LA SENTADA #6
Mario, el maestro de tango que dio la exhibición con Silvia, en realidad tiene noventa y ocho años de edad.
Cuando habla de la fotografía de su hermana muerta en un accidente, y que lleva colgada en el pecho, no es nadie más que su nieta, que fue quien falleció en el accidente.
Mario, mediante implantes genéticos y cirugías plásticas, lleva más de setenta años haciéndose pasar como joven.
En un inicio fue comisionado para infiltrar el grupo de Miguel Linares, con el tiempo se acostumbró a su imagen lozana y al sexo con mujeres adolescentes, olvidó su misión y sintió asco hacia los ancianos.
—¡Che, Miguel, qué gusto volver a verlos!, ¿dónde se habían metido?
—Jenn y yo recorrimos el mundo hasta encontrar mi pasado.
—No sabés cuánto los he extrañado, oh, les presento a Camille, mi nuevo amor, ¿verdad que es muy bella? Después de la milonga nos tomamos una copa de vino para que me contés de los lugares donde han estado, pero seguí bailando hermano, seguí bailando.
Le da una palmada en el hombro y dirige la mirada a la orquesta. A señas pide a los músicos que sigan tocando. En este momento se acerca Silvia.
—¿De qué hotel vienen, Che? La pelirroja tiene la cara de completa felicidad, jajaja.
Los abraza sin dejar de hacer bromas, después da unos pasos hacia Geraldine Hall y la toma de la mano. La lleva con ellos, que la reciben con un abrazo.
Al sentir con una mano que el armazón de los lentes le cubre la mitad del rostro Giovanni Orfanelli enfoca la mirada en el programa y en un instante en la pareja elegantemente vestida.
Con las imágenes claras frente a él, se pone y se quita los lentes para comprobarlo al identificar a Giovanni Orfanelli, su hijo.
La noche de los balazos pasa ante sus ojos instantáneamente y el corazón le da un vuelco, el micrófono cae al piso, causa un estruendo y de nuevo se crea un gran silencio en el salón.
Giovanni Orfanelli padre está ante el aniquilador de sus pesadillas.
Con una mano sobre la boca para contener un suspiro recuerda el sueño de la noche anterior que lo hizo despertar llorando: con una sonrisa Sofía Orfanelli le ponía en los brazos a su hijo Giovanni y le daba un beso en la mejilla, luego se alejaba tarareando un tango.
El sueño fue tan real que durante el día quiso contarle a Geraldine y lo olvidó con el trabajo que hay detrás de armar una buena milonga.
Giovanni padre está petrificado, con la mano en la boca, no avanza ningún paso. Deja caer los brazos y mira al cielo:
—¡Oh Madonna, il mio bambino!
Siente un fuerte dolor en el pecho, le falta la respiración y se le forma un nudo en la garganta. Después de tragárselo, continúa en su éxtasis.
—¡Giovanni! ¿En verdad eres tú, Giovanni? ¡Gracias Dios por acordarte de mí!
Giovanni padre se toma el pecho con ambas manos y vuelve a mirar al cielo:
—¡Ay Sofía!, cómo quisiera que estuvieras aquí, ¡nuestro hijo Giovanni ha regresado a casa! Bendito sea el cielo.
El hijo que al desaparecer años antes se había llevado la vida de su padre ahora, con su simple sonrisa, le devuelve la paz del alma. Le llena el corazón de nuevas ilusiones.
Giovanni padre intenta avanzar al centro de la pista con los mismos pasos jóvenes con que siempre lo buscó, pero la emoción lo tiene paralizado.
La vista se le ha nublado no por haber extraviado los lentes sino por las lágrimas que le bañan el rostro, el sudor frío que lo recorre y la disminución de sangre que le llega al cerebro.
El corazón está a poco de detenerse. La Doctora Washington corre hacia él, sabe que la emoción y la felicidad cuando entran al alma de un solo golpe pueden producir ataques cardiacos.
Llega a su lado y detiene su caída con su oportuno abrazo. Pide ayuda para recostarlo.
—Tranquilo suegro, tranquilo, las penas son duras pero no eternas. La pesadilla ya terminó. El sueño más dulce está comenzando.
Le afloja la corbata y le pide que respire profundamente.
—Qué bonita milonga, Don Orfanelli, nunca había bailado tango con música en vivo. Me llamo Jennifer, soy la futura esposa de su hijo Giovanni.
Acerca el rostro al Sr. Giovanni para escuchar su respiración, le frota pecho y brazos, nota que recupera el color de la epidermis.
—¿Ya se siente usted mejor? A propósito, a mí me han contado que usted es un gran bailarín de tango. Me tiene que invitar a bailar, no lo vaya usted a olvidar.
Ahora se inclina a abrazarlo para ayudarlo a incorporarse, le dice al oído:
—Giovanni también lleva muchos años buscándolo, no sabe usted lo ansioso que está por abrazarlo.
En este momento Giovanni hijo avanza con pasos firmes hacia su padre, que lo espera con los brazos abiertos y los ojos lacrimosos. Todos los espectadores y la orquesta han mantenido el silencio.
—¡Giovanni, qué feliz me hacés, bambino!
—Papá, tenemos tanto de qué charlar. Después de la milonga me tienes que contar de mi mamá.
Geraldine, con su corazón de madre, cuando padre e hijo se han reencontrado, camina hacia ellos mientras la orquesta comienza a tocar un tango. El general Robles, José Landagaray, Blanca Estela y su hermano también, seguidos por las parejas de baile que se juntan alrededor.
Cada quien baila con sus carencias, resentimientos y miedos, la milonga es personal.
El amor puede estar afuera, pero si se le invita a la pista, aunque no sepa los pasos, se convierte en música de bandoneón, violines, piano y contrabajo, las dudas o rencores se disuelven.
Los líderes de M.L.A (Mueran los Ancianos) y A.C.D (Ancianos Con Dignidad) están abrazados.
La orquesta toca, el alma y el presente suspiran en paz entre notas de tango.