ENTRE NOTAS DE TANGO LA SALIDA
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LA SALIDA

Miles de kilómetros al norte, en la casa de Geraldine, se vive un drama de novela sudamericana: Mario amenaza con volar de regreso a Buenos Aires.

—Las minas tienen mierda en la cabeza, ni una clase y ni una exhibición más, quiero la plata que me debés y hoy mismo ¡me largo a la mierda!

Azota la puerta de la casa y sale a la calle, se mete al coche y se pierde entre las sombras de la noche.

—Me tienen podrida con sus riñas, tengo contratos firmados para que actúen en Toronto, Nueva York y Los Ángeles, no sé qué voy a hacer si Mario insiste en regresar a Buenos Aires, ¡Dios mío, los empresarios me van a llevar a la cárcel! —grita Geraldine antes de ponerse a llorar.

Silvia, después de tallarse los ojos, le dice con su bulliciosa voz:

—Mario te está jodiendo, Geraldine, quitalé las llaves del automóvil, no sé cómo le diste permiso de uso indefinido, ¿sabés que anoche vino a la clase Miguel Linares?

Más sollozos salen del alma de Geraldine.

—Vos me engañás, ¿Linares? ¿Y cuándo regresó?

—Hace tres días y anoche vino con Jennifer a la práctica.

—Él necesita estar con una mujer latina, ¿qué le verá a esa mujer tan desabrida?

Él gusta tanto de los deportes y ella fuma más que una máquina de vapor; él es tan buen bailarín y ella parece una tabla; él tan buen hidalgo y ella parece una bruja; él tan buena personalidad que tiene y ella se cree una reina y no lo deja bailar con nadie…

Las dos noticias tienen a Geraldine mortificada. Para calmar la ansiedad ingiere dos copas de vino.

—¡Ay, Silvia! He gastado más de $10,000 dólares en publicidad y hospedajes para la gira y me mato si Mario se marcha a La Argentina.

—Tranquila, Geraldine, todo se va a arreglar, o por lo menos lo vamos a olvidar con el vino, jajaja.

—La próxima vez que veas que hago una boludez pegáme con una pala en la cabeza.

—Tranquila, ese hijo de mil puta sabe perfectamente bien que se caga de hambre si regresa a Buenos Aires.

En los jardines de la mansión de Geraldine, a la mañana siguiente, en el tibio aire de junio se respira aroma de césped recién cortado.

Giovanni dentro de este oasis planta una higuera.

En el interior de la mansión se escucha el teléfono, Geraldine cree que es su imaginación y decide ignorarlo, sin embargo, la angustia la hace pensar que puede ser la madre de Mario.

—Hola —Geraldine contesta con voz de desvelo. En la pantalla aparece el rostro de Miguel Linares.

—Oh, es usted —agrega con un suspiro, cubre el lente y se quita la bata. Él llama para invitarla a almorzar al Dearborn Inn.

—Temo no poder acompañarlo, Mario anoche se fue molesto y son horas que no aparece. No he podido dormir. En este momento iba a llamar a su mamá y a la policía.

—Mario está en mi casa y ahora mismo hablo con él.

Silvia, que ha entrado a la alcoba, se entera de la conversación y, echando los brazos al cielo, exclama a gran voz:

—¡Ese pelotudo se fue a su casa a dormir y nosotras con el Jesús en la boca toda la noche! Y seguramente Linares le ha hecho el desayuno porque es un niño mimado que no sabe hacer nada.

Geraldine recupera el color del semblante.

—Ahora sí puedo aceptar su invitación, sólo le recuerdo que soy vegetariana y no soy muy buena compañía en los restaurantes,¿a las 13:00 horas? Contá conmigo, ¿puedo traer a Silvia?

Después de fracasar en su intento de convencer a Geraldine para que no acuda a la cita, Giovanni accede a llevarla a la estación del tren. Ella tiene un coche nuevo en la cochera pero la alegría de volver ver a Linares le ha puesto los nervios tan tensos que no puede girar el cuello.

—No lo olvidés, Din, no aceptés vitaminas, chocolates, dentífricos, pulseras magnéticas o goma para fijar dentaduras.

—Ni siquiera tengo dientes postizos… —ella responde excitada.

—Por favor, escúchame, Linares te está usando y tienes que tener mucho cuidado. No aceptés su sugerencia de ser inyectada con cualquier motivo porque el gobierno y M.L.A. han inventado el pánico para vacunar y eliminar a los ancianos, y así ahorrar billones en pagos de jubilación.

Geraldine, como toda mujer ilusionada, no tiene oídos para sus gruñidos, lo único que escucha es que él regresará a seguir plantando árboles frutales.

—Cuando termine en el jardín voy a revisar las alacenas, podemos tener productos adulterados por el M.L.A.

—Hacé lo que vos quieras, Giovanni, no olvidés darle de comer al perro. ¡Dios mío! Espero que nadie esté matando perros viejos, jajaja.

La invitación del almuerzo cambia a lo que un siglo antes fue la mansión de Henry Ford.

Hoy pertenece a la Universidad de Michigan y es un museo cuya entrada más peculiar es el túnel que pasa junto al boliche que el ingeniero y empresario instaló en el sótano para mantener a Edsel, su hijo, lejos de los peligros de 1915.

La salida del túnel desemboca en el interior de la mansión, que en realidad es un castillo traído pieza por pieza desde Irlanda y cuya piscina, cubierta con un piso de mármol verde, está convertida en restaurante.

Por ahí caminan Miguel Linares, Geraldine Hall y Silvia Ferrari.

—Aquí la crema de choclo es deliciosa —comenta Geraldine mientras lee el menú.

Linares a su lado sólo piensa en copias genéticas y Silvia, con sus vivaces ojos, inspecciona el lugar.

—¿Así viven los genios millonarios, che Linares? ¡Dios mío, cuánta clase! Ya no me voy a dejar impresionar por los boludos que con un millón creen ser ricos, ¡esta gente de verdad tenía guita!

—Muchos lo ven igual que tú, yo pienso que Ford fue muy afortunado en hacerse millonario al copiar un invento alemán.

Silvia no presta atención y, excitada, continúa describiendo lo que ve.

—Esta pileta sobre cuyo piso estamos sentados es de tamaño olímpico, imaginaté vos que aquí donde vamos a morfar se juntaba gente como Henry Ford y Thomas Edison.

Cuántas minas deben haber tenido esos tipos.

¡La concha de su madre, ya se me abrió el apetito…

sexual! Esta noche vamos a burlar la vigilancia para hacer el amor aquí, jajaja…

La comida que sirven en este lugar no va de acuerdo con su abolengo, ¿sopa de choclo y sopa de tallarines con pollo, hamburguesas, perros calientes y papas fritas?

Vos sabés que yo prefiero un buen churrasco.

Al terminar el almuerzo se unen a un grupo de turistas y recorren el castillo. Las reproducciones genéticas que busca Linares resultan más difíciles de localizar que el fantasma de Henry Ford.

Miguel Linares se pasa la mano sobre la barba al sentir que se encuentra en el lugar exacto del castillo donde Henry Ford repartía regalos en Navidad.

Al inspeccionar detrás de la pared con camuflaje de troncos de madera, no nota nada fuera de lo normal.

Hace una mueca de coraje, que crece al ser informado vía texto de los resultados negativos en El Bosford Inn de Farmington, uno de los lugares favoritos de Henry Ford.

—Hace mucho no decis una sola palabra, che Linares —comenta Geraldine intrigada.

—Está pensando en la pelirroja… —interviene Silvia con sarcástica sonrisa.

—¿Sabes si aquí bailó tango Henry Ford?

—Sé que bailó en el Botsford Inn de Farmington, que es donde conoció a su esposa.

—Si le gustaba el tango tal vez bailó en algún otro lugar —Silvia dice en un momento de seriedad.

—¿Cuáles fueron hace cien años los lugares más populares para bailar?

—El casino de La Belle Isle también fue uno de los sitios favoritos de Henry Ford. Hace un siglo esa isla era para gente de clase, en la actualidad está llena de drogas, gente negra y prostitutas baratas.

—Che, no olvidés que esta noche vamos a regresar a este lugar.

—No creo, voy a estar muy ocupado.

—No haga caso a las locuras de Silvia, ella y yo tenemos que regresar a casa, Giovanni debe estar preocupado por nosotras.

—Ya será otra vez, che Linares.

—Gracias por el almuerzo, ojalá pronto nos volvamos a ver —dice

Silvia de inmediato.

—Che, ya tenés otra chica que quiere pasar aquí la noche con vos, jajaja.

Esa misma noche Miguel Linares y su grupo cruzan el puente a La Belle Isle.

A la entrada los recibe la estatua de James Scott, un solterón que heredó una fortuna y sentado pasivamente mira hacia el centro de Detroit, ciudad a la que donó medio millón de dólares con la condición de que la fuente tuviera una estatua de él tamaño normal, que lo inmortaliza desde 1925.

Años antes lujosos casinos se apoderaron del centro de la ciudad, en la isla sólo existe un viejo casino construido entre 1906 y 1907 que en la actualidad apesta a orines rancios y es usado para algún concurso de baile sin importancia y dar almuerzos a personas en situación de calle.

Bajo las sombras de la noche, el grupo de Miguel Linares entra al casino.

Está desprotegido y de su gran salón emanan dos escaleras al segundo piso.

Después de minuciosa inspeccion, deducen que las reproducciones genéticas de la presidenta Madison no existen y que el general Mateo Robles se burló de Linares.