ENTRE NOTAS DE TANGO LA SENTADA
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LA SENTADA

Seis meses después, en el sur de La Florida, la furia de una tormenta deja áreas inundadas en El Divino Redentor, un hospital.

En uno de sus estacionamientos, ya recuperada de su hombro, Jennifer desciende de un coche y sacude la cabellera que el aire húmedo le alborota.

La bella mujer camina eludiendo charcos, llega a las puertas del hospital y se quita los lentes oscuros.

A diario visita este lugar y cada vez que lo hace al entrar aprieta los labios y siente que está por escalar una alta montaña.

Miguel Linares permanece aquí en coma, lo trasladaron desde el Hospital Lluvia Sagrada a los cinco días de ser herido en la cabeza en Ciudad de México.

Jennifer camina con pasos firmes y rápidos para no mostrar su angustia, llega al ascensor y sube al octavo piso, donde se encuentra con unas enfermeras que hacen planes para el baile de esta noche.

—Buenos días, Doctora Washington, ¿sigue lloviendo allá afuera? Su paciente luce mucho mejor hoy.

—Miguel no es mi paciente. Es el amor de mi vida.

—Ya verá que uno de estos días los dos nos van a acompañar a bailar salsa.

Jennifer sabe que la invitación es de protocolo, responde con una sonrisa:

—Hace mucho calor para bailar salsa… no saben cuánto extraño el aire helado de mi querido Michigan.

—¿Dónde compró ese vestido tan bonito?

Jennifer deja escapar un suspiro al recordar la boutique en Ciudad de México donde Miguel Linares escogió la prenda.

—Gracias, es un regalo, prometo que cuando Miguel se recupere con gusto iremos al baile.

El hospital se encuentra muy cerca del mar, la vista desde el octavo piso es única. Irónicamente aquí permanecen los pacientes con pocas esperanzas de recuperación. Jennifer se despide de las enfermeras y camina hacia la habitación de Miguel Linares. Antes de entrar lee brevemente su expediente.

Ingresa a la habitación con los ánimos en alto.

Hay mejoría en Miguel Linares: su cabeza ya no está envuelta en gasa ni tiene la sonda por donde corrió líquido encefálico teñido de rojo, la incisión en la frente sanó meses antes y el cabello le ha vuelto a crecer.

Luce muy delgado y su respiración es agitada.

—Buenos dias, mi cielo.

Jennifer lo besa en la frente. Miguel Linares yace en una cama que al lado tiene una mesa con seis ángeles en forma de círculo.

Ella no cree en ninguna religión pero mira hacia ellos y se incorpora para acomodar las flores que a diario trae.

Camina al centro de la habitación y rocía en todas direcciones extracto de limón orgánico.

Este sábado después de contarle de la tormenta y la invitación al baile, pone música de tango en su teléfono inteligente.

Va por espuma de afeitar y un rastrillo, regresa y le flexiona las extremidades, le da un baño de esponja y se sienta a su lado. Le dice al oído:

—Mi cielo, anoche volví a soñar que viajábamos por el mar en busca de un pez vela cuando de pronto una gran ola me arrancó del velero…

y desperté, me sentí tan sola. ¿Me escuchas, Miguel?

El sueño es porque tú haces mucha falta en mi vida.

Pero no creas que todo son pesadillas, también sueño que despiertas y corremos por la playa, después tomamos un avión y me llevas a conocer Mérida.

¿Me escuchas, cariño? Vamos, Miguel, por favor ya despierta, me muero de ganas de que me lleves a bailar tango argentino.

Comienza a afeitarlo con la misma ternura con la que se alimenta a un bebé.

Nota en los ojos entrecerrados un movimiento, no es novedad, desde hace días ha observado que detrás de los párpados la sigue con la mirada.

Cuando le pide que contraiga la mano ya no parece una simple respuesta mecánica.

Continúa sin perder detalle del movimiento en sus ojos, esta vez en lo más profundo del alma presiente que está a punto de producirse un milagro.

Como mujer de ciencias sabe que los prodigios no existen, sin embargo un helado escalofrío le recorre el cuerpo y sacude la cabeza en un intento de ignorarlo; sigue afeitándolo y entre el sonido del tango en el teléfono y del rastrillo arrastrando la espuma cree ver un mínimo movimiento de labios inentendible.

—Jen, teee-amoooo…

Pone más atención y acerca un oído a la boca de Miguel Linares. El susurro se repite y prolonga.

—Jenn, teee-amoooo… más-que ayerrrrr, no-impor-ta que-me pises… cuando bai-lamo-ssss-tangooooo.

Jennifer siente que el corazón le va a brotar del pecho con la frase que escucha y el suave apretón de brazo.

Ha leído de casos para los cuales la ciencia no tiene explicación.

No descarta una corrección neurológica, no obstante escudriña su rostro como retándolo a repetir la frase.

Se acerca más a él y respira profundamente para controlar sus emociones, le limpia la espuma de afeitar y culpa lo escuchado al cansancio; sin embargo la sonrisa que se dibuja en el rostro de Miguel Linares y la frase que levemente escucha le confirman que lo anterior no fue producto del cansancio ni de su imaginación.

—Jenn, eso-sabe-horri-ble, para afeitarme-uso-acei-te de-olivo…

Jennifer deja escapar un gran alarido y arroja el rastrillo al piso, se lleva ambas manos al rostro… Detrás de una cascada de dulces lágrimas dice:

—¡Mi vida!, sabía que pronto te recuperarías… por favor perdóname por haber dejado que la espuma de afeitar llegara hasta tus labios, pero es que al escuchar tu voz perdí el control de mis movimientos.

—Cari-ño, no-tomes-tan-en-serio mis-protestasss.

—¡Graciela, Graciela, ay Dios mío, ¡esto es un milagro!

Él la acerca a su pecho estirando la mano y le susurra al oído.

—¿De-qué-hablas, Jenn? Y no-massss-llantoooooo.

La enfermera Graciela, con temor, se acerca y abraza a Jennifer.

—Karla Caste-llanos anoche-me dio-un balazo pero estoy-bien.

Jennifer quiere responder… ha perdido el habla.

—Per-dóna-me por-haber puesto en-peligro tu vida.

—¡Ay, Dios mío, esto es un milagro!

—¿Cómo te-sientes, cariño?

—Ahora muy feliz, ¡tú y yo hoy hemos vuelto a nacer!

—Cuando te cargué en mis brazos-sangrabas profusa-mente, no he podido-dormir pensando que jamás te-volvería a ver, Jenn, te he-hecho pasar tan mal-rato.

—Usted ha estado muy enfermo, señor Linares —Graciela interrumpe con voz enérgica.

Jennifer trata de controlar el llanto y las contracciones del estómago, no puede.

—Me voy a enfermar más-seguido porque no-todos los días se tiene la-dicha de tener tan cerca-a tan bella visión-celestial.

Jennifer está ahora segura que realmente ha salido del coma. La última frase se la había escuchado la fría noche en que se conocieron.

La luz del sol llega hasta los pies de Miguel Linares, quien al sentir el calor dice en palabras más fáciles de comprender.

—Qué día más bello, junio es lo más bello del año.

—Estamos en enero, señor Linares. Usted lleva más de seis meses en coma.

—Graciela le dice al tiempo que le toma el pulso —Y no tiene usted ni la menor idea de lo mucho que ha sufrido la Doctora Washington, la pobre se ha pasado días y noches a su lado, mujeres como ella ya no hay muchas.

Cuando se recupere cuídela mucho, ella lo ama más de lo que usted puede llegar a imaginar.

Graciela se levanta y camina a la puerta, a gritos pide un médico.

Jennifer continúa abrazada a Miguel Linares mientras en su mente pasan los días en que se sintió tan sola; su transferencia al hospital de La Florida donde lo trasladaron la acercó a él, aunque nunca pudo entrar a su mente.

Ahora con la sonrisa que despierta la primavera, olvida el pasado y lo besa en la frente, se incorpora y abraza fuertemente también a Graciela.

—¿Estuve seis meses en coma? ¿Es cierto, Jenn? ¿Y qué pasó con el proyecto Madison y dónde están Alejandro Benítez, el general Moreno y Juan Márquez?

—Todo a su tiempo, señor Linares —responde el neurólogo mientras le hace exámenes de rutina.

Jennifer entre suspiros no deja de sollozar y Graciela nota que está por desmayarse. Con la ayuda de dos médicos la sientan y le dan un sedante; duerme.

Miguel Linares también cierra los ojos y comienza a vivir un sueño infantil que se ha repetido en su cabeza miles de veces, nunca tan claro como ahora que se ve en un parque escuchando la voz de sus padres que caminan detrás de él.

—Cuando regresemos a Buenos Aires nosotros dos vamos a ir a todos los partidos del River y quizá algún día vos llegues a jugar con esos chicos —le dice su padre.

—Pero qué cosas decís Giovanni —Sofía, la madre, interviene.

—Giovanni es sólo un pibe de dos años y yo quiero que estudie ingeniería electrónica como vos.

El helado aire de Michigan semiparaliza el rostro del pequeño Giovanni, su padre lo levanta en sus brazos y le dice al oído:

—Giovanni, sé lo que vos quieras pero lo único que te exijo es que seas tan feliz como a mí me haces.

Más tarde el pequeño se ve en la mesa de una cocina donde su madre le ayuda a apagar las velitas de un pastel.

—Así mi vida, así, soplále a la torta, ay, Giovanni, sos tan lindo.

Giovanni después, en la sala de la casa, ve a sus padres y a otros adultos celebrar su cumpleaños número dos bailando tango.

Antes de terminar el sueño Giovanni se ve de adulto y herido en la cabeza, también ve a su madre llorando a su lado, después la ve alejarse por un sendero luminoso y quiere seguirla, ella lo detiene y le dice:

—Giovanni, busca a tu viejo y no lo dejés llorar su vejez a solas.

Miguel Linares en su niñez y su adolescencia siempre despertó sollozando, como adulto aún despierta sobresaltado, ahora en la cama del hospital vuelve a llorar al soñar con sus padres y escuchar su verdadero nombre: ¡Giovanni!