EL ARRASTRE #4
Blanca Estela entra al enorme aposento con el intenso sentimiento escurriéndosele de los ojos, que busca contener sin mucho éxito.
Frente a ella una cama matrimonial en forma de libro es cercada por un mosquitero de seda.
Le recuerda a su madre, quien vivió en la miseria y dormía en un angosto catre de latón, cubierta por la tristeza y dos cobijas roídas por la polilla.
Un abanico se mueve lentamente en lo alto del techo.
El piso es de mármol y están distribuidas docenas de macetas con bellas flores.
A través de un tragaluz y una gran ventana entra el sol de la tarde, del lado opuesto hay otra ventana por donde despierta el sol.
La salida a la terraza es a través de una puerta con más cadenas.
Al llegar bajo la luz del tragaluz, Blanca Estela suelta la mano de Raquel, se seca lágrimas con la que le ha quedado libre y gira sobre los tacones tratando de ver cada detalle del mobiliario de la alcoba.
Una mariposa que descansaba en una de las macetas levanta el vuelo y se planta sobre su hombro.
—Dicen que las mariposas solamente se arriman con la gente que es buena —comenta Raquel.
—Lo que pasa es que son tantas que en algún lugar se tienen que parar.
José ya me había dicho que a su recámara la llamaba el Jardín.
¡Dios mío! Es un edén, nunca había estado en un lugar tan bello, con tantas flores y mariposas que parecen cantar con la música acuática que emana de la fuente de azulejo azul.
Blanca Estela cruza la hilera de cadenas doradas y sale a la terraza. Ahí ha llegado el Exterminador.
—Señorita Blanca, le voy a traer un vaso de agua, de tanto que habló ha de tener la lengua de perico —Raquel le da un largo abrazo y baja a la cocina a prepararle una bebida refrescate y algún tentempié para ofrecerle a Mario.
Una vez a solas, Blanca Estela se sienta en un sillón de mimbre y con la mirada peina el patio central mientras acaricia la cabeza de Externinador, que se echa a su lado.
Cierra los ojos por unos instantes para apreciar con el oído una melodía al piano que Mendelssohn compuso después de un rompimiento amoroso a los dieciocho años, eso le dijo Doña Luisa Reyes a Raquel cuando José la tocó por primera vez, “ella sabe mucho de música y me lo contó”.
Blanca Estela sube los pies a un taburete, aún con el sentimiento en el pecho deja escapar un largo suspiro por su madre que se fue de este mundo sin saber si ella algún día podría descansar como ahora lo hace.
No conoció a su padre, nunca la buscó a ella o a su madre, ¿vivirá todavía, será pobre o rico, feliz o triste?
Si vive ha de ser uno de los ancianos de las cañerías, esto la aterra en extremo, ella respira aire limpio en un castillo detrás de gruesos muros de confianza.
Cierta culpa hace que sus ojos se le llenen de nostalgia.
«¡Mamá, te extraño tanto! No es cierto que el tiempo cura las heridas.
Las más profundas y la ansiedad que dejan la muerte de una madre y el abandono de un padre ¡ni Dios las cura!
Mamá, sé que nunca verás bien que viva con este hombre que tan sólo tengo cuatro semanas de conocer.
No hemos hecho nada que te avergüence. El día que lo conocí me sentía triste y sus bromas me hicieron reír como nunca.
Pensé que tú lo habías enviado. A su lado sentí la calma que de niña sentía en tus brazos, y si vieras qué bueno es José conmigo y con Mario.
«Dios escuchó mi llanto, sin ti y mi abuelita me sentía desprotegida y este señor, sin imponer condiciones, me ha hecho señora de este castillo donde bien podría caber nuestro pueblo de San José del Oeste.
Mamá, si vieras cuánta confianza siento en este sillón tan lejos de los peligros del mundo, ¡Ay, mamá!
José dice que va a llevar a Mario con los mejores médicos para que lo curen.
«¿Quieres saber lo más importante? José ya contrató a una compañía constructora para que a tu tumba le hagan un mau…
, un… bueno, no recuerdo la palabra que él usó, pero es algo así como una casita con un ángel en cada esquina para que te protejan y el mundo te vea con el respeto que mereces.
José también dice que me va a ayudar a encontrar a papá.
¡Ay, mamá! Cómo quisiera que estuvieras aquí a mi lado.
La felicidad nunca es completa, con toda esta riqueza y detrás de las paredes de esta fortaleza, y con este hombre tan bueno que Dios me ha dado, sin ti y papá soy el ser más desdichado. »
Después de controlar profundos suspiros y recuperar la noción del presente, Blanca Estela se pone de pie. Al recordar el poema que le había escrito José, saca el sobre que guardó y comienza a leerlo:
BLANCA ESTELA
Imagino que has recibido
cajas de chocolates y una rosa,
también sé que te llamaron Diosa
para después dejarte en el olvido.
Yo soy un anciano lleno de defectos
y sólo quiero que escuches mis sentimientos,
prometo que a mi lado vivirás bellos momentos
y tus días serán dulces pensamientos.
No soy el ángel de la guarda o vulgar vidente
tampoco he sido enviado por algún creyente,
cierto es que he visitado Roma
mas no conozco al Papa en persona.
No tengo respuesta a problemas de amores
o al porqué de las razones,
aun así yo por ti, Blanca Estela,
los siete mares cruzaría en un bote de vela.
A tus pies no prometo bajar
un puñado de estrellas,
pero lo voy a intentar
para probar que eres más bella que ellas.
No sé cuándo habré de morir
pero hoy he vuelto a nacer con tu sonreír,
tu mirada me ha hecho recobrar la altivez
y soñar como en la niñez.
José Landagaray
José toca en el piano Dialogue de vent et de la mer de Debussy, o intenta tocar; su mente no se encuentra en las teclas y comete errores constantes.
No obstante que goza de buena salud, está consciente de que la muerte lo separará de Blanca Estela.
En el teclado caen lágrimas tan densas que forman su propia melodía, la cual interfiere con la que intentan reproducir sus dedos.
A su mente viene la mañana cuando escribía poemas y con un mareo la vejez le anunció que la juventud terminaba.
El diagnóstico resultó ser una simple infección viral, un soplido a la flama que comenzó a extinguirse.
José golpea las teclas del piano con fuerza, siente que la vida no es justa porque la juventud debería durar más y no irse antes de que el amor regrese.
Aun cuando él a su edad puede permanecer despierto y bailar tango toda la noche, a la mañana siguiente, para poder afirmar que está vivo, necesita absoluto reposo y tazas de café, aspirinas y puños de vitaminas.
Acepta el coctel de vitalidad entre la inseguridad que llega con la vejez; lo que rehúsa es que el destino esperó mucho tiempo para volver a poner en su camino a una buena mujer.
Días después, en la mansión de Ajijic se escucha la voz de Lucha Reyes que canta “Así semos en Jalisco”.
Blanca Estela y José están en la mesa del jardín trasero, cerca de ellos el Exterminador ronca profundamente debajo de las rosadas flores de un durazno y Petra, afuera de su jaula, declama en francés.
Pablo al fondo del jardín, de rodillas y con unas tijeras, corta césped alrededor de una fuente con la Virgen de Guadalupe.
—¿Verdad que las estatuas de Jesús y sus apóstoles y de la Virgen de Guadalupe que compré la semana pasada hacen juego?
—Sí, son parte de la misma fantasía.
—José, por favor no digas eso.
—Es broma, Blanquita. Esta bella mañana y tu presencia prueban la existencia de Dios.
Blanca Estela, sin consultar, hizo instalar alrededor de la fuente las estatuas de tamaño real. José, que es ateo, no opuso resistencia porque siempre ha dicho: por muy intrépido que se sienta el hombre, en los momentos más difíciles siempre se acuerda de Dios.
La mañana de primavera es en realidad un regalo divino.
Del césped emana aroma a yerba fresca y de la mesa a fruta madura.
El canto de aves y docenas de mariposas con su revolotear entre las flores pintan una acuarela en el jardín donde se encuentran Blanca Estela y José.
Raquel sirve un vaso de jugo de mandarina a Blanca, que con un gesto ve cómo José engulle cucharadas de caviar negro.
—¡No sé cómo te puedes comer esos huevos tan salados!
—Al caviar que viene del Golfo Pérsico es al único que no puedes llamar hueva de pescado. Una vez que te acostumbres al caviar nunca más vas a querer probar los frijoles.
Raquel, que es casi de la familia, de inmediato protesta.
—¡Eso no es cierto, maestro! Ya he probado el caviar y me siguen gustando todavía más los frijoles de olla.
—Querer educarte a ti sería como lazar al viento.
—Pues al aire sí lo atrapan, ¿entonces cómo le meten el viento a los globos?
—Don Quijote tuvo mucha razón cuando dijo a Sancho Panza: “la miel no se hizo para el hocico del burro”.
Blanca Estela explota en carcajadas porque la oración que escucha formará parte de su repertorio de defensa. Acostumbrada a palabras de doble sentido, no se inmuta y sigue sirviendo la mesa.
—Según usted, todos somos animales salvajes.
—¿De qué estás hablando, Raquel? —Blanca Estela pregunta intrigada.
—Déjeme contarle señorita Blanca, el maestro me dijo que lo de Adán y Eva en el Edén es una gran mentira.
Lo que realmente pasó fue que cuando Dios dijo hagamos al hombre, ordenó que ángeles y querubines atraparan a diferentes especies de changos, bueno, él les dice simios, y que manipularon sus genes, sabrá Dios qué cosa es eso, y que así crearon al ser humano para que trabajara para él.
—¡Virgen santísima!