LA COLGADA #3
Él nació con el don de no olvidar una promesa. Días antes recibió unos estudios que lo hicieron llorar de felicidad. Mientras los meseros comienzan a servir platillos y copas de vino, la emoción lo traiciona y con discreción se limpia un par de lágrimas.
—¿Qué pasa, José? Tu platillo ha de estar muy picante, tú nunca tienes los ojos rojos… a ver cariño, déjame probar tu pollo.
—Estoy bien, Blanquita… Los recuerdos son muy traicioneros.
—¿Qué recuerdos?
Blanca Estela nota que el bocado es más bien dulce. Culpa los ojos rojos al cansancio del viaje, Raquel la golpea ligeramente con la rodilla para que no insista más. —Deja comer al maestro y por favor pásame una tortilla de maíz, a mí no me gusta el pan.
Como todo el mundo carga una cruz a cuestas, los ojos rojos de José Landagaray pasan desapercibidos por el resto del grupo.
Al terminar la cena Giovanni y Geraldine son los primeros en levantarse de la mesa.
—Nos van a perdonar, Geraldine y yo estamos muy cansados.
—No tenga usted pendiente, todos estamos agotados física y mentalmente con lo que ocurrió en Acapulco —responde el general Robles sin quitar la vista de Blanca Estela.
—Como yo no estoy cansada regreso después de la ducha, Blanca Estela me pidió ayuda con su tango —Geraldine dice sin querer dejar la mesa.
—Descansen y no olviden que los asuntos de Ancianos Con Dignidad están programados para mañana temprano —recuerda Giovanni al dejar la mesa.
Momentos después José también se disculpa para llevar a Blanca Estela y a Raquel a la habitación, no sin antes abrazar al general Robles.
—Por favor no se retire general, estoy de regreso en unos minutos.
Una vez en la habitación y a solas con Blanca Estela, José la sostiene de las manos y le dice con un nudo en la garganta:
—Blanquita… tengo una gran noticia que darte.
El llanto que le aparece es por las penas en toda una vida de no saber de su propia madre. Blanca Estela lo arrima a su pecho y le dice al oído:
—Sabía que tus ojos rojos no eran por cansancio, ¿qué pasa, mi vida?
Unos segundos transcurren tan lento que parecen horas, hasta que responde con la voz quebrantada.
—Blanquita… hemos encontrado a tu señor padre —informa con los sollozos de un hombre que lleva un niño herido en lo más profundo del alma.
—José, no lo creo, ¿en verdad encontraste a mi papá? —Blanca Estela se pone una mano en la boca, con ojos lacrimosos. Un gran hueco se le abre en el estómago.
—¿Estás seguro, José? ¿Mi papá aún vive? ¡Virgen de Guadalupe! ¡Mamá, cómo quisiera que estuvieras aquí para escuchar esta noticia! ¡José encontró a mi papá!
Entonces se aparta súbitamente, aprieta los labios y él adivina sus pensamientos.
—Blanquita, no lo juzgues por no haber sido parte de tu vida. Los hombres cometemos muchos errores, nuestras decisiones están basadas en los sueños de niño. Para nosotros es tan fácil vivir noches de pasión y al día siguiente estamos listos para sembrar nuevos problemas.
—Mi mamá nunca dejó de amarlo. Murió soñando que algún día regresaría a buscarla. ¡Ese hombre no es mi papá! ¡Lo odio con toda mi alma, no lo quiero ver!
—Blanquita, escúchame, ¿cómo sabes si tu papá no ha soñado con tu mamá? Él no sabía de tu existencia. “¿Tengo una hija? ¿Está usted seguro, maestro? ¡Bendito sea el cielo!” Fue lo que dijo cuando le informé de tu existencia.
—Que fácil es decir lo siento, para después volver a herir a una persona.
—Deja que te explique por qué no regresó por tu mamá; sé que en este momento te pueden salir del corazón palabras llenas de odio. No dejes que los malos recuerdos te roben la felicidad. Dale la dicha de conocerte. Cuando él llegue a faltar y tú lo sepas, el remordimiento no te va a dejar ser feliz.
—Tienes razón…
Blanca Estela se acerca a José. Desde el fondo del alma da gracias por la existencia de su padre; conforme los latidos dejan de brincar y se va cerrando el hueco que se abrió en su estómago, repite detrás de un suspiro que le da la vuelta al mundo:
—Tienes mucha razón…
Recuerda que su madre siempre le habló bien de su padre. Lo menos que puede hacer es verlo, porque perdonarlo lo hizo hace mucho tiempo.
—Qué buen hombre eres, José. Doña Luisa Reyes tenía razón cuando me habló de ti al darme su bendición antes de morir al día siguiente que llegué a la mansión.
Lo abraza fuertemente y le dice al oído: —Gracias por no olvidar tu promesa. Pero… ¿dónde vive? Tal vez ha sufrido más que yo. Imagino que en las cañerías como una rata… después de que regresemos a casa lo podemos buscar.
—Esta misma tarde lo podemos ver. Tu padre nos espera en el restaurante.
Blanca Estela se cubre el rostro con ambas manos y deja escapar un alarido.
—¡No me digas que el general Robles es mi papá! Se ve muy joven, ahora comprendo tu insistencia en sentarnos uno frente al otro, ¿sabes que durante la cena algo me hizo desear que me encontrara frente a mi papá?
—Le vas a dar un gran gusto, él no sabe quién eres tú.
José la abraza con ternura. Blanca Estela corre a la habitación de Raquel y se abrazan también, lloran de alegría.
El general Robles lee el diario cuando José y Blanca Estela llegan al restaurante.
Deja la lectura y se pone de pie. Es un hombre en completo control de sus emociones, no hace gestos cuando Blanca Estela llega a la mesa, quien se para enfrente y lo observa por algunos segundos.
En el fondo comparten el mismo carácter.
—Buenas noches, general Robles, mi esposo dice que yo soy su hija.
El general Robles gira la mirada hacia José, siente las piernas firmes de militar cómo se le aflojan.
En su cabeza, en tres segundos, una vida completa pasa ante sus ojos.
Escucha la orden del general Dávalos. “El día de mañana partimos a Yucatán, nadie sale del cuartel, quedan prohibidos todos los permisos!”
—José, ¿es cierto lo que ha dicho tu esposa?
El general Robles aún siente el nudo que le formó en la garganta la orden del general Dávalos. En esas dieciséis palabras se disolvió la felicidad de su alma. Ya no pudo ver más a Sarita, el amor de su vida.
—Señorita Blanca, no sabe usted la felicidad que regresa a mi alma su presencia.
El general Robles ha estado de pie e inmóvil aun con la debilidad momentánea en sus piernas; saca un pañuelo y se limpia el discreto llanto.
—José pagó detectives y estudios genéticos que le confirmaron que usted y yo somos parientes. Yo aún no lo creo, ¿tiene usted algo que decirme?
—Señorita Blanca, yo era sargento cuando conocí a su señora madre.
—¿Y eso le impidió buscar a mi mamá después?
—Admito que fue una cobardía no desertar para correr al lado de Sarita. Un año después regresé a Guadalajara y Dios sabe lo mucho que la busqué.
—¡Pues no buscó muy bien, de un militar se espera tenacidad!
—Mi permiso sólo era de tres días, luego tuve que unirme a mi general Dávalos en Oaxaca.
—José, ¿tú sabías todo esto del general Robles?
—Sí, algunos oficiales amigos de él me contaron que estuvo a punto de quitarse la vida por una mujer.
Blanca Estela aprieta los labios como hizo cuando supo la existencia de su papá y deja escapar un largo suspiro.
—Señorita Blanca, encontrar un grano de sal en el mar no es nada fácil. En un año pasan muchas cosas, además Sarita cambió de domicilio. Sólo Dios sabe las noches enteras que he llorado por ella. Perdóneme, dígame cómo se encuentra su señora madre.
Blanca Estela vuelve a apretar los labios y lo mira con ojos de cristal. Él comprende que el amor de su vida se ha ido, como él lo hizo, sólo que ella para no volver jamás.
—Usted no lloró tanto como ella que se fue a la tumba soñando su regreso.
El general Robles, sin dejar de derramar lágrimas que ya no son tan discretas, extrae su billetera de la casaca y da un vistazo a una fotografía blanco y negro. La extrae, extiende el brazo con cierto temor y la pone en las manos de Blanca Estela.
—Señorita Blanca, esta foto de su mamá toda una vida la he llevado junto a mi pecho, en lo más profundo del alma, por favor acéptela como prueba de que yo nunca olvidé a su señora madre.
Blanca Estela observa la imagen y acaricia la fotografía con lágrimas en los ojos. José la abraza al comprender su sentimiento.
—Mi mamá sabía que usted también la quería, tampoco lo olvidó, nunca quiso salir con ningún otro hombre.
El llanto del general Robles es ahora abundante, ya no le importa humedecer su uniforme o traicionar el temple de sus insignias. Después de limpiarse lágrimas y nariz, logra decir detrás de un tosido.
—Nada podemos hacer para regresar el pasado. El presente sí lo podemos manipular. Espero que usted me permita ser parte de su vida y algún día me perdone.
Blanca Estela ha estado observando la fotografía de su madre, gira la mirada hacia su padre y lo ve con ojos de ternura; en un impulso, se arroja a sus brazos y llora como la niña herida que siempre se ha ocultado dentro de su alma.
—¡Ay papá!, bendito sea Dios por darme la dicha de conocerte y saber que buscaste a mamá, ya podrá ella descansar en paz.
—José… nunca voy a olvidar esta felicidad ni tampoco la lección de obstinación que me has dado.
Geraldine llega para practicar tango con Blanca Estela. José llama al mesero y pide champagne para brindar:
—Salud, el champagne es el mejor invento francés, con sus burbujas se lleva las penas del mundo.
Blanca Estela se toma fotografías con su padre, practica tango con Geraldine y regresa a su camarote.
El general Robles, José y Giovanni, bajo expresa orden de Geraldine, comienzan a armar un programa de reconciliación entre jóvenes y ancianos.
Ancianos Con Dignidad sabe que el tango atrae a jóvenes, ancianos, obreros, profesionistas y bohemios, además de gente que con el corazón roto huye de la soledad y se refugia en las milongas, donde nacerá un ejército para derrotar a los líderes corruptos que los han manipulado al enfrentarlos con el propósito de no pagar pensiones ni crear nuevos empleos.