ENTRE NOTAS DE TANGO LA COLGADA #2
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LA COLGADA #2

—Me encuentro en el lugar más bello de la gloria y lo único que escucho es el bello canto de ángeles que flotan a mi alrededor.

—Qué cielo ni qué cielo loco de porra, dele besos al piso y a la taza del baño.

Otras mujeres que ya también salieron del hechizo ríen y aplauden.

—Se hace el loco para que no le reclamemos, lo que nosotras queremos es que ya nos deje dormir, ¡viejo depravado! ¿Y quién le dijo que era poeta? ¡Hasta un idiota puede escribir babosadas bajo los efectos del alcohol!

—Queridas ninfas, escribir es lo mismo que crear y eso es algo que sólo está reservado para el Creador.

—¿Quién le dijo que es poeta? Los poetas no se pasan la vida jugando ajedrez, bailando tango y tomando vino como usted, y sépase usted muy bien esto: no todas las mujeres somos como esas perdidas que todas las noches gimen en su departamento.

—Rumores mal fundados, queridas ninfas.

—¿A poco cree que no sabemos que sofoca sus lujurias con música de tango? ¡Viejo degenerado! “¿Dónde vive el poeta?” Preguntan esas putas baratas que todas las noches vienen a buscarlo.

—Rumores y calumnias mal fundadas que mis enemigos inventan para desprestigiar mis amores.

—¿A quién cree que engaña usted? Hasta los niños lo conocen como el viejo mujeriego del 403. Compórtese como un hombre de su edad y ya déjenos descansar para que podamos trabajar, Dios sabe que no tenemos reposo con el ruido que hace usted y ese grupo raro del 303.

—Como soltero que soy de vez en cuando recibo alguna visita durante la noche, la mayoría de las nenas que me buscan son mis estudiantes de la universidad.

—Las niñas universitarias no tienen tetas de silicón ni caminan buscando macho, ¡a leguas se ve que esas mujerzuelas ya han apagado muchos cirios!

José no puede impedir que una sonrisa escape de sus labios.

—Algunas vienen para aprender el ritmo del dos por cuatro, claro que entre ganchos y sentadas la pasión me confunde el pensamiento y ni Dios puede impedir lo que pasa después.

José en ningún momento levanta la voz. Las observa con ojos de ternura. A gritos les quisiera decir que la música clásica, el tango, el vino, el ajedrez y las mujeres fáciles son para ahogar el gran vacío que dejó en su alma su querida esposa Eva, muerta seis meses antes.

—Queridas ninfas, los intelectuales tenemos más enemigos que ilusiones tiene un pobre. Los gobernantes corruptos temen a nuestra mente brillante, de donde nacen revoluciones e historias de amor.

—Las historias de amor nacen con una mujer decente, ya déjenos descansar.

—La noche se hizo para el amor y la fantasía, dejen que duerman aquellos a quienes el subconsciente los limita a imitar a los simios.

—¿Amor y fantasía?, sabrá Dios qué cosas fuma para tener esas visiones.

José vuelve a esbozar una sonrisa y con el bastón se golpea ligeramente la palma de la mano.

—Dejen que laboren los hombres, que para eso les dio Dios la fuerza bruta, los hombros anchos y la poca imaginación además de la encomienda de mantener a las mujeres.

—Pues a usted nunca lo hemos visto trabajar, ¡viejo briago!

—Es porque nunca han pisado mi departamento.

—¡Brincos diera, viejo degenerado!

—Las mujeres fueron puestas sobre la faz de la Tierra para ser adoradas de día y de noche y no para trabajar.

Vuelve a mirar a su alrededor y avienta besos al aire con ambas manos.

Algunas mujeres lo ven detrás de una sonrisa y otras con miradas de pistola.

José se acomoda la bufanda, el sombrero y se coloca el bastón en un antebrazo, camina escaleras abajo y llega al estacionamiento, donde ya lo espera un chofer.

Antes de entrar al coche que envía por él la universidad, gira sobre los talones y vuelve a lanzar besos al aire a las mujeres y le da una moneda de oro al portero.

El automóvil que transporta a José sale del edificio y desaparece entre el tráfico.

Ninguno de sus vecinos sabe que da cátedra de literatura en dos universidades, tampoco que por años ha buscado a su madre.

Una fotografía blanco y negro es lo único que lo une a ella.

A los seis años lo dejó con su abuela paterna y al morir ésta se fue a vivir a México, donde nació; si su madre aún viviera tal vez algún día la podría encontrar.

Años después, cuando sus libros comenzaron a ser vendidos, fundó una asociación protectora de niños y mascotas, y como Dios no le dio el don de ser padre se conforta con saber que con tantos huérfanos él puede ser padre y abuelo miles de veces.

El lujoso crucero continúa su navegación al norte guiado por la estrella polar.

En la pista de baile José y Blanca Estela siguen bailando.

Giovanni llega a cubierta y peina el área con la mirada, camina hacia la pista y entabla conversación con dos mujeres.

En su camarote, Geraldine se encuentra llorando.

Por el pleito de Mario y Silvia, ella y Giovanni partieron de Acapulco antes de la explosión de El Fuerte San Diego.

La milonga y exhibición de tango a bordo es creación de ella, y como entre los bailarines no aparece el nombre de Miguel Linares, comienza a aceptar que ha fallecido.

Dentro de este mar de dudas y lágrimas se aplica unas gotas de colirio y se retoca el maquillaje. Lentamente sube a cubierta, donde Giovanni nota su presencia y se dirige a su encuentro. Hacen lo mismo José y Blanca Estela.

—Qué noche tan bella. Nací cerca del mar y nunca lo había disfrutado tanto como ahora —comenta Blanca Estela después de saludar.

—El mar está lleno de una energía que embruja tanto como tu belleza —le dice al oído José después de darle un beso en la mejilla.

—¿Han visto alguna ballena o algún delfín?

—No es temporada de ballenas, a veces se llega a ver alguna que no viaja al norte para cuidar de su ballenato —responde Giovanni.

Geraldine se siente desmayar cuando cree ver a Miguel Linares pasar con una mujer pelirroja. Al percatarse, Giovanni la abraza: —¿Qué pasa, Din? ¿Te sentís bien? Tal parece que has visto a un fantasma.

—La imaginación me hace ver cosas que no son y la vejez se me ha subido de golpe. Me duele la espalda por la humedad del mar y la caída del caballo que sufrí en la juventud.

Geraldine camina con las piernas temblorosas a una silla y se sienta. José y Blanca Estela regresan a bailar. Una hora después el tibio aire los encuentra caminando en cubierta a los cuatro.

—¡A mí me gustaría nadar con ellos para acariciarlos! —exclama Blanca Estela al descubrir que son escoltados por un banco de delfines.

Geraldine y Giovanni han visto estos cetáceos en los siete mares. Continúan la caminata ellos y llegan al otro extremo del buque. Él le cuenta en detalle sobre la batalla que su grupo tuvo contra los jóvenes frente al monumento de Cuauhtémoc.

—¡Din, maté a mi propio hijo! Dios es testigo que por muchos años lo busqué y cuando lo tuve frente a mí le quité la vida, ¿recuerdas la primera vez que nos visitó en aquel decrépito edificio con peste a orines?

Geraldine ve a Giovanni sollozar, pero tiene la mirada perdida, en su mente continúa viendo a un hombre del brazo de una peliroja.

—¿Me escuchás, Din? El odio no me dejó apreciar que su rostro era igual al de su mamá.

Dios sabe que muchas veces, creyendo ver a mi pibe, salí de mi coche y corrí entre el tráfico, la gente debió haber pensado que estaba piantao.

Muchas veces le pedí al cielo que así fuera para dejar de pensar en mi querido Giovanni, pero todo fue inútil porque nunca he dejado de soñar con él.

Geraldine deja escapar algunas lágrimas y él asume que es por la confesión; en realidad es por la angustia de no saber nada de Miguel Linares.

—Su mamá nunca me perdonará la canallada que hice. ¿Cómo puede haber un Dios que lo ve todo e ignore el infierno en que he vivido una vida completa? ¿Tendrá pibes mi Giovanni, perdón, Miguel Linares? ¿Qué vamos a hacer, Din? Este odio entre jóvenes y ancianos nos tiene podridos.

Giovanni se pasa un pañuelo por el rostro y se seca lágrimas que le brotan en torrentes. Geraldine no escuchó la confesión que días antes él ya había compartido y, recargada sobre la borda, deja escapar sus propias lágrimas que se confundan entre el agua del mar.

La música del tango se escucha en cubierta cuando José y Blanca Estela llegan con Giovanni y Geraldine.

Juntos se echan a caminar. José también tiene algo que confesar a Blanca Estela y decide esperar hasta tener una prueba más.

En ese momento la vía láctea se parte en dos con el resplandor de un meteorito.

—¡Un deseo, Din, pidamos un deseo!

Después de un silencio que parece durar un siglo, ella responde con la voz entrecortada: —Deseo que se encuentre bien el señor Linares y que las estrellas que caen sirvan para exterminar el odio entre jóvenes y ancianos.

El lujoso crucero ancla la tarde del día siguiente en San Diego, California, donde el general Robles espera su arribo. Bajó al restaurante de su hotel y se ha sentado en la mesa que reservó el día anterior. Minutos después arriban José y Blanca Estela, Raquel Díaz, Giovanni y Geraldine.

—¡Qué gusto verlos con bien! —el general Robles se alegra cuando llegan a su mesa. Al abrazar a José, le susurra al oído:

—La gente está culpando a un asteroide de la explosión de El Fuerte San Diego.

—Lo sé, general. Perdimos muchos compañeros, pero los jóvenes quedaron sin el general Moreno, Juan Márquez, Alejandro Benítez y Miguel Linares.

Giovanni sabe de lo que los dos hablan y expresa con una gran sonrisa:

—¡Eso merece un brindis!

Se hacen las presentaciones del resto del grupo y comienzan a ordenar alimentos.

—Yo me sentaré en la cabecera. Blanquita, ¿quieres sentarte a mi derecha? El general Robles se puede sentar frente a ti.

—El que se sienta en la cabecera paga la cuenta —suelta Giovanni mientras ayuda a Geraldine a sentarse.

—En el siglo XV el organista se sentaba en la cabecera —responde José con su habitual sonrisa.