EL ARRASTRE
Un mes después Miguel Linares se encuentra en Ciudad de México.
Un grupo armado de jóvenes recorre en coche avenidas en busca de ancianos para quitarles la vida.
El grupo llega al cruce de Insurgentes y Reforma, estacionan el vehículo y caminan hacia la estatua de Cuauhtémoc.
A un costado se detienen a fumar marihuana.
Ante la ofensa una hora después la estatua intenta despegarse del pedestal pero únicamente logra herirse los pies con la lanza; sus movimientos son presenciados por los jóvenes, que entre bromas culpan del cómico fenómeno al efecto de la droga.
A unas calles de la estatua la música de tango inunda un bar donde bailan con sus parejas Juan Márquez, el general Moreno, Miguel Linares y Alejandro Benítez.
Linares mira a su alrededor y se percata de que entra al bar el escritor José Landagaray acompañado de una joven mujer, su primer impulso es extraer un arma, lo detiene el pensar que el viaje de Jennifer no es para poner en riesgo su seguridad.
Por otra parte, Juan y el general Moreno conocen la popularidad de José y atacarlo sería un suicidio.
—José, tengo mucho miedo de bailar entre tan buenos bailarines.
—Hemos practicado en casa y todo va a salir bien.
—Pero tres días no es suficiente para competir, esos bailarines se van a burlar de mí.
—Todo va a salir bien.
—Qué rápido se va el tiempo, han pasado tres meses desde que nos conocimos en Guadalajara, si alguien me hubiera dicho que hoy estaría a tu lado para bailar tango nunca lo habría creído.
—Tres meses en la gloria he vivido gracias a ti, Blanquita.
José y Blanca Estela se conocieron, como ella dijo, en Guadalajara.
Ella trabajaba en un almacén de ropa y el escritor tomaba café al otro lado del andador.
Al verla, de inmediato se incorporó; sin despedirse de sus amigos, caminó con un bastón que no necesita y compró rosas; cruzó el andador y entró al comercio.
—Buenas tardes, señorita. Por años he negado la existencia de Dios, ahora que la veo acepto que únicamente él pudo haber creado una obra tan bella. El resplandor de su halo se puede ver del otro lado del pasaje, por eso vine a arrodillarme frente a su bella presencia.
Blanca Estela, que está de espaldas, no presta atención.
—Soy José Landagaray, mis alumnos me dicen “maestro” y mis amigos me dicen “apúrate José que es juego de ajedrez no de gestos”… usted me puede llamar como quiera.
Blanca Estela gira su cuerpo para verlo y él le da un beso en la mano, pone una rodilla en el piso, cierra los ojos por un instante y después se incorpora.
—Quiero traer al señor cura para que ya no les mienta a sus feligreses; la presencia de usted en este planeta es prueba de que a las diosas no únicamente las podremos ver en el cielo.
Vuelve a poner una rodilla en el piso y esparce rosas frente a la joven.
—¿Busca usted algún regalo para su esposa?
—Soy soltero, esta humilde ofrenda floral es para usted. Mi madre siempre me dijo que si algún día tenía la dicha de estar frente a un ser celestial me postrara, le ofreciera flores y le besara los pies.
Acostumbrada a escuchar tonterías de los hombres Blanca Estela, que para combatir el aburrimiento de pie y afuera del mostrador dibujaba corazones en una hoja de papel, lo mira de arriba abajo, le da la espalda y se lleva ambas manos al rostro para sofocar una carcajada.
José no da importancia y dibuja una sonrisa que no se le había visto en mucho tiempo.
—Señorita, no me ha dicho su apelativo. Imagino que es un susurro de ángel. Asisto a la ópera dos veces por semana y nunca había escuchado una sonrisa como la suya. Me recuerda a la de una princesa de un cuento de hadas. Hablando de soberanas, ¿podría mostrarme algunos sostenes?
Blanca Estela aún no se repone, y antes de girar, con un ligero tosido controla la risa, llena de vida.
—Me llamo Blanca Estela ¿qué talla busca usted señor?
Él la observa con discreción.
—De momento olvido el número… creo que es 34.
—La mujer ha de ser de mi talla, es el número que yo uso.
—Tú sabrás perdonarme, Dios mío, aún sigo sin creer totalmente en ti, sólo una Diosa pudo haber creado tan bella visión.
Blanquita, si yo no fuera tan viejo y tan tímido, ahora mismo le pediría que fuese mi esposa para lo que me queda de vida.
Tendré que conformarme con invitarla a tomar una taza de café con pastel de chocolate.
La vejez quita inhibiciones y hace olvidar heridas de amores pasados.
El hombre que madura bien no siente necesidad de competir o ser aceptado ni tampoco necesita a una mujer; sabe que no son los bienes acumulados sino la tranquilidad que emana lo que atrae a la mujer y hace que ella perciba paz, protección y se sienta especial por ser seleccionada.
Las mujeres nunca le han dicho no a José, quien además de ser embriagador con las palabras es bien parecido, alto y atlético a pesar del bastón que lo acompaña.
Encima de su tez blanca, ojos azules y cabello largo y teñido de negro lleva un sombrero cordobés que ahora se quita, se le aprecia una pequeña cola de caballo.
—Esta noche salgo a las ocho —responde Blanca Estela después de bajar de la escalera que ha usado para alcanzar unas cajas.
—Ya tengo quién venga por mí… Mañana me puede usted venir a buscar después de las siete, pero ¿va usted a comprar algún sostén, señor? Trabajamos a comisión…
José en ese momento autografía un libro de poemas, que le obsequia.
—En ese caso, deme tres docenas de sostenes, por favor envuélvalas porque son un regalo para una princesa.
Paga, besa a la dependiente en la mejilla y sale a la calle sonriendo.
La siguiente noche Blanca Estela lee en un restaurante el menú por primera vez a José, que en público no usa anteojos.
—¿No puede usted ver bien como para leer el menú?
—De joven vi hasta los milagros de Cristo.
—Jajaja
—Conozco el menú y quiero que tú decidas lo que deseas cenar.
Blanca Estela dibuja una sonrisa y responde:
—Dicen que el jugo de zanahoria es muy bueno para la vista.
—Jajaja, ese es un mito de la Segunda Guerra Mundial, la verdad es que los ingleses estaban usando el recién descubierto radar para atacar de noche a los alemanes.
Blanca Estela vuelve a dibujar una sonrisa, piensa en las tardes que perdió el tiempo conversando bobadas con chicos de su edad. José añade:
—El jugo de zanahoria es desintoxicante de los riñones y dicen que cura hasta el cáncer; de joven fui mirada de lince, sólo que a los cincuenta la vista ya no me alcanzó para ver bien los cráteres de la luna.
—Usted no aparenta más de treinta años.
José pretende no escuchar y hojea el menú.
—¿Qué deseas tomar, Blanquita? Te recomiendo una copa de tempranillo, que es un buen vino español.
—¿Puedo pedir jugo de zanahoria?
—¡Por supuesto!
Blanca Estela ha tratado de adivinar el acento de José, que a veces suena de la región y en otras del extranjero. Quiere imaginar que así podría ser el lenguaje de su padre.
José saca una libreta y escribe algo, nota que ella tiene la mirada perdida.
—¿Por qué tan pensativa, Blanquita? Si no te agrada este restaurante podemos ir a otro lugar, ¡al fin del mundo si así lo deseas!
Y agrega con un profundo suspiro que lo lleva hasta los días de su niñez:
—¡Dios mío, qué torpe soy! Tu mirada me dice que, además de un amor del pasado, tu mamá está en tus pensamientos.
Blanca Estela pone el menú sobre la mesa y dibuja una leve sonrisa.
—Así está mejor, mire a nuestro alrededor, Blanquita, ¡hasta parece que se encendieron las luces!
—Estoy encantada con este lugar, es tan bello, yo vivo en un barrio feo, muchas gracias por invitarme, con lo que gano nunca podría haber pisado este sitio.
—Soy yo quien agradece tu compañía, permíteme, Rodrigo, por favor, trae un jugo de zanahoria y dos copas de vino… y algunos canapés.
—Enseguida regreso con su orden, maestro —responde el mesero.
Blanca Estela, entre suspiros, le abre su corazón a José. Le cuenta las necesidades que no cubre con su salario y se ve obligada a vivir en un barrio cercano al centro, además la presión de las ventas y el acoso sexual de su jefe, que muchas veces la han hecho perder el apetito y el sueño.
—¿Vives sola en la ciudad? ¿Por qué no has tocado tu copa? Para mí es imposible olvidar los bellos momentos que he pasado en La Madre Patria cada vez que tomo tempranillo.
Blanca Estela está totalmente intrigada con las vivencias de José.
—¿Es usted maestro de alguna escuela?
—No hagas caso a Rodrigo, es un bromista.
Blanca Estela toma dos tragos de jugo y aleja la copa de vino.
—Si quieres podemos ordenar un vino chileno o uno argentino, déjame llamar a…
—No he comido nada desde la mañana y no quiero que el alcohol se me suba a la cabeza.
—¡Qué torpe soy! Yo hablando como una guacamaya loca y no la he dejado probar los canapés de queso con espinacas.
Para dar tiempo a que ella coma algo, él vuelve a escribir en una libreta.
—Las ventas a comisión son una pesadilla.
—Ni por todo el oro del mundo tienes por qué soportar a tu jefe, ese sujeto olvida que los hombres nacimos para dar la vida por las mujeres.
—Si no vendemos no cobramos un solo centavo.
—Los empresarios que hacen trabajar a sus empleados a comisión ¡son hijos de capitán de barco de esclavos!
Blanca Estela está cautivada con la amplia selección del menú, que describe platillos nunca imaginados por ella.
—No puedo perder mi empleo. Mario, mi hermanito de nueve años, es invidente y me necesita.
—Imagino que tu señor padre está en algún rincón del cielo.
—No lo sé, nunca conocí a mi papá, y Sarita, mi mamá, murió cuando yo tenía doce años… Marta María, mi abuelita, nos crió a mi hermanito y a mí, ella también murió hace dos años.
José, que ha escuchado atentamente, con discreción se pasa una mano por las mejillas para borrar una huella apenas perceptible de lágrimas.