en silencio— desde el primer día que se perdió en el almacén de mascotas.

—Por favor perdóname por haberme extraviado y hecho que sufrieras tanto. He regresado para que ya puedas descansar en paz. ¿Sabes que no he dejado de soñar con vos una sola noche? Quiero presentarte a Jenn, mi futura esposa. Gracias a ella he recobrado la esperanza de encontrarte.

Giovanni se pone de pie y abraza a Jennifer, quien le da una sonrisa y un beso.

—Tranquila, Jenn y yo encontraremos a mi papá para que no pase su vejez llorando a solas.

Jennifer le seca las lágrimas y hace lo mismo con su propio llanto.

Ella tiene recuerdos y la bandera de su padre; su madre yace enterrada a unos metros de ahí y la tuvo por muchos años.

Él detrás de una máscara de hombre fuerte ha llorado a solas toda una vida.

Para suavizar el dolor le dice, con una sonrisa amorosa:

—Orfanelli, tu mamá era argentina, ¡eres un tano!, por eso me hablas en italiano y te gusta tanto el tango.

Un par de horas después están de regreso en el hotel. Ella pasa la tarde en el centro comercial hasta encontrar un vestido y unas zapatillas a su gusto.

Las luces del coche de Giovanni parten la bruma de la ciudad en su recorrido por la autopista Southfield.

Él y Jennifer llegan a uno de los estacionamientos del museo Greenfield Village, conocido por tener un viejo avión afuera y que forma parte de su colección.

El coche de Giovanni recorre el estacionamiento y llega al Lovett Hall, que a la distancia luce como un gigantesco diamante y el aire que mece árboles sin follaje da al viejo edificio carácter de castillo inglés.

El invierno está a más de un mes sin embargo la noche de este diez de noviembre es fría en extremo; Giovanni sale del coche y acude al auxilio de Jennifer, quien pelea con el aire para ponerse un grueso abrigo.

—A estos disfiguros de ropa y caminar entre el batidillo de nieve nunca me acostumbraría; me siento como camello en una tormenta de arena porque el aire helado me hace cerrar las narices.

—La emoción de volver a ver a mi papá hace que yo no sienta nada.

Giovanni le echa un brazo al hombro y juntos caminan 200 metros del enorme estacionamiento hacia el Lovett Hall. De cerca, con su gran portón de finas maderas y pulidos cristales de la entrada principal, el lugar es totalmente apropiado para vestirse de gala y bailar tango.