ENTRE NOTAS DE TANGO EL ARRASTRE #2
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EL ARRASTRE #2

—¿Qué cosa son los langostinos? El nombre me suena como a un postre italiano pero están en la sección de mariscos.

¿Crepas? Creo que el menú está de cabeza, crepas suena como a crema de papas.

¿Capuchino? Apuesto que es alguna bebida china o japonesa, aunque he oído que la gente asiática toma té verde.

—Si te gustan los mariscos, te van a encantar los langostinos, son como camarones pero más grandes y los preparan en una salsa de mantequilla supuestamente secreta.

—Ya están listos para ordenar, maestro?

—Danos unos minutos más, Rodrigo.

—Me encantan los mariscos pero estos platillos están muy caros.

—Una diosa puede ordenar lo que quiera, espera, ahora mismo mando traer a mi amigo Francois Dupone, es el chef, para que él mismo los prepare junto con una ensalada césar, su especialidad. Vas a ver lo divertido que es Francois.

De ojos azules y tez blanca, Francois nació en un pueblo de los Altos de Jalisco, y en realidad se llama Melitón Ramírez. Usa nombre y acento francés para impresionar a la clientela.

Blanca Estela cenó ensalada césar, ravioles y una orden de langostinos a la mantequilla. José ordenó ravioles, y sólo se comió uno. La toma de las manos.

—Soy tan viejo que bien podría ser tu abuelo, sin embargo algo me dice que volveré a verte. Espero no meterte en problemas con tu novio, una mujer tan bella seguro tiene a más de una docena de chicos caminando de cabeza.

—La edad no importa, señor. No se llame viejo, como le dije, usted no aparenta más de 30 años.

—¿Apeteces algo más, Blanquita?

—No, gracias. Y no tengo novio, los jóvenes son inmaduros y mal educados.

—Cualquier hombre pierde la cabeza con una caída de pestañas de una mujer tan bella como tú.

—Una amiga me dijo que usted es un poeta muy famoso.

—Jajaja, tal vez eso fue hace años, hoy sólo soy maestro universitario.

—El capuchino está rico pero no me va a dejar dormir.

—¿Y para qué dormir… si despierta puedes hacer soñar a todos los hombres?

—¿Podría leerme alguno de sus poemas?

—Tal vez, dime algo: ¿te gustaría trabajar para mí, Blanquita? Te puedo dar diez veces más lo que ganas en el almacén. Lo único que tendrías que hacer es ayudarme a calificar a mis estudiantes.

José saca una libreta del saco y agrega:

—En esta hora que llevamos juntos he compuesto un pequeño poema para ti y lo voy a poner en este sobre.

Blanca Estela siente un rubor que le recorre las mejillas, sabe que ha inspirado a un famoso poeta. Recuerda las veces que ha soñado a su padre leyéndole antes de dormir y un suspiro se le escapa del alma, los ojos se le humedecen.

—¿Las lágrimas son porque forzaste la vista leyendo el menú en este restaurante semioscuro? A mí me pasa igual por no usar lentes.

Antes de la última taza de capuchino llegan a la mesa dos paquetes. Blanca Estela de inmediato reconoce el que ella misma envolvió el día anterior en el almacén; el segundo paquete contiene un kilo de chocolates de Arnoldi, con una nota:

Blanca Estela

Tu luz opaca a la más brillante estrella,

yo que he cruzado la selva y el desierto

nunca conocí mujer más bella,

y yo nunca miento.

Te conocí ayer y me aflijo tanto,

Porque pronto me iré del mundo,

y me aflora llanto,

por el poco tiempo a tu lado.

¡Gracias, Dios eterno!

Os debo tanto.

Sabiendo que merezco el infierno,

me premias con este encanto.

José Landagaray

Blanca Estela lee en silencio la nota con una mirada nublada por el llanto.

—¿Cómo supo usted que me encantan los chocolates? Estos nunca los he probado, son muy caros.

—Qué bella eres, Blanquita.

—¿Puedo leer el otro poema más tarde? Voy a guardar el sobre.

Blanca Estela agrega, un tanto perpleja y sin quitarle la mirada. Él escribe y al parecer no ha escuchado, levanta la vista y dice:

—Una diosa como tú ordena y nunca pregunta.

Antes de que se marchen llega a la mesa otro paquete con una cena para Mario, el hermano menor de la joven.

Blanca Estela, un mes después, conoce la mansión de José en Ajijic, Jalisco. Es de estilo mexicano con techo de teja, rodeada por una enorme barda de piedra.

Al frente tiene una fuente, varios árboles frutales y un pórtico de arcos decorado con macetones y sillones de mimbre. Hay una terraza sobre la cochera.

La parte trasera es similar al frente y ahí retoza Marco Polo, un gran mastín negro.

En él Blanca Estela verá la protección que quiso tener cuando despertó de una pesadilla en la que alguien quiso meterse a su departamento.

En el pórtico trasero una jaula es el hogar de Petra, una guacamaya que canta óperas en italiano y recita poemas en francés.

Desde este jardín montaña abajo se aprecia el lago de Chapala, que decorado con lanchas de todos colores es una fantasía debajo de un cielo totalmente azul.

El portón por donde entra la camioneta que trae a la pareja y al pequeño Mario está a cincuenta metros de las paredes de la mansión. Blanca Estela desciende del vehículo y al poner el primer pie en el jardín respira profundo, siente que está por entrar en la casa del padre que nunca conoció.

—Por favor, pasen, para que les presente a las trabajadoras del hogar —José indica al tomar del brazo a Blanca Estela.

Ella entra con su hermanito Mario de la mano.

El recibidor es como el que en sueños se había visto corriendo al encuentro de su padre.

Tiene una fuente y plantas alrededor de tres sillones donde se respiran limpieza y tranquilidad.

Las tres sirvientas que le dan la bienvenida le parecen tan familiares que de inmediato se funde con cada una en un cálido abrazo.

—La señorita Blanca y su hermanito Mario desde hoy van a vivir con nosotros. Quiero que los hagan sentir como en su casa.

De cabellos oscuros, alta y delgada, Raquel Díaz, una de las sirvientas, tiene la mirada de resignación de una virgen por los sueños que nunca realizó.

A sus cuarenta años, aparenta más de sesenta y sonríe gentilmente cuando abraza a Blanca Estela.

Ve en ella a la hija que no pudo tener porque sus padres le impidieron casarse con el único hombre que llegó a su vida.

En la mirada bravía de Blanca Estela reconoce a quien quiso ser, y desde ahora será como su sombra y a través de ella vivirá sus sueños frustrados.

La mansión de Ajijic es de mil doscientos metros cuadrados, todo un castillo a los incrédulos ojos de Blanca Estela.

Ella vive en un edificio de departamentos de cuarenta metros cuadrados que comparte con moscas, ratas, contaminación, pleitos, risas, llanto y ruidos morbosos.

Afuera pululan drogadictos, rateros y borrachos que alguna vez quisieron abusar de ella y tuvo que confrontar en las escaleras.

Al avanzar en el recibidor y cruzar las puertas abiertas hacia el patio central aparece una fuente de azulejo azul rodeada de ranas amarillas que arrojan chorros de agua cristalina.

—José, qué bonita es tu casa.

—Desde hoy la tienes que llamar “nuestra casa”.

—Todo es tan lindo, este patio de mármol negro va a ser uno de mis lugares favoritos.

—Tu presencia hará que este lugar luzca realmente bello.

Lo que Blanca Estela aún desconoce es que su alcoba queda al frente y en las noches de luna llena, a la orilla de la fuente y de rodillas, José le va a recitar poemas en francés acompañado por una guitarra.

Antes de que una sirvienta se lleve a Mario a lo que será su alcoba, entra Marco Polo. El enorme mastín negro se arrima a Blanca Estela.

—Mario, dame la mano para que acaricies al Exterminador.

—Le han caído superbién a Marco Polo —José dice mientras acaricia la cabeza del perro.

—Desde hoy se llama Exterminador, es la protección que siempre quise —afirma Blanca Estela y se hinca para abrazar al perro.

También abraza a Mario, que se va de la mano con una sirvienta.

Ella en compañía de Raquel comienza a recorrer la mansión.

En una de las salas sobresale una chimenea de ladrillo rojo con una copia de la piedra del sol.

Al volver la vista al lado opuesto ve la pintura de una mujer negra que cosecha hortalizas, y en la sala del televisor dos sillones de cuero acompañan una mesa de centro con dos cabezas de cebra como base, a las que se dirige con pasos vacilantes, se arrodilla y acaricia con manos temblorosas.

—Alguien se las regaló al maestro hace más de veinte años.

—Pobrecitas, lo que habrán sufrido, hoy mismo las vamos a enterrar, no soporto ver padecer a los animalitos —responde Blanca Estela a Raquel.

Ahora nota que ha estado caminando sobre un piso de mármol verde y sus ojos se humectan por delicadas lágrimas.

—Pero ¿por qué llora señorita Blanca?

—Recordé a mi mamá caminar descalza sobre un piso de tierra y en las tardes sentarse bajo la sombra de un árbol en un patio lleno de polvo de una humilde casa que nunca pudo llamar suya.

Blanca Estela entra a la enorme cocina y mueve los ojos en todas direcciones, trata de captar lo que le parece un lugar propio para un restaurante.

Hace lo mismo en la biblioteca, en las tres paredes llenas de libros; le llama la atención la cuarta pared que la cubren fotografías de los lugares más apartados del mundo donde José aparece en compañía de hermosas mujeres.

Blanca Estela está confusa, aquello sobrepasa los sueños que ha tenido, y sólo conoce una pequeña parte de la mansión.

Aún no visita otros salones, la sala principal y lo que será su aposento.

—Señora Díaz, ¿qué hay allá arriba? La mansión por afuera parece de un piso pero esa escalera me hacen suponer que no es así.

—Después la llevo señorita Blanca.

José en este momento entra a buscar un libro, Raquel lo mira a los ojos y él dice con una sonrisa.

—Suban, suban, yo voy a ver cómo se siente Mario en su nueva habitación.