ENTRE NOTAS DE TANGO LA SENTADA #2
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LA SENTADA #2

Miguel Linares fue raptado de un centro comercial y llevado a España, de ahí rescatado de un hospicio por una familia que lo trajo a La Florida y le dio nombre y apellido, una carrera en ingeniería electrónica y el estudio de varios idiomas.

Con todo ello, a los dieciocho años se sintió incompleto y comenzó a buscar el origen de su existencia, únicamente para chocar con una muralla de frustraciones.

Un día decidió encarar a sus padres adoptivos sobre su pasado cuando regresaran de un viaje, pero el avión que los transportaba a España explotó poco después del despegue.

Años más tarde, al conocer a Giovanni Bugiardini en la escuela con peste a orines rancios, un presentimiento le recordó el amor de la infancia, pero el odio por los ancianos lo hizo ignorarlo. Cuando estuvo en coma vio a Giovanni Bugiardini entrar armado a su habitación y dispararle en la cabeza.

Un mes después de regresar del coma Miguel Linares sigue soñando con su niñez; se ve corriendo en la mansión donde nació, dentro de una tina de baño en que su madre lo baña, al anochecer escucha su rezo y el tarareo de un tango que lo pone a dormir; se ve corriendo con Jennifer herida entre sus brazos y al entrar a una alcantarilla les da alcance Karla, le pone un arma y le dispara a la cabeza, al mismo tiempo el general Moreno apunta su arma contra la cabeza de Karla y dispara.

A ocho meses de despertar del coma Miguel Linares ya camina más de dos horas diarias en la playa y nada en el océano Atlántico, su fortaleza y los cuidados de Jennifer han hecho que se recupere antes del tiempo pronosticado.

Meses después los dos llegan a un puerto aéreo de Miami, de donde vuelan a Yucatán, México.

El crepúsculo ha caído sobre la ciudad de Mérida cuando entran a un restaurante que había sido edificio de departamentos.

Una docena de meseros camina entre las mesas del patio central cubierto por mesas y plantas; lo que fue la habitación del administrador carece de pared frontal y ha sido convertida en cantina; los departamentos alrededor del patio son usados como oficina, bodega y cocina.

Jennifer y Miguel Linares se sientan en una mesa frente a la pista de baile, donde no cabe una pareja más.

—Miguel, llévame a bailar.

Jennifer se percata que baila a la intemperie.

—¡Dios mío, qué bello lugar! Nunca había bailado tango en un patio, y menos bajo las estrellas.

El cuerpo de Jennifer está escasamente cubierto por una minifalda y una blusa.

—Qué bueno que no te quedó ninguna secuela del disparo. Nunca te había visto tan bella.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Ilusiones de una Noche estaba lleno como aquí, pero este lugar es tan diferente a los que he conocido.

—Luces bella de pies a cabeza.

—Gracias por verme bonita entre todas estas mujeres alrededor.

Él sonrié y la besa tiernamente en la mejilla, ella suspira, siente mucha confianza.

A las dos de la mañana salen del restaurante tomados de las manos como adolescentes de escuela, caminan entre los coloridos edificios del centro histórico y llegan al Parque Hidalgo.

Gente disfruta de una taza de café o escucha la música de una marimba, algunos taxistas a la orilla del parque esperan ser abordados y pretenden leer el periódico a la vez que pelean con Morfeo.

Jennifer corre al quiosco y a grandes zancadas llega a la parte superior, se detiene en el centro y mira a su alrededor, deja escapar otro suspiro, ahora de satisfacción, al sentirse lejos de los hombres que la han lastimado; se acerca al barandal y con sonrisas de mujer enamorada le pide a Miguel Linares que le cante una canción de amor como las que antes escucharon frente a la catedral desde una carreta jalada por dos caballos desvelados.

—¡Doy mi vida por una guitarra! —él responde pasándose las manos sobre la cabellera con fingida desesperación pues no sabe tocar dicho instrumento.

—Vamos, Romeo, si no quieres que mis padres nos descubran sube por mí y llévame muy lejos de aquí en tu corcel, jajaja.

Sin dejar de reír cruzan el Parque Hidalgo y entran al Hotel Caribe, un viejo y pintoresco edificio de tres pisos que antes fue La Universidad De San Idefonso.

Al fondo del hotel destaca un jardín interior con una fuente formada con triángulos y círculos.

A un lado está El Rincón, pequeño restaurante que a la entrada tiene una enorme jaula con Zoila, una guacamaya mediana.

Los pasillos alrededor del jardín y al interior del hotel están rematados con amplios arcos y hay confortables sillones donde se respira la tranquilidad de siglos pasados.

El último piso del hotel alberga otro jardín, una piscina y la habitación de Jennifer y Miguel Linares, donde ella pone en agua las flores que él le compró al salir del restaurante, se pone un traje de baño y hace que él haga lo mismo.

Mérida a las tres de la mañana es cálida y la cubren enormes y brillantes estrellas.

La piscina del hotel está oficialmente cerrada pero ella disfruta de todo lo prohibido y a la orilla de sus aguas se quita el bikini.

—Vamos, Miguel, los hombres de mundo como tú saben cuándo es el momento para seducir a una mujer.

Con provocadora sonrisa y lanzándole agua, se tira hacia la parte más profunda. Bracea unos minutos y al salir exclama:

—Me muero de frío, dijiste que en junio la península de Yucatán era más caliente que el infierno.

Él de inmediato la seca y la cubre con su bata.

—Acá afuera la temperatura está bastante agradable. El frío es porque mi cuerpo se está acostumbrando a vivir sin tequila, por favor ve a la habitación y apaga el aire acondicionado, ahí sí me voy a morir de frío.

El cuarto de baño es pequeño y el agua de la regadera brota caliente, como le gusta a ella, él ha protestado porque prefiere agua fría.

Jennifer está de rodillas enjabonándole piernas, trasero y espalda, en una seducción que comenzó desde la noche que se conocieron, salen del baño y ella se envuelve el cabello con una toalla.

Minutos después están frente a frente junto a la cama donde él la abraza y la besa.

—Eres tan dulce conmigo, me vas a mal acostumbrar. Dime una cosa: ¿siempre vas a estar a mi lado?

—Cuando te pueda dar un apellido nos vamos a casar, y vamos a estar siempre juntos.

Esto la hace soltar un gran suspiro y lo abraza con más fuerza.

—Nunca me dejes, ya no podría vivir sin ti.

Un trotador de mundo como Miguel Linares ha conocido más mujeres que un galán del cine italiano, sin embargo, este calor de mujer que le ha echado los brazos al cuello y le susurra con voz de ángel al oído, lo hace sentirse como un adolescente frente a su primera conquista.

A la distancia se aprecia la cúpula de la catedral de Mérida que en tres horas comenzará a llamar a misa de domingo.

En tanto, la ciudad duerme mientras ellos con los ojos abiertos se dan besos ardientes entre las sábanas.

Él la besa de pies a cabeza y pone particular atención en el pozo de los deseos, que se derrama de néctar, ella después se sienta sobre él con una sonrisa en la que aparece la eternidad deseada, y con los movimientos pierde la toalla de la cabeza.

La mañana siguiente comienza con miradas y palabras dulces en El Rincón, donde Jennifer saborea un delicioso café endulzado con leche Nestlé mientras intenta hacer hablar a la guacamaya.

Desiste después de varios intentos y la bautiza como el Traidor, porque según ella Zoila es algún hombre que por burlarse de las mujeres fue encantado por una bruja y terminó en la jaula.

Más tarde los dos caminan de la mano rumbo a la catedral.

Al salir se internan en el mercado; Jennifer se horroriza con las cabezas de puerco en las carnicerías y las gallinas que cuelgan del pescuezo, para hacerle olvidar la experiencia él le compra una rosa y un vestido blanco de algodón.

Salen del mercado y recorren el palacio municipal, caminan entre viejos edificios porque ella quiere sentirse entre la gente local.

Lo cierto es que el auto rentado fue remolcado por la policía mientras ellos hacían el amor en el hotel a las once de la mañana.

Dos días después en el centro antropológico de Uxmal Jennifer se esconde entre pilares; cuando él la encuentra, se besan con pasión, lo mismo ocurre al llegar a la cúspide de la pirámide El Adivino.

De regreso en el hotel, se desvisten, se duchan y sus gemidos se escuchan en todos los rincones de la habitación; es mentira decir que de noche todo es calma, las horas de la alborada siempre serán rotas con la serenata de una mujer satisfecha en la cama.

A la mañana siguiente Miguel Linares recibe una llamada teléfonica de un despacho de detectives que trabaja para él.

—Le tengo información sobre su infancia, como me lo pidió.

—¿Ya podré saber quién soy?

—Señor, ya verificamos y efectivamente, como usted lo soñó, su apellido es Bugiardini, y su nombre, Giovanni.

—Va a pasar un buen tiempo para acostumbrarme a mi verdadero yo.

—Nuestro abogado hará una cita en la corte para sacarle un acta de nacimiento y por favor cuando regrese a Miami no deje de llamar a mi oficina, un cordial saludo.

—Gracias, estamos en contacto.

—Jenn, ¿que te parece mi nuevo apellido, Bugiardini?

—A mí me gusta más Linares, ¿tenemos que regresar a Miami hoy mismo?

—No. Un abogado se va a encargar de todo.

Dos semanas después Jennifer y el ahora Giovanni Bugiardini están de regreso en La Florida.

Él, totalmente recuperado de salud, vuelve a buscar el origen de su existencia, con sus propias investigaciones.

Lo ha inquietado la información del detective.

Viaja a España con Jennifer sin ningún resultado positivo.