EL ARRASTRE #5
—Sí, señorita Blanca, y que después pusieron a los changos en el jardín del Edén, que realmente era una prisión, pero ahí si podían comer de todo lo que quisieran, hasta manzanas, pero que fornicaron los unos con los otros y engendraron gente de todos tamaños, colores e idiomas, ¡y que un día se les escaparon!
, que por eso hay chinos, indios, blancos y negros, y que como aun con intérpretes no se entienden bien y que como les quedó algo de salvaje, esa es la razón por la que hay tantas guerras en el mundo.
—Nunca he dicho tal cosa, tal vez lo soñaste, Raquel.
—Verdad de Dios que eso fue lo que dijo el maestro, señorita Blanca.
—¿Es cierto eso, José? Tal vez por eso los hombres son tan violentos como los gorilas, jajaja.
Lo que antes fue un gesto en el rostro de Blanca Estela se torna en una mirada de ternura al ver cómo José hace a un lado el caviar y come chilaquiles y frijoles; ella se pone de pie y se inclina a abrazarlo, le dice al oído lo que ha repetido a solas: —José, te amo, a tu lado voy a aprender tantas cosas, gracias por venir a mi vida y hacerme tu esposa.
—¿Están buenos los chilaquiles, maestro? —pregunta Raquel con sarcasmo.
—Ya se lo educamos, señorita Blanca. Antes el maestro no tocaba ni el chile ni las tortillas de maíz, al chile le decía ají, al cacahuate, maní, a un pan tostado, tostada, y a los huevos revueltos, tortilla. Ahora come más chile que todas nosotras juntas, jajaja.
Raquel se retira sin dejar de reír y quedan solos en la mesa Blanca Estela y José.
—Mi vida, ¿me enseñas a bailar tango argentino? En una mansión donde constantemente se escucha la música con la que llora La Argentina es obvio que hasta las sirvientas hacen bizcos, ochos, barridas y colgadas.
En la mansión de Ajijic hay de los mejores manjares y los más finos vinos, también una gran variedad de tequila e ingredientes para cualquier platillo mexicano.
Blanca Estela nunca gustó del tequila y fácilmente se ha adaptado al vino tinto.
Ya no toca la comida chatarra o el café instantáneo.
Sus mañanas comienzan con una rebanada de pastel de chocolate y una taza de café expreso, Raquel después le sirve yogurt con zarzamoras y almendras, y antes del mediodía le lleva al balcón de su alcoba una charola con rebanadas de manzana, jamón serrano, galletas integrales y una botella de agua purificada.
Al regresar Blanca Estela del club de golf y tomar una lección de piano, Raquel le sirve en la mesa del jardín paté de hígado de ganso con una copa de vino tinto.
Por la tarde lee poesías en la terraza de su alcoba, La Poesía, de Octavio Paz, es una de sus favoritas.
A las ocho de la noche y mientras en el sistema de sonido se escucha música clásica, merienda en la cocina con José, quien le habla de amor en francés.
José da cátedra en dos universidades. En su biblioteca hay documentos que lo acreditan por su labor humanitaria y como ganador del premio Nobel de literatura.
Cuando es invitado a la televisión igual ataca al gobierno, oposición, jóvenes y ancianos, esto lo hace intocable y nunca ha tenido que buscar refugio en las alcantarillas.
Lo anterior, sin embargo, no lo hace inmune a críticas por la diferencia de edades entre él y Blanca Estela.
Cuando camina con ella escucha a sus espaldas que le gritan ¡ese vejete podrá comprarte barco y mansión pero nunca te hará gemir de pasión!
Junto a la biblioteca de la mansión hay un estudio donde innumerables veces se ha bailado tango hasta el amanecer.
Blanca Estela lo conoce una semana después de su llegada.
Nunca mostró interés por ese tipo de baile, siempre pensó que el tango con su música melancólica había sido hecho para los argentinos, los deprimidos y los ancianos; ella creció con música de mariachi y caminó descalza por las calles de su pueblo.
Acostumbrarse a bailar sobre piso de roble y usar zapatillas con suela de gamuza le tomó algún tiempo, no es lo mismo bailar cumbia en el piso de cemento de una vecindad que hacer sacadas, adornos, ochos, ganchos y planeos en una fina pista de madera.
Ahora siente que muchas de sus melodías han sido escritas para ella, además José le dijo que El día que me quieras, un tango acreditado a Alfredo Lepera en 1935 y que cantaba Carlos Gardel, es una copia del poema El Día Que Me Quieras de Amado Nervo, quien además de poeta fue diplomático y nació en Tepic, Nayarit, México, en 1870.
Al haber nacido en San José del Oeste, Jalisco, muy cerca de la ciudad donde vino a este mundo Amado Nervo, Blanca Estela pensó que eso la autorizaba a incursionar en el mundo del tango, así fue como decidió aprenderlo para bailar mejor que ninguna mujer.
Cuando José comenzó a compartir sus conocimientos de tango argentino a Blanca Estela, ella aprovechaba los descansos para poner algunas cosas en orden. Le gusta la colección de mariposas africanas que vuelan libremente en su aposento pero no piensa lo mismo de las mariposas de la biblioteca.
—¡José, nunca me rompas el corazón! Si lo haces, libero todas tus mariposas y destruyo las fotografías de la biblioteca con todas esas putas que te siguen de tu oscuro pasado, también despedazo tu colección de música clásica y tango, y tomo de la mano a mi hermanito Mario y me largo de aquí.
Hoy dice con su voz suave y dulce sonrisa:
—Mi vida, ¿es cierto que el laberinto del tango argentino es como el infierno de Dante? Raquel me dijo que mucha gente se hace bolas con tantas combinaciones y su escasa imaginación las condena a pasar una eternidad repitiendo el paso básico.
—¿Eso dijo Raquel? ¡Jajaja!
—Ha de ser cierto porque te causó risa.
—Raquel es una esponja, seguro sabe más de literatura que yo, jajaja.
—Mi cielo, ¿a dónde me vas a llevar a bailar tango cuándo aprenda a hacer bizcos, gestos, boleos, ochos y sentadas?
—El fin de semana volamos a Ciudad de México, donde tengo una cita con mi amigo Giovanni Orfanelli.
—¡Ay no. No estaré lista para bailar tango en público!
—Tranquila, con tres días de práctica, y si sigues todos mis movimientos, podrás hacer muchos pasos de fantasía.